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miércoles 14 enero 2026
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El bardo

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Shakespeare y la araña (foto: ClatieK) El bardo Es difícil saber si, de acuerdo con Robert Graves en La Diosa Blanca (un estudio del origen de la poesía británica tan insólito como erudito), Shakespeare cumple con los requisitos esbozados para constituirse como un auténtico bardo. Sí es seguro que incontables páginas han sido dedicadas al estudio y crítica de la obra shakespeariana, y la cosa no tiene visos de detenerse en el futuro. No ya sólo por el genio particular del hombre Guillermo, capaz de componer en un período relativamente corto una cantidad tan asombrosa de obras meticulosamente perfiladas, sino porque la hermenéutica de sus distintos partos demanda una actualización al paso de los tiempos. Más que un pensador o un filósofo de lo existencial-personal –que tal vez se nos empalaga un poco en Hamlet– Shakespeare fue un extraordinario descriptor de tensiones colectivas, y en particular de aquéllas relacionas con el poder político y con el amor. Más que problemas profundamente personales –que no ignora–, las obras de Shakespeare tratan de los problemas creados por la colisión entre fuerzas pasionales dentro de ciertas coordenadas sociales o políticas.   Esto ha llevado a algunos, como Bernard Shaw, a pensar que Shakespeare no sostuvo filosofía propia, y que fue, en el fondo, un amargo pesimista interesado ante todo en la buena vida (burguesa). Shaw no niega su incomparable virtuosismo con la lengua o la solidez de su puesta en escena, pero cuestiona que Shakespeare sea un autor con dimensiones morales y religiosas equivalentes a otros autores de corte profético como Blake o Bunyam. Blake fue, por supuesto, un poeta eminentemente religioso y enemigo de la razón natural en tanto que carente de imaginación y niveladora de lo que es verdaderamente grandioso y transcendental en la vida. Por su parte, el Pilgrim’s Progress de Bunyam, una obra alegórica sobre la búsqueda de la vida eterna, tiene ciertamente una visión, aunque difícilmente alcanza la sagacidad y exhaustividad, el realismo y la imaginación de El Criticón de Gracián, que tanto se le parece en temática.   La crítica de Shaw, que levantó tanto revuelo en su tiempo, fue contestada por muchos, entre ellos Chesterton, quien para contrarrestar la exageración de Shaw, descubrió en Sueño de una Noche de Verano un verdadero manantial de sugerencias. Aunque La Tempestad carece del calado del Fausto de Goethe, a aquélla y tantas otras obras no les falta esa dimensión existencial que le gustaría ver a Shaw, y mucho menos le falta una dimensión moral. Incluso cabría discutir su supuesta falta de religiosidad, entendida como vivencia personal y no como asunto protocolario. En todo caso, el punto fuerte de Shakespeare radica en la descripción objetiva de pasiones humanas en el juego de nuestra vida en común, con especial énfasis en la vida política y la de las esferas del poder. No es que falten héroes supersónicos, sino que éstos no pueden comprenderse del todo sin el mundo que les rodea.   Sin menoscabo de la grandeza de las obras de Shakespeare, debe asimismo evitarse la exageración opuesta, como en la que ha caído uno de los críticos literarios más famosos (aunque no mejores) de la actualidad. Harold Bloom no tiene reparo en llamar a Shakespeare “el Canon”, y titula el estudio de su obra dedicada éste La Invención de lo Humano. En este y otros libros (El Canon Occidental) Bloom mantiene nada menos que Shakespeare es el canon de toda la literatura de Occidente. Lo peor aquí no es su patente anglo-centrismo (en cierto modo justificable), sino el desprecio de clásicos occidentales anteriores a Shakespeare, que con mucha mayor justicia puede decirse que han marcado el destino del pensamiento occidental, desde La Ilíada o las Metamorfosis hasta la Biblia. {!jomcomment}

