Benito Pérez Galdós, el escritor que más lucidez y sabiduría ha dejado en las letras españolas, ya se había adelantado con mucho al quehacer político, absurdo, que invade nuestros oídos así como los medios de comunicación. Diputado republicano y españolísimo autor, combatió como nadie la caquexia que invadía nuestro país y que no era para menos. Cuando leemos párrafos como este, sentimos que el aire en nuestro país no ha corrido suficientemente, que las ventanas han estado cerrados con sus contraventanas y persianas de pereza nacional, tan característica como auténtica de nuestra idiosincrasia:

“Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el Poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que, de fijo, ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril  trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin  ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos… Si nada se puede esperar de las turbas monárquicas, tampoco debemos tener fe en la grey revolucionaria (…) No creo ni en los revolucionarios de nuevo cuño ni en los antediluvianos (…) La España que aspira a un cambio radical y violento de la política se está quedando, a mi entender, tan anémica como la otra. Han de pasar años, tal vez lustros, antes de que este Régimen, atacado de tuberculosis ética, sea sustituido por otro que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental” Tendremos que esperar como mínimo 100 años más para que en este tiempo “si hay mucha suerte” nazcan personas más sabias y menos chorizos de los que tenemos actualmente… ¡pobres españoles! lo que nos costara recuperar lo perdido (La fe nacional, Discurso pronunciado por Galdós en el Banquete de la colonia canaria en Madrid el 9 de diciembre de 1900).

Y es que a cualquiera que tenga dos dedos de frente le duele el suelo donde nació a la vista de tanta estupidez, de tanto oportunista cuya meta principal es llenar su andorga a marchas forzadas. Y ahí está el españolito con su coquito maltrecho dejando que se lo coman aquellos monárquicos tan formalitos como siempre y con su papelón, no de gambitas de Cádiz, que por lo que se ve se les olvidó la Constitución, sino con su papelón abusivo y ridículo. Pero ya sabemos que “vivan las caenas” y que el ciudadano de a pie mira por él mismo y por su zurrón y el bien colectivo o solidario poco importa. Será así, pero a base de eso “pronto hubo de advertir la sabiduría de este consejo, pues en el parador, y en una próxima tienda de bebidas con algo de comistraje, pudo observar a sus anchas, sin despertar la menor sospecha, el estado de la opinión; sólo con poner su oído en las disputas, vio claros los dos partidos que agitaban el cotarro pretendentil” (Vergara, 1899).

Y es que considerando la idiosincrasia de cada región, cada una con sus costumbres regionales, entre todos conformaban esa nación por la que tanto sufrió Galdós y por la que nos dejó un gran cometido para seguir escribiendo y seguir platicando, si bien tenemos en cuenta que muy pocas cosas han cambiado y el aburrimiento en política llega ahora a su parangón con el absurdo jamás alcanzado. Ojalá podamos recuperar el impulso agitado de otros tiempos con esta convocatoria:

“Aun contando ellos con todo lo que quieran, yo le respondo a usted de que nos sostendremos treinta horas… Si nos derrotaran en Madrid, y eso habría que verlo, fíjese usted, don Francisco, en que disponemos de todo el servicio de trenes en el Norte y Mediodía, y en treinta horas podemos traer sesenta mil federales castellanos,
aragoneses, catalanes, valencianos, manchegos… Ordene usted que vayan esta misma noche a los puntos que fijaremos, comisionados con poderes amplios para convocar y acumular sobre Madrid, sin necesidad de aviso telegráfico, las muchedumbres republicanas de media España, o de España entera si fuese menester” (La primera República 1911).

Los cambios son tan fáciles como la voluntad de los que los provocan y pretenden hacernos ver que vendrán. No será así. En ninguna parte se sufre del dolor de la estupidez como en este nuestro país, que a todos nos interesa y que, por desgracia, poco caso hacen de las ideas que esparcimos los que pensamos un poquitín más que aquellos.

«En fin… nuestros mandarines se parecen a los toreros medianos; ¿sabe en qué? Pues en que no rematan. La política de entonces, como la de ahora, no era terreno propio para lucir las supremas dotes de la inteligencia: era un arte de triquiñuelas y de marrullerías». «En la oposición sí desplegaban los políticos una ideación fastuosa, con carácter teórico, que deslumbraba a los papanatas del partido y a la parte de opinión neutral que toma en serio las batallas oratorias, comúnmente sin sacar nada en limpio de ellas; pero gobernando no eran más que unos pobres caciques, unos manipuladores más o menos hábiles del teclado de la cosa pública, en pro de intereses siempre inferiores a los supremos de la Nación» (Mendizábal 1898).

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