(Foto: jam343) A diestro y siniestro Hace unos días, un grupo de docentes “cavernarios” y “fascistas” -así nos vienen calificando los adalides del pensamiento educativo políticamente correcto- presentamos en Internet el Manifiesto de Maestros y Profesores *. La repercusión, como cabía esperar, ha sido más bien escasa, a pesar de que sus promotores no están escatimando esfuerzos para que el texto llegue a los últimos rincones del ciberespacio. El Manifiesto posee, al margen de su contenido, una virtud: ha sabido reunir en un mismo ideal, expresado sin tapujos en la necesidad de un cambio radical del sistema de enseñanza, a personas de muy distinto pelaje ideológico, y se ha convertido, sobre todo, en un ejemplo más -aunque parezca increíble, existe más de uno actualmente- de que aquellos particularismos de los que hablaba Ortega, o ese mito cainita que los medios de desinformación del régimen se esmeran en resucitar, son perfectamente superables cuando un mismo afán guía variadas y valientes inteligencias. Si el Manifiesto se difundiera masivamente, por primera vez en mucho tiempo se podría obrar el milagro de la desvinculación partidista, de la desobediencia civil en un ámbito, el de la enseñanza, que tradicionalmente ha demostrado una repugnante docilidad. Por ello, ahora debemos estar preparados para lo que se nos viene encima, blindarnos “políticamente” ante cualquier influencia espuria e interesada, saber por fin que la empresa en la que estamos inmersos apunta directamente a la línea de flotación de un Hispanistán cada vez más confuso y exhausto. Y eso molestará a todos los que, desde los albores de la sacrosanta Transición, han erigido sobre la educación pública sus sucursales de prebendas, sus ventanillas de sinecuras, sus manuales del perfecto chupóptero hispanistaní. Eso no sentará nada bien a quienes pretenden sellar para siempre la peligrosa grieta de la enseñanza con un pacto -el educativo- que caerá como una losa sobre nuestras cabezas y las cabezas de nuestros hijos. Uno de los bandos nunca se ha escondido. Resulta bastante sencillo identificarlo. De hecho, la mayoría de quienes lo integran no tiene ningún empacho en mostrarse como guardiana de la aldea que resiste ahora y siempre al invasor. Me estoy refiriendo, claro está, a la casta sindical y al patriciado político de la izquierda y del nacionalismo. Ellos serán los primeros en reaccionar. Aprovecharán cualquier excusa para cubrir con la consigna de “fascista” o “español” -terrible palabro, por cierto- a todo aquel que se atreva a poner en duda los dogmas de esa salud pública que se imparte con devoción en los centros de enseñanza. Como ustedes ya sabrán, son los más ruidosos, los que más medios tienen para desbaratar las iniciativas que florecen fuera de sus parterres. Poseen, además, el monopolio de los púlpitos, que llenan de pequeños savonarolas convertidos a la nueva-vieja fe pedagógica. Un sistema de enseñanza que acabe con la omnipresencia de su secta en los planes de estudio, que pretenda implantar reválidas estatales vinculantes, que imponga itinerarios desde los catorce años y modifique sustancialmente la formación del profesorado, jamás de los jamases será aceptado por ellos. Se opondrán, por supuesto que se opondrán a una reforma radical, pues ésta habría de replantear, sin más, el papel que en la fábula han adquirido y pondría en serio peligro su perfecto y lewiscarrolliano ecosistema. El otro bando, sin embargo, sí lo lleva con un poco más de disimulo, e incluso a veces se permite la hipocresía de agarrar la bandera de la reforma. Es el que apoyó expresamente o acogió con su silencio -siempre cómplice- el engendro de 1990 y luego comenzó a mirar hacia otro lado. Sus integrantes son los que han ido sacando tajadita tras tajadita con cada nuevo decreto, con cada nueva ley, y los que han engordado en sus Taifas correspondientes a las mismas clientelas. Me estoy refiriendo, claro está, a la Iglesia, a sus sucursales asociacionistas más