Nietzsche, se ha dicho, comprendía su vida toda como una suerte de inoculación de sustancias tóxicas de decadencia. Como España. ¡Esta España nietzscheana atada al mueco!
–Os inoculo la locura –hace decir Nietzsche a su Zaratustra.
En el sector liberal (aquí, pausa y tosecilla), filósofos y economistas (arbitristas) compiten en metáforas homeopáticas. Los economistas (Lacalle, Rallo, Quirós) proponen el federalismo proudhoniano para España, mientras su Voltaire, embutida la testa en flordelisado becoquín, con campanuda voz y doctoral aire, desgrana en TV un plan económico-eugenésico para el Estado liberal del 78 (el mismo que subvenciona a todos los tontos de la cultura), que pasa por sexar intelectualmente los fetos para luego obligar a cada discapacitado pregonado (pregonado por el Estado) a aguantar económicamente (¡liberalmente!) su vela.
Y en el sector socialista tenemos a Iceta, a quien envían vestido de marquesa de Parabere para avanzarnos la receta del pastel consensuado desde hace décadas:
–Si el 65 por 100 está por la secesión, la democracia deberá encauzar eso.
Cuando todos los que mandan están en el negocio, es absurdo sacar a pasear razones. Si acaso, algún chispazo de cómo la única democracia del mundo se ha enfrentado a la secesión, cuya única salida es la guerra.
–En el origen de la guerra hay una insurrección, y por tanto el Gobierno de la Unión tiene el deber de aplastarla –contesta la Corte Suprema a la consulta de Lincoln sobre la rebelión de Carolina del Sur.
Y la misma Corte Suprema ante lo de de Texas:
–La Unión no fue nunca una relación artificial o arbitraria… Los Decretos de Secesión, adoptados por una convención y ratificados por una mayoría de los ciudadanos de Texas, así como todos los actos legislativos diseñados para hacer efectivos estos Decretos, son “absolutely null”… (De lo contrario) la guerra habría dejado de ser una guerra contra la rebelión, para pasar a ser una guerra de conquista.
Cosas de la “alt-right”.
La locura
Bannon
Lo dijo Tom Paine, que no conoció nuestra Santa Transición (por lo cual acabó, el hombre, pimplando): “Los gobiernos están establecidos sobre principios falsos y emplean después todo su poder en ocultarlo”. Y acaba de actualizarlo Steve Bannon:
–Todo esto va de soberanía.
Pero la “soberanía popular, única e indivisible” de la charlatanería revolucionaria francesa que puso imposible la democracia (la división de poderes) en Europa es un principio metafísico felizmente ignorado por los “Founding Fathers”.
Ese principio era un pelotazo chicotudo a base de “imperium” y “dominium” romanos, señorío feudal, teorías de la propiedad, escolástica del XIII, protestantismo del XVI y enciclopedismo del XVIII. Lógica sin fundamento (que la soberanía es una voluntad, es todo su fundamento).
–Una ley (la ley del soberano) que es tan sagrada, tan inviolable, que el ponerla en duda solamente es un crimen –dirá el as de los imperativos, Kant, faro de Occidente–. No parece que proceda de los hombres, sino de algún legislador supremo e infalible.
Lo bueno de estas entrevistas que salen aquí con Bannon es que dejan ver lo poco que los americanos saben del sistema europeo que nos impusieron como ejército vencedor, y lo poco que los europeos saben del sistema americano, al cabo de casi tres siglos de contrapropaganda igualitarista.
En Bruselas la cosa va, en efecto, de soberanía, y la última controversia semejante fue en Bizancio, con el lío de la Trinidad, relatado por Gibbon, y los abogados a palos, unos por el “homoousios”, o “consustancialidad”, y otros por el “homoiousios”, o “semejanza en sustancia”. O sea, la democracia (la democracia es conflicto, que se dirime por mayoría y minoría), si estuviéramos en América.
–¿En América estamos divididos? Pues fantástico. Eso es la democracia –resume, con razón, Bannon, que admira a Ocasio-Cortez (camarera antes de ser congresista), que le ha descubierto la nueva necesidad republicana: más camareros y menos abogados.