Turner y el agua

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Durante el siglo XIX los grandes maestros franceses emprendieron la valoración de los tesoros que contiene el Museo del Prado. Vermeer entró en el santuario del arte a raíz de su descubrimiento por la crítica decimonónica francesa –Gautier, Goncourt, Thoré-Bürger, etc.- y especialmente por la pluma de Marcel Proust, que convirtió a Swann en un estudioso de la obra del artista holandés. Y la maestría de Turner, de quien podremos ver una exposición en el Prado dentro de unas semanas, fue considerada en primer lugar por Monet en 1870.   El artista entresaca de las sombras del devenir una parte de la realidad para ponerla bajo la luz de su creación. Si el rechazo de lo real es absoluto, su obra devendrá puro formalismo, y si reproduce o exalta la realidad tal como es, caerá en el realismo más chato. Los grandes pintores de paisajes no los pintan, sino que los recrean o incluso inventan, según su forma de verlos o de escoger un cristal para mirarlos: a lo largo del siglo XVIII algunos ingleses, en sus viajes por Italia, adquirían un cristal de color ámbar dorado para distinguir paisajes de Claudio de Lorena.   En el fluir perpetuo del devenir el propio Heráclito establecía un límite simbolizado por la diosa de la mesura, Némesis, fatal para los desmesurados. Pues bien, la mirada acuática de Turner domina tanto la violencia del oleaje, el vértigo de los acantilados y la infinita incertidumbre del océano como la serenidad y el amable rumor de las aguas.   También encontramos en este pintor una premonitoria visión de la contaminación que amenaza a la naturaleza: el Támesis es un río dañado por la polución y Londres está cubierto por unas nubes plomizas que parece que van a descargar una lluvia venenosa; asimismo, la podredumbre de la laguna veneciana -a la que se acercó Turner atraído por la fuerza del mito de una ciudad ideal-, anuncia la plaga de la muerte: la disolución de sus acuarelas y óleos está en consonancia con el mundo en descomposición que observa.   No está muy lejos el imperio de la abstracción pictórica, la desaparición de la figura y el cuadro en la Historia del Arte. La confusión actual que acepta el estéril nominalismo de llamar arte a “a todo lo que llamamos arte”. Una sociedad de consumo sumida plácidamente en la insignificancia más estólida que corre tras las baratijas que ponen de moda los críticos al servicio de la industria cultural, y con las que trafican los mercaderes del arte contemporáneo.

La fiesta ha terminado

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End of party (foto: Juliana Coutinho) La fiesta ha terminado Sólo hay objeto para la antropología allí donde el entorno social tiene unas dimensiones lo bastante reducidas como para que todos sus miembros se conozcan entre sí. En la sociedad moderna unas fuerzas vastas e impersonales se han convertido en una necesidad teórica: si antes predominaban los hombres y las pasiones individuales, ahora imperan las masas y las estructuras.   Durante gran parte del periodo de posguerra, los socialistas europeos y los demócratas estadounidenses preconizaron cierto control de la economía nacional por parte del Estado: regulación del mercado y de las condiciones laborales, inversión en bienes públicos y redistribución de la renta nacional. Ahora, lo que prima, después de la impune especulación financiera, es una actitud defensiva y derrotista, mientras los Estados luchan y bracean en el proceloso océano de la economía internacional, con fuerzas que desbordan su capacidad de control. La movilidad del capital provoca la desindustrialización, y el empleo en el sector de servicios es inseguro, viéndose amenazado por la mano de obra barata en el resto del mundo.   Francisco de Vitoria -cuya idea de la humanidad, concebida como una persona moral que agrupa a todos los Estados sobre la base del derecho natural, es uno de los fundamentos reconocidos del derecho internacional moderno- vindicó los derechos originales de  las sociedades indígenas  a  sus tierras, pero daba dos razones para justificar una intervención armada de carácter humanitario: los sacrificios humanos y la predicación del Evangelio. Hoy en día, no existen instituciones internacionales capaces de proteger el empleo y las normas laborales en las viejas economías industriales ni tampoco, de manera simultánea, aumentar las rentas y la protección social en las economías emergentes. La regulación agraria de EE.UU. y la Unión Europea que se nos suele presentar como programas de ayuda a los pequeños agricultores europeos y norteamericanos, benefician fundamentalmente a las industrias agrícolas transnacionales y perjudican sobre todo, a los campesinos de los países más débiles.   Sombart estimaba que o bien se considera que el principal valor de la vida está constituido por el interés económico o bien por el interés erótico. O se vive para la economía, ahorrando, o para el amor, gastando. El consumidor compulsivo tiene rasgos de temperamento infantiles, como al niño, le gusta lo mensurablemente concreto, la rapidez en los movimientos, la novedad por sí misma y el sentimiento de fuerza que confiere la posesión de objetos. Pero ha llegado la hora de una severa disciplina, de los sacrificios laborales, y de la predicación de la economía políticamente correcta. Los que promovieron este desbarajuste han de seguir siendo recompensados mientras que los que aceptaron regalos crediticios que estaban por encima de sus posibilidades deben afrontar las consecuencias de su irresponsabilidad.

La mentira política: ucronía, abstracción y nacionalismo

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La inmersión del estatuto catalán en ese Leteo del Poder que es el Tribunal Constitucional, habla por sí misma de la apnea política en la que vive la sociedad española. En la duración del caso observamos la ucronía que requiere el Estado de partidos; en su colapso jurídico, el engañoso simbolismo de la institución que lo ve; en la discusión partidista, el lugar que el nacionalismo guarda en nuestro país.   El ensayo de la utopía produce monstruos, pero la mentira política sólo es realizable con forma de ucronía. No se trata de la ucronía de Renouvier, que reconstruye el pasado para fantasear sobre el presente, sino de aquella que altera el pasado para someter al futuro. Y en este lugar sin tiempo, el pensamiento apolítico -quizá habría que llamarlo para-político- de los sacerdotes, artesanos, académicos e intelectuales orgánicos, dedica todo su esfuerzo a confirmar, en virtud del placer que producen la comparación con el pasado común y el éxito personal inmediato, la validez mecánica de lo realizado, de lo existente. Como resultado de este acatamiento de lo impuesto la moral sólo puede ser policial, no sirve de proyección mental, de guía. Bien mirado ni siquiera hay verdadera imaginación en la mentira sino simple ocasión, un disimulo muy semejante al que los animales muestran ante el peligro.   Quizá basándose en el Hipias menor, Nietzsche mantiene que son precisamente aquellos que mienten inconscientemente -malos mentirosos según Sócrates- quienes promueven que la verdad exista como si fuera real. Lo cual nos lleva a pensar que siempre hay una aceptación convencional -pero profundamente arraigada en los instintos- de cierto statu quo social, que es el nacimiento de la política. La política, en su fundamento, no mantiene grandes diferencias con el lenguaje: origina instituciones que abstraen en forma de símbolos de conceptos, además de muchos hechos históricos, gran cantidad de ideales que después la tradición y la fe ciega hacen eternos. Si hay un compromiso tácito a la hora de aceptar el sentido común que dice que existe un mundo real y que, de cierta manera, se puede conocer, cuál no será ese compromiso a la hora de establecer acciones comunes en las que participa la voluntad. Curiosamente parece que no son los sentimientos egoístas lo que dificulta la acción política, sino la propia voluntad de hacer en común (entendiendo “voluntad” a lo Schopenhauer). Esto es, hay una tendencia a aunar voluntad política y condiciones en las que esta  pueda sentirse satisfecha,  sea  cual sea el sacrificio que la unión exija. Incluido el de la libertad.   El mismo Nietzsche escribió que la capacidad humana de abstraer en un solo concepto las grandes diferencias existentes entre individuos, nos empuja hacia la aspiración moral de verdad. ¿Qué condiciones podrían dar lugar a lo contrario? La condición única de la esclavitud. Una vocación hacia la mentira reestablece con la forja del nuevo paradigma el equilibrio político previo (sea este cual sea) sin necesidad de libertad, sin necesidad de crear nada, asumiendo la mutilación tras la extirpación de la propia moral. Todo ello sabiendo que el mayor logro del individuo es la creación, pues en lo demás sólo parecemos un depósito de intereses extraños y fríos de la naturaleza no humana. Y dado que la creación sólo es posible en común, el individuo creador suele ser un grandísimo engreído, pues se encuentra afectado de divina soledad. En el arrebato creativo, más si la obra conduce a la distinción, los creadores no son capaces de ver o no pueden tener en cuenta que la política es la abstracción de las diferencias individuales que conduce a la acción común real, quizá por eso muchos de estos creadores son impotentes políticos y se aferran, también, a la mentira. La mentira que afirma la diferencia igualándonos en la servidumbre mientras la verdad niega esa misma diferencia igualándonos (o desigualándonos, si atendemos a los resultados que arrojan esos íntimos momentos de creación) en la libertad.   Un paradigma falso, como por ejemplo la constitución española de mil novecientos setenta y ocho (que incluye documentos, instituciones, personajes, ideologías y hechos), es fuente de continua desintegración política. Nuestro Estado, conforme a ese paradigma, ha sido mentirosamente constituido y esto obliga a la deconstitución inexorable de la nación política, es decir, de la propia energía vital (sociedad) que lo generó y, en este sentido, el Estado autonómico, federal o micronómico consustancial a la adulteración de la realidad política, también es la cuenta atrás hacia su propia desaparición formal. La mentira moral es efecto de la mentira política, como el nacionalismo es efecto de la desactivación política de la sociedad. El aparato moral humano se descompone para que el ser subhumano que todos llevamos dentro prevalezca; el aparato social se desorganiza para que el aparato estatal perdure.