visibles, pero también a esa eterna oposición que, cuando no lo fue, bailó la eterna agua del digo y el diego. Los primeros protestan cuando les tocan las cruces y los conciertos; los segundos cuando los conciertos y sus Taifas. Los primeros disfrazan de libertad de elección, de libertad religiosa lo que no es más que la voluntad de perpetuar una herencia de setenta largos años; los segundos visten el cadáver con las sedas del bilingüismo, la disciplina o el esfuerzo, aunque cada vez más les cueste ocultar sus necrófilas inclinaciones -Galicia o Valencia son buenos ejemplos de esta perversión-. Ya no engañan a nadie. Las editoriales de libros de texto de los primeros han sido tan cómplices en la labor orwelliana de la transversalidad como las de la izquierda más reputada; son los mismos montessoris pero con distinto collar. Por su parte, la derecha opositora siempre tuvo muy claro el papelón canovista -¡más quisieran ellos!- que les había tocado en suerte. Un vistazo rápido a sus últimos programas electorales dará fe de lo que digo. La excesiva cautela se torna cobardía en ocasiones, y la virtud de la templanza corre el peligro de caer en la aquiescencia cuando el silencio suple a la acción. Ahora que está a punto de cerrarse el pacto tantas veces ansiado y anunciado, es urgente no conformarse con lo que pueda salir de él, liarse a tortas, si fuera preciso, a diestro y siniestro. {!jomcomment}
Cambio de cromos
La indecencia de la inseparación de poderes llega al punto de perder las apariencias más elementales de independencia judicial con tal de llegar al objetivo político perseguido. Tan sabido, tan evidente es el manejo por designación de cargos y puestos judiciales por los políticos que les pagan y nombran, que cuando la materia en juego es de relevancia se pasa directamente al “fuera las caretas” poniendo las cartas sobre la mesa para ver si la jugada del contrario supera la propia. El portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya en el Congreso de los Diputados, D. Joan Ridao, ha acusado al Partido Popular de ejercer “un auténtico chantaje” para impedir la renovación del Tribunal Constitucional porque, a su juicio, la composición actual favorece un fallo favorable a sus intereses de partido, que serían que el estatuto catalán a día de hoy en pendencia ante tal “tribunal” sea declarado inconstitucional. Según Ridao, mientras tanto, el Partido Socialista permanece atenazado ante ese chantaje de la misma manera que lo estarían los restantes órganos de la cúpula judicial incluido el propio Consejo General del Poder Judicial, en los que la falta de acuerdo entre los partidos está provocando un comportamiento “anómalo” de las instituciones. El razonamiento del independentista catalán es tan impecable, a excepción de la calificación de anomalía de una consecuencia natural y previsible, como cínico y describe a la perfección el funcionamiento de una justicia inseparada en su servil actuación a las órdenes del poder político, que se convierte en descaro a la hora de presentar sus reales en función del juego de mayorías coyuntural. Se percibe como anómalo que la situación de bloqueo por el fracaso del consenso en los nombramientos provoque tímidas y torpes voces que reclamen independencia desde el que se hace llamar poder judicial, en realidad sólo sobre de cromos para el intercambio de los agentes políticos. Se tilda de anomalía que se lleve tres años a la espera de una sentencia de hondo calado político porque políticos son también quienes han de decidir sobre el sentido de un fallo en el que los fundamentos de orden jurídico son lo de menos y en el que el equilibrio de fuerzas determina la parálisis del órgano. Es anómalo que entretanto ningún magistrado se muera o jubile para elegir otro a conveniencia de la mayoría parlamentaria del momento. Lo que no es anómalo es que ante una rara situación de empate en los órganos de control y tribunales de la justicia inseparada se llegue a un bloqueo institucional insalvable.
El mito contemporáneo
Los universos simbólicos, por muy estructurados y racionalizados que estén —un orden con reglas lógicas es la forma más económica de aprender la realidad, al evitarnos tener que memorizarla—, siempre remiten la explicación/justificación del poder a situaciones míticas. Así sucede con las “teorías contractuales”, tan versátiles que pueden ser aplicadas tanto al “origen” del estado como al de la sociedad jerarquizada, equiparando ambos. Y eso que, en las muestras más recientes de tal tradición, se reconoce que se trata de una ficción a la que suele recurrirse por su carácter aclaratorio. Sin embargo, ello no les exime, aun excluyendo la mala fe, de relegar la investigación de los sucesos históricos, bien renunciando por considerarlos oscuros o inaccesibles, bien porque podría desvelarse que las cosas no fueron tal como debieron ser para poder proyectar la secular línea de coherencia doctrinal que pretenden. Todo “contrato” refiere un acuerdo explícito entre dos o más sujetos, llamados “partes”, respecto a un contenido, necesariamente algo concreto u objetivable, pues si no carece de sentido; aparte de algún mecanismo que asegure su cumplimiento o penalice la transgresión. Este paralelismo contractual no presenta un desarrollo literal, a modo de aplicación biyectiva entre los elementos originales y su imagen, que no suelen especificarse. El tropo viene a significar la idea del libre consentimiento individual respecto a la pertenencia a la sociedad estatal en ciertas condiciones. Su intención es limitar el poder del Estado sobre la base de un agregado de ciudadanos libres e iguales poseedores de unos “derechos naturales”. Ello llevaría a esta escuela —continuando la misma metáfora— a tratar el momento y los términos, conforme a estos principios, en que se debe firmar el contrato, o sea, el análisis de los procesos constituyentes y las bases constitucionales admisibles que lo garanticen. Sin embargo, el desarrollo del pensamiento contractual ha terminado por devenir en un cuerpo teórico abstracto y bastante elástico respecto al orden institucional del Estado. Al final, aquello que queda es una especie de equilibrio transaccional entre las obligaciones contributivas y fiscales de los ciudadanos, y el deber del Estado de asegurar su integridad física, la propiedad privada y los contratos particulares. Curiosamente, el sustento —siquiera básico— y las necesidades humanas —a diferencia de los medios no exclusivamente materiales— no se contemplaron entre las “cláusulas preferentes”, haciéndolo de una manera siempre subordinada a otras instituciones. En realidad, los hombres nunca fueron exactamente un agregado de individuos libres e iguales, dependiendo los unos de los otros. La subsistencia personal era algo que quedaba empotrado en las propias relaciones sociales, y la organización política, entonces también incluida en ellas, estaba relacionada con los canales de redistribución. El espíritu mercantil hacia el exterior terminó contagiándose dentro de las propias fronteras de los estados modernos occidentales. El racionalismo ideó el mercado, artificio teórico para fijar el precio según la relación de la oferta-demanda, lo que maximizaba el beneficio al gravar la necesidad. Todo fue declarado susceptible de comprarse y de venderse, incluso la propia tierra y la misma labor humana, ahora trabajo dependiente —suele ignorarse que hasta el siglo XIX, los trabajadores dependientes eran asimilables a los pobres—. La sociedad se dividió, así, en dos, y el afán de lucro de una minoría se nutría del miedo a la falta de sustento de la mayoría. La esfera de la economía se segregó, primero, y se elevó, después, sobre todas las demás, fagocitándolas. La razón de mercado colonizó la sabiduría convencional. La consideración de la ciudadanía como un agregado de hombres libres e iguales, base de la metáfora contractual que aparenta una razón moral, se erigió por consistencia con las leyes del mercado a las que ya había cedido el gobierno. El contrato no superó ningún “estado de naturaleza”, más bien nos retrotrajo verdaderamente a él. Los hombres debían de comportarse como auténticos átomos, henchidos de racionalidad económica que les dotaba para cuidar de sí. El orden institucional se construyó sobre esta premisa. La política exige una consideración colectiva incompatible con ello; y la democracia la preponderancia de la mayoría. Por eso, o no han sido, o han sido falseadas.
Universalidad española
El triunfo de Baco, Velazquez Universalidad española Los antiguos no concebían que las obras de arte pudieran amalgamarse o reconciliarse, al estar destinadas a una lucha sin cuartel reclamando la idea total de la belleza para sí mismas, y por tanto, sin poder reconocer su condición parcial o la posibilidad de que lo bello se repartiese en múltiples obras. Esos panteones del clasicismo que constituyen los grandes museos del mundo no dejan de ser ficciones útiles de la cultura neutralizada propia de las sociedades de consumo masivo. Debemos algunas de las mejores colecciones depositadas en los museos a esa rapacidad militar de la que Napoleón fue un consumado artífice. Así, en la galería española del Louvre pudieron exponerse, entre 1838 y 1848, centenares de obras maestras. La importancia de Velázquez, Goya, El Greco, Zurbarán y Murillo fue reconocida en la capital universal del siglo XIX. Manet (cuya Ejecución de Maximiliano remeda los fusilamientos goyescos del 3 de mayo) proclama que “Velázquez es el pintor más grande que jamás ha existido” y Delacroix, Ingres, Courbet, Degas y Millet, entre otros, admiten la decisiva influencia que tiene en sus trayectorias la manera española de pintar. Tras la consagración internacional del Museo del Prado, pintores europeos y americanos (Sargent, Whistler) viajan en peregrinación artística a España para reclinarse ante unas obras que no se sacian de contemplar. Velázquez y Goya, que son canonizados como modelos que superan a los maestros renacentistas, pasan a ser instalados con todos los honores en el panteón de la modernidad. Pero al margen de rivalidades, rupturas y evoluciones artísticas, los grandes creadores siempre dan la impresión de haber acabado sus obras ahora mismo. Piero della Francesca transfunde a sus personajes una vida imperecedera; el filósofo de Rembrandt no cesa de reflexionar en la penumbra acerca de la misma intrincada cuestión; y los borrachos de Velázquez siguen embriagándonos desde la eternidad. El arte impone su presencia en el devenir continuo y realiza, sin esfuerzo aparente, la reconciliación de lo singular y lo universal.
Polvos sospechosos
No es broma. El Juez de la Audiencia Nacional D. Baltasar Garzón ha abierto diligencias para investigar el envío a la propia sede de tal órgano judicial de tres cartas que al parecer contenían “polvo sospechoso” –entre ellas una que llegó al Presidente del Tribunal, D. Ángel Juanes- y que pasaron como si tal cosa los controles de seguridad de tan férreamente protegida institución, lo que ha supuesto la inmediata destitución del comisario jefe encargado de la seguridad. Las otras dos cartas, según han informado fuentes de la propia Audiencia estaban dirigidas a los Magistrados D. Fernando Grande Marlaska y D. Ismael Moreno. Genio y figura. Garzón, quien se encontraba de guardia al suceder los hechos, ha pedido al fiscal que informe si le considera competente para investigarlos y que le adelante la calificación jurídica que le merecen al entender la existencia de materia suficiente para incoar diligencias por un posible delito de amenazas terroristas. Por su parte, las fuerzas policiales, retratadas de tal penosa manera, han calificado como de “burda” la amenaza de los tres sobres sin remitente que pasaron el control de seguridad, justificando así que no se activara ningún protocolo de seguridad y subrayando la frecuencia con que llegan misivas amenazadoras a esta sede judicial. Escenas cotidianas de la miseria de la vida judicial, microcosmos absurdo del estado de la Justicia. El imprescindible protagonista, la endogamia jurisdiccional, la ineficacia burocrática, y sobre todo, la debilidad institucional del teatro judicial de inseparación, pese a su pompa y parafernalia. A la par, el Sr. Juanes, afirmaba en Salamanca que la situación actual en la que se están viendo inmersos algunos jueces “y con ello la Justicia” española “se perciben con preocupación”. El Alto Magistrado afirma que “no es agradable” la presencia constante de la materia judicial en la prensa, confiando en que finalmente “la racionalidad se imponga y escampe algo”. Baltasar Garzón (foto: jmlage) El patetismo que escenifican los actores de la inseparación es fruto de su condición de títeres sin auctoritas al aceptar su elección originaria del poder político y en consecuencia, con potestas viciada de origen y vacía de contenido real. Aquellos polvos trajeron estos lodos.
¿Compensa la eurozona?
Ahora que la Unión Económica y Monetaria de Europa (UEM), la Eurozona, ha tenido un pequeño bache en su camino, se recuerdan las reflexiones hechas en los años de su constitución. Entonces se destacaba que una UEM sin adición de otras medidas económicas, sobre todo las fiscales, no era una solución óptima para todos los miembros; que la UEM portaba el virus del desequilibrio de su moneda si dejaba a los miembros absoluta discrecionalidad en sus decisiones económicas; que el euro había sido el resultado de un pacto entre los grandes (Alemania, Francia) para tener acceso a un mercado sin riesgo de divisas y los pequeños (España) para tener acceso a un mercado financiero con tipos de interés bajos; y que sólo sería factible mediante un pacto de estabilidad y crecimiento que estableciese una fuerte disciplina financiera y presupuestaria. Los doce países que fundaron la UEM, más los otros cuatro que se han ido adhiriendo, han aceptado sus reglas de juego sabiendo desde el principio que pueden darse “shocks externos asimétricos”, esos acontecimientos que provocan desequilibrios económicos en algún miembro de la Eurozona y no en los otros, como la crisis en el sector del automóvil, el cambio en las preferencias de los turistas, el exceso del gasto público en uno de ellos, la reforma tributaria de uno de los líderes, las modificaciones de la política agraria común o la reducción súbita de transferencias comunitarias (Alberto Recarte). Así que ante la grave crisis económica que padecemos, en algunos ambientes políticos y económicos se analizan, entre otras, la salida de nuestro país de la UEM y la disolución de esta unión monetaria. La primera situación dejaría flotante el tipo de cambio de la nueva peseta para poder devaluarla como remedio para todos los males económicos que padecemos. En apariencia esta opción tiene muchas ventajas: estimula las exportaciones (un porcentaje pequeño de nuestra economía), desanima las importaciones, reparte la disminución de los costes por toda la economía nacional e induce a un alza generalizada de precios que estimularía nuevas inversiones. Pero dejaría a nuestros políticos aun más libres para expandir el gasto público (hoy día ronda el 50% del PIB) y conduciría a la redenominación de las enormes deudas externas (públicas y privadas) en la nueva peseta y al encarecimiento de las importaciones de energía hasta límites insospechados, situación cercana a la suspensión de pagos (conocida como Default). En realidad esta medida monetaria daría un poco de oxigeno (moneda) al enfermo pero no curaría su grave enfermedad (la situación económica) ya que los médicos (nuestros dirigentes) no han sabido (no han querido) diagnosticarla, no han puesto los remedios adecuados ni se han sujetado a protocolo, regla o disciplina alguna. Pensaban que el gasto público era la panacea universal y miraban con desdén a los que pedían una evaluación de todos los proyectos públicos (su coste, su oportunidad, su complementariedad, su gestión y su forma de financiación). Pero con esta “clase política”, devenida en “casta parasitaria” sólo sirven los razonamientos en clave electoral y de conservación del poder ¿Os imagináis a sus integrantes gastando sin freno alguno y utilizando al Banco emisor para financiar los sucesivos déficits? ¿Dónde acabaría nuestra moneda con sucesivas devaluaciones “competitivas” y “necesarias”? La segunda situación, la disolución del euro, es impensable hoy día por motivos prácticos. Si se diese tal situación desencadenaría “la madre de todas las crisis financieras” (Barry Eichengreen). No hay marcha atrás, pues situaciones como la que padece la Eurozona se han dado en la historia económica reciente: durante la crisis de los años 30 en EE.UU. varios bancos del Sistema de la Reserva Federal cortaron muchas transacciones realizadas entre los diversos distritos monetarios (corralitos) y en la unificación alemana la paridad de los marcos de las dos Alemanias dejó “tocada” a la destartalada Alemania del Este. En ambos casos los Gobiernos Federales asumieron los ingentes costes de esas uniones monetarias estimulando la movilidad de las personas y realizando grandes transferencias a los territorios afectados (subsidios de desempleo, IRPF federal, Fondos de unificación y otras trasferencias). Un altísimo precio por mantener la moneda común, pero el tiempo les dio la razón. En conclusión, la UE “tiene que avanzar mucho más en la unión política para que los países europeos empiecen a funcionar más como estados de Estados Unidos” (Paul Krugman). Y además, disponer de un Poder Ejecutivo elegido directamente y de un Parlamento representativo, que tengan poderes reales sobre la política económica de la Unión. Pero mientras no ocurra esto, al menos se deben respetar las reglas de juego que ellos mismos se han dado para que no ocurra lo de Grecia ¿ni lo de otros países?