Vota a Cthulhu
Fueron mis estudios sobre las costumbres políticas de lejanas tierras los que me trajeron hasta aquí. Desde la comodidad de Cátedra de la Universidad de Miskatonic el Dr. Henry Armitage me animó a emprender el viaje hacia la unicidad ominosa y desconocida. “Recuerda nuestro lema: ex ignorantia ad sapientiam; ex luce ad tenebras,” me dijo. Ya no queda apenas nada en mi memoria sobre los felices tiempo la vida docente en la añorada Arkham ni de las largas horas dedicadas a la investigación sociológica de las culturas primigenias.
El comportamiento educado de aquellas gentes no era de la rudeza típica de los pobladores de Innsmouth y su aspecto físico era en lo general de lo más normal, sin aquellas inquietantes hendiduras en la cabeza parecidas a agallas, manos palmeadas ni rostro ceniciento. Todos se afanaban ordenadamente en sus quehaceres diarios hasta que comenzó una inusitada agitación, que según uno de los sacerdotes de Dagón me confesó, se debía a que quedaban pocos días para La Ceremonia.
Estaban llamados a la La Ceremonia todos los mayores de edad. En ella según me explicó Randolf, los sacerdotes de Cthulhu, Nyarlothep y Yogh Shothoth serían encumbrados con la dignidad del ritual, tomando así la posesión de los Sellos Arquetípicos que mantienen a aquellos en su Su Sueño de Orden. Mientras Azathoth, el Dios ciego e idiota, en su trono bendeciría el resultado de La Ceremonia manteniendo alejados a aquellos rebeldes seguidores de Los Antiguos bajo la amenaza de despertar a Los Primigenios de su sueño en el lecho marino. “Que no está muerto lo que duerme eternamente; y en el paso de los eones, aún la misma Muerte puede morir”, me espetó con el terror marcado en su rostro.
Todo estaba en el libro. El Necronomicón así lo establecía desde que todo quedara atado y bien atado por su inspirador, el árabe loco Abdul Alhazred. La versión del rito actual, según tuve ocasión de investigar en oscuras bibliotecas, se debía a la moderna adaptación de Olaus Wormius, quien tradujo el libro en consonancia con los nuevos tiempos, manteniendo sin embargo la unidad primigenia garantizada a la secta del elegido a quien se confiaba el Sello de Rayleigh, que le permitía controlar a las divinidades menores.
Fhatagn-nagh, ia!, ia! ia! Cthulhu fhatagn! Era la llamada a La Ceremonia. Todos dejaron sobrecogedoramente sus quehaceres para acudir a ella. Después, como si hubiera pasado un temporal invisible pero devastador, llegó la calma y todos retomaron sus ocupaciones habituales. Hasta dentro de otros cuatro años en que La Ceremonia se repetiría.
Luna vieja
Esta ruidajera mediática con las pistolas es un “remake”, muy malo, de “Luna nueva”, la comedia de Howard Hawks: Walter Burns (Cary Grant) no acepta que su reportera Hildy Johnson (Rosalind Russell) deje el “Morning Post” sin hacerle la crónica de la ejecución de Williams, por el asesinato de un policía. Hildy entrevista al convicto, tonto de remate, y le pone la muleta planchada para que embista:
–¿Por qué lo mataste? Porque te dieron una pistola y la usaste. ¡Producción para uso!
En esta “Luna vieja” de Ozores los liberales buenos, que van de Hildy, pintan a los fachas malos, que hacen de Williams, como si fueran el sargento de Kubrick cantando en el gimnasio “Aquí mi fusil, / aquí mi pistola, / una da tiros, / la otra consuela”, y salvan la Democracia.
–Si tu pistola valiera mi pluma de columnista, contento viviría.
Se nos mezclan las pistolas “parlamentarias” de Tejero en el 81 y de Prieto en el 34. ¡Aquellos años treinta! Ruano cambió de bando y tuvo que contratar un guardaespaldas con pistolón (una Astra), Cazorla, “un león” que se creía “perro”.