El mito de Europa

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Europa después de la lluvia, de Max Ernst El mito de Europa En las Metamorfosis de Ovidio podemos leer cómo fue raptada la hija del rey cananeo Agenor por un Zeus prendado de ella: convertido en un hermoso toro blanco, llamó tanto la atención de Europa que ésta se puso a jugar con él y a ponerle flores en la boca y guirnaldas en sus pequeños y relucientes cuernos, hasta llegar a montarse en su lomo que es cuando el toro aprovechó para meterse en el mar mientras aquélla veía alejarse su costa natal. Cuando el rey de los dioses olímpicos llegó a Creta, se transformó en un águila y violó en un bosque de sauces a la joven raptada. La astucia que burla la ingenuidad de la belleza y la impune brutalidad de su posesión: esa es la mitología de la que deriva nuestro continente o las raíces del imaginario europeo.   Europa, incubando tantos Imperios, ha desatado sobre el mundo la furia de los más grandes depredadores territoriales, pero fue en su seno, rebosante de cultura, donde germinó la barbarie más atroz que ha conocido la humanidad. Un cuadro de Max Ernst, “Europa después de la lluvia” (1940-1942) refleja la aniquilación y desolación que entenebrecieron la cuna de la civilización.   Tuvo que ser Norteamérica la que acabase, menos en la Península Ibérica, con el fascismo y el nazismo, emancipando a una parte de la Europa secuestrada y promoviendo un gigantesco plan de reconstrucción económica que desembocó en la prosperidad de la Europa comunitaria. Fue natural, por lo tanto, que un sentimiento de admirada gratitud y de inferioridad impidiera a los pueblos de Europa occidental tener una política propia de unidad, un pensamiento original del mundo, una confianza independiente en su destino. El miedo al comunismo infestó a Europa de Estados de Partidos.   La unión federal entre Estados nacionales previamente   separados   tiene   un   carácter civilizador, puesto que cuantos menos focos de discriminaciones y centros de decisiones de guerras haya en el mundo mucho mejor para el porvenir de la humanidad. Por eso, sería excelente la integración en un Estado Federal europeo, si así lo decidieran libremente los distintos pueblos y si estuviese garantizada la democracia en el Gobierno de la Unión Europea.   Sin embargo, lejos de una República Federal, en Europa, a pesar de la retórica de la unificación, todavía no se vislumbra un verdadero horizonte político. En realidad, no hemos pasado de una asociación de mercaderes, donde los Estados fuertes ejercen su voluntad de poder sobre los Estados comparsa. Merkel, y detrás de ella, los demás oligarcas del continente, pueden proceder a desmantelar el Estado del bienestar, orgullo de la socialdemocracia europeísta, porque no es una conquista de los ciudadanos europeos sino una concesión de sus gobernantes.   En “El mito de la izquierda” Gustavo Bueno señala que el elemento esencial de la Revolución Francesa, lo que le confiere su grandeza e influencia, es la fundación de la “Nación política”. Desgraciadamente, este filósofo no ve, a pesar de la clarividencia de Hannah Arendt acerca de la revolución, el carácter único de la Revolución Americana, a la que toma por el inicio de otro Imperio. Si la expresión “fundamentalismo democrático” es un oxímoron, la de “materialismo miope” se ajusta a la visión de Bueno respecto a la libertad política. Por cierto, en la “Teoría Pura de la República” García-Trevijano tritura las falsedades emanadas de la Revolución Francesa que, ajenos al control del poder, siguen recogiendo los textos constitucionales europeos en una pertinaz institucionalización del abuso.

Otro ladrillo en el muro

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Después de ver los despilfarros (una parte del iceberg) del Estado y de las Comunidades Autónomas (miniestados que nos transportan a lo más oscuro de nuestra Edad Media), envueltos en demagógicas actuaciones tendentes a la consecución del “Estado del Bienestar”, el tercer pilar está compuesto por aquellos entes que gestionan una parte de nuestro gasto público: las Administraciones locales, un bosque plagado de criaturas cuya identidad aun está en discusión.   Durante muchos años nos han vendido que este tipo de administraciones estaban más cerca del ciudadano, conocían mejor sus necesidades y el efecto multiplicador de su gasto público era más acusado que el conseguido en los otros niveles, pues incidían en sectores de gran valor añadido (urbanización de terrenos dedicados a zonas industriales, abastecimiento y depuración de aguas, transporte colectivo de viajeros, viales urbanos, etc.). Pero la expansión de sus gastos de forma incontrolada, financiados con tributos ligados al negocio inmobiliario, transferencias del Estado y endeudamiento, que esperaban amortizar con sucesivas recalificaciones de terrenos, también les ha llevado a situaciones cercanas a la bancarrota (los Ayuntamientos de Navalcarnero o de Madrid han sobrepasado los 2.000 euros de endeudamiento por habitante, el ayuntamiento de Jerez de la Frontera solamente pudo pagar a sus ¡¡2.500 empleados!! parte de su nómina del mes de mayo, 800 euros a cada uno, aunque, gracias a los adelantos recibidos del Estado, pudo completarla).   En la vorágine de la descentralización autonómica se olvidaron de racionalizar esta parte de nuestra administración pública a fin de hacerla más eficiente en la prestación de los servicios públicos que tiene encomendados. Por un lado el minifundismo municipal (de 8.115 municipios, 4.800 tienen menos de 1.000 habitantes), ha hecho que proliferen administraciones de segundo nivel que han pretendido suplir sus carencias y han conseguido duplicar o triplicar funciones1. Por otro lado los grandes municipios, gracias a “leyes de modernización”, han llenado sus plantillas de directores, gerentes, asesores y demás criaturas bien pagadas que no han hecho más eficientes sus servicios, sino mucho más caros.   Ante esta situación, y a la vista de lo que ha puesto en marcha Grecia eliminando dos tercios de sus municipios, se alzan voces (políticas y profesionales) que piden fusiones de municipios con dimensiones óptimas para evitar su bancarrota y eliminaciones de muchas  de esas entidades  de segundo nivel. De poco servirá el cambio de organización si sus dirigentes siguen saliendo de las Listas electorales presentadas por los Partidos Políticos en vez de los representantes de cada barrio o núcleo de población del municipio. Sin este cambio democrático aquel otro será, como decía una vieja canción de Pink Floyd: “another brick in the wall”.   1 Un enjambre de entidades pululan entre el Municipio y la Comunidad Autónoma: 38 diputaciones comunes, 3 diputaciones forales, 7 cabildos insulares, 4 consejos insulares, 1.012 mancomunidades, 81 comarcas, 4 entidades metropolitanas, 73 agrupaciones, otro tipo de entidades que pueden crear (como las veguerías catalanas) y cientos de consorcios que gestionan servicios públicos locales.

