El truco es bien simple, fácil de aplicar. No son necesarias conspiraciones urdidas por entes supranacionales, macro-corporaciones o servicios de inteligencia. De hecho, ponerlo en práctica no requiere de inteligencia alguna. La prueba es que hasta un tipo del montón como yo puede verlos arrastrar el carrito del helado, con esa sonrisilla perversa bailoteando bajo su nariz. Lo que me resulta difícil es exponerlo de un modo convincente, conseguir señalar a esos malos bichos de manera que el espectador se olvide de mi dedo y los mire a ellos, directamente.

Bien, dejen sitio en la piscina, que me tiro. Estilo bomba, a lo burro, sin florituras.

Al igual que la zorra de la fábula prefería pensar que las uvas estaban podridas, buscar enemigos en la sombra, cuando a plena luz hay tantos campando por sus respetos, conlleva el riesgo de caer en la autocomplacencia. «¿Qué puedo hacer yo, un pobre mortal, para luchar contra los dioses?» Partamos pues de esa base. Recurramos al “como si”. Hablemos de los dioses. En aras de no perderme en divagaciones infinitas y para dotar de un fuste mínimo a mis argumentos, propongo dar por válida la máxima pseudo-filosófica de que no queda más dios que el dinero. El vil metal o, si lo prefieren, la pasta gansa, la guita, el cacahuete contante y sonante. Dejaré fuera del análisis lo que cuesta un miserable gramo de cocaína (en la calle, cortada y recortada), sus ridículos gastos de producción y sus descacharrantes cifras de beneficios. Hagamos “como si” el enriquecimiento puro, duro y capcioso requiriese de justificaciones morales, complejos entramados empresariales y cierta aura de legalidad que le den respaldo y lo vistan de bonito.

Mis conocimientos de economía son presque nul (como mi dominio del francés), pero interpreto que el quid (ni les cuento mi dominio del latín) de la cuestión está en comprar/producir barato y vender al mayor número posible de compradores. Por tanto, aquel que consiga que su producto pase a ser “de primera necesidad” puede ir preparando el saco, porque le van a llover los billetes.

Aguar el vino es un modo práctico y la mar de simple de abaratar sus costes de producción. La siguiente fase, la que nos ocupa, es vendérselo a las masas. El target, por descontado, no es el aficionado a los buenos caldos; a ese no se le puede vender aguachirle. El consumidor potencial, que nos hará ricos, es el borrachín sin criterio, que con tal de ponerse piripi se beberá lo que sea. En última instancia, la jugada redonda, el premio gordo, es crear una tendencia mediante la cual vender nuestro brebaje a los abstemios.

Llegados a este punto, reconozco que he elegido un modo un tanto churrigueresco de exponer mis conclusiones; no obstante, si he conseguido que me sigan sin perder el hilo, me doy por satisfecho.

El dogma, la doctrina de San Dinero, consiste por encima de todo en banalizar la excelencia. En aguar el vino hasta que, de tan insípido, cualquiera pueda pontificar sobre sus inexistentes virtudes. Libros para los que no les gusta leer, películas para gente a la que el cine se la trae floja, música creada por y para los que no diferencian la guitarra de Paco de Lucía del repiqueteo, primitivo y arbitrario, de un fulano con un tamborcito… Y, cómo no, política y políticos a juego, que subvencionen el asunto a diestro y se lleven comisión a siniestro, convertidos en un producto “de primera necesidad”, imprescindibles para garantizar un trinque continuo, sin pausa y, sobre todo, sin vergüenza.

En pocos lugares del mundo desarrollado resulta tan sencillo como en España aguar el vino. Manipular la historia, ridiculizar la cultura, ningunear el talento, trivializar el esfuerzo, reducir al máximo los gastos en pos de maximizar los beneficios y, al tiempo, anular cualquier tipo de riesgo. Ánsar, Zetapé, Koleta Morada…“Manolo la Nuit” o “Siete apellidos turolenses”, tanto da. Usted tómese una copa de aguachirle a la salud del estado. Grite su eslogan favorito, siéntase importante, corretee por la calle, queme adrenalina. Pero vote ¿eh? Vote.

Quizás, detrás del latrocinio recalcitrante de la clase política española estén la Flowers Founder Pasteison Corporeison, la CIA, la disputa geopolítica de la frontera con África o el precio del coltán. Viéndole la cara al duque de Palma, me da muchísima pereza buscar elementos de juicio más allá del cine y las novelas. De ser cierto, solo puedo (disculpen la grosería) joderme y bailar, perspectivas que no me han seducido jamás. De igual modo, quizás, la acción para deshacerse de esa gentuza consista en dar bramidos en la calle, en debatir con encono si Pepito roba más y Pesoito menos, en repetir en Twitter chistes malos y consignas utópicas de finales del XIX… O en poner bombas, yo qué sé. A tenor de lo visto, me da que el sistema se vacunó contra todo eso hace mucho, pero ustedes piensen, digan y hagan lo que consideren oportuno, faltaría más.

En lo que a mí respecta, soy consciente de que esto no cambiará mañana. Supongo que me moriré sin verlo cambiar, pero mientras pueda hablar o escribir (y haya alguien que me escuche o me lea), seguiré defendiendo la abstención activa como único medio pacifico de alcanzar el periodo de libertad constituyente que cierre, por fin, un paréntesis que lleva demasiado tiempo abierto. Si resulta que, entre monarquía o república, mis paisanos terminan votando monarquía, al menos habré reventado con la cabeza alta y la conciencia tranquila.

Entretanto, los y las aspirantes a “menistros” y “menistras” pueden coger la copa de aguachirle e introducírsela a mi salud por donde les plazca, que para eso soy yo quien paga las rondas.
Bueno, para ser más exacto, ustedes y yo.

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