La competencia trepadora no siempre favorece al más competente en esto o aquello, sino al más hábil en competir, acomodándose, administrando sus relaciones públicas, pasando exámenes, ganando puntos, descolgando a los competidores, engatusando o presionando a los jurados, acaparando micrófonos y focos, haciéndose popular. En el campo de la lucha por la existencia política que se libra en el interior de los partidos estatales, ascienden a la cumbre las mediocridades más notables y astutas de esas organizaciones del poder. Dentro de esta especie –el mediocre habilis- Zapatero constituye un ejemplar único, con una prodigiosa capacidad de adaptación al medio. Nos hace recordar aquel personaje de Woody Allen en “Zelig” (1983), un portento camaleónico. El que fue entusiasta de las primarias que a la postre le auparon a la jefatura del PSOE, ha devenido supremo defensor del “ordeno y mando” en la confección de las listas electorales. No sabemos si saltaría del pacifismo al belicismo con la misma precipitación con la que retira tropas de un avispero para mandarlas a otro, pero lo cierto es que se ha mostrado capaz de cambiar de chaqueta ideológica con una pasmosa facilidad. De las “políticas sociales” con las que sermoneaba a su parroquia ha pasado a comenzar a aplicar, sin hacer el menor amago de dimisión, el severo ajuste social que le demandaban los fiadores externos. Don José Luis se ha percatado de la rigidez de nuestro mercado laboral y está dispuesto a cimbrearlo. Pero esta conversión “neoliberal” no significa que haya dejado de ser socialdemócrata ni que se haya enemistado con los sindicatos estatales o que abomine de la santificada paz social. Él está a favor y en contra de la huelga general, y sabrá adaptarse tanto si fracasa como si triunfa, poniéndose a pastelear inmediatamente con los secretarios generales de UGT y CCOO. Zapatero/Zelig quiere sangrar a la Banca, pero fuera de España, para combatir la pobreza en el mundo; dentro, facilitará las transfusiones que hagan falta. Y cuando no lo imaginábamos de su talente compasivo, resulta que apoya la dureza represiva de Sarkozy y sus arbitrarias expulsiones de gitanos, convirtiéndose en el primer espadachín europeo del presidente francés. Algunos dicen que, de manera casi simultánea, ha visitado las sedes de “El Mundo” y “El País” para dar coba a Pedro J. y Cebrián. Otros alimentan sospechas sobre su “barcelonismo” declarando haberlo visto en el palco del Bernabeu, junto a Florentino y Jiménez Losantos. Los de más allá afirman que es ateo y costalero mayor. Y aquí, sostenemos que es monárquico y republicano, pero no se asusten ni se hagan ilusiones: lo es del republicanismo aguachinado de Pettit. Desgraciadamente no es anarquista: disfruta detentando el Poder Ejecutivo.
Trivialización técnica
Fotocomposición (foto: Eccctecnologías) Trivialización técnica Desde el comienzo de los primeros imperios, gracias a la domesticación de animales y vegetales, hasta entrado el siglo XIX, los medios de comunicación no cambiaron sustancialmente. La velocidad de la correspondencia entre emisores y receptores dependía de la tracción animal o eólica. Con el descubrimiento y utilización de la transmisión eléctrica y fósil para emitir mensajes o enviar mercancías el panorama cambió de un modo drástico. Es posible que, debido a lo reciente de un cambio que no hace más que incrementar exponencialmente, no podamos todavía evaluar sus consecuencias con un mínimo de comprensibilidad, pero valga dejar constancia de algunas de sus aristas. A nadie se le escapa, por ejemplo, que tales descubrimientos colocan a la técnica en un nivel global-planetario que nunca antes había poseído. Pero, antes que describir algunas de sus características principales, me gustaría señalar que el carácter de la técnica dista mucho de ser terreno neutral, como muchos piensan. Es decir, parte de un punto de vista y tiene unos objetivos concretos dentro de una concepción del mundo delimitable. No se trata de algo “natural” o puro, como caído del cielo para que sea disfrutado por los humanos. Toda tecnología parte de un diseño, y este diseño es restrictivo en sentidos decisivos. Hablo aquí de “sentido” en su doble acepción, pues los sentidos (sensoriales) en uso al abrir una carta son distintos a los utilizados con un ordenador. La pérdida de estos sentidos con las nuevas tecnologías ha sido señalada repetidamente por una miríada de autores (generalmente artistas) desde el momento mismo de su incepción, con variantes en el grado de romanticismo con que se miraba lo antiguo y se desdeñaba lo moderno. Del mismo modo que no parece válida la dicotomía, más bien post-moderna, entre humanismo (o su permutación “anti-humanista”, como en Heidegger y Jünger, siguiendo a Nietzsche) y técnica, tampoco resulta satisfactoria una visión neutralista de la técnica, la cual, en tanto que no investiga las limitaciones inherentes al diseño, esconde asimismo una ideología. La tecnología actual ha abierto un enorme espacio para la ficción, y ha roto de un modo irreversible modos