La mentira política: causa-efecto moral

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Mitin de Zapatero en Puertollano (foto: Zapatero 2008) La mentira política: causa-efecto moral Zapatero, el presidente que surgió de la mentira del 11-M, miente. Ya no será el defensor de los desfavorecidos, sino el favorecedor de sus defensores y el desfavorecedor de quien sea necesario. Nuevamente el gobernante queda impune. Y es que el súbdito mira la mentira de los políticos profesionales como se contempla un asunto privado y no como lo que es: una aberración pública. Lógico, pues el trasfondo moral de la mentira, si esta es política, implica a todos los elementos de la jerarquía social. La atmósfera vigilada y despresurizada de los regímenes que sin apariencia de totalitarismos niegan la libertad -verbigracia la dictablanda de Franco y los gobiernos que desde entonces han sido en España- da lugar a un desenfrenado copo del espacio que la regresión del Estado deja vacante. En todos los sociotopos que permiten cultivar el hedonismo más frívolo (comercio, familia, religión, espectáculo, arte, ocio, erudición, deporte…) la población arrojada de palacio para que sea dueña de la calle tiene el privilegio de mostrar el camino de la picaresca a la propia clase política. Nada tiene de extraño esta situación si recordamos que todo, absolutamente todo, surge inicialmente de la sociedad civil aunque en situaciones de asfixia política sus productos estén necesariamente exentos de virtud.   El hábito mezquino de mentir se extiende en situaciones de servidumbre política. La mentira vulgar y la hipocresía insensible no son sólo la herramienta del oportunismo amoral, sino la consecuencia directa de la para-política generada por el paradigma falsario,      por      el     aceptar     ser     siervo. “Conspiración a plena luz” denominó Arendt a esta situación: la mentira no es aliada del secreto o la élite, sino de la difusión y la masa. Como resultado asistimos al curioso hecho de que mientras en lo político es necesario asumir que todo es trasparencia -incluida la natural opacidad o secretismo de Estado-, que el poder y sus instituciones (no sus personas) son honorables, en la política y en la vida “no política” se asume todo lo contrario. De esta manera el engaño, la desconfianza y la difamación son los presupuestos vecinales de las sociedades sin libertad ciudadana y, a su vez, la opinión es el presupuesto de la sabiduría.   Porque epistemológicamente, como comprendió Platón, la mentira toma forma de opinión, pues esta, para mantenerse a salvo (paradigmatizarse) permite a su portador dudar a conveniencia de los hechos sobre los que se piensa o discute. Y aquí la mentira es menos falaz que la verdad falseada pues aquella acepta, al menos, un acuerdo tácito acerca de sobre qué se está mintiendo, como muestra ingeniosamente el célebre chiste freudiano. Así, en el ambiente de ficción política que respiramos, la mentira para con uno mismo -que Rousseau, Kant y tantos otros decían imposible- es posible; el imperativo categórico sufre un estado de excepción. También, como dice el mismo Kant, lo sufre el lenguaje. La impostura política es una mutilación intelectual y física y da lugar a la genuina ausencia de la libertad de expresión, pues esta requiere de la capacidad de poder mentir si se desea, es decir, de ser inherentemente veraz. De ser humano.