–Ya sabe usted, don César… un perro, eso es lo que soy yo. Un perro a su lado. Lo que tiene usted que darme es el “hierro”.
En Cuatro Camino se cruzaron con unos obreros que dijeron “fascista” al periodista, que volvió la cabeza y no vio al “perro”.
–El “hierro, don César, el “hierro”. Tengo empeñado el “hierro” e iba detrás de usted sólo con la cara.
En los 70 nos impresionó Leguina, demógrafo en Chile, que presumía de haber defendido de la Aviación el Palacio de la Moneda (¡la Democracia!) con una pistola. Y también (lo cuenta en sus memorias) Cebrián, de madrugada, en el pasillo de su casa, frente a Jesús de Medinaceli, con su sarasqueta de cazador de perdices y anuncios (“una preciosa paralela de dos cañones”) y “una canana repleta de cartuchos, algunos de ellos de postas”, dispuesto en “estado eidético” (es académico) a hacer frente… al fascismo. Como siempre le toca hacer aquí a la Prensa.
Fin de régimen
El Zeitgeist, el espíritu de los tiempos, parece confirmar de modo creciente la impresión de que nos hallamos en un período de fin de régimen; desafortunadamente, en la historia de España es patente que los regímenes se enquistan durante décadas, y a su final no suele ser extraña la violencia, o un gran perjuicio para el pueblo. Es, pues, en este punto interesante detenerse en la distinción que hacía el pensador político español García-Trevijano entre lo político y la política; lo político para él es lo público, lo del Estado, mientras que la política es lo perteneciente al gobierno. Así, el consenso, base intelectual del actual Estado de Partidos o Partitocracia, asegura el no traer a la política asuntos como la corrupción o la situación económica desesperada de la gente.
Y es que la corrupción política es causa mayor de la ruina de la población; de tal suerte que, cuando se propone desde instancias financieras internacionales y europeas reducir un 10% los salarios, se obvia siempre, aparte de rechazar esta barbaridad abusiva, que la crisis y su manifestación más sangrante, el paro, tendrían pronto alivio si se libraran a la economía productiva los 100.000 millones de euros que cuesta el Estado de las Autonomías (manteniendo las que sí lo han sido históricamente, y fueron eliminadas por la fuerza de las armas, Cataluña y País Vasco), creado por el Sucesor de Franco y sus nuevos partidos estatales para asegurar cargos y prebendas a su clientela, que no ha hecho más que crecer (resulta, en este aspecto, muy sintomático el que el gasto de las CC. AA. se disparara un 20% durante la crisis, en vez de reducirse en proporción, al menos, a los sacrificios fiscales y salariales que se les exige a los españoles); fue, por otra parte, un gran éxito de la casta política el derivar parte del disgusto larvado de la gente respecto al sistema hacia los funcionarios, de los que los políticos y sus sindicatos neoverticales desconfían por sus principios constitutivos de mérito y capacidad, totalmente ajenos a su esencia corrupta y clientelista.
Dicho afán de crear división y tensiones ha sido una constante del régimen actual, como modo de ocultar sus miserias; pero, mientras que en la sociedad civil sí existe derecha e izquierda, en los partidos políticos -que deberían constituir la sociedad política, entendida como intermediario entre la sociedad civil y el estado, pero que son estatales, pues viven de él y con él se identifican-, sólo hay socialdemocracia, que ha engañado durante muchos decenios a la gente con su siniestro señuelo del Estado del Bienestar; en cambio, cuando las cañas se tornan lanzas, por haber favorecido aquélla la conversión de la economía productiva en financiera, creando deuda para sostener el mastodonte presuntamente benéfico, no tiene empacho en cargar el peso del esfuerzo económico sobre los hombros de los ciudadanos (perdón, súbditos); cualquier cosa, pues, antes que la casta política recorte sus privilegios y gabelas así como los de los grupos financieros y empresariales oligopólicos de los que van de la mano. El Estado, en suma, está asumiendo su verdadero rostro de enemigo de gran parte de la nación, y es evidente que su reforma no va a surgir ni de la Monarquía, espejo de corrupciones, ni de los partidos estatales que viven de él, sino de un proceso de libertad constituyente que traiga un régimen auténticamente representativo y una democracia formal que, con sus reglas de juego de control mutuo entre poderes, ponga coto a tantos abusos.
Alemania no es lo que era
Imaginen un país cuya autoridad pública decide construir un nuevo aeropuerto en la capital, para ampliar o cerrar otros que se han quedado pequeños. Comienzan las obras, con la parafernalia habitual de políticos y altos cargos posando para la posteridad con casco y pala. Licitan las mayores constructoras del país, los proveedores líder de sistemas, material, infraestructura y seguridad, y al principio todo va sobre ruedas. Al cabo de algún tiempo, sin embargo, comienza a haber problemas: averías, mala planificación de la red antiincendios, ineficiencia, corrupción… El gran proyecto embarranca y comienza a sufrir retrasos. Habiendo comenzado en 2006, se esperaba abrir al tráfico en 2009. La inauguración se pospone primeramente hasta 2011. Después hasta 2013. Luego, una sucesión de circunstancias adversas y fallos sistémicos hace que el aeropuerto no llegue jamás a funcionar. Estamos en 2019 y las reparaciones continúan. El presupuesto inicial se ha multiplicado por seis, y todavía no hay fecha para que aterrice el primer avión.
Y ahora viene la pregunta: ¿qué país es el escenario de tan ciclópea charranada? Si estaban pensando en España, no han acertado. Aquí se despilfarraron miles de millones en aeropuertos de provincia, pero si alguno de ellos no ha llegado a funcionar después de la fecha prevista, fue por falta de tráfico, no porque las instalaciones no sirvieran. Tampoco estamos hablando de países africanos ni de ninguna república de Latinoamérica. El fiasco urbanístico y organizativo al que me refiero es el proyecto del nuevo Aeropuerto de Berlín-Brandenburgo, en la República Federal de Alemania. Difícil de creer, ¿verdad? Los alemanes tuvieron desde siempre esa fama de metódicos, eficaces y bien organizados en todo lo que hacen. Resulta difícil imaginarlos haciéndonos la competencia en el terreno de la chapuza. Pero ahí están los hechos. Y como se trata de sesudos y consecuentes teutones, una vez puestos a la faena de cagarla, hasta en eso nos ganan por goleada. El Aeropuerto de Berlín-Brandenburgo pasará a la historia como uno de los desastres inmobiliarios más colosales de todos los tiempos.
Podría parecer que estamos hablando de una dolorosa excepción, y tomar a tres o cuatro politicastros regionales, de esos que proliferan como hongos en el sistema de partidos, para convertirlos en chivo expiatorio. Pero si nos fijamos bien, nos daremos cuenta de que el mal está mucho más extendido de lo que pensamos: ahí está por ejemplo el escándalo del diésel en las grandes marcas del automóvil alemán, la megalómana envainada del Airbus A380, el recochineo con el que los Cinco Sabios y los mercados financieros reciben la propuesta de fusión entre esos dos grandes montones de basura que hoy son el Deutsche Bank y el Commerzbank, y otros muchos casos que podrán sorprender a quien todavía tiene de los alemanes la imagen tópica de otros tiempos, pero no a quien lleve algún tiempo siguiendo la actualidad del país germano a través de revistas como Der Spiegel y otros medios.
Llegados a este punto, supongo que no hace falta hablar de otros temas como la delicada situación de las cajas de ahorros alemanas, el problema de los refugiados, la crisis demográfica o la desestabilización producida por el auge de los partidos de extrema derecha. En otro tiempo Alemania nos parecía un país interesante como referencia de comparación y modelo, porque era todo lo contrario al nuestro. Aun no estamos preparados para asimilar la idea de que comienza a parecerse a España más de lo que estaríamos dispuestos a aceptar.
