Las vacaciones (foto: marie-II) Nuestro Hulot El desgarbado y atolondrado personaje que encarnó Jacques Tati en sus películas más populares (Mi tío y Las vacaciones de Monsieur Hulot) no hace frente a los embates de la realidad, ni sortea los obstáculos que se le presentan, con la habilidad o el ingenio de un Charlot, sino que, incapaz de controlar lo que sucede a su alrededor, se deja llevar por los acontecimientos, acrecentando allí por donde pasa, el desorden natural de las cosas. Y es que la espontaneidad de Tati es una fuente permanente de entropía y una impetuosa corriente de aire fresco en un mundo de una asfixiante mecanización.   El bendito caos que introduce Hulot en esa rígida y sórdida sociedad donde reina el narcisismo y la tecnología detenta una abrumadora presencia, podría emparentarse con la inadaptación de Jerry Lewis a un mundo que amenaza a cada instante con desplomársele encima (Lío en los grandes almacenes). A pesar de la indiferencia y la incomprensión que lo rodean, el larguirucho ataviado con una gabardina, una pipa y unos pantalones que le quedan cortos, goza de un buen humor y una bondad imperturbables. Con seres humanos como Tati es imposible creer que habite siempre en nuestras entrañas la abyección de la crueldad.   Los nuevos contenidos y las innovaciones formales que introdujo este iconoclasta del humor a lo largo de su corta filmografía (seis películas) siguen conservando la misma frescura: la disposición de lo que hay dentro y fuera del encuadre para crear el efecto cómico, la morosidad en el tempo del gag, la infinidad de capas sonoras que un oído sensible puede ir descubriendo (Playtime).   En el cine de Jacques Tati, el humor no es un simple relampagueo que se produce al final de una situación. Su encantadora y suave luz se extiende sobre el entero paisaje de la vida, regalándonos un discurso poético sobre el extrañamiento de lo cotidiana modernidad, con el aroma de lo clásico.

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