Nuestro Hulot
Las vacaciones (foto: marie-II) Nuestro Hulot El desgarbado y atolondrado personaje que encarnó Jacques Tati en sus películas más populares (Mi tío y Las vacaciones de Monsieur Hulot) no hace frente a los embates de la realidad, ni sortea los obstáculos que se le presentan, con la habilidad o el ingenio de un Charlot, sino que, incapaz de controlar lo que sucede a su alrededor, se deja llevar por los acontecimientos, acrecentando allí por donde pasa, el desorden natural de las cosas. Y es que la espontaneidad de Tati es una fuente permanente de entropía y una impetuosa corriente de aire fresco en un mundo de una asfixiante mecanización. El bendito caos que introduce Hulot en esa rígida y sórdida sociedad donde reina el narcisismo y la tecnología detenta una abrumadora presencia, podría emparentarse con la inadaptación de Jerry Lewis a un mundo que amenaza a cada instante con desplomársele encima (Lío en los grandes almacenes). A pesar de la indiferencia y la incomprensión que lo rodean, el larguirucho ataviado con una gabardina, una pipa y unos pantalones que le quedan cortos, goza de un buen humor y una bondad imperturbables. Con seres humanos como Tati es imposible creer que habite siempre en nuestras entrañas la abyección de la crueldad. Los nuevos contenidos y las innovaciones formales que introdujo este iconoclasta del humor a lo largo de su corta filmografía (seis películas) siguen conservando la misma frescura: la disposición de lo que hay dentro y fuera del encuadre para crear el efecto cómico, la morosidad en el tempo del gag, la infinidad de capas sonoras que un oído sensible puede ir descubriendo (Playtime). En el cine de Jacques Tati, el humor no es un simple relampagueo que se produce al final de una situación. Su encantadora y suave luz se extiende sobre el entero paisaje de la vida, regalándonos un discurso poético sobre el extrañamiento de lo cotidiana modernidad, con el aroma de lo clásico.
¿Dispersión o diversificación?
El pasado 12 de marzo Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo pronunció un interesante discurso en la Universidad de Stanford (California) titulado "Riesgo y política monetaria". Extraemos un párrafo que nos da cuenta de los errores conceptuales sobre los que se han vertido cientos de miles de millones: "Habíamos pensado que el sistema financiero podría absorber cualquier shock. La teoría del portafolio había demostrado que la dispersión del riesgo individual atenuaría el riesgo agregado. Pero la incorrecta medición del riesgo multiplicó la exposición, y la asunción de riesgos similares por los participantes del mercado incrementó el potencial de contagio. Durante el proceso, aprendimos que dispersión no significa necesariamente diversificación efectiva." La llamada portfolio theory de Markowitz establece una relación matemática entre el riesgo y el beneficio a través de combinaciones de productos financieros sin correlación en sus cotizaciones para diseñar carteras de inversión. Mediante la dispersión del riesgo (creación de derivados de derivados) se suponía la estabilización financiera a través de la diversificación de las carteras de inversión y el aumento de las transacciones (la mayoría de carácter especulativo por su opacidad en mercados Over The Counter (OTC)). El modelo de Markowitz además de estar basado en postulados falsos tomados de la economía clásica, (inversor racional, mercados eficientes, etc.), mide el riesgo de una forma muy particular, olvidándose de asimetrías y colas, asumiendo distribuciones normales de los beneficios y correlaciones permanentes entre derivados poco conocidos. Un modelo que podría funcionar solamente en algunos casos singulares. Trichet (foto: World Economic Forum) Pero dejando a un lado la aplicación universal de un modelo particular, el mayor error conceptual, según Trichet, parece haber sido el de identificar la dispersión con la diversificación. Así, este error aparece, con probabilidad intencionadamente, en la segunda frase extraída del discurso de Trichet: "La teoría del portafolio había demostrado que la dispersión del riesgo individual atenuaría el riesgo agregado."
Modo de vida embrutecedor
Avarice – Greed (foto: Lilou Merlin Very busy) Modo de vida embrutecedor La reflexión, la conciencia crítica y el ennoblecimiento no son más que bagatelas anticuadas frente al vigente automatismo vital, como norma de conducta de esa masa de consumidores que no necesitan pensar. Que se consuman vorazmente los productos arrojados al mercado por los publicistas de los hombres de negocios fabulosos es un signo de los tiempos modernos que desborda su mera significación económica y social, ya que no sólo se ponen en incesante circulación artículos materiales sino que también –y esto es lo más grave- se ofrece llenar las horas de ocio con una bazofia cultural que atrofia los espíritus y estraga las mentes de aquellos que, hundidos de tal manera en la mediocridad, sólo desean ser como los demás, es decir, monos de imitación. En esta vorágine de colonización mental y embrutecimiento masivo, los medios de comunicación (y en especial, la cloaca televisiva) cumplen un papel fundamental. ¿Acaso la hegemonía del “american way of life” ha propiciado semejante degradación, desorbitando el culto universal a Mammon y “lo que no hiciere el dinero no lo hará el diablo”? EEUU ha dejado de ser la tierra de los pioneros y personalidades excepcionales, combinando el individualismo con la libertad política colectiva, para convertirse en un país dominado por las corporaciones, el espíritu gregario y la vanidad exasperada de una ignorancia imperial. De aquel cazador de grandes presas y pequeñas naciones, Theodor Roosevelt, para quien “la lucha agresiva en pos de lo correcto es el deporte más noble que hay en el mundo” hasta Bush II, el pueblo norteamericano ha tendido a identificarse con sus líderes políticos más vulgares. Sin embargo, allí es posible una catarsis (elección de Obama) o especie de regeneración inconcebible en una Europa que produce su propia síntesis oligárquica del reino de la apariencia y aturdimiento donde pasta el animal-rebaño nietzschiano. En torno nuestro vemos a autómatas fabricados en serie y moviéndose y hablando como loros amaestrados al compás de las indicaciones y eslóganes que les llegan del exterior. Para la conciencia europea, el futuro que anunciaban y propugnaban los “nuevos bárbaros” no era menos inhabitable que el pasado de los primitivos. Este sentimiento fue compartido por algunos norteamericanos notables como Henry James o T. S. Eliot, y hasta por el propio Santayana.
Diputados de la gleba estatal
Burke fue el primero en defender la legitimidad de las agrupaciones parlamentarias de diputados afines. Los partidos políticos nacieron como fracciones de la sociedad política constituida en Parlamento. Los votantes eran ajenos a semejantes asociaciones. La extensión del sufragio como derecho, la división de la sociedad en clases y la movilización de los ciudadanos para entablar luchas sociales, transformaron la primigenia naturaleza estatal de los partidos. Al trasladar el centro de gravedad desde la cámara parlamentaria a la sociedad civil se convirtieron en partidos societarios de masas. La financiación de los militantes les permitió la independencia necesaria para desempeñar su vocación transformadora del Estado, conforme a su imagen ideológica. La mitigación y desaparición de la lucha de clases, la concepción del sufragio como deber y la financiación pública, han hecho retroceder a los partidos a su primitiva condición estatal. Así, los componentes del bloque constitucional de la partidocracia perpetúan en España, tras la dictadura, la función de señorío del Estado sobre una sociedad tutelada. Reducidos a centros oficiosos de selección de personal burocrático y de gobierno, dejan de ser instituciones civilmente necesarias. Resulta imposible que una formación política que no sea independiente del Estado pueda impedir el abuso y la corrupción del PSOE, el PP, satélites ministeriales, y nacionalismos periféricos, cuyo sostenimiento con fondos públicos es causa y efecto de subordinación de la sociedad civil a la oligarquía de partidos. En un llamamiento a todos los grupos de la Cámara para que apoyen solicitar al Gobierno que suspenda la subida del impuesto sobre el valor añadido, la portavoz del PP en el Congreso ha exhortado a la diputadumbre a votar “en conciencia y según sus consideraciones”. Dejando a un lado la desvergonzada inutilidad de semejante petición (todos los que aceptan ser estabulados en una lista saben que tal cosa supone una constante abdicación de la personalidad) doña Soraya Sáenz de Santamaría, si por un milagro de conversión liberal, fuese coherente con la prédica de eliminar los impuestos más gravosos, reclamaría inmediatamente acabar con la dotación del Estado a su propio partido. La modernidad de este Régimen ha consistido en suprimir los tributos feudales a la Iglesia para establecerlos a favor de los señoríos políticos.

