El pasado mes, el presidente del Banco Central Europeo por un lado, en una comparecencia realizada en la Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios del Parlamento Europeo, y la Comisión Europea por otro han pedido un endurecimiento de las sanciones a aquellos países que incumplan los objetivos de estabilidad (déficit y deuda pública excesivos) y a aquellos otros que hayan sufrido una bajada considerable en la competitividad, por ser ésta una fuente de inestabilidad y contagio, sobre todo a los Estados de la Unión Europea (UE) que forman parte de la Unión Monetaria. Los dirigentes europeos, al mencionar estas alarmas, pusieron sobre el tapete su preocupación por los resultados de los dos informes publicados en dicho mes sobre la competitividad de varias naciones del mundo y de las regiones de los 27 países de la UE. En uno de estos informes, “The Global Competitiveness, Report 2010-2011*” elaborado por el Foro Económico Mundial (WEF) sobre la competitividad de las economías de 139 países del planeta Tierra, se evalúa la preparación de esos países para mantener y mejorar la prosperidad de sus ciudadanos. El índice global de competitividad mide el grado de preparación de cada nación para mantener o alcanzar ventajas comparativas en un mundo globalizado. Este índice es el resultado de la evaluación y la interrelación de una multitud de variables, agrupadas en doce pilares básicos: el entorno institucional, el estado de las infraestructuras, el entorno macroeconómico, la educación primaria y la salud, la educación superior y la formación especializada, la eficiencia de los mercados de bienes, la eficiencia del mercado laboral, el desarrollo de los mercados financieros, la preparación tecnológica, el tamaño del mercado, la sofisticación de los negocios y la innovación (científica y tecnológica). El ranking de este índice muestra en los lugares preferentes a Suiza, Suecia, Singapur, Estados Unidos, Alemania, Japón, Finlandia, Holanda, Dinamarca y Canadá. En dicho informe llama la atención que Estados Unidos (que el año pasado perdió el liderazgo mundial) haya bajado al cuarto lugar, que Chile encabece la lista de los países latinoamericanos y que España aparezca en el lugar 42 (9 posiciones menos que el año pasado y 13 menos que hace dos años). Nos queda como consuelo los resultados de los índices parciales: el lugar 13 en el tamaño del mercado, el 14 en el estado de las infraestructuras, el 31 en el nivel de la educación superior y…. la otra cara de la moneda: el puesto 115 en la eficiencia del mercado laboral. ¿podemos estar orgullosos o llorar a moco tendido? Siguiendo esa estela analítica, la Comisión Europea, a través de su Centro Común de Investigación (JRC) ha difundido un informe, como versión ampliada de aquél: “The European Competitiveness Index*” en el que analiza la situación de las 268 Regiones europeas (el mosaico de los 27 Estados de la Unión) a través de un centenar de índices, agrupados en 11 pilares (semejantes a los utilizados en el informe del WEF), que diseccionan la situación económica y social de cada una de ellas y evalúan la idoneidad de cada región para afrontar los retos del futuro. Este índice pone de manifiesto los conocimientos y habilidades de cada una de ellas para desenvolverse en la sociedad mundial. El ranking de este índice muestra que las diez primeras regiones están: cuatro en Holanda (Utrech, Nord-Holland, Zuid-Holland, Noord-Brabant), una en Dinamarca (Hovedstanden), una en Suecia (Estocolmo), una en Finlandia (Etela-Suomi), dos en Reino Unido (la zona de Londres y Berkshire, Bucks and Oxfordshire) y otra en Francia (Île de France, Paris). Para encontrar a las regiones españolas en esta lista europea hay que descender en la escala hasta el lugar 56 (Madrid), 103 (Cataluña), 112 (País Vasco) y seguir bajando hasta el lugar 190 (Andalucía) o 226 (Extremadura) hasta llegar a los últimos lugares para ver a Ceuta y a Melilla (264 y 267 respectivamente). Viendo este panorama, hasta el más ignorante comprende la talla de nuestros dirigentes, los motivos de la huida de muchos de nuestros jóvenes, la farsa de las declaraciones públicas de los integrantes de la “clase política” que nos informan que “todo va bien” y la poca influencia que las instituciones públicas (a pesar del gran peso económico que han adquirido dentro del PIB) tienen para reorientar esta desastrosa tendencia. La realidad es dura, pero…. es lo que hay.
