Decía Aristóteles, escribiendo sobre las formas de gobierno, que la dictadura degenera en oligarquía; ésta posee dos virtudes, una moral, la tolerancia -frente al respeto, virtud de la democracia (pues el que tolera a otro lo hace desde un sentimiento de superioridad)-, y otra intelectual, el consenso, que asegura la coexistencia de las castas dominantes -frente al juego de mayorías y minorías propio de la democracia. De tal suerte, la sociedad española desde la época de la Transición se ha preciado de ser tolerante, y tanto en la esfera pública como en la privada hay un sincero afán por llegar a consensos -del que no se excluye últimamente ni al fascismo -cómo no, nacionalista- terrorista-; todo ello son elementos de la hegemonía cultural impuesta por la Oligarquía neofranquista que rige nuestros destinos (pues, al igual que en el Franquismo o en cualquiera otra dictadura no existe control sobre el poder ejecutivo); con la salvedad, como señala Antonio García-Trevijano, de que el Franquismo no necesitaba de la corrupción como factor de gobierno a diferencia del Régimen actual. La Transición, pues, fue un proceso destinado a la supervivencia del Régimen franquista, con su Sucesor a la cabeza, integrando en éste a los partidos de la oposición; para ello se creó, primero, un sistema electoral proporcional de listas -dando igual que sean abiertas o cerradas desde el momento en que los múltiples candidatos no representan al elector sino al jefe del partido que los coloca en aquéllas- que otorga el poder alternativamente a unos partidos estatales, que no cumplen su función de intermediarios entre la sociedad civil y el Estado, su enemigo natural, sino que forman parte de Éste y a éste defienden pues es quien los subvenciona -es un hecho inaudito en cualquier Constitución que se establezca en ella el sistema electoral, con el fin de blindarlo, como en la del 78, ajena por ende que fue a un proceso constituyente-; luego, se habilitó un entramado institucional, el Estado de las Autonomías, no destinado a descentralizar o desconcentrar la Administración, sino a multiplicarlo en torno a 17 centros, para colocar a los cuadros de los partidos y a sus henchidas clientelas. De tal manera que el partido que accede al poder en España, cumpliendo con su función de integrar a las masas en el Estado como preconizan los totalitarismos, cuenta con el ejecutivo y con el control del poder legislativo y de los órganos de poder de los jueces, a cuyos miembros se ha arrogado, con el consenso de las otras fuerzas mayoritarias, el poder de elegir. Sin representación ni separación de poderes, que garantiza la fiscalización del poder, la corrupción es el carburante del sistema, que a todos sus beneficiarios mantiene contentos, generándoles privilegios a los que no están dispuestos a renunciar, a costa de exprimir y explotar a la sociedad civil hasta lo insoportable de acuerdo con su espíritu de casta política, egoísta y cerrado, e indiferente, por tanto, a su responsabilidad suma en la ruina económica, educativa, cultural y moral de nuestra desorientada sociedad.
Resulta sintomática la corrupción de la Casa Real, que no es para nada casual, pues es la clave de bóveda del sistema, como demuestra el hecho de que los poderes del Estado se lanzaron de una manera desvergonzada a ocultarla o minimizarla llegando al esperpento, como en el caso de las presuntas propiedades de una las Infantas, en el que la actuación de Hacienda resulta extravagante, pues su brazo, como es sabido, es de hierro con cualquier otro ciudadano que no declare o declare incorrectamente el aumento de su renta.
Ante tales situaciones el ciudadano (en nuestro caso, súbditos de una Monarquía corrupta y degenerada, garante de este Estado de Partidos) se queda descorazonado, y frente a las actitudes serviles y cortesanas de muchos medios de comunicación siente la tentación de un ostracismo interior ilustrado, con el convencimiento de que votar en un sistema como éste es corromperse y contribuir a la corrupción. La única manera pacífica, pues, de socavar este régimen es la abstención activa, que acelerará su deslegitimación, que es también la de la socialdemocracia surgida en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, a pesar de la cristalización de sus élites, en palabras de Vilfredo Pareto.
La corrupción como factor de gobierno
Lacrima Christi
Sobrecoge ver a Bergoglio llorar físicamente por las concertinas de Ceuta y Melilla, frontera de la nación de Teresa de Jesús, a cuyo aniversario no pudo asistir porque prefirió ir a Alemania para estar en el de Lutero.
A Bergoglio le duelen las concertinas como a Cocteau le dolían el cristal de Venecia, la cerámica de Sajonia y la liturgia católica, sólo que Cocteau era un esteta, y Bergoglio, un jesuita. En el llanto jesuítico de Bergoglio, igual que en el llanto cómico de Pablemos, hay una mezcla de Laclau y Stanislavski, el del sistema para matar el teatro.
Cuando la República expulsó a los jesuitas, un krausista fue a ver a Don Suave (De los Ríos), el ministro de Instrucción Pública: “Ustedes han prohibido en la Constitución que las órdenes religiosas se dediquen a la enseñanza”. “Sí”. “Bien. Pero eso quiere decir que los jesuitas no podrán enseñar en España”. “Claro. Es lo que nos proponemos”. “Pero es que ahora han disuelto ustedes en España la Compañía de Jesús, o sea, los jesuitas. Y como los jesuitas ya no lo son, podrán enseñar”.
Para Bergoglio, España sigue siendo un país en guerra, y por eso lo evita (y lo “peronea”). Los jesuitas apoyaron la independencia hispanoamericana en venganza por la expulsión decretada por el rey de España en 1767. En agosto del 73, Arrupe visitaba a Allende y a Castro (¡el totalicastrismo!) para “discernir los diversos aspectos de tan singular proceso histórico”. En el 74 paraba en La Habana Casaroli, y dijo: “Los católicos que viven en Cuba son felices dentro del régimen socialista.” Bergoglio permanece espiritualmente disecado en ese instante casaroliarrupiano, y llora físicamente por las concertinas españolas.
Aparte la vigilia en el Huerto de los Olivos, Cristo llora dos veces: una por Jerusalén, y la otra, por Lázaro, al ver llorar a los que ama, en el hermoso pasaje de Juan:
–Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: “¡Cómo lo amaba!”
¿No hay en El Vaticano un Iván Redondo que haya leído el Evangelio?
Maeztu
En Puente Genil, Córdoba, un colegio retira el nombre de Maeztu en atención al chiringuito Nürnberger Gesetze de la Memoria que en Andalucía regenta el gobierno de los Juanmas, “vaya par de gemelