Arqueólogos a sueldo de la CIA, comunistas, extraterrestres y demás raleaCorría el año 2008 cuando Hollywood estrenaba “Indiana Jones y el reino de la Calavera de Cristal”, un destilado infumable de topicazos cinematográficos y aportaciones de la subcultura del misterio, ya saben, esa de Roswell, la Zona 51, los dioses de Erich von Däniken y los secretos perdidos de las culturas amerindias. El filme fue un fracaso en toda la línea y no hace falta preguntar por qué. Bastaba ver el primer cuarto de hora. Después de aquello la carrera artística de Harrison Ford quedó en espera de que le asestaran el golpe de gracia otras cintas aún más mediocres como “El Juego de Ender” y “El despertar de la Fuerza”. En Rusia, este engendro de clase B financiado con fondos millonarios provocó indignación por la forma en que presentaba a unos malvados soldados soviéticos como sucesores de los villanos nazis, que por necesidades del script -la acción se desarrolla en el año 1957- ya no estaban en condiciones de perseguir al protagonista para robarle, por encargo expreso de Heinrich Himmler, las baratijas legendarias de algún culto ancestral, con sus poderes sobrenaturales y su capacidad para decidir el carácter invencible de los ejércitos.

Sea como fuere, aquellos soldados del Ejército Rojo rivalizaban en estupidez y perversidad con el más taimado esoterista de las SS, y de aquí la consternación de los comunistas rusos. No se podía permitir que las industrias culturales de Occidente ofreciesen una imagen históricamente distorsionada y tan lamentable del pasado soviético, sobre todo teniendo en cuenta que Estados Unidos y la URSS fueron aliados en la Segunda Guerra Mundial.

A ver: no es que a los comunistas rusos y a Vladimir Putin les preocuparan una mala película sobre alienígenas y momias incas. Pero el efecto contaminante del cine en la cultura moderna es algo que debería preocupar a cualquier sistema educativo. Hollywood ha logrado convencer a las masas de idioteces sin ningún fundamento, como por ejemplo que las pirámides de Egipto fueron construidas por grandes multitudes de esclavos a golpe de látigo, o que existe la posibilidad de resucitar especies extinguidas a partir de mosquitos encontrados dentro del ámbar del Mar Báltico. La visión de unos militares rusos cometiendo todo tipo de fechorías en las Américas y devastando la selva amazónica con máquinas de talar árboles, resultaba cuando menos ofensiva para una nación que aún se esfuerza por recuperarse de los estragos del Estalinismo y la Revolución de 1917.

No sabemos si aquel descontento de Moscú inspiró alguna actitud de autocrítica en Hollywood. Probablemente sí. Sin embargo, desde entonces hasta nuestros días las industrias culturales de Occidente no han dejado de persistir en la línea de hipocresía, inanidad intelectual y menosprecio absoluto hacia la inteligencia del público que las caracteriza desde el mismo día en que comenzaron a funcionar como mecanismo de propaganda oficial del Establecimiento, allá por los años de la Guerra Fría. Esto se puede comprobar en críticas que los suplementos de la prensa europea y americana dirigen ocasionalmente contra el cine ruso, por ejemplo las películas de Nikita Mijalkov, que dicho sea de paso es uno de los directores predilectos del presidente Vladimir Putin.

Los bodriazos rusos del tipo “Quemado por el Sol 1 y 2” o “El Barbero de Siberia”, con la duración kilométrica de sus metrajes, sus secuelas interminables, sus popes tocando campanas en una plaza de armas y otros elementos típicos de la fantasía oriental y el exceso literario eslavo, no solamente son criticables, sino que además existe el derecho de boicotearlos en Occidente, para evitar la alarma social que podrían producir la imagen del propio Mijalkov a caballo interpretando al zar Alejandro III, o un sacerdote ortodoxo bautizando a una mujer mientras ambos se aferran a una mina explosiva en mitad del río durante la invasión alemana de 1941, o aquellos bustos de Stalin lloviendo sobre la playa después de volar por los aires el barco que los transportaba. Este cine gusta mucho al público ruso, sin necesidad de que ninguna maquinaria propagandística lo imponga. Pero la opinión pública de nuestros progresistas y políticamente correctos estados de derecho europeos no debe conocer un lenguaje fílmico tan poderoso y perturbador. Rusia es un país poco recomendable. No conoció el Renacimiento, ni la Ilustración, ni las películas de Fassbinder. Mejor que un decadente Harrison Ford en su papel de Indiana Jones o Han Solo continúe siendo el modelo de virtudes democráticas y emprendedoras en el que nuestra juventud se vea reflejada.

Y, sobre todo, lo más importante: no debe permitirse el menor desafío al principio según el cual solo los intelectuales de Occidente -esos que trabajan por ejemplo para las secciones de Cultura de El País o el New York Times- poseen la prerrogativa inembargable para interpretar la historia de Rusia en sus épocas imperial, soviética y lo que fuera que viniera después, del mismo modo que hasta hace pocas semanas únicamente los Bush, los Obama y los Clinton poseían la capacidad efectiva para poner deberes a Moscú, incluso en zonas de su propio interés geopolítico y territorial.

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