PGE-2011: el mito
Presupuestos Generales del Estado (foto: Institución Futuro) PGE-2011: el mito La propaganda institucional y los medios que la secundan nos tienen acostumbrados a considerar a los Presupuestos Generales del Estado (PGE) de cada ejercicio como uno de los acontecimientos más importantes de la política del Estado. No cabe duda de que es un instrumento de política económica muy importante en manos del Gobierno para intervenir en el sistema económico, un augurio de su comportamiento (en base a las acciones esperadas de muchos actores nacionales e internacionales) y un cúmulo de influencias en el devenir de la sociedad española. Pero no es cierto que sea una norma tan importante como pregonan, pues su valor reside en ser receptora de mandatos de otras normas que van exigiendo las pertinentes reservas de crédito. Hoy día los PGE se han convertido en el resumen de muchas letras firmadas con antelación (endeudamiento y su coste), la síntesis de innumerables quimeras elaboradas en jardines plutocráticos (salvar al sistema financiero en quiebra técnica a costa de los contribuyentes), el pago de favores realizados y/o esperados (beneficios a zonas cuyos grupos políticos han apoyado o apoyarán al gobernante de turno) y la promesa de convertir a la nación española en una Arcadia feliz (repleta de políticos de sonrisa bobalicona y aldeas confederadas en plena armonía). Cuando el papel del Estado ha quedado como actor residual en la prestación de servicios públicos por haber cedido competencias de capital importancia a la Unión Europea y a las Comunidades Autónomas (esas aldeas confederadas); cuando los créditos aprobados pueden ser modificados desde el primer día de su vigencia mediante una batería de expedientes administrativos; cuando los ingresos son meras estimaciones y un cúmulo de oníricos deseos para que la realidad se adapte a esos pronósticos; y cuando cualquier Decreto Ley puede modificar sustancialmente cualquier recurso tributario o cualquier aumento de Deuda Pública; ¿Qué importancia puede tener la norma que aprueba los PGE? A modo de resumen: en 2011 el conjunto del Estado pretende gastar 362.460 M€ (el 33,5% del PIB previsto para ese año) a través de Ministerios, Organismos autónomos, Entes públicos y demás follaje pseudoadministrativo que crece en el bosque del sector público estatal. El 80% de esa cifra se dedicará a pagar los servicios públicos básicos (19.731 M€), las pensiones públicas (112.216 M€), los préstamos que otros utilizarán (46.797 M€), los intereses de los préstamos que están vivos (27.461 M€), el subsidio de los desempleados (30.474 M€) y las aportaciones a la financiación de las Administraciones Territoriales (39.438 M€) y de la Unión Europea (12.117 M€). ¿Qué le resta al Estado para influir en la economía nacional? Para hacer frente a esta ingente lista de gastos sueñan (estiman, prevén) con ingresar 272.363 M€ (fundamentalmente en cuotas de la Seguridad Social y tributos del Estado) y acudir a los mercados financieros (al coste y primas de cada momento) para aliviar la necesidad de endeudamiento de 90.100 M€ (un 8,3% del PIB). ¿Podremos los ciudadanos resistir con esta carga?….. (Continuará).
Teología política
En los tiempos modernos, las concepciones teológicas, relacionadas con la eternidad del más allá, van transformándose en ideas temporales aplicables a este mundo, perdiendo sus connotaciones religiosas. Los jacobinos derribaron el ídolo de la trascendencia y su encarnación real para dar paso aterrador a la soberanía de los principios. La “destreza de la razón” hegeliana era una secularización de la providencia divina. Y Marx reanuda en “El Capital” la dialéctica de dominación y servidumbre, pero sustituyendo la conciencia de sí por la autonomía económica, el reinado del Espíritu absoluto por el advenimiento del comunismo. En la obra de Carl Schmitt, que remarcó el papel decisivo que jugaba la teología secularizada, el estado de excepción introduce la “anomia” que hace posible la ordenación efectiva de lo real: la suspensión de la ley se mantiene en el ámbito del derecho. Es el mismo soberano, capaz de decidir sobre el estado de excepción, el que garantiza el anclaje en el orden establecido de esa medida extraordinaria: “el soberano permanece fuera del orden jurídico normalmente válido y, sin embargo, pertenece a este orden, al ser el responsable de decidir si la constitución puede suspenderse in toto”. La teoría del estado de excepción deviene doctrina de la soberanía. Precisamente, hace unos días, se declaró el estado de excepción en Ecuador ante un golpe de estado que no era más que una opereta policial, pero que desató igualmente el histrionismo del presidente Correa. En España, la zarzuela del 23-F se recita constantemente por los fieles (cargados de hipocresía) de la partidocracia: Pedro J. Ramírez señalaba el pasado domingo que de la misma manera que aquel “fracaso” desactivó a las fuerzas armadas golpistas, el fiasco de la reciente huelga general podría conllevar el arrumbamiento de unos sindicatos anquilosados. La tradición medieval representa el cuerpo del rey dotado de dos naturalezas: física o natural y mística. El corpus mysticum del soberano, uniformado como capitán general de los ejércitos, era la única figura, en aquel estado de excepción, capaz de salvar una constitución que predica su inviolabilidad. Así, El conflicto ancestral de la relación de poder (que Hegel interpretó como dialéctica del amo y el esclavo en su “Fenomenología del Espíritu”) pudo seguir superándose mediante un régimen donde se obra el milagro de integrar a las masas en el Estado a través de los Partidos.
Rebelión láctea
Qué hambre tengo mamá (foto: tataili) Rebelión láctea No es la primera vez ni será la última en ser ellas las que se rebelen. Una mujer es expulsada con gran descortesía de una tienda de ropa en la que se dispuso a amamantar a su hijo. A los dos días, con asombrosa celeridad y capacidad de organización, un buen centenar de madres se reúne para acudir en conjunto a esa misma tienda, y allí todas dar el pecho a sus correspondientes criaturas. Habrá también discurso en la calle. Cien madres, incluso veinte, acaparan la atención de todo el centro urbano. El bochorno del negocio es total; la victoria apabullante. Se sabe ya de cien madres que jamás pisarán la tienda, pero seguramente muchas otras personas, ofendidas por un trato que ellos o ellas mismas habrían podido recibir. De sucesos como éste puede sacarse mucho jugo. Desde la ridiculez del pudor, pasando por las aberraciones modernas de la práctica médica en lo relativo a la maternidad, hasta los intereses de los oligopolios farmacéuticos, que hacen lo que pueden por enchufar su “fórmula” a los mamones. Pero ante todo puede aprenderse de lo mucho que puede conseguir una iniciativa simple, bien realizada y con objetivos concretos. En el terreno económico el aprendizaje es absorbido más deprisa. Los agentes económicos (todos, en cierto modo) aprendemos las lecciones rápido, por la cuenta que nos trae. Si un grupo no demasiado numeroso de consumidores se asocia para boicotear un producto indeseable, la cadena de producción responde. No desprecio cuestiones tales como la creación de consumo insustancial en que nos vemos inmersos, o similares leviatanes. Pero no deja de ser cierto que, en el mercado, si algo no funciona tiende a reponerse. En el dominio político la cosa cambia. Aquí el problema es mucho más complejo, y también más radical. Además, como nos enseña García-Trevijano, el papel que juega el azar parece aquí mucho más preponderante. No obstante, los mecanismos instintivos de la rebelión política, que podrían empezar por un asunto económico o incluso doméstico, son parecidos. La diferencia esencial es que la rebelión política debe tener una idea de Estado. Sin ella, toda rebelión no sólo quedará en agua de borrajas, sino que seguramente será aprovechada por el régimen como un motivo más de propaganda: ¿no veis toda la libertad de la que disfrutamos? ¡Hasta hay oposición! Idea de Estado tienen pocos. Y lamentablemente casi todos los que la tienen, la utilizan para preservar el presente. Por eso resulta esencial tomarle el pulso a la sociedad, porque sólo desde ella puede surgir un movimiento capaz de cambiar los ejes de abscisas y ordenadas del poder. ¿Será verdad al fin que dos tetas pueden más que dos carretas?
Contorsiones internas
Mientras el pasado miércoles, cuando se bajó el telón del “Así no, rectificación ya”, la credibilidad de Rodríguez Zapatero en los mercados exteriores y entre las potencias mundiales aumentaba considerablemente, como ha confirmado ese fantástico correveidile del Poder que es Pedro J. Ramírez: “Por algo le dijo Botín antes del verano que uno de los aspectos más importantes de la reforma laboral era que le garantizara una huelga general. El diseño ha salido perfecto”, su crédito en el partido que encabeza merma a ojos vistas. Un “tsunami” en el interior del PSOE: así han calificado algunos cronistas y comentaristas políticos la victoria de Tomás Gómez sobre la candidata del aparato, Trinidad Jiménez. Por cierto, lo que resulta devastador es el esnobismo de los periodistas, retirando de la circulación lingüística “maremoto” para entronizar el dichoso “tsunami”. A pesar de contar con el impulso de las fuerzas vivas (ZP, Blanco, Rubalcaba) y resucitadas (Felipe González, padrino de la “Trini”) del partido, y el llamativo apoyo del citado Ramírez, quien ha desempolvado el GAL para deslucir la figura de Tomás Gómez, la ministra de Sanidad no ha podido encandilar a las bases madrileñas, lo que ha sido interpretado como un desaire a Zapatero y la indicación de su pérdida de influencia. Quizá el encanto sonriente de don José Luis (“cautiva tras un trato superficial y desilusiona tras un trato profundo”) se está desvaneciendo también entre sus correligionarios o simplemente, se atisba, entre los más interesados, el ocaso de su trayectoria. En ciertas organizaciones, mientras se puedan ordeñar las vacas gordas del presupuesto público, predomina una peste moral que contagia el alma, y tanta es la inicua fuerza del contagio que prostituirse llega a ser un acto digno de alabanza, y todos, lejos de sonrojarse por ello, se vanaglorian de de la propia y universal abyección. Sin embargo, acaba por llegar el momento de los que saben decir NO al Jefe para salir a hombros de la militancia en la que renace una confianza extraordinaria en las posibilidades del nuevo conducator. Como decía aquel incondicional: contigo hasta la muerte (política), pero ni un paso más.
Sin lenguaje común todo está perdido
Cuando todo está perdido otra luz vendrá (foto: Piacer) Sin lenguaje común todo está perdido Que el ser humano, y el ciudadano, están constituidos por el lenguaje ya es una certeza incuestionable desde la hermenéutica y Wittgenstein, quien en su “teoría figurativa del lenguaje” o “teoría de la lógica como un retrato” señalaba que de la misma manera que un dibujo o una pintura retratan con colores y líneas, una proposición retrata lógicamente por medio de palabras. Los límites del lenguaje coinciden con los límites del mundo. El lenguaje es siempre social y común a todos. El sentido común -que en francés tiene la muy sugestiva denominación de le bon sens, “buen sentido”- nos desvela la naturaleza del mundo en la medida en que se trata de un mundo común. No deberían existir “lenguajes privados o particulares” que divorcien al pueblo de su libertad política. Sin embargo, hace unos días, no les miento, veo por televisión que un grupo de parlamentarios españoles -y entre ellos, creo ver ¡al mismísimo presidente del Senado!- se ponen de acuerdo – después de tres años- para elegir a miembros “suyos” del Tribunal Constitucional, órgano superior del poder judicial – además de “político”-. Qué lejos estamos de aquellas ideas liberales y democráticas de Montesquieu cuando, a mediados del siglo XVIII, nos advertía de la posible tiranía contra el pueblo si el poder Legislativo y el poder Judicial se convierte en la misma cosa: “Así sucede también la tiranía cuando el poder judicial no está separado del poder legislativo y del ejecutivo. Estando unido al primero, el imperio sobre la vida y la libertad de los ciudadanos sería arbitrario, por ser uno mismo el juez y el legislador y, estando unido al segundo, sería tiránico, por cuanto gozaría el juez de la fuerza misma que un agresor”. Y es que en el Estado español actual, en el que un hombre solo, o una sola corporación partidista, administra los tres poderes, y tiene la facultad de hacer las leyes y de ejecutar las resoluciones públicas, todo se pierde enteramente. Se pierde la libertad pública y con ella también el lenguaje común democrático. Y como los seres humanos somos, ante todo, lenguaje social y colectivo: se pierde también la esencia del ciudadano en una democracia.
