Más allá de todas las especulaciones sobre el atentado contra Nicolás Maduro, lo concreto son las explosiones que han podido acabar con la vida del tirano, la autoría asumida por un grupo de militares activos y en reserva, y la estampida de los asistentes al desfile en homenaje a la Guardia Nacional.
Las explosiones generadas por los drones que sobrevolaron el espacio aéreo del palco presidencial fueron tan reales y tan cerca de la humanidad de Nicolás Maduro que, aunque quisiera el gobierno, no podría haber negado la tesis del atentado. Aquí no se trata de suscribir la versión oficial. Lo que queda claro es que, frente a un hecho incontrovertido, que incluso dejó varios asistentes heridos, el régimen de Maduro no tenía otra salida que admitir que efectivamente se trataba de un intento de magnicidio.
Algunos supuestos opositores y “analistas” saltaron de inmediato a calificar el incidente como una estrategia del régimen para distraer la atención, y otros más audaces aseguraron que se trató de una maniobra del mismo régimen para ahora sí iniciar una purga dentro de la FANB. Ambos argumentos son absurdos si se toma en cuenta que esa maniobra ha podido acabar con la vida de Maduro. Lo de un pretexto para la purga es infantil, al constatar que desde 2003 existen procesos continuos de purgas políticas e ideológicas en el seno de la fuerza armada. El régimen no necesita excusas para hacerlas. Las hace y punto.
¿Podría creer alguien realmente que el gobierno necesita de un autoatentado para distraer la opinión o para justificar la persecución contra oficiales patriotas en el seno de la FANB? Quienes afirman esto, usan el mismo razonamiento que fue empleado para descalificar las acciones del piloto Oscar Pérez. Y hoy regresan con los mismos argumentos sin el menor rubor, aunque la realidad los haya desmentido como presuntos “analistas”.
Lo otro concreto es el comunicado leído por la periodista Patricia Poleo, en el cual un grupo de militares asumió la autoría y responsabilidad por la “Operación Fénix”, con la cual identifican este intento de tiranicidio contra Nicolás Maduro.
El comunicado justifica la acción en una serie de artículos de la constitución chavista de 1999. Sobre todo, los referidos al derecho a la rebelión contra la tiranía y la necesidad de restablecer la autoridad de esa misma constitución que, según dice el documento, ha sido vulnerada por el actual régimen.
Siempre he cuestionado que se use esa constitución chavista como base política o jurídica para cualquier intento de rebelión o insurrección civil o militar, porque se trata de una trampa que conduciría al sostenimiento del régimen político que justamente queremos destruir.
Sin embargo, en el contexto que estamos analizando, no hay duda que la perspectiva usada en la redacción de este documento es la de oficiales militares activos y en la reserva que han sido o son aún de filiación chavista. Esto podría además confirmar las peores sospechas del régimen de que efectivamente se trata de una acción militar bien planificada que involucra a numerosos efectivos, la cual además podría tener desarrollos ulteriores.
Finalmente, queda el hecho incontrovertido, público y notorio del rompimiento de la formación militar y la estampida de quienes acompañaban a Nicolás Maduro en el palco presidencial. Muchos de los civiles y militares que corrieron despavoridos para proteger sus vidas, han sido los autores intelectuales y materiales de un linchamiento sistemático contra la población civil venezolana en los últimos años. Hasta ese día habían estado convencidos de que el régimen de Maduro sería eterno y ellos intocables, pero el temor a la repetición de incidentes similares los obligaría a pensar lo contrario. Las escenas de la estampida quedarán vívidas en la memoria de los venezolanos como un momento icónico en la lucha contra la tiranía cuando, según la conseja popular, el miedo cambió de bando.
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La estampida del chavismo
La nulidad del voto nulo
¿Por qué el voto nulo no sirve para la conquista de la libertad política?
Antes de responder a la pregunta conviene recordar ciertos matices:
– El voto nulo, aunque no compute en el reparto electoral, es legitimador y ratificador del régimen, en el que se impide la libertad política por medio de facciones estatales, como son los partidos, que, capten más o menos votos o profesen en el ámbito nacional, regional o local, todos son estatales porque se financian a cargo de los presupuestos generales del estado.
– El voto nulo, igual que el voto en blanco, sólo se puede contemplar como voto de protesta o repulsa social. La única diferencia entre ellos es su cómputo en el reparto. Mientras el nulo no se reparte, el voto en blanco sí. A efectos de cuotas electorales, el voto nulo funciona igual que la abstención: no computa en el reparto y, a diferencia del voto en blanco, no frena a las facciones más minoritarias en la pugna por un escaño.
Pretender como acción política el voto nulo para la conquista de la libertad política es un error garrafal de terribles consecuencias. Lleva a la confusión y al engaño y se aleja del fin pretendido, por el hecho de apuntalar el régimen e integrar a la masa discordante en la fiesta de la “democracia”. Aquí tenéis vuestro sitio, el régimen os da las bienvenidas gracias y os tolera como tales lacayos rebeldes. Otorgará ciertas reclamaciones o, por lo menos, reparará en alguna pero, eso sí, sin haceros perder la condición de súbditos voluntarios al mismo
Sea solo por principio moral y coherencia con el fin, no se puede participar en una estafa. ¿Denunciar la carencia de libertad política y dar alimento a quien nos la niega? ¿Qué pretendéis? ¿Qué el Estado os la otorgue? De ninguna manera, la libertad se conquista, jamás podrá ser otorgada por nadie. Sólo seré libre cuando lo seamos todos. Si alguien presume de poder conquistarla y luego otorgarla, recházalo de inmediato, el pretende ser el amo y tú mantendrás la condición de súbdito. La libertad es de todos, es colectiva o no será.
Recientemente, algunas asociaciones han propuesto una movilización hacia el voto nulo, arguyendo que sería una acción de gran peso y que haría temblar al régimen por verse deslegitimado.
No voy a negar una evidencia como que el voto que menos le gusta al régimen es el nulo, sin embargo, lo que temen es la abstención. Al margen de esto, habría que ver qué tipo de asociaciones son y cuáles serían sus objetivos.
Si son subvencionadas por el Estado, vigila tu espalda, prepárate para la traición, seguramente se esconda tras ella alguna facción estatal, bien sea un partido, asociación o agrupación criadero de oportunistas (puedes echar una ojeada al Ayuntamiento de Barcelona, por ejemplo).
Si son íntegras y rechazan la subvención estatal ¿tienen como fin la conquista de la libertad política? Descontando el MCRC, pocas o ninguna.
Generalmente, este tipo de asociaciones llevan en su fundamento una reclamación social, sea sanidad, desahucios, inmigración, feministas, etc. Pero ¿qué les puede instigar a centrar esa acción colectiva exclusivamente en la conquista de la libertad política, desechando los fines para los que fueron creados? ¿Cuántas de ellas mantendrían la lealtad a la libertad política y no a sus propias reivindicaciones sociales? Me aventuro a decir: pocas o ninguna.
¿Qué habrá conseguido esta acción? Unión en el hecho de mostrar descontento social, haber apuntalado más al régimen a esperas a que éste les siga otorgando ciertos derechos y, desgraciadamente, aniquilar nuevamente la posibilidad de la conquista de la libertad política.
La abstención activa es fuente creadora de consciencia y conciencia, y único camino para la conquista de la libertad política. El voto nulo es fuente de servidumbre voluntaria inconsciente.
El voto en blanco y el voto nulo, antesala del refrendo a una lista de partido político
De acuerdo con el pensamiento de Antonio Garcia-Trevijano, el voto en blanco y el voto nulo presuponen la total conformidad con la ley electoral y con la carta otorgada de nuestra monarquía partidocrática, ya que independientemente de su validez o no, siempre cuentan como reconocimiento y participación en las supuestas elecciones, verdaderas ratificaciones de las listas de partidos elegidas por sus respectivos jefes, y, por lo tanto, legitiman el régimen de gobierno de partidos actual y el Estado monárquico derivado del franquismo, coadyuvando en su permanencia y en la irrepresentación de los actuales súbditos e inseparación de poderes que conlleva.
Paradójicamente, el votante que vota en blanco o nulo para expresar su rechazo al sistema proporcional de listas del régimen de la monarquía de partidos ha decidido votar, porque después de mucho meditarlo, no puede ni quiere votar. Es un voto anti-régimen utilizando y legitimando el propio régimen. Contradicción asombrosa entre su supuesta convicción teórica interna contraria al régimen partidocrático y las consecuencias prácticas de su acción refrendadora del mismo que demuestra, psicológicamente, que, en la realidad, “para el que vota en blanco, o en forma nula, votar es una obligación. Y desearía que la ley obligara a votar como en las dictaduras. Pues a todos nos placería, si pudiéramos, hacer de nuestro fuero interno una conciencia universal. Aunque fuera la conciencia de un idiota o de un ingenuo.” (Pasiones de servidumbre, pag. 265, in fine- Antonio Garcia Trevijano).
Por lo tanto, si el diagnostico teórico al que se llega es que el régimen partidocrático niega la representación y la separación de poderes de origen, la acción correspondiente, lógicamente, es negar la veracidad y representatividad al voto de listas mediante la omisión de su legitimación, no votando a dichas listas. Es decir, el rechazo consciente del mismo mediante la abstención activa, sin participar en él. Porque es un oxímoron, o sea, una contradicción en términos, rechazar el fraude participando a la vez en su concilio o desarrollo. Es como si una persona física que se dijera convencido a si mismo que es ateo, realizara a su vez el sacramento de la confirmación, siendo un hecho superfluo, además de patético, que, durante la celebración del mismo explicara porque es ateo, ya que ratificaría el ritual de quien supuestamente abomina, reconociéndolo y apoyándolo, aunque sea como supuesto enemigo.
Al contrario, en buena lógica moral, si solo quiero las reglas formales de la democracia representativa y no quiero el poder desnudo partidocrático que no reconozco, no creo en él, y, por lo tanto, no lo apoyo, no lo legitimo, no participo en él, no voy a misa repicando, teología política mediante. Es decir, la abstención activa es la única opción digna posible, si de verdad se cree en la ruptura y en la revolución de la libertad política colectiva. Al respecto, Antonio García Trevijano (Pasiones de servidumbre, pag. 264) expresa, lo que también vale para el voto nulo, que:
La bicha de todos los partidos es la abstención. Lo único que a su juicio haría peligrar su régimen. Pues el desprecio o la indiferencia se distancian de él más incluso que el odio. Nada les preocupa, en cambio, la dimensión del blanqueo de votos. El Sistema costea una carísima propaganda para que la gente acuda a las urnas, llegando hasta el extremo de presentar el asunto, con cínica falsedad, como si fuera una obligación civil, o un cargo de conciencia para el ciudadano. Pero no gasta una sola palabra de condena del voto en blanco. La razón es sencilla. Es imposible que los votos en blanco lleguen a superar un techo significativo. Pues mucho antes de que se acercaran al diez por ciento nacería un nuevo partido que los recogiera. Cosa que no puede suceder por principio, con la abstención. Si ésta alcanzara, en el Estado partidos de los países europeos, las proporciones que adquiere en elecciones federales de EE.UU. el régimen se derrumbaría en el acto. Los votos en blanco solamente son útiles para culminar el fraude electoral de rellenarlos antes del recuento.
Por lo tanto, la táctica del voto nulo explicando las razones del mismo ante la mesa electoral en la que se vota, porque dicha explicación se considerará una obligación moral en el fuero interno del individuo en cuestión, es un intento de transformar el derecho de votar (a sabiendas, que en realidad es el derecho a confirmar o no las listas de partidos elegidas por sus jefes) en una obligación moral al refrendo político del régimen. Es decir, el derecho a votar se ha vuelto, de repente, por arte de birlibirloque, en un deber moral táctico. Todo ello derivado por su pasión de poder y también de votar, tragicómicas hasta una farsa digna de ser interpretada por el gran Groucho.
Lo que es todavía peor que la obligación legal de voto que rige, verbigracia, por todas, en Bélgica, Argentina, Bolivia, Brasil…., donde el voto nulo, aquí sí, sería la única opción de protesta contra la legitimidad del régimen, al no existir la opción de la abstención, tanto activa como pasiva.
Porque la obligación moral es por convencimiento interno, y en el presente caso se plasmaría en la práctica con la costumbre o hábito contradictorio y enfermizo de votar (aunque sea nulo, aunque sea en blanco), muy peligroso para la salud mental, ya que se contribuye sin contraprestación y con daño, a legitimación de la neurosis política privada y colectiva que interiormente se dice rechazar. Y para ello no se requiere siquiera del monopolio de la coercibilidad y propaganda del Estado de Partidos y sus mass media mantenidos fuera de la quiebra, ya que se justifica por un autoconvencimiento interno inducido, que, sin embargo, se exterioriza en una acción contradictoria y contraproducente para con la libertad política colectiva, cuya causa eficiente es su pasión de poder, provocada por su miedo.
En realidad, es una consecuencia también de su pasión de la dictadura como forma de ver la democracia. Psicológicamente, servidumbre voluntaria justificada por el ansia de poder. Querencia de poder que perturba la creencia de libertad política colectiva que se dice tener de boquilla. Querencia de subvención y de corrupción, que se apoya mediante el voto nulo y en blanco, consciente o inconscientemente. Querencia de medrar bajo Leviatán, de poder absoluto y desnudo, de Estado Minotauro en constante avance. Querencia despótica y excluyente que se transforma propagandísticamente en creencia sentimentaloide arrumbada por el miedo y cuya doctrina resultante, coincidente con la estatal, es falsa de raíz. Porque para saciar sus pasiones, el derecho a votar ha sido transformado por los apologetas del voto nulo en un deber moral de voto, en una obligación interna autoconvencida, despreciando todas las candidaturas actuales, pero apreciando y sustentando el régimen electoral por listas de partidos. Desde aquí, justificación del voto nulo o en blanco, a la creación de un partido político dictatorial ad gustum, el pelo de una gamba.
Todo ello no es ni un avance ni un retroceso en relación con la teoría y práctica de la libertad política colectiva, es una apostasía burda y ridícula de la misma, al prestar apoyo práctico al régimen de gobierno partidocrático que la impide.
Dime el voto que metes en las urnas y te diré la clase política que sale de ellas, decía Antonio García-Trevijano. Está clara la respuesta, con cualquier voto emitido, válidamente o no, en blanco o nulo, es la clase partidocrática subvencionada con nuestros impuestos incontrolados y apoyada por la indecente realidad paralela del “como si” general de la traición colectiva, permitida por casi todos contra la libertad de con todos, mediante el reparto del botín consensuado entre ellos, que la táctica del voto nulo sustenta y legitima.
La pasión del voto en blanco o nulo desprecia todas las candidaturas, pero, en el fondo, aunque se piense o diga lo contrario de boquilla, aprecia existencialmente el sistema electoral por listas de partido por su querencia del poder derivada del miedo, que ni siquiera sabe disimular, Lo que desemboca en la plasmación fáctica de su voluntad de poder subyugante del conocimiento y la acción de la libertad política colectiva y en la fundamentación del Estado absoluto hobbesiano y su tendencia al totalitarismo.
Por lo que, en conclusión, la táctica del voto nulo, se expliquen a la hora de emitirlo sus razones o no, en realidad, no está dentro de la estrategia del logro de la libertad política colectiva y es sustancialmente contraria a la misma porque en la práctica, la realización del voto nulo o en blanco no la está reconociendo como tal, independientemente de que utilice de forma falaz dicho concepto a la hora de justificar su voto nulo e independientemente de su invalidez. Como expresa Antonio Garcia-Trevijano respecto al supuesto deber de votar: “(…) me basta con insistir en lo que no me cansare nunca de repetir: no puede ser deber moral lo que es un derecho potestativo; ni conducta cívica lo que pertenece exclusivamente a la esfera del orden político” (Pasiones de servidumbre, pag. 262, in fine).
Cambio de régimen, no de gobierno
El régimen de Nicolás Maduro enfrenta una nueva crisis con aristas financieras, políticas y militares. No es la primera vez que ocurre, pero está por verse si será la última. En medio del profundo caos en el que sucumbe el país, la destrucción del valor de la moneda y la hiperinflación parecen ser lo único que ha obligado a operadores chavistas civiles y militares a pisar tierra.
Es imposible ignorar la presión contra el régimen de abajo hacia arriba, y de afuera hacia dentro. La presión más enérgica viene precisamente de las hambrientas hordas chavistas, insatisfechas con sus miserables prebendas, y de los efectivos militares que defienden al régimen descalzos y por restos de comida.
Todos ellos se preguntan si realmente este modelo socialista será viable algún día, porque hoy no lo es. Esa es la angustia de los delegados asalariados en el Congreso del PSUV, que se debaten entre pisar el acelerador junto a Maduro rumbo al suicidio colectivo, raspar la olla antes de escapar, o negociar una transición.
La necesidad de continuar aferrados al poder para evitar juicios y pases de factura ante un eventual cambio político es lo que ha llevado a varios operadores del chavismo a proponer la tesis de un cambio de gobierno, mas no de régimen. Tesis que además es apoyada por una falsa oposición que ha sido parte de ese régimen y que prefiere una transición que deje intactos factores fundamentales a una ruptura que destruya el corazón del estado chavista.
Por eso cada vez que el régimen de Maduro enfrenta una de estas cíclicas crisis, la falsa oposición regresa con sus rancias tesis de elecciones, transición y una salida dentro del marco de la legalidad del estado chavista. Tanto el régimen de Maduro como la falsa oposición saben que la paciencia del pueblo ha sido desbordada, y apuestan a que la gente acepte un cambio cosmético de caras que dé la sensación de algo nuevo, pero dejando vivos elementos del viejo régimen.
Un cambio de gobierno, tal como sugieren operadores chavistas y apoyan operadores de la falsa oposición, dejaría activa la estructura política, financiera y militar sobre la cual se ha sustentado la tiranía, todo en aras de una supuesta unidad nacional.
Es en esta nueva coyuntura, marcada por la crisis y debilitamiento del régimen de Maduro, donde la claridad en las tesis políticas es esencial. Plantear la confrontación en términos de un cambio administrativo de gobierno es dejar la puerta abierta para el retorno del fascismo chavista con más saña y brutalidad, quizás en cuestión de meses. Solo un cambio de régimen político que implique la destrucción del estado chavista, sus estructuras y sus colaboradores podrá detener el acelerado proceso de extinción de la República.
Contradicciones de la sociedad opulenta
El número determinante de la dirigencia política, económica, social y cultural de Occidente quiere que los casados se divorcien y que los curas se casen, que los niños por nacer mueran y que los inventos de probeta nazcan, que los pobres tengan todos los derechos (irrealizables) y que los ricos tengan más dinero, que las naciones se integren en grandes grupos y que los pequeños nacionalismos se independicen, que los niños sean protegidos y que se autorice la pedofilia, que todos hablemos inglés y decimos combatir al imperialismo. Y así podemos seguir enumerando contradicción tras contradicción.
Hace ya muchos años un filósofo italiano de la talla de Augusto Del Noce afirmaba que: nuestras sociedades disponen de infinitos medios como nunca antes tuvo a mano, el problema es que tienen confundidos los fines. La dirigencia actual no sabe a donde ir, no resuelve los problemas sino en todo caso los administra, como observó otro italiano Massimo Cacciari. Vivimos en una pax apparens donde los conflictos se organizan y no se resuelven.
Hoy, desfondado el marxismo en el plano político, éste se limita a la disputa cultural: no más crucifijos en las escuelas ni en los tribunales, el uso del burka o no, el matrimonio igualitario, el aborto, la eutanasia, la zoofilia, la identidad de todos por igual, la inmigración irrestricta, la educación gratuita y sin exámenes, y un largo etcétera. En una palabra, el marxismo y la izquierda en general distraen a la sociedad de sus verdaderos problemas y son funcionales al imperialismo del dinero.
Esta renuncia del marxismo a la lucha política creó un amplio espacio vacío de contenido que van llenando los nuevos actores sociales, pero que carecen de un pensamiento político propio o al menos determinado. Las agrupaciones sociales se duplican por doquier para demandar subsidios del Estado, cooperativas de trabajo que no trabajan, sino que también reclaman subsidios, nuevas agrupaciones políticas conformadas por un amasijo de ideas tomadas de acá y de allá. El reclamo sustituyó a la revolución, el pueblo se transformó en público consumidor y la opinión pública en la opinión publicada.
Hoy el poder no lo detentan los Estados sino el imperialismo internacional del dinero, en palabras de Pío XII. Este imperialismo los tiene en un puño y ellos solo tienen un poder derivado o vicario. La idea de una revolución nacional ha sido descartada del discurso político, que solo nos habla de lo bien que vamos a estar, cuando en el presente estamos como la mona. Su eslogan es: estamos mal pero vamos bien. Es la zanahoria para hacer marchar al burro. Es la ñata contra el vidrio del tango de Discépolo.
Incluso en orden al pensamiento dejamos de tener pensadores con enjundia filosófica, con penetración de la inteligencia en la realidad, para caer en un pensamiento ocurrente, festivo al decir de Philippe Muray, pero sin ninguna consecuencia política. Es el pensamiento y son los pensadores del denominado progresismo.
Qué hacer. Cómo salir de esta decadencia cuya ley fundamental es que siempre se puede ser un poco más decadente. Tenemos que salir de este laberinto como lo hicieron Ícaro y Dédalo, por arriba. Tenemos que crear, tenemos que inventar nuevas instituciones (tienen que desaparecer los bancos centrales), nuevas representaciones (tiene que desaparecer el monopolio de los partidos políticos). Hay que mostrar certezas en esta sociedad de la incerteza. Hay que disentir con lo que nos viene impuesto ofreciendo otro sentido a lo dado.
La trampa de las listas abiertas (II)
El carácter cuasi-administrativo de los partidos en el régimen partidocrático se traduce en la subvención estatal, pesebre perpetuo y premio a su papel en el sistema que instituye (de Institución) a los partidos en el mayor enemigo de las aspiraciones democráticas de los ciudadanos. Al no existir principio representativo sino de integración de masas, éstos solo pueden sentarse a contemplar como aquellas siglas que han votado son diferentes en el poder que fuera de él, produciéndose la quiebra entre la sociedad civil y la sociedad política. No existe principio de intermediación entre ambas
Por tanto, la solución de las listas abiertas no es más que un ejercicio de defensa propia de los partitócratas, que así reconocen prima facie la inexistencia de Democracia en España como problema cierto y tangible.
Y una sociedad que se proclame avanzada plantea los problemas sólo cuando los pueden afrontar y resolver. Hoy la sociedad se plantea a diario como problema la situación política española, situación que es fácilmente reconvertible desde el mismo momento en que asumamos que no es sino la culminación del proceso de Transición que supuso el pacto entre el franquismo, legitimado por unas elecciones sin libertad, y la admisión de los partidos políticos entonces ilegales.