de contacto que, por su cercanía, se corresponden mejor con la autenticidad personal y con valores morales más sólidos que gaseosos. Es verdad que también ha facilitado la comunicación entre afines para propósitos venerables, pero no puede decirse ni que ésta fuese la intención original ni, por desgracia, que constituya el mayor porcentaje de su uso. Más bien lo opuesto es la verdad abrumadora. El espacio de ficción creado por la tecnología actual, más alienante que educativo, se discierne por ejemplo en la jovial exposición a escenas violentas a que nos somete la pantalla, ya sea en noticieros o en el cine. Y la consecuencia es una trivialización de valores morales o estéticos. La apoteosis de esta trivialización se encuentra tal vez en la famosa escena de la película Pulp Fiction, en la que el personaje encarnado por John Travolta dispara accidentalmente a un joven negro sentado en el asiento trasero de un automóvil cuando pisan un bache. El público se ve entonces sometido a un impacto emocional a caballo entre la hilaridad (empujado hasta límites genuinamente sádicos) y el horror. Pero a diferencia de la ambivalencia emocional que sintió Babeuf al contemplar las cabezas cortadas del ministro Foulon y su yerno Bertier durante la Revolución Francesa, también entre la alegría y el terror, el aspecto más relevante de la película es su tendencia hacia una trivialización total. Esto se emparenta con la desensibilización ante los horrores mostrados con cuentagotas por el noticiero, o de tantos mensajes alarmantes que se cuelan en nuestro buzón electrónico. Mi análisis está lejos de abogar retrógradamente por un imposible regreso a un pasado mítico. Pero sí es necesario percibir qué hemos perdido o vamos perdiendo por el camino, así como reconocer los límites de la tecnología presente en lo que a valores morales y estéticos se refiere, que son esenciales en un cambio político. Alguno dirá que me contradigo porque emito mi mensaje precisamente a través de medios tecnológicos postmodernos. Pero la diferencia está en que mi mensaje puede ser emitido también por otros medios, mientras que una trivialización de la violencia tan feroz como la de Tarantino necesita de la distancia (ficticia) de cierta tecnología para producirse.
La institución libre
Sierra de Guadarrama (foto: ohrwurm67) La institución libre Ni por asomo, se han rebelado, frente a la degradación cultural, la corrupción política y los falsos valores que imperan en este Régimen, figuras tan eminentes como las que denunciaron la podredumbre de la Restauración. Pero las buenas intenciones de aquellos españoles no son comparables a las monsergas hipócritas de los regeneracionistas actuales que reclaman cosas como listas abiertas y paritarias, democracia interna o un papel más “activo” del Parlamento. Cuando un Real Decreto (1875) quiso imponer a los catedráticos el contenido de sus clases, prohibiéndoles exponer en ellas doctrinas contrarias a la religión católica y al régimen monárquico, la defensa de la libertad de enseñanza que sostuvieron algunos de aquéllos provocó la expulsión de sus cátedras y, por sentido de la lealtad con sus compañeros, la digna dimisión de otros como Castelar y Salmerón. Entre estos últimos, Francisco Giner de los Ríos concebirá en Cádiz –donde fue desterrado- la idea de la Institución Libre de Enseñanza, en los que se inspirarían otros centros de la importancia cultural de la Residencia de Estudiantes, la Junta para Ampliación de Estudios, o el Centro de Estudios Históricos. Entre las predilecciones del fundador de la Institución se encontraba la consideración del paisaje como la expresión visible de un orden natural en el que figura el ser humano. La neurótica búsqueda de una identidad nacional y la nebulosa nostálgica que envolvía las aspiraciones de estos renovados “Amigos del País” estaban relacionadas con el placer que sentían realizando excursiones por la Sierra de Guadarrama y con el valor geológico que le daban a la Meseta castellana: “el solar del Cid y la tierra de Don Quijote”. Giner de los Ríos se hallaba muy cerca de la “manera de entender España” de catalanes como Joan Maragall, quien veía en aquel “educador del futuro” la persona capaz de “descubrir el alma peninsular para constituir, en armonía con ella, todos los órganos sociales de la península hispánica” mediante una nuevo “pacto de unión”. Seguimos comprobando que los subjetivismos y esencialismos nacionalistas, los proyectos sugestivos de vida en común, los dislates autonómicos y las “visiones” federalizantes tienen numerosos antecedentes. La naturaleza es un proceso, afirmaba Whitehead, y cada vez que el hombre actúa, también inicia procesos. Si algunos de los procesos orgánicos que se dan en la naturaleza tienen el don de renovarla, en la Historia de España, sólo el proceso que inicie la conquista de la libertad política tendrá la virtud de oxigenar la vida pública, dejando a un lado las ilusiones purificadoras del regeneracionismo y las reformas engañosas que promueven los “sanadores” de la partidocracia.
Tómbola política
Cuando llega septiembre los medios de comunicación nos bombardean sin descanso con fantásticas colecciones de todo tipo de tareas, artesanías y excelentes “master”. Nuestros políticos no son ajenos a estas modas, abren sus tómbolas y nos ofrecen sus rifas electorales: proyectos apasionantes, promesas deshilachadas bajo una sombrilla y hasta “elecciones primarias” para elegir al que encabezará una Lista (no para elegir a los representantes políticos). Vuelven los antiguos charlatanes a recordarnos las drásticas decisiones que han de tomar. Consideran la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado para el próximo año un acto supremo de responsabilidad colectiva, aunque para ello tengan que pactar con el diablo, como hizo Fausto (Goethe), la conservación de su poder político (su juventud) a cambio de entregarle los restos del Estado (su alma). Sin escrúpulo alguno, lanzan a los ciudadanos como un ultimátum la necesidad del retraso de la jubilación y el recálculo de su cuantía para mantener el sistema actual de pensiones, callando el despilfarro descomunal en subvenciones sin sentido y en gastos de mantenimiento de cientos de entes y órganos públicos sin actividad productiva y permitiendo miles de prejubilaciones, como las que se derivarán de las fusiones de Cajas de Ahorro. Su verborrea no ha cesado, siguen predicando que gastar y gastar es la única manera de salir de la crisis, da igual abrir zanjas y después cerrarlas que llenar una mina abandonada de billetes, taponarla y abrirla de nuevo, para poder ocupar a la gente en la búsqueda del tesoro. Siguen creyendo que ofrecer dinero barato es un acicate para pedir préstamos y gastarlos en cualquier cosa o invertirlos en malos proyectos que tarde o temprano habrá que liquidar. Su milenarismo y su pensamiento ilusorio (wishful thinking) chocan con la dura realidad: uno y otro método apenas han logrado la ansiada reactivación, el paro sigue en niveles altos como antes de la siesta estival, cebándose en nuestros jóvenes que hacen las maletas para huir de un país sin futuro; las deudas públicas y privadas corroen nuestra economía; y la imagen de España cae en picado (según el Informe Global de Competitividad 2010-2011, publicado por el World Economic Forum). El megáfono septembrino de la tómbola política nos anuncia que los detentadores del poder político harán que todo vuelva a comenzar, como por arte de magia. Parece que el país regresa de un largo veraneo o despierta de una larga siesta estival en la que ha estado confortablemente entumecido (“comfortably numb”, Pink Floyd).