Cambalache indecente
Tanto esfuerzo para justificar la independencia del Tribunal Constitucional, pendiente que estaba la sentencia sobre el estatuto catalán, para ahora, una vez vueltas las aguas a su cauce, escenificar sin recato el alegre y desvergonzado intercambio de los cromos de la inseparación del órgano último de control político sobre la Justicia. Caamaño y Trillo han cerrado finalmente el acuerdo que desbloquea la renovación del órgano. Con cerca de tres años de retraso desde que expirara el mandato de los cuatro Magistrados elegidos por el Senado, el actual Ministro de Justicia y el Portavoz del ramo de la oposición han desatascado las negociaciones. El acuerdo supone que el PP mantenga al inicialmente propuesto Enrique López como candidato a Magistrado por el cupo del Congreso y que introduzca un cuarto nombre por el Senado. Es de recordar que sin el acuerdo entre socialistas y populares, no cabe renovar el TC ya que sólo entre ambos grupos parlamentarios suman la mayoría de tres quintos exigida. Fiel a tan peculiar “sentido de estado” el PP registró el pasado 29 de Septiembre la candidatura del Catedrático de Derecho del Trabajo D. Francisco Pérez de los Cobos para Magistrado del TC dentro del cupo de cuatro que debe renovar la Cámara Alta. El Senado renovará así tres de los veintiuno que enviaron los parlamentos autonómicos, y el cuarto, mediante este segundo proceso que se abre ahora, ya sin participación regional. El actual TC. (Fuente: Red Liberal) De este órgano parlamentario saldrán ahora cuatro nuevos delegados políticos para el TC; El referido Sr. Pérez de los Cobos (PP), D. Francisco José Hernando (PP), Luis Ignacio Ortega (PSOE) y Dña. Adela Asúa (PSOE). El último paso es que sean refrendados por el Pleno del Senado por la mayoría de tres quintas partes, para lo que bastaría la aprobación de quienes los propusieron.
Libertad y disposición laótica
Un destello de libertad (foto: cone 721) Libertad y disposición laótica Sería difícil exagerar la importancia de la libertad humana en todos los órdenes de la vida. Desde la libertad de pensamiento y expresión –el libre ejercicio de la razón– hasta la libertad de acción, incluyendo en ella, por supuesto, la libertad económica; desde las concepciones más sublimes de la inteligencia, hasta los actos más humildes de la vida cotidiana; todas sus modalidades son decisivas para garantizar la dignidad de la vida humana. La libertad pertenece a la esencia de la condición humana, constituye algo propio y exclusivo del hombre en el reino de la naturaleza. La relativa independencia y libertad física y mental alcanzada por el hombre durante la evolución biológica, con respecto al medio natural, le permite elegir entre un repertorio más o menos amplio de posibilidades para hacer su vida. La libertad como principio metafísico ligado a la condición humana, es decir, la libertad pura, así como la libertad ligada a la condición social, tienen como único manantial la individualidad irreductible de la vida humana. «Sin libertad, sin la voluntad libre del hombre –dice Francisco Ayala–, ni siquiera sería posible la historia, que no es sino obra y testimonio suyo» (Hoy ya es ayer). A nadie se le oculta, sin embargo, la extrema fragilidad de la libertad en su aplicación práctica a lo largo de la historia. Esta es su máxima paradoja, que, perteneciendo a la esencia del hombre, su existencia misma no está garantizada. Pues para realizarse en el curso del tiempo, se tiene que enfrentar a otra condición no menos esencial e inherente a la propia naturaleza humana, su condición o tendencia social. En la práctica, la libertad se consigue imponer, y se mantiene en ocasiones, después de vencer las numerosas dificultades –y superar frecuentes altibajos– que el orden social le opone, pues como es bien sabido, sin un orden social externo al individuo, sin sociedad, no puede darse una auténtica vida humana. De este hecho evidente y contradictorio, que no hay libertad individual desligada de la coacción social, se deriva la necesidad de mantener una actitud vigilante frente a la presión social y al poder político, de modo que la libertad pueda conservarse protegiéndola de sus formidables y forzosos enemigos. Esta actitud encierra dentro de sí misma idéntica contradicción, pues los excesos de la libertad bien pudieran terminar socavando el orden social y conducir a la sociedad a la anarquía, aunque es bien cierto, y la historia lo ha atestiguado siempre, que sobre los escombros de una organización social destruida no tarda en edificarse otra de nueva planta. La conflictiva relación entre la libertad y el orden, entre la libertad pura, previa a la organización social, y la libertad organizada dentro de la sociedad, donde la primera es el elemento cardinal y el contendiente más débil, se presenta como un problema ético. Sin respeto a la libertad y a la dignidad humana no puede haber vida que merezca la pena. La