Este pacto queda reflejado en la Constitución de 1978, donde se elimina la separación de poderes, los partidos políticos se constituyen en los únicos agentes políticos y se separa radicalmente la sociedad civil de la sociedad política, concediéndosenos todas las libertades (reunión, expresión…) pero negándosenos la más importante: la libertad política de elegir, controlar y deponer democráticamente a nuestros legisladores y gobernantes.
Es por ello que las libertades existentes pueden ser utilizadas para todo menos para constituir y renovar el poder político del Estado o para controlarlo. Todo este sistema político nacido del pacto entre franquistas y partidos de la oposición, exponente máximo del oportunismo social de una generación, necesita como otro instrumento para mantenerse, además de los referidos (servilismo y pactismo) a la corrupción.
Revista de prensa
En la prensa española se levantan voces contra el régimen partidocrático nacido en la llamada Transición, o más bien Transacción entre los oligarcas del Franquismo y los nuevos aspirantes de la presunta oposición, que optaron por el pactismo y el consenso -la muerte en sí de la libertad de pensamiento-, y no por la ruptura democrática. Así, José Antonio Gómez en Diario 16, aunque realiza algunas afirmaciones erróneas como la de que los ciudadanos eligen a su primer ministro, acierta en señalar que “España sigue cumpliendo la voluntad del dictador Francisco Franco en lo referente a la Jefatura del Estado. La Monarquía fue impuesta de manera torticera a los españoles porque jamás se ha preguntado al pueblo por el modelo de democracia que quieren. En el referéndum de la Constitución, que ahora va a cumplir 40 años, se obligó a votar el texto completo en el que se imponía a un Rey sin que los ciudadanos pudieran determinar si estaban de acuerdo o no con ello. Fue un trágala en toda regla: «si queréis una Carta Magna que reconoce al pueblo derechos y libertades hay que tragar con los Borbones». Si en 1978 los ciudadanos se hubiesen rebelado y votaran en contra de la Monarquía estaban impidiendo la aprobación de la Constitución. Por tanto, por más que los defensores de la Monarquía afirmen que Felipe VI o Juan Carlos I fueron elegidos por el pueblo, la realidad es que no es así, sino que el propio aparato del Estado determinó que los españoles debían tragar con la voluntad de Franco si deseaban que se les reconocieran los derechos y libertades de los que disponían los ciudadanos de los países democráticos.” Señala, asimismo, el autor del artículo que la presunta función moderadora de la Monarquía no es más que una forma de aquiescencia a la corrupción del régimen. El otro aspecto que según el articulista adultera la democracia española -pues no parte del hecho de que esto que hay en España no es una democracia, pues no hay separación de poderes ni principio de representación política- es La ley de Amnistia, que impidió condenar los crímenes del Franquismo. No entiende el autor que las llamadas a la concordia y a la reconciliación -piénsese en lo ocurrido en Francia tras el Terror- son las propias de la oligarquía que sucede a una dictadura, para asegurarse el reparto de las prebendas del Estado.
A vueltas con la Carta Otorgada del 78, Manuel Pulido Mendoza indica en Disidentia algunos de sus graves defectos como el concepto de nacionalidades, introducido por los oligarcas redactores para contentar a sus correligionarios nacionalistas vascos y catalanes, el cambiar el nombre de la lengua común de ‘español’ a ‘castellano’, idiotez monumental como la de llamar al italiano toscano, con el mismo objetivo de obsequiosidad hacia los corruptos nacionalistas pequeñoburgueses, y, finalmente, la creación del inaudito “Estado de las Autonomías”, máquina multiplicadora del gasto público, despilfarradora y fuente de gabelas clientelares para los partidos del régimen. En cambio, las reformas constitucionales que propone el autor sin un cambio del sistema político a través de un periodo de libertad constituyente no parecen más que meros parches.
Por otra parte, el predominio del sentimentalismo sectario y la inintelectualidad en el discurso de lo políticamente correcto está llevando, como revela Marilisa Palumbo en el Corriere della Sera, a algunas universidades norteamericanas a organizar cursos de “debate civil”, para enseñar a los jóvenes a enfrentarse a ideas diversas sin enrocarse, agredir o exigir su censura por considerlas ofensivas para determinadas personas o colectivos.
En este aspecto, podría incluirse la polémica surgida en Gran Bretaña en torno a las declaraciones del político Boris Johnson, quien, después de criticar la reciente decisión del gobierno danés de prohibir el burka en los espacios públicos, atacaba al tiempo el carácter opresivo de estos ropajes, la presión de algunos hombres musulmanes para su porte, y defendía la libertad de cada institución de exigir a sus alumnas no acudir a sus centros vestidas como “ladrones de bancos” o “buzones de correos”. Brendan O’Neill en The Spectator considera que las acusaciones realizadas contra Johnson de “islamófobo”, nazi y racista son, en realidad, un retorno por la puerta de atrás de las leyes contra la blasfemia, creando un campo de fuerza moral en torno a la religión para protegerla de la crítica y del escepticismo. Afirma el autor que esto también apunta a una profunda confusión entre libertad y tolerancia entre los usuarios de los modernos medios de comunicación y expresión: “Parecen pensar que la sociedad no tiene sólo la responsabilidad de garantizar la libertad de fe de sus ciudadanos, sino que tiene también que respetar lo que sus ciudadanos creen. Esto es un craso error. En una sociedad libre, la gente debe tener el derecho de adoptar las convicciones religiosas o morales que consideren mejores, pero el resto de nosotros debemos tener el derecho de criticar o incluso ridiculizar estas convicciones. Eso es libertad en acción”.
Imagen: John Williams
Tariq
Cuando Carl Schmitt aclaró su concepto de “enemigo”, piedra angular de “lo político”, no existía el gobierno-okupa de Young Sánchez.
Schmitt distinguía entre enemigos privados y públicos, cosa que no hacen muchas lenguas, dando ocasión a malentendidos. En la evangélica “amad a vuestros enemigos”, el original dice “inimicos”, no “hostes”. No habla, pues, del enemigo político.
– En la pugna milenaria entre el cristianismo y el islam jamás se le ocurrió a cristiano alguno entregar Europa al islam en vez de defenderla de él por amor a los sarracenos o a los turcos.
En RTVE, sin embargo, se han pasado el fin de semana publicitando a un portavoz de la fuerza expedicionaria que asaltó con cal viva la valla de Ceuta “guiados por Alá”. ¿A qué esperan para meter a ese tipo de ministro en La Moncloa?
No estábamos aquí la noche del 27 al 28 de abril del año 711, pero podemos imaginar a Rosa María Mateo entrevistando, sola o con Ana Blanco, a Táriq ibn Ziyad, jefe berberisco que desembarcó en la península con la ayuda de Don Julián, que hoy está en el gobierno, cuyo ministro del Interior, Marlasca, no es un ministro, sino una pegatina en el batín de Young Sánchez, como el astronauta Duque o la propia Mateo.
En vez de derribar la valla ceutí, abriendo una especie de Camino de Santiago “laico” para toda la muslimería, el gobierno hace el paripé de desplegar en los alambres unos pocos hombrecillos verdes para contener a todo el centro del campo africano, con Marlasca, que concibe el Ministerio como una Tate londinense para “performances”, jugando en Ceuta a la muralla de Jericó, aquella sábana que Claudette Colbert colgaba entre su cama y la de Clark Gable en “Sucedió una noche”.
Y no culpemos más de lo de Guzmán el Bueno a los benimerines, como impone la Comisión de la Verdad, ya que al chico lo mató el infante cristiano Don Juan, hijo de Alfonso X el Sabio y nieto de un rey santo, Fernando III, según el “Compendio de historia de España”, 1890, de Moreno Espinosa. “Hispania Aeterna!”
Publicado en Abc
Venezuela: el rayo que no cesa
Duele, duele a la Hispanidad tanta barbarie contra la nación venezolana.
La situación por la que está pasando la nación hermana ha llegado a su punto crítico con las oleadas de venezolanos huyendo de la tiranía criminal de Maduro, que no solo asfixia a la población condenándola al hambre y la privación de las necesidades básicas, sino que le niega la libertad política colectiva.
Los indicadores observables ya lo vienen reflejando a lo largo de los últimos años, como es el caso del Índice de Estados Frágiles (FSI, por sus siglas en inglés). Las condiciones no hacen sino empeorar día a día. Colombia se encuentra con que tiene que asistir a 600.000 refugiados venezolanos, y con las huidas masivas hacia Perú, Ecuador o Brasil se asiste a la multiplicación de una la tragedia que no tiene precedentes en Hispanoamérica. La crisis de los refugiados venezolanos apunta a que superará la vivida en Siria. ¿No es esto suficiente para considerarla una amenaza a la paz y seguridad internacional?
Otros indicadores de distinta naturaleza, pero igualmente esclarecedores, son el incremento de los delitos de robo en el mar territorial de Venezuela en un 167% en 2017 respecto al año anterior, como refleja el informe anual de ese año de Oceans Beyond Piracy. Sin duda, supone una evidencia que se correlaciona con el camino de Venezuela hacia convertirse en un Estado fallido, que de hecho ya lo es.
Huelga ya seguir incidiendo en las atrocidades del régimen tiránico de Maduro contra su propia población, y es hora de apuntar a la causa que conduce a la única solución posible: la intervención de la comunidad internacional bajo los auspicios de una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
La negativa de Maduro a permitir ayuda internacional, junto con su política criminal, lo sitúan en una flagrante violación de la responsabilidad de proteger a sus ciudadanos que tiene todo gobernante según la ONU, y que aparece en la Comisión Internacional sobre Intervención y Soberanía de los Estados por primera vez en 2001. La soberanía no solo da al Estado el derecho de controlar sus asuntos, sino que le obliga a proteger a sus ciudadanos. Si el gobierno incumple esa obligación, la comunidad internacional debe intervenir, asumiendo esa responsabilidad.
En 2009, un informe del recientemente fallecido Kofi Anan, secretario general de la ONU en ese momento, abunda en la manera de hacer efectiva la responsabilidad de proteger: Si es evidente que un Estado no está protegiendo a su población, la comunidad internacional debe estar dispuesta a adoptar medidas colectivas para proteger a esa población de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas.
Los hechos en Venezuela encajan en las soluciones que la ONU aporta.
Por otra parte, habida cuenta de la que la ONU no cuenta con fuerzas propias diferentes de las aportaciones concretas de los Estados miembros, las organizaciones regionales están llamadas a desempeñar un papel fundamental a la hora de asumir la responsabilidad de proteger cuando los Estados tiránicos hagan una dejación de dicha responsabilidad.
En este sentido, sobre la base no solo de la catástrofe humanitaria, sino también del incremento de refugiados que amenaza con desestabilizar la región, que es una amenaza clara a la paz y seguridad internacional, urge una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU instando la intervención de una fuerza multinacional Hispanoamericana que deponga al tirano y alivie la situación trágica que vive la nación venezolana.
Una vez alcanzado este objetivo, se debe iniciar necesariamente un periodo de libertad constituyente que será complejo por las terribles condiciones que el chavismo ha legado: se estima que la tasa de homicidios se sitúa en 92 por 100.000 habitantes (en los EE.UU. es de un 6 por 100.000), siendo Caracas una de las ciudades más inseguras del mundo.
Si bien la provisión de armas que el régimen de Maduro realiza a sus acólitos da una idea de la complejidad del periodo de libertad constituyente, éste ha de conducir necesariamente a una República Constitucional que separe los poderes en origen y asegure la representación de la Nación venezolana a través de circunscripciones uninominales, a doble vuelta, por mayoría absoluta y con carácter revocable: una democracia formal que evite las tiranías criminales como la del chavismo.
Duele Venezuela, nos duele a los hispanos bien nacidos, nos hace sangrar.
Es hora de que la Hispanidad reaccione, es hora de la acción. Nos lo exige el derecho internacional, la Historia y la fraternidad con los venezolanos.
La pinta
– Usted lo que quiere es cubrirse con la pinta –dijo famosamente el animal de Largo Caballero al general Miaja, que pedía municiones para defender Madrid.
La pinta, en general, es “el Estao”, y quien mejor encarna esa versión de la pinta es María Soraya, que habla de las cosas del “Estao” como los gitanos de Borrow hablaban de las cosas de Egipto.
Cuando María Soraya exige a Casado proporcionalidad lo que hace es cubrirse con la pinta. Ideológicamente, el sorayismo no es más que los dos huevos duros de Groucho. ¿Que los progres piden tortilla? El sorayismo pide lo mismo, y además, dos huevos duros. Esa carrera estúpida ha convertido España en el país más hipócrita de Europa, pues, siendo el más reaccionario de hecho, es el más progresista de derecho. ¿Quién a los quince años no ha dicho “‘Estao’ de derecho.
La democracia no pacta: es el gobierno de la mayoría absoluta (¡la fuerza del voto!), sin la cual no hay democracia. La proporcionalidad, en cambio, implica pacto. Y del pacto, el consenso, invento de Constantino (el Grande, no Romero), que impone unanimidad de pensamiento y fin de la libertad política, aunque en la cultura española (y europea) estas cosas son tan ininteligibles como la Trinidad católica o la Segunda Enmienda americana.
María Soraya no ha leído a Marsilio, descubridor de la representación de la mayoría absoluta en los abades de los conventos, pero tampoco a Fraga, comentarista (malo) de Leibholz, que teorizó este Estado de Partidos que aplasta a la Nación, impidiendo su representación, sustituida por la integración (¡integración de las masas en el “Estao”!) que pide Maíllo, paisano de Ledesma, el de la conquista del “Estao”. Hasta Villarejo, si comadreó con Corina, lo hizo, dice, por el “Estao”.
– Es que al Rey lo puso un general – denguean los pijos, esnobeando con una Monarquía sueca.
¿Y cuántas estrellas tenía Napoleón, besugos, que puso en el trono de Estocolmo a Bernadotte, con tatuaje “Mort aux rois” y todo?
Publicado en Abc











