Repetir aquello que ha pensado otro es renunciar a nuestra esencia como seres humanos, poseedores del libre albedrío que nos hace grandes o nos convierte en míseros esclavos de nosotros mismos. Una persona reducida por la fuerza y contra su voluntad a esclavitud física puede ser libre si se siente libre y no se doblega jamás. Se le puede forzar, torturar el cuerpo, encerrar, humillar, pero si su corazón no se rinde, será libre, al revés que sus esclavizadores, siervos de un poder superior que les ordenó cometer por ellos la vil acción. Un hombre puede ser esclavo teniéndolo todo: dinero, poder, fama, consideración social, prestigio, etc, si tiene miedo del qué dirán, si es cobarde a la hora de exponer su pensamiento, si carece de criterio y necesita un copia y pega de lo que dijeron otros. Está esclavizado por el qué dirán socialdemócrata, que continúa atemorizando a casi todo el mundo.

Un chico que enciende por vez primera un cigarrillo porque lo han hecho ya el resto de sus amigos y no quiere quedar fuera del grupo, es esclavo de su miedo a ser rechazado, lo que le lleva, en muchos casos, a no plantearse si le gusta o no, si le conviene. Lo acepta porque el resto lo hace a su vez.

Un empleado que, durante la cena de empresa, asiente y ríe con artificiales ganas todas las ocurrencias del jefe o de su encargado inmediato, aunque sean francas estupideces o el chiste tenga menos gracia que la constitución española, ese hombre es un siervo voluntario que teme a su propio criterio, por si molesta o no es coincidente con el de sus superiores, cuando ni siquiera está en horario laboral y podría comportarse como una persona normal. Otra vez el miedo. Es siervo no del jefe, sino de su miedo a ser libre.

La lista podría extenderse sin fin.

Pero cuando estas personas, un día, al fin, sin saber muy bien el porqué, olvidan su miedo, o, mejor aún, lo superan, y dicen o hacen lo que de verdad deseaban, ¿cuál es la frase que suelen pronunciar? Más o menos estas: “¡Qué alivio! Qué bien me he quedado, qué carga me he quitado de encima…” En efecto, la carga de la propia servidumbre al miedo a actuar y a decir basta es demasiado pesada y, cuando desaparece, la vida es otra, te sientes libre, porque de verdad te has liberado, has sido coherente contigo mismo, has actuado en conciencia, tus palabras han actuado al unísono con tu corazón, y eso es sincero, es humano, es auténtico.

La carga política más grande que tienen muchos españoles hoy en día es la de votar, sin estar convencidos, por miedo. Algunos tienen miedo a que los chivatos, cotillas y espías de siempre les tengan vigilados en pueblos pequeños donde los matones políticos reinan sin control y no permiten que nadie se evada de lo que consideran una obligación. Otros temen ese falso rumor, consolidado en muchas cabezas, que dice que si las urnas se vacían, el golpe de estado con la consiguiente dictadura nos aguarda a la vuelta de la esquina. El “ruido de sables” que inventara Carrillo en los años 70 y que sirvió para justificar este régimen vil y oligocrático que padecemos desde entonces.

Muchos viven temerosos de no cumplir con su obligación, con su “deber ciudadano” de participar en la fiesta de la democracia, como cursimente se llama. Olvidan, o desconocen, que un derecho, el derecho al sufragio, no puede ser deber, pues ya no sería derecho. Es un derecho, señores, ejérzanlo libremente, con convencimiento. Y, si no están seguros o creen que es mejor no ejercerlo porque está viciado de raíz, ya que votar en España no es elegir nada, no lo ejerzan, que no están obligados. No me crean a mí, léanse la ley, y díganme qué palabra se utiliza para el sufragio, si derecho o deber.

Un número no despreciable de personas acude a las urnas por moverse, por hacer algo, porque es domingo y así matarán mejor el tiempo, sin entender que están legitimando con su actuación a unas personas corruptas, están participando en un régimen corrupto, mentiroso e hipócrita, consolidando un poder único, total, que solo separa funciones, pero que solo es uno, como una sola es la votación. Se vota una vez, no dos. Por lo tanto, no puede haber dos poderes, pues habría dos votaciones diferentes. La separación de poderes no existe en el régimen de poder español. Poderes separados de verdad, en origen, implica separación de elecciones en tiempo y forma.

Libérense de esa tonta carga de ir a votar a unos jefecillos de partido que han confeccionado, ellos solos, sin la participación del pueblo, unas listas donde están los nombres que interesan solo a esos jefes y que después, a su vez, los de la lista nombrarán a su jefe presidente del Gobierno, ya que así está convenido de antemano, pues de otra manera ese diputado no iría en la lista. Actúe en conciencia, de verdad, pues la actuación de cada uno cuenta para el resto. Yo a un régimen de poder que no es democrático pero que engaña y llama a su dictadura de unos pocos democracia, no lo votaré jamás.

Algunos dicen que no vale para nada la abstención. Niego la mayor. Vale, en primer lugar, para no aceptar lo inaceptable y ser libre con uno mismo, rebelándote al menos el único día que puedes hacerlo. Sirve para no corromperte moralmente al no legitimar a corruptos. Y por otro lado, nunca contestan por qué votar sí vale para mucho, o para algo al menos. Si da igual todo, si van a gobernar vote la gente o no, como propugnáis, entonces, decidme, ¿cuál es el indescifrable motivo que os lleva a las urnas una y otra vez cuando sabéis bien que está todo decidido de antemano? Lleváis 40 años tratando de arreglar esto a base de continuar con el régimen, poniendo a unos y luego a otros, siempre los mismos, aunque cambien, cada diez años, las caras.

Os diré por qué: porque sois siervos sumisos y voluntarios de la socialdemocracia europea que todo lo domina y ensucia. Porque os da miedo decir basta ya, teméis ofender y molestar a vuestros opresores, a vuestros esclavizadores políticos. Pero lo que más miedo os da es vuestro propio criterio, vuestra conciencia que os dice que legitimar algo que nos está destruyendo, que nos está matando, está mal. Pero preferís silenciarla y relegarla en un rincón oscuro del corazón, para que no moleste mucho. Si es terca, trataréis de acallarla subiendo el volumen de la televisión, incansable vomitadora de mentiras, inigualable propagandista, fascinante máquina lavadora de cerebros, eficaz Gran Hermano controlador, vocero oficial de la opinión pública que unos pocos desean imponer.

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