Solución final

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Que Caamaño ha sido mucho más eficaz en el control político de la Justicia que su tosco predecesor, se demuestra en cada una de las reformas iniciadas en su mandato del comisariado político de sus asuntos, todas ellas en sentido de añadir nuevos nudos a la cuerda de la inseparación. La última hazaña es el globo sonda lanzado por el titular ministerial para monopolizar el proceso penal conforme a los deseos del ejecutivo, condicionando la prosecución de la acción penal al visto bueno del Ministerio Público.   Caamaño cree que la acusación popular no debería mantener sola un proceso penal. El Ministro de Justicia, se mostró partidario de legislar a favor de que una acusación popular no pueda sostener “por sí sola” la acción criminal cuando el Ministerio Fiscal o las víctimas no consideren que hay delito. En declaraciones a la cadena SER, reconoció no obstante que la vigente constitución recoge la figura de la acusación popular, por lo que –ha dicho- habría que buscar un “encaje” a la propuesta para que “no cause las distorsiones que, ahora comprobamos todos, está produciendo”. El titular de Justicia ha indicado que debe aprenderse de la experiencia del caso Garzón, en el que la “ultraderecha” ostenta la acusación popular, la única en el proceso, ya que la Fiscalía no aprecia delito.   Es la solución final para controlar la persecución penal de los delitos de poder. Y es que, precisamente los ilícitos penales de la clase político-judicial (cohecho, prevaricación, tráfico de influencias…) se caracterizan por un daño abstracto, general y difuso a bienes jurídicos de imposible particularización en una víctima concreta que pueda sostener la acusación particular conforme a un daño individual de sus intereses, sino que es toda la sociedad civil la que resulta agredida, resultando indispensable como vehículo procesal el ejercicio de la acción a través del mecanismo de la acusación popular.   De suprimirse la igualdad procesal de la acusación popular de las restantes personadas, la enervación de la acción penal en tales delitos quedaría al albur de la decisión de un Ministerio Público configurado como estructura jerárquica en cuya cúspide se sitúa un Fiscal General del Estado elegido a dedo por el Gobierno de turno, lo que supone equiparar el criterio de imputación al criterio de oportunidad política.

Fracaso autonómico

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Manifestación independentista Fracaso autonómico Las artificiosas Autonomías no han logrado calmar los punzantes sentimientos de identidad nacional de vascos y catalanes; es más, atiborrando de café a todas las regiones, se han mantenido bien despiertas las reivindicaciones nacionalistas del derecho a la autodeterminación, es decir, a independizarse o a imponer al resto de los españoles el reconocimiento de un derecho que la Historia no ha podido establecer como hecho. Además de esta exacerbación de las ansias secesionistas, el tinglado autonómico ha derivado en un fastuoso despilfarro, en una duplicidad de abusos, discriminaciones e incompetencias, y en una maraña de leyes. El arbitrismo de la vertebración autonómica, impulsado por oligarcas tan indoctos como Suárez, constituye un fracaso colosal.   En su momento, la socialdemocracia alemana hizo resurgir al PSOE de sus cenizas y de su prolongada ausencia antifranquista, moldeando la figura de un líder que estuviera a la altura del oportunismo y la deslealtad que exigían los nuevos tiempos. Ahora, con el descalabro económico y la insolvencia generalizada, desde la cancillería del Gran Hermano del Norte vuelven a señalar el camino correcto, esta vez al atolondrado sucesor de González. Pero resulta que la causa general del mal que padecemos estriba en el Estado de los Partidos y de las Autonomías inspirado en el modelo alemán. No es extraño que, siguiendo el ejemplo alemán, los observadores de la “realidad plurinacional” hayan abogado por implantar un federalismo autóctono o asimétrico, creyendo que éste originaría la fuerza centrípeta o integradora que el autonomismo no ha creado. La división del Estado nacional que tenemos en diecisiete Estados regionales, para separarlos y volverlos a injertar en un nuevo Estado federal, mediante un pacto, haría sencillísima a los nacionalistas la tarea de romper semejante contrato o lazo jurídico.   Fue en Alemania, precisamente, donde hace unos años se publicó con gran repercusión La trampa del consenso, de Thomas Darnstädt, quien señaló la inevitable parálisis a la que conduce la fragmentación territorial y la necesidad, al no existir la regla democrática de las mayorías y minorías, de negociar y pactar hasta extremos grotescos, entre los distintos partidos que componen la oligarquía.   En España, sin embargo, el disparate institucional es mucho más disolvente. ¿Dónde cabe encontrar tanto cinismo político como aquí, proclamando la defensa de la unidad nacional al mismo tiempo que se conquista el poder asociándose con independentistas? El que confunda la existencia de España con su abyecto Régimen actual corre el peligro de ser absorbido por el agujero negro del patriotismo constitucional, otra importación alemana.

