En la política «no abunda la firme adhesión a los principios» [1], y desde Maquiavelo se desprende que la esencia de la ciencia política no es el arte de gobernar, ni hacer posible lo necesario, sino que la política persigue el poder y cualquier otra finalidad en su acción, incluso un indeterminado bien común, está subordinado al logro de la ambición de poder [2]. Aristóteles se confunde al no concebir la política como una lucha por el poder, error que le lleva a poner en primer término la unión entre política y moral. Así fue de forma incontestable hasta Maquiavelo, que define y separa la ciencia política de las ciencias morales o la ética, pues el que manda para mantener el poder del ejercicio de Estado «no debe tener otro objeto, ni otra preocupación, ni considerar competencia suya cosa alguna, excepto la guerra y su organización y dirección…» [3].

Esta concepción que separa la política de la moral continúa de Montesquieu a Locke, llegando hasta nuestros días a las instituciones políticas estadounidenses influenciadas por la utopía Oceana de Harrington y la separación de poderes. La búsqueda de cualquier ética en el Estado es una presunción hegeliana incoherente e implícita en la confusión entre la democracia formal, como forma de gobierno, y la democracia material, como meta social o moral. La democracia es un puro método, reglas de juego o procedimiento para alcanzar decisiones políticas que nada tiene que ver con los fines del gobierno típico de la democracia social o material [4].

La soberanía es el poder supremo, que nada tiene por encima, ostentado por el Estado hasta el territorio donde llega su poder judicial, militar y policial. Max Weber [5] definió el Estado como titular, en último término, del poder de los medios armados y de la coacción y el lugar de la violencia institucionalizada, donde el que tiene el monopolio legal de dicha violencia es el titular de la soberanía. Anticipándose a esta corriente desde Maquiavelo, y siendo conocedor de los vicios de la sociedad, Ibn Jaldún comprende la separación entre la moral y la política al resolver que la soberanía es una relación entre el poderoso y el que no tiene poder, hasta donde alcanzan sus fronteras:

Debe saberse que lo que al sultán interesa de sus súbditos no es lo que materialmente
son: la belleza o forma de su cuerpo, la gracia de su rostro, la corpulencia de su
complexión, la amplitud de su ciencia, la buena calidad de su escritura o la
penetración de su inteligencia. Sino que lo único que tiene interés para él es su
relación con ellos. El poder-real y la autoridad son asuntos de relación, y ésta es la
que se establece entre ambas partes. El verdadero sentido de la autoridad es el
dominio sobre los súbditos y la dirección de sus asuntos por encima de ellos mismos.
‘Sultán’ es quien tiene súbditos, y súbditos son quienes están sometidos a un sultán.
A la característica peculiar que supone el nexo entre él y ellos es a lo que se llama ‘soberanía’, que es lo que ejerce al gobernarlos [6].

En Mises la política no es una cuestión de buenas intenciones, la democracia no tiene nada que ver con la moral y los «supuestos científicos políticos realistas» caen en «la ilusión de que el gobierno, una institución cuya función esencial es el empleo de la violencia, pueda ser operado de acuerdo a los principios de la moralidad… El gobierno somete, encarcela y mata… Los juristas son más realistas y una ley para la cual no existe sanción la llaman ley imperfecta» [7].

Falta una autoridad política que, a través del Código Penal, haga frente a la secesión institucionalizada de Cataluña y, si los magistrados del Tribunal Supremo no admiten a trámite una querella por sedición, acusarlos de prevaricación. Cualquier medida drástica que se tome contra la sedición es menos peligrosa que no hacer nada.

De la misma manera que en la justicia el máximo órgano es el Tribunal Supremo, el concepto de soberanía se entiende como el poder supremo en la cuestión del poder político, y ese poder-real obsoleto lo tiene hoy el Estado, una abstracción que actúa a través de órganos particulares diferenciados cuya soberanía la ejerce el gobierno. ¡Pero es soberanía de Estado!, y todo poder no deja de ser una relación entre dos partes.

No existe derecho de autodeterminación para Cataluña y quienes lo defienden comenten traición a la patria y a la soberanía del Estado.

Bibliografía.

[1] Herbert, A. (1885): The Right and Wrong of Compulsion by the State and Other Essays. Liberty Fund, Inc. 1978, p. 74.

[2] A. García-Trevijano, Teoría Pura de la República [versión digital], El buey mudo (2010), p. 8.

[3] Maquiavelo (1513): El príncipe. Traducción de M. A. Granada. Alianza Editorial, Madrid 1991, p. 80.

[4] García-Trevijano, A. (2006, 21 de mayo): «Democracia formal y democracia material», en La República Constitucional. y Radio LC, passim, señala que la política no persigue nada más que la conquista del poder y su conservación, recabando en la diferencia entre democracia formal, como reglas técnicas, de la democracia material, democracia social, justicia o solidaridad.

[5] Weber, M. (1919): El político y el científico. En “Libro de bolsillo”. Alianza Editorial, Madrid, 4ª ed., 1979, p. 83.

[6] Ibn Jaldún (1378), Introducción a la Historia Universal, Almuzara (2008) pp. 325-6.

[7] Mises, L. v., (1962): Los fundamentos últimos de la ciencia económica. Unión Editorial, Madrid, 2012, pp. 154-5.

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