Como los españoles somos por naturaleza generosos de espíritu y menos dados a disfrutar con la desgracia ajena que, entre otros, los propios alemanes, el asunto no nos regocija en absoluto. Y hacemos bien en mantenernos circunspectos, ya que las causas que están llevando a Alemania al despeñadero son las mismas que desde hace décadas intentan hundir a la nación española, sin demasiado éxito, por cierto, probablemente debido a la resiliencia y a la enorme capacidad para resistir el sufrimiento adquiridos durante las largas centurias de declive de los países latinos. Hablamos de lacras que nos son conocidas: pérdida de los valores tradicionales de la austeridad, la disciplina, el espíritu cívico y el amor al trabajo; el materialismo y la insolidaridad de la vida moderna y, sobre todo, el ascenso imparable del Estado de Partidos, esa especie de Moloc babilónico que se mantiene en pie a base de utilizar a la sociedad civil como combustible en sus hornos.
Si Alemania no es lo que era, y cada vez se parece más a España, no es solo porque se haya cansado de ser una nación puntera. Menos aun porque nosotros le estemos contagiando la pereza y la negligencia típicas de las sociedades mediterráneas. Los déficits democráticos, la confusión de los poderes del Estado y el sojuzgamiento sistemático de la sociedad civil a los fines de una casta de políticos profesionales que manejan a su conveniencia los asuntos públicos y la economía de las naciones tienen también que ver. El hecho de que estos fenómenos de decadencia se manifiesten ahora, después de tantas décadas de institucionalizado éxito, se debe a circunstancias históricas. La democracia alemana surgió en 1949, al igual que la española muchos años después, no como resultado de un proceso constituyente y libre, sino por presión de intereses establecidos y las conveniencias estratégicas de la Guerra Fría. Por un tiempo todo eso funcionó bien porque no había alternativa. Pero una vez terminado el conflicto entre estados Unidos y la URSS tras el hundimiento del bloque soviético, era de esperar que aflorasen todas las deficiencias de diseño.
Ahí es donde Alemania se encuentra ahora: en los umbrales de una nueva era, que sucede al colapso de la socialdemocracia, haciendo frente a los desafíos derivados de la digitalización, el envejecimiento poblacional, la crisis financiera y el desgaste de las clases medias. Si el aeropuerto de Berlín-Brandenburgo fuera el peor de sus problemas, Alemania podría considerarse satisfecha. Pero esa obra gigantesca, al igual que el mercado inmobiliario español o el Valle de los Caídos, no es más que una metáfora. Gestionar una ruina urbanística tras otra no resuelve los problemas de la nación. Otra costumbre muy española, dicho sea de paso: aliviar los síntomas, dejando ad kalendas graecas el tratamiento eficaz de los síntomas. En el futuro será necesario atender a unas tareas de reforma mucho más profundas y ambiciosas que las que pueda resolver un equipo de tecnócratas provisto de medios y un buen software de gestión de proyectos. Y esto vale tanto para Alemania como para España.
Armas
De armas no quisiera yo hablar ni con “mi compañero y, sin embargo, amigo” Oti Rodríguez Marchante (esto es un guiño a Alfonso Sánchez), que fue armero en los cuarteles de Castrillo del Val, a tiro de piedra de Atapuerca.
A los españoles los desarmó Franco para que fueran por la calle hechos unos Borja Sémper, y el resultado es que hoy sería más fácil explicarle a un albanés el misterio de la Trinidad que a un Toni Roldán (control-alt-suprimir) el derecho a portar armas, que es derecho americano y sólo americano, piedra de toque de la libertad constituyente del único pueblo que la tiene.
Con Pablemos hablando de “portar armas” como una de las “bases de la democracia”, se oyen risillas de conejo (“leoporum generis sunt et quos Hispania cuniculos appellant”) en las tertulianerías, cuando es el único del gremio que lo huele. El caso es que a Pablemos le pasa con esto como con la ley de la relatividad, que ha oído campanas y no sabe dónde. Es un fray Gerundio de la Complutense, donde no se sabe de nadie que haya llegado al capítulo XXXVIII del Quijote y tampoco a la segunda enmienda de la Constitución americana, que consagra el derecho a estar armado desde que Washington organizara la milicia de granjeros y cazadores para ganar la guerra a Inglaterra con los fusiles que tenían para defender sus vidas. Aquella libertad constituyente late hoy, inextinguible, como la llama olímpica, en el corazón de la Constitución federal (enmendable, no reformable). Otros pueblos (Francia, Rusia) pudieron imitarlo, pero prefirieron la igualdad a la libertad, y para imponerla, los asesinos a los sabios.
Ahora nuestros chisperos se limitan a caricaturizar a Abascal de Cellini que va por la calle matando a quien le mire mal. Como la socialdemocracia ha hecho del Derecho un arma (¡el Estado de Derecho!), la solución, dice Jünger, es “emboscarse”, ya que “hoy nadie sabe si mañana no le contarán en un grupo que se encuentra fuera de la ley”.
Pero ¿dónde emboscarse?
Militarismo
Obligado a navegar por sus propias aguas “constitucionales” como “El holandés errante”, el portaviones de España atracará en el puerto de Guecho con la oposición municipal de los partidos del Consenso Separatista (PNV, PSOE, Podemos, Bildu, integrantes todos del Estado de Partidos, que la nómina va por otro negociado), que se declaran “antibelicistas”. Habrán oído decir que los capitanes españoles, al ocupar un pueblo, en un avance, se convierten mágicamente en alcaldes, y esos pobres concejales creen estar defendiendo su cocido.
¿Es necesario aclarar la evidencia de que se puede ser militarista sin ser militar y militar sin ser militarista? Con estos políticos y estos periodistas, sí. En su día, Fernández Flórez descubrió al frente del Consejo de Ministros el alma de un coronel de Caballería que quería llegar a mariscal: era Azaña (por cierto, el último inquilino del Palacio Real) contemplando el campo de maniobras de España. El desenlace es conocido.
–Si había un hombre mal dotado para presidir la gran batalla, ése era don Manuel –reconoce Albornoz, el asistente que lo vio temblar cuando lo acompañaba.
En el mito de la República había militaristas que no eran militares, como Azaña, y en el mito del 78 hubo militares que no eran militaristas, como De Santiago, el general que nos legó la Comisión General de Secretarios de Estado y Subsecretarios (he aquí un ejemplo de capitán español que al ocupar un cargo, en un avance, se convierte mágicamente en alcalde): ocurrió en el primer gobierno de Suárez, con Abril, ministro de agricultura, emperrado en subvencionar la pera limonera, contra Lladó, ministro de comercio. Un día y otro día, hasta que el general, con resolución castrense, preguntó si se iban a pasar los consejos discutiendo de la pera limonera. En las caras vio que sí, y entonces, para deshacerse del tabarrón, creó la Comisión de Secretarios, cedazo del Consejo, que ahí está. Debe de ser lo que el nuevo centrismo llama fascismo.
Sí votas, pero no eliges nada
La convocatoria de elecciones generales ha abierto el telón del espectáculo que ofrecen todos los partidos sin excepción. La confección de las listas electorales que cada partido presentará para su ratificación por los votantes, que no elección por los mismos: dedazo, farsa, comedia, pucherazo, purga, sanción encubierta del excluido, devolución de favores, presentación de fichajes estrella como gancho electoral, premio por la fidelidad y obediencia, etc. Cualquier objetivo menos la selección de candidatos que puedan ejercer como representantes políticos de los ciudadanos; a lo sumo ratificación de los representantes del partido en el Congreso o en el Senado, cuando no la búsqueda de inmunidades judiciales u otros espurios objetivos.
Llamativo método, el jefe del partido elige a los candidatos que se incluyen en la lista electoral del partido, a cambio y bajo la condición de que una vez obtenida la correspondiente acta de diputado, voten y elijan a aquél como presidente del Gobierno, y en lo sucesivo sean fieles y disciplinados seguidores de sus instrucciones; todo ello, bajo la coacción de ser excluido de la próxima lista del partido a pesar de la prohibición del mandato imperativo a diputados y senadores.