Protección judicial
P. de Justicia (foto: ojos que ven) Protección judicial Cada vez que se alega, cuando brota el escándalo ocasional ante la permanente corrupción pública, falta de pruebas fehacientes; cada vez que los que hacen y deshacen las listas se remiten a una decisión judicial cuando se les echa en cara la desvergüenza de incluir en ellas a personajes que se han ganado con creces el repudio social; cada vez que el parlamento rechaza comisiones de investigación o hace el paripé de aceptarlas conociendo su irremisible inutilidad en una Cámara de lacayos de los partidos estatales. Asimismo, cada vez que se pide a los órganos de expresión que tengan mentalidad de jueces para opinar sobre el decoro de las relaciones políticas entre gobernantes y gobernados; cada vez que se dice a los ciudadanos que suspendan su juicio hasta conocer el fallo de los Tribunales, se está agrandando el proceso de ruptura de los lazos morales y culturales que mantienen viva una comunidad nacional. En esta dilución de los vínculos comunitarios reside la causa de la corrupción. El proceso degenerativo echa sus raíces en los recursos extraordinarios a que acude el poder para suplir su falta de legitimación para ejercerlo, como lo hace, sin control de otro poder que lo frene. La dictadura recurre al Estado policial. La dominación oligárquica de los partidos ha recurrido al Estado judicial, que es otra forma represiva de concebir el orden social. En ambos casos se confunde lo normal con lo patológico, el orden moral con el orden penal. Entre una y otra forma de dominación la diferencia estriba en lo que exige la prudencia para vivir confiados. Antes, los abusos de la dictadura se apoyaban en la dificultad de eludir la vigilancia de la policía. Ahora, los de este régimen, en la dificultad de probarlos judicialmente. Donde no hay demostración judicial (y jueces sojuzgados) hay impunidad. Otra cosa son los ajustes de cuentas entre las organizaciones del poder incontrolado, sus chivos expiatorios y las ambiciones mal medidas (Conde). Esta nueva ideología forense sostiene en el poder a los oligarcas y en la corrupción a la sociedad. En esta ideología se basa el poder del crimen organizado. La conducta ejemplar en el Estado judicial, la del burlador de la prueba, es la de Al Capone. Conforme al concepto estricto de Derecho y a la etimología común de ambos vocablos, la legalidad ha de coincidir con la legitimidad. Por eso, en esta ilegítima Monarquía de Partidos, en este Estado antijurídico, la “protección especial” (personajes que no pueden ser estigmatizados o que cuentan con un crédito ilimitado o una doctrina ad hoc) está reservada a los que están entrelazados política y económicamente en una “Casa”, que desde luego no es la nuestra, la de los indefensos ciudadanos.
El paseíllo
El Fiscal General del Estado, D. Cándido Conde-Pumpido, acudió al Palacio de la Zarzuela el pasado miércoles para hacer entrega al rey D. Juan Carlos del primer ejemplar de la Memoria de la Fiscalía correspondiente al año 2.009, que será presentada públicamente en el acto de apertura de Tribunales el 21 de Septiembre. Dos días más tarde, y poco antes del Consejo de Ministros, Conde-Pumpido visitó la Moncloa para entregar otro ejemplar al Presidente del Gobierno D. José Luis Rodríguez Zapatero. Este documento, que resume las intervenciones de las diferentes fiscalías a lo largo del último año, se hará público sólo tras la intervención del Fiscal General del Estado en el acto de apertura de Tribunales en presencia de los miembros del Consejo General del Poder Judicial, Tribunal Constitucional, Consejo Fiscal y del propio Tribunal Supremo, y al que también está previsto que acuda el rey, ataviado con toga y puñetas. Los actos simbólicos institucionales encierran el significado de las obediencias. En el Reino Unido, por ejemplo, uno de los momentos más pintorescos de la apertura de la legislatura resulta cuando el emisario de la reina (Black Rod) acude a la Cámara de los Comunes para llamarlos a que acudan a la de los Lores para escuchar el discurso regio. En ese momento recibe un portazo en la cara y debe llamar tres veces antes de ser abierto. Sólo una vez concedido el permiso de entrada en la asamblea, los miembros del Parlamento caminan en procesión a la Cámara de los Lores para escuchar el discurso de apertura de la reina en que desgrana las líneas maestras de la política del ejecutivo al dictado del gobierno. En el caso español la simbología encierra la rendición de cuentas y sumisión simbólica del Ministerio Público al ejecutivo inseparado que ordena su actuación y nombra a su cúpula bajo requisito de docilidad, antes incluso de explicar su actuación en el año cerrado a una farsa del Poder Judicial, con monarca togado y empuñetado como notario de excepción en ambos casos. En el ejemplo británico se trata de un acto de reafirmación del legislativo que se repite desde que Carlos I entrara en los Comunes en 1.642 para intentar arrestar allí a cinco de sus miembros.
Desfase torticero
Junto a la noria (foto: mirando_t) Desfase torticero Con un cuarto de siglo de retraso desde que la cosa se mostrara ya más que flagrante, la intelligentsia orgánica de facción parece haber descubierto la decadencia poblacional española. Se está publicitando el estudio al respecto de un tal Alejandro Macarrón Larumbe, que, con el esclarecedor título de “suicidio demográfico” —el prefijo latino sui nos señala a nosotros mismos como autores del homicidio—, publicará refiriéndose a tal asunto. Aparte de su publicidad, el desvelamiento de los datos no es algo meritorio si no se encajan dentro de un modelo explicativo. Tal como recalcó Albert Einstein, los hechos por sí solos no producen conocimiento científico —incluso carecen de utilidad para el caso que nos ocupa— si no se acompañan de la correspondiente construcción conceptual de sus relaciones. No quiero precipitarme enjuiciando un estudio que todavía no ha visto la luz, aunque los artículos que el citado Alejandro Macarrón publicó en Expansión la pasada primavera, y alguna otra conferencia que circula por la Red, no aclaran para nada las causas del retroceso demográfico; peor aún, uno de sus más sonados heraldos, el ínclito Pío Moa, nos regala sus desgarradores desbarres. Las reflexiones que Moa engarza, basándose en este tema, alcanzan un amplio espectro que va desde los débiles “valores” de nuestra sociedad, pasando por la baja “calidad” de la juventud española, hasta el peligro de disolución cultural por la inmigración islámica. Ante semejante mosaico de sinrazón y obsesión, nada inteligente es necesario objetar, pues las teselas caen solas por su propio peso. Únicamente nos centraremos en desmentir la perla que don Alejandro ha adelantado. Aunque algunos alegan que nuestro invierno demográfico se debe a que ahora no dan “ayudas a la natalidad” o a que “la vida está muy cara”, nuestros abuelos y bisabuelos tuvieron el doble o el triple de hijos que nosotros, con una renta per cápita real un 80%-90% inferior a la actual, y mucho más riesgo para las mujeres al dar a luz. Claro que cuando un consultor de estrategia empresarial y corporate finance, como el aludido señor Macarrón, nos espeta algo así, parece cantidad de razonable. Sin embargo, repartir equitativamente el PIB entre los habitantes de un país, sin referencia alguna a la distribución de la renta, ni al balance ingresos/gastos a la hora de formar y mantener el hogar familiar donde poder tener los hijos, justamente lo decisivo en el asunto que tratamos de dilucidar (en lo que respecta al desembolso, fundamentalmente todo lo relacionado con la vivienda, pero también añadiendo el menaje, la energía, la guardería, el colegio, los libros, la ropa, etcétera, ello unido a las contingencias que asolan la vida actual, entre las cuales campan el desempleo y la precariedad laboral que pueden comprometer los ingresos); nos remite a aquel popular dicho de “qué tienen que ver los cojones para comer trigo”. Sin disponer aquí de espacio suficiente para más, recomiendo a Alejandro Macarrón Larumbe que se fije en la evolución de las rentas del trabajo, naturalmente entre los quintiles más comunes, y su relación respecto al encarecimiento de la vida, incluyendo el precio de los pisos con su hipoteca en la justa proporción, y no en el irrisorio 10% que ahora contempla el IPC (para hacerse una idea de la falsedad de este índice, baste señalar que el grupo básico, esto es la vivienda, el vestido y la alimentación, tienen juntos un peso del 50%). Así podrá apreciar cómo la Monarquía de partidos ha arruinado a la gran mayoría de los españoles, de cuyas últimas generaciones es inútil especular acerca de si quieren o no tener hijos cuando ni siquiera pueden emanciparse. Es curioso, volviendo al ilustre Pío Moa, que éste se quejara, en su blog y en Época, de que la juventud española aspirara mayoritariamente a un puesto de funcionario. Habida cuenta de la precariedad laboral y de la imperiosa necesidad de suscribir una larga hipoteca para poder tener casa propia y fundar un hogar, resulta la forma más segura de conseguir unos ingresos fijos dignos que lo permitan. Lejos de ser hedonista y “botellonera”, tal y como les califica el propio Moa, la juventud española demuestra, con ello, gran inteligencia práctica para poder alcanzar sus aspiraciones familiares en las condiciones de ruina generalizada a las que nos ha abocado el Régimen del 77, del que por cierto don Pío es ferviente defensor.
Un profeta
La expresión artística más acabada del individualismo extremo no se encuentra en las grandes epopeyas que vinculan la acción de los héroes con el destino de las naciones, o en las tragedias que enfrentan a la oportunidad social los valores asimilados por las almas fuertes. Tampoco se halla en las pinturas expresionistas que representan la realidad como la ve la emoción de los retratados, ni la reconocemos en las obras literarias que dejaron los pensadores existencialistas y en las cuales siempre se cuenta con la redención -satisfactoria o no- en virtud del compromiso. El mérito de esta hazaña pertenece al subgénero cinematográfico dedicado al mundo de la prisión. El cine carcelario es la alegoría perfecta de la agonía que supone vivir en verdadera soledad. Una nueva pieza maestra viene a gravar el peso estético de esta especialidad fílmica: Un profeta, de Santiago Audiard. Como todo lo sabio, la película trasciende su propia realización para abarcar un conjunto enorme de sentimientos, ideas, géneros y situaciones. Esta es, además, una cinta de portentoso dominio en la descriptiva del paisanaje; Audiard consigue personajes tan sólidos como los de la literatura. Las sutiles coordenadas mediante las cuales el autor ubica el desarraigo cultural que afecta al hombre alienado son: la vuelta a los valores ad hoc que alimentan las mafias y el remordimiento asimilado en forma de alucinación. La vida mafiosa contiene en sí misma la única vía para sus miembros: el medro personal. La alucinación es el anuncio de la baraka que el protagonista cree poseer. Si el espectador conserva la inquietud política, el desarrollo del argumento puede permitirle gozar con el descubrimiento -no explicitado en la película- de una realidad espeluznante: cuando no hay Estado el regreso a la sociedad tribal -las pandillas guerreras- es inevitable, pero cuando sólo existe Estado, es decir, cuando el individuo desposeído de libertad y de cultura queda sometido directamente a la disciplina carcelaria, el efecto es el mismo. En el nuevo liberalismo el comercio y, en el trullo, el trapicheo, podrían muy bien ser concepciones destinadas a paliar esta situación convirtiendo el mercado en “legislador espontáneo”. En toda vanidad existe un delirio o una ensoñación que se ha colado entre las realidades del día a día. Muchas veces esa superstición no desaparece ni con la muerte de aquel que creía haber sido tocado por el dedo de Dios, pues su historia será convenientemente ajustada al imaginario social por el colectivo de turno para que, en forma de mito, continúe alimentando la moda cultural. En cualquier caso, el tipo más común de alucinación expectante es el éxito y el único porvenir real o imaginario del solitario, como el del miedoso, el engreído o el fanfarrón, es el éxito. Éxito que el inquietante final feliz de Un profeta muestra como todo individualista forzoso -permítaseme el pleonasmo- es incapaz de considerar: principio de nada veraz, fin de sí mismo, hecho con vocación de ser efímero. La cárcel es la obligatoriedad de ser sólo yo. Intramuros toda unión de personas es ficticia, interesadamente coyuntural. No hay compromiso, sólo colaboración. La sociedad sin libertad política es una cárcel y en ella todo compromiso es una forma de estafa, como todo éxito es sólo un privado y dulce paso más hacia la muerte.
Subversiones antiguas y modernas
Carnaval (foto: jonvelle) Subversiones antiguas y modernas La subversión del orden dado es un síntoma inequívoco de libertad. La práctica política moderna y la intuición genial de algunos pensadores basada en ella ha ido dando lugar a un desarrollo progresivo de garantías institucionales que operan de un modo complementario, pero no idéntico ni sustituible, al que en casi todas las culturas antiguas antes de la modernidad tenían ciertas ceremonias marcadas en el calendario oficial, tales como el carnaval, o, como en unos rituales africanos, ese día en que el que va a ser nombrado rey es públicamente insultado y apaleado. Estos ritos o ceremonias recuerdan que el poder ejecutivo, sea el que sea, se fundamenta en algo muy anterior. En primer lugar, en el consentimiento de todos los implicados, y en último término en un estrato del ser más animal que propiamente humano, origen de la libertad. La inteligencia de los mecanismos institucionales para el mantenimiento de la libertad política que se ha desarrollando accidentadamente a lo largo de los últimos tres siglos no puede pasarse sin aquella subversión, más original, del orden. El mecanismo no es idéntico a la puesta en marcha. La tosquedad y tal vez a nuestros ojos aparente trivialidad de ceremonias en las que el orden dado queda momentáneamente suspendido no debe ocluir un vistazo al fundamento que sostiene tal ceremonia. Cierto que en la actualidad el ritual de subversión puede ser re-conducido con propósitos de orden no subversivo, en la línea del lema franquista “fútbol y toros para el pueblo”. El carnaval o similares no ejerce ya la función crítica que tuvo en una sociedad estamental, donde la suspensión momentánea de la jerarquía y las relaciones verticales de poder era percibida, al menos en cierta medida, como una recuperación de un estado político más original, más próximo al caos, a partir del cual se genera una legitimización del poder. Sin esos cauces que se remontan a lo ignoto, sabiamente preservados en la ceremonia y ritual, el orden establecido no es posible. Como decía, incluso en las sociedades modernas y en lo mejor que han dado en lo que respecta a la garantía de la libertad colectiva, no puede prescindirse de un momento inicial, necesariamente creador e irresponsable, en el que el orden dado queda suspendido. La inmensa mayoría de los comentaristas políticos, incluso los que no han enterrado a Montesquieu, pasan esto por alto. Sin invocar a la libertad colectiva y ponerla en acción, los mecanismos concretos para salvaguardarla son operaciones en el vacío. Esto explica por qué resultan tan inanes los intentos “reformistas” de la Constitución. La inteligencia es el segundo paso; el primero, la libertad de acción misma.
Porcentajes
La catalaxia del poder en el estado de partidos lo determina todo. Cuotas de poder repartido que se establecen a través de los porcentajes que marca la Ley D´Hondt marcan la matemática de la corrupción institucional en España y la del tres por ciento (como poco) la de la ejecución del proyecto de obra nacionalista, subconjunto de Venn de aquella. La ecuación de esa cataláctica nivela a los partidos de estado independientemente de su ideología, sin que escapen a su cumplimiento exacto “derechas”, “izquierdas” ni nacionalismos, en constante juego de suma cero. La Fiscalía ha presentado una querella por apropiación indebida y falsificación de documentos mercantiles contra los máximos responsables de la Fundación Catalunya i Territori (CIT), próxima a Unió Democrática de Catalunya (UDC). Según el Fiscal, éstos habrían urdido una trama de una treintena de empresas para justificar la entrada de fondos en dicha Fundación sin existencia de sustrato negocial real alguno. En su escrito, el Ministerio Público dirige la querella contra, entre otros, el Presidente y los Vocales de CIT D. Josep Boque, D. Joan Albert López y D. Miguel Ángel Cortés. El Presidente de una de las empresas del entramado (COPISA) es D. José Coronado Mateu, quien según el Fiscal destinó fondos de su compañía para pagar la deuda de las empresas vinculadas a la Fundación en un montante de 1.183.472 euros. La querella sostiene que con el fin de justificar el trasvase económico, los querellados urdieron una simulación de negocio en la que se encontraba también involucrado el a su vez señalado por el Fiscal D. Xavier Soriano Borrás, vinculado a la propia Fundación afín a UDC. Soriano habría obtenido un préstamo de un millón de euros de COPISA con los que adquirió el crédito que ostentaba la Fundación frente al grupo fraudulento. El importe total así desviado alcanza la cifra de 1.786.651,46 euros, cuyo destino final se ignora según indica el fiscal en su querella. Otro de los querellados, el administrador de la firma Kontrast Produccions, D. Jordi Cuevas, vinculó durante la investigación previa de la Fiscalía al diputado de UDC D. Josep Sánchez Llibre con la trama, aunque la propia fiscalía archivó después las diligencias en relación a este último. No obstante, el fiscal indica en la querella que UDC resultaría “inicialmente concernida” por estas maniobras por su condición de beneficiario último a título lucrativo de la actuación supuestamente delictual. Filesa, Gürtel, Copisa… la cara B de la matemática partitocrática.