Carnaval de inseparación

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El Príncipe presidió el pasado día 1 de Junio en Barcelona la entrega de despachos a la LX promoción de la carrera judicial, compuesta por 120 nuevos jueces, a los que animó a guiarse por los principios de independencia e imparcialidad, “únicamente sometidos al imperio de la Ley y al pleno acatamiento de nuestra Constitución”. Al acto asistió también el Presidente del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) que lo es además del Tribunal Supremo (TS), D. Carlos Dívar, quién aprovechó para manifestar su preocupación personal y del órgano de gobierno que preside por mejorar la situación personal y laboral de los jueces, que se refleje en “un servicio más atento a los ciudadanos”.   No podían faltar entre las autoridades el Ministro de Justicia, D. Francisco Caamaño, el Presidente de la Generalidad D. José Montilla, la Consejera de Justicia de Cataluña Dña. Montserrat Tura, el Alcalde de Barcelona D. Jordi Hereu y la Presidente del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña Dña. María Eugenia Alegret.   Los patronos de la inseparación marcan el territorio desde el acceso a la noble misión de quien elige como profesión la de juzgar a sus conciudadanos. Se apela a la pulcritud y dignidad personales como residencia última de la independencia judicial, cuando a la vez se favorece la corrupción institucional poniendo el bocado de la designación política, el sometimiento económico y el coto organizativo y funcional de esa misma constitución que se invoca como sustento y ser de las maravillas del país de Alicia.   Se sitúan sin pudor en la misma, quien representa y cataliza mágicamente la transacción eterna del estado de partidos con libertades personales pero sin libertad política, quien ata organizativa, funcional y económicamente a la justicia al poder único, quien se encarga de la culminación de la ruptura del principio de igualdad al acceso a la justicia por razón de residencia, y quien aspira a arrebatar a su compañero de acto la última instancia de las decisiones jurisdiccionales en lo referido a su ámbito territorial.   Enfrente, la virginidad de los nuevos juzgadores, en escena natural que produce la misma emoción que contemplar el acoso de los lobos al rebaño.   Acto de entrega de despachos

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Sólo mantendremos tus datos durante el tiempo que sea estrictamente necesario para ofrecerte la información que requieras y poder realizar los envíos y realizar un seguimiento de los mismos, y posteriormente durante el periodo que resulte indispensable para poder cubrir eventuales responsabilidades o para la formulación, ejercicio o defensa de reclamaciones. No obstante lo anterior, podrás solicitar la eliminación de tus datos, y en caso de resultar aplicables dichos plazos legales de conservación, se mantendrán bloqueados durante el tiempo que la normativa establezca. En cuanto a nuestro boletín, conservaremos los datos proporcionados en tanto no manifiestes tu voluntad de darte de baja de los servicios.

¿Vamos a comunicar tus datos a terceros?

No cederemos tus datos a terceros excepto cuando se nos requiera por Ley, y en particular, podremos comunicar tus datos a las siguientes entidades, siempre en relación con las finalidades descritas:
  • A los órganos competentes de las Administraciones Públicas en cumplimiento de las obligaciones legales que nos sean de aplicación.
  • A nuestros proveedores de servicios auxiliares, necesarios para el normal funcionamiento de los servicios contratados, incluido el envío de las compras realizadas en el portal. En el caso de que algún proveedor se encuentre en una jurisdicción ajena al ámbito de aplicación del RGPD, te garantizamos que se encontrarán adheridos al Escudo de Privacidad (Privacy Shield) UE - EE. UU. Puedes aprender más haciendo click en este hipervínculo: https://www.aepd.es/sites/default/files/2019-09/guia-acerca-del-escudo-de-privacidad.pdf
    • A nuestros colaboradores, en el seno de prestaciones de servicios, los cuales estarán obligados a su vez a guardar la más estricta confidencialidad.

¿Cuáles son tus derechos y cómo puedes ejercitarlos?

  1. Derecho a acceder a tus datos personales para saber cuáles están siendo objeto de tratamiento y con qué
  2. Derecho a rectificar cualquier dato personal inexacto -por ejemplo, si necesitas actualizar la información o corregirla en caso de que fuera incorrecta-.
  3. Suprimir tus datos personales, cuando esto sea posible. Si la normativa vigente no nos permite eliminar tus datos, los bloquearemos durante el tiempo restante.
  4. Solicitar la limitación del tratamiento de tus datos personales cuando la exactitud, la legalidad o la necesidad del tratamiento de los datos resulte dudosa, en cuyo caso, podremos conservar los datos para el ejercicio o la defensa de reclamaciones.
  5. Oponerte al tratamiento de tus datos personales.
  6. Llevar a cabo la portabilidad de tus datos.
  7. Revocar el consentimiento otorgado -por ejemplo, si te suscribiste al boletín y ya no deseas recibir más información-.
  8. Ejercer tu derecho al olvido.
Podrás ejercitar tus derechos en cualquier momento y sin coste alguno, indicando qué derecho quieres ejercitar, tus datos y aportando copia de tu Documento de Identidad para que podamos identificarte, a través de las siguientes vías:
  1. Dirigiendo un correo electrónico a nuestra dirección: [email protected]
  2. Dirigiendo una solicitud escrita por correo ordinario a la dirección Calle Alondra 1, Prado de Somosaguas, Pozuelo de Alarcón, 28223, Madrid.
  3. Además, cuando recibas cualquier comunicación nuestra, clicando en la sección de baja que contendrá esa comunicación, podrás darte de baja de todos envíos de comunicaciones del MCRC previamente aceptados.
  4. Cuando te hayas suscrito a la recepción de mensajes informativos a través de Whatsapp podrás cancelar la suscripción desde el formulario del Diario donde te diste de alta, indicando que deseas darte de baja.
Si consideras que hemos cometido una infracción de la legislación en materia de protección de datos respecto al tratamiento de tus datos personales, consideras que el tratamiento no ha sido adecuado a la normativa o no has visto satisfecho el ejercicio de tus derechos, podrás presentar una reclamación ante la Agencia Española de Protección de Datos, sin perjuicio de cualquier otro recurso administrativo o acción judicial que proceda en su caso.

¿Están seguros tus datos?

La protección de tu privacidad es muy importante para nosotros. Por ello, para garantizarte la seguridad de tu información, hacemos nuestros mejores esfuerzos para impedir que se utilice de forma inadecuada, prevenir accesos no autorizados y/o la revelación no autorizada de datos personales. Asimismo, nos comprometemos a cumplir con el deber de secreto y confidencialidad respecto de los datos personales de acuerdo con la legislación aplicable, así como a conferirles un tratamiento seguro en las cesiones y transferencias internacionales de datos que, en su caso, puedan producirse.

¿Cómo actualizamos nuestra Política de Privacidad?

La Política de Privacidad vigente es la que aparece en el Diario en el momento en que accedas al mismo. Nos reservamos el derecho a revisarla en el momento que consideremos oportuno. No obstante, si hacemos cambios, estos serán identificables de forma clara y específica, conforme se permite en la relación que hemos establecido contigo (por ejemplo: te podemos comunicar los cambios por email).

Resumen de Información de nuestra Política de Privacidad.

Responsable del tratamiento MOVIMIENTO DE CIUDADANOS HACIA LA REPÚBLICA CONSTITUCIONAL (MCRC) Calle Alondra 1, Prado de Somosaguas, 28223, Pozuelo de Alarcón, Madrid. NIF: G-86279259
Finalidades de tratamiento de tus datos personales - Atender tus solicitudes de información, comentarios, peticiones y/o consultas en el marco de tu relación con el MCRC. - Atender las solicitudes para el ejercicio de tus derechos. - Enviarte todas las comunicaciones a las que te hubieras suscrito, incluido el boletín (si te hubieras suscrito) y comunicaciones por Whatsapp. - Enviar cualquier compra realizada en la Tienda del MCRC.
Origen de los datos tratados - Nos los has facilitado libremente tú mismo o un tercero en tu nombre. - Los hemos recabado a través de nuestro Sitio Web mediante cookies. Puedes obtener más información sobre este tratamiento en nuestra Política de Cookies.
Base de Legitimación para el tratamiento - El tratamiento es necesario para la ofrecerte la información necesaria en atención a tu condición de asociado del MCRC. - Para determinados tratamientos, nos has dado tu consentimiento expreso (ej participación en una acción; boletín…). - Contrato de compra entre las partes.
Cesión de datos a terceros - Cedemos tus datos a proveedores de servicios, incluidos aquellos relativos al envío de las compras realizadas en la Tienda. - En ningún caso se cederán tus datos a personas ajenas a la actividad del MCRC (ya sean asociados o ajenos a la asociación) y los servicios que nos has sido solicitado. - Cedemos tus datos a determinadas autoridades en cumplimiento de obligaciones legales (ej. Administraciones Públicas).
Plazos de conservación - Conservaremos tus datos durante el tiempo que siga vigente tu relación con el MCRC. - Si nos pides expresamente que los eliminemos, así lo haremos salvo que exista una obligación legal que nos lo impida o que, por ejemplo, necesitemos utilizarlos para la formulación, ejercicio y defensa de reclamaciones.
Derechos del interesado Podrás solicitarnos el ejercicio de tus derechos por correo electrónico: [email protected], o por escrito a nuestro domicilio social en Calle Alondra 1, Prado de Somosaguas, 28223, Pozuelo de Alarcón, Madrid. Puedes pedirnos el derecho a acceder a tus datos, a solicitar su rectificación o supresión, a limitar el tratamiento de tus datos, o a oponerte a determinados tratamientos, a retirar el consentimiento que nos hubieras prestado, a la portabilidad de tus datos o a no ser objeto de una decisión basada únicamente en el tratamiento automatizado. Si no estás de acuerdo con el tratamiento que realizamos de tus datos, puedes presentar una reclamación ante la Agencia Española de Protección de Datos: www.aepd.es. Si tienes alguna duda sobre esta Política de Privacidad o el tratamiento de tus datos, escríbenos a nuestra dirección de correo electrónico [email protected], y estaremos encantados de atenderte.

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