defensa frente a los temibles poderes a los que se ha de enfrentar irremediablemente, no es posible sin el ejercicio de la libertad moral, sin una pasión ética por la libertad. Esta pasión, esta fuerza, que se caracteriza por una especie de heroísmo ético, pues siempre encuentra enfrente otras numerosas y superiores fuerzas o pasiones, es virtud particular de una minoría de hombres. La extraña y misteriosa condición humana dota a los hombres con diferentes cualidades o propensiones, y entre ellas la valentía y el heroísmo no son las más extendidas. Sin embargo, tal como ha señalado Antonio García-Trevijano, existe una parte del pueblo, una minoría o «tercio» del mismo, que posee una cualidad potencial o real –una disposición laótica–, que lo moviliza en grupo constituyente de la libertad política y de la democracia; hay un grupo de mayor o menor tamaño, más o menos identificable, dispuesto a «cristalizar» y a arriesgar su vida en defensa de la libertad. La misión principal de este grupo, donde radica esta fuerza propulsora o constituyente de la libertad política y de la democracia, consiste en despertar y movilizar a la sociedad civil para alcanzar este objetivo. Podríamos, pues, conceptuar a estos individuos de inclinación laótica como los «guardianes» de la libertad, los «emisarios» de la democracia. Pues bien, en esta España de la oligarquía de los partidos en el Estado, en esa España de la corrupción económica y política, en la España de la ruina del Estado y de la sociedad civil, suena la hora del ciudadano laótico –y del «tercio» laocrático–, repica la hora de la libertad. «Escribo –dice Antonio García-Trevijano– para influir con ideas en la cristalización de un tercio «laocrático» de la sociedad en torno al núcleo más sensible y valiente de la comunidad. Este tercio más inteligente está al cabo de la calle del carácter incorregible de la partitocracia. Pronto tendrá que emprender la conquista de la libertad política, para llegar a la democracia por la vía de la reforma radical de esta corrompida oligarquía de partidos». «Decir la verdad frente a la Gran Mentira –ha dicho también nuestro maestro– es comenzar la libertad de acción que une la conciencia moral a la conciencia política. Es prender la mecha de la pasión por la libertad en el tercio laocrático de la sociedad, de cuya dignidad depende la vida de la libertad política y la salud moral de un pueblo entero».
Inseparación intuida
El 48% de los españoles opina que la Justicia funciona mal o muy mal. Sólo un 10% de la población considera que lo hace correctamente según los resultados que arroja el II Barómetro de la Justicia de la Fundación Wolters Kluwer elaborado con la colaboración de Demoscopia. Además, las reformas de Caamaño hacia la administrativización (municipalización de los registros civiles, atribuciones jurisdiccionales al Secretario Judicial, imposición de tasas para recurrir…) se valoran intuitivamente de forma negativa. Así, el 30% de los encuestados considera que la Justicia funciona peor ahora que hace dos o tres años. En general, los resultados no son buenos y la valoración de la judicatura por los ciudadanos está en el momento más bajo de los últimos veinte ejercicios. Esa intuición alcanza a identificar la inseparación de poderes a tal punto que la Administración de Justicia mantiene en el tiempo una valoración correlativa y coincidente con la del Gobierno de España, obteniendo un 4, 2 y un 4, 1 respectivamente en una escala de 0 a 10. El Barómetro pone de manifiesto un empeoramiento progresivo de su imagen paralelo a cada reforma jurisdiccional, percibiendo las supuestas mejoras organizativas en sentido contrario al de sus promotores gubernamentales independientemente de su color político. Sin perjuicio de que seis de cada diez ciudadanos consideren que la justicia está anticuada, siete también de cada diez refieren que es muy lenta y que las sentencias no se ejecutan con eficacia. Es significativo que el 49% de la ciudadanía no crea que los Tribunales sean imparciales en su actuación. El 54% de los españoles piensan que a la hora de enjuiciar un caso y dictar sentencia, los jueces no actúan con independencia. Aun así, en el caso de ser encausado en juicio penal, el 52% prefiere ser juzgado por un juez antes que por un jurado popular elegido entre sus conciudadanos por sorteo. De hecho, lo que subraya la intuición popular de que los problemas de la Justicia tienen origen institucional es que el 60% considera que los magistrados están bien preparados y son sobradamente competentes. Según este estudio sociológico, los españoles creen que los Tribunales actúan dejándose influenciar por los intereses del Gobierno (60%), las presiones de grupos económicos o sociales (59%), e incluso por los medios de comunicación (52%). El 65% considera que los jueces tienden, sin género de dudas, a favorecer o perjudicar a los miembros de alguno de los principales partidos políticos.
SABOTEADORES DE IDEALES
EL MUNDO. LUNES 29 DE JULIO DE 1996
A pesar de todo lo que ha sucedido, todavía son legión los que siguen creyendo que «esto» es una democracia. No me refiero a la tropa de zapadores y saboteadores de ideales que ha invadido la sociedad política, los medios de comunicación, los sindicatos y las universidades. Toda esa gente sabe que si se publicara lo que muchos de ellos conocen con precisión, «esto» se derrumbaría en cuestión de horas. No sólo por el alcance real de la corrupción. Hacen depender la continuidad de sus fueros y privilegios de la capacidad que atribuyen al sistema para ocultar la verdad, y hacerlos vivir confortablemente sentados en la mentira. o se han parado a pensar, porque no les conviene, que si este régimen no resiste el conocimiento público de la verdad, según el juicio que impera en sus conciencias de la realidad, eso prueba que no hay buena fe en su afirmación de que «esto» es democracia. Pero no son tan ignorantes ni tan hipócritas como parecen cuando se les trata. En su cínico realismo de trepadores sin escrúpulo han encontrado el freno cultural de su caída en la depravación y un flexible trampolín para dar saltos oportunistas, cuando la relación de poder cambia.
Yo publico mis reflexiones políticas para consuelo o placer de quienes esperan recibir de otro mejor informado, o más experto en política, la confirmación de lo que ya presentían sin saber por qué. Me gusta escribir para las personas cuya información sobre la malevolencia de los poderosos pesa menos en sus juicios personales que los prejuicios benévolos sobre esta Monarquía de los partidos y los nacionalismos. No es sólo por la satisfacción que procura eliminar errores y aclarar confusiones. Escribo para influir con ideas en la cristalización de un tercio «laocrático» de la sociedad (término derivado de «laós», la parte viril y políticamente activa del demôs), en torno al núcleo más sensible y valiente de la comunidad. La parte que Locke elevó a categoría de grupo constituyente de la libertad política. Este tercio más inteligente está al cabo de la calle del carácter incorregible de la partitocracia. Pronto tendrá que emprender la conquista de la libertad política, para llegar a la democracia por la vía de la reforma radical de esta corrompida oligarquía de partidos.
La naturaleza de un régimen sólo se conoce cuando se ha percibido la clase de espíritu civil que anima las formas jurídicas en el Gobierno y la jerarquía de valores en la sociedad. El espíritu de la Transición, el que embarazó al reino de un partido para dar a luz la Monarquía de varios, no fue el de la libertad, sino el de la reconciliación. No el del respeto a las ideas o creencias minoritarias, sino el de la despectiva tolerancia. No el de la potestad de la sociedad, sino el de la autoridad del Estado. No el de la apertura mental, sino el del consenso. No el de la distribución del poder por la libertad, sino el del secreto reparto entre poderosos. No el de la libertad de expresión, sino el del pacto de silencio. No el de la confianza en el porvenir, sino el del miedo al pasado. No el de la producción económica, sino
el de la especulación. No el de la distribución de la riqueza por trabajo e inversión, sino por la prevaricación de funcionarios. No el de la descentralización y desconcentración del poder estatal, sino el de la centralización y concentración de poderes autónomos. No el de la cultura sin adjetivos, sino el de la posmodernidad. ¿Cómo extrañarse de que el fruto político de este espíritu civil, cobarde y corrompido, sea un régimen de cobardía y de corrupción? A esto llaman democracia los saboteadores de ideales.