En broma se interpreta la prohibición constitucional de mandato imperativo como dirigida exclusivamente a los votantes. Según esta interpretación se prohíbe el mandato imperativo de los votantes, pero no el mandato, más que imperativo, coactivo de los jefes de partido. Siendo así que los parlamentarios no deberían tener más sometimiento que el mandato que le han dado sus electores según lo prometido en la campaña electoral. Interpretar que la Constitución de 1978 prohíbe el mandato imperativo de los jefes de partido implica la nulidad radical, por inconstitucionales, de todas las leyes aprobadas en las Cortes desde la entrada en vigor de la mencionada Constitución. Ni una sola Ley ha sido aprobada sin esa coacción y disciplina impuesta por los partidos del régimen.
Este método cutre de listas electorales de partidos, que reparte proporcionalmente entre estos últimos el poder y los puestos de mando del Estado y pretende aparentar formas democráticas, fue el sistema electoral consensuado al principio de la transición por los políticos franquistas y por los políticos del PSOE, PCE, etc.; método que tenía y sigue teniendo como objetivo controlar y pastorear a la infantil sociedad española, por si en algún momento siente la tentación de ejercer su libertad política colectiva.
La alternativa de un sistema electoral mayoritario por distritos uninominales, parecido al sistema inglés o, mejor aún, al francés; un diputado a doble vuelta por cada cien mil electores; aunque se planteó, fue rechazado de plano por dos razones. Porque resultaba más sencillo influir y controlar a los dos, tres o cuatro jefes de los principales partidos políticos que a cuatrocientos o quinientos diputados de distrito; estos últimos deben su puesto directamente a los electores que los han votado personalmente y no al partido político que los incluye en la lista electoral del propio partido. Y en segundo lugar, porque un sistema de distrito uninominal neutralizaba el protagonismo y el poder que se pretendía dar a los partidos políticos como herramientas de control social y político, entre otros mecanismo, mediante el mandato coactivo que de hecho ejercen los jefes de los partidos políticos sobre los diputados y senadores incluidos en su lista electoral. Los partidos políticos con este sistema electoral se han convertido en partidos estatales, subvencionados por todos los contribuyentes cualquiera que sea su ideología; en órganos cuasi estatales cuyas agendas y crisis marcan la agenda del Estado; y además son la fuente principal de la corrupción económica.
Pues bien, el sistema electoral proporcional de listas de partido; listas cerradas o abiertas producen el mismo efectos; aceptado voluntaria y servilmente por la sociedad española, técnicamente no tiene como objetivo elegir representantes políticos de los votantes, sino representantes de los partidos políticos, y repartir entre estos últimos los puestos de mando del Estado en función del número de votos o adhesiones que recibe la lista electoral de cada partido. Con este sistema no es posible la representación política, sólo la adhesión e identificación de los votantes con un partido político, como si este último fuera un equipo de futbol o un grupo de rock.
Los partidos no representan a los ciudadanos porque el vínculo de fidelidad y obediencia entre el parlamentario (diputado de partido) y el jefe de su partido es más fuerte que el vínculo con los ciudadanos que han votado la lista electoral presentada por el partido en la que se incluye el mencionado parlamentario, al que en la mayoría de los casos sus votantes son incapaces de identificar por su nombre.
La representación política de los votantes no es baladí como sostienen algunos. Un diputado de partido y un diputado de distrito responden y obedecen ante el propio partido en el primer caso, y en el segundo ante sus electores con los que se relaciona directa y personalmente. En la denominada democracia española, pero que de democracia como forma de gobierno no tiene nada, el diputado es el peón que permite negociar, consensuar y trapichear a los jefes de cada partido; en otras palabras, la ausencia de representación política efectiva de los votantes es una de las dos piedras angulares de la corrupción política y económica de la partidocracia que padecemos en España desde el comienzo de la transición.
El próximo 28 de abril no se elige nada, todo estará ya vendido. Elegir ya han elegido los jefes de los partidos políticos y las cúpulas de estos al confeccionar las listas electorales de candidatos. Los votantes no eligen, simplemente votan ratificando la lista electoral del partido con el que se identifican. El 28 de abril no se eligen representantes políticos de los ciudadanos, se ratifican listas de aprieta botones de los partidos políticos en el Congreso y en el Senado.
En otras palabras, en España no hay representación política de los votantes y, por ello, en España no hay democracia. La representación política efectiva de los electores y la separación también efectiva de los poderes del Estado; no la mera distribución de funciones entre órganos o personas; son los dos requisitos esenciales sin cuya concurrencia no es posible hablar de democracia como forma de gobierno. España no es una democracia. Se puede decir más alto, pero no más claro. El que quiera ver que vea y el que quiera tragar sapos puede tragarlos, dejarse pastorear por la opinión publicada e ir a votar pensando que su voto sirve para decidir y elegir algo o a alguien. Elegir elige otro, no el que vota. Piensa por un momento quién elige al presidente del Gobierno ¿El votante en León cuya papeleta electoral no incluye el nombre de ninguno de los que se postulan como futuros presidentes de Gobierno? ¿El votante en Madrid cuya papeleta electoral sí incluye el nombre de uno de los que se postulan como futuro presidente del Gobierno?
Una cosa sí está clara, participando en la farsa de las elecciones convocadas por este régimen, cualquiera que sea el partido al que tengas intención de votar, no va a reformar o mejorar la corrupción de dicho régimen sino reforzarla y potenciarla, sencillamente porque la corrupción es factor de gobierno. Para cambiar pacíficamente este régimen, no hay más alternativa que no apoyarlo ni legitimarlo con el voto. ¿Quién se alegra especialmente y exhibe como un éxito una alta participación electoral y se lamenta de la baja participación? Todos los líderes de todos los partidos políticos sin excepción. Por algo será. Sapere aude.
Los militares
La inclusión de unos militares en las listas de partido ha desatado una guerra de almohadas en el parvulario mediático.
–¿Militares?¡Paremos al fascismo!
Dígale usted a un Toni Roldán (control-alt-suprimir) que fue un general de George Washington, su genio militar, Hamilton, el creador de la democracia representativa, aunque, por su uniforme, ya sus enemigos agitaban el fantasma de la dictadura militar (“Hamilton es tan ambicioso como César“, malmetía la señora de Adams).
Claro que el militarismo español no es el americano de arriba, sino el americano de abajo, explicado por el venezolano Carlos Andrés Pérez en México un día como hoy de 1975:
–Nuestro militarismo no es culpa de los militares, sino de nuestros movimientos políticos (civiles), que no hemos sabido interpretar nuestras patrias, creando vacíos que llena la única institución organizada que hay en Iberoamérica.
Para quienes ven al fascismo en todas partes, como si fuera un ciclista (el ciclista es la mosca socialdemócrata), es verdad que Gecé se declaró entusiasta del militar español, pero daba sus razones:
–Es tímido ante el hombre de letras y a veces le aventaja en lecturas y saber. Pero lo que sabe, lo sabe con vitalidad y certeza.
Lo veía “superior a nuestro cura”, y uno diría que también a nuestro filósofo.
–Un gobierno militar tendría la ventaja de acabar con estas farsas parlamentarias que tanto nos repugnan… Son los militares los que deben imponer silencio y orden en este galimatías político, dando con su sable en los consejos ministeriales –escribe Ortega (y Gasset, no Smith) en “El Sol” de 1920.
–Primo de Rivera me notificó su pensamiento. Le escuché con atención y respeto, pero, con lealtad, le hice presente que no era partidario de la dictadura ni de la intromisión del ejército en política nacional, y que a este criterio había atemperado yo siempre mi conducta –escribe Millán Astray (no Julio Rodríguez) en sus memorias.
Pero escandalizan los militares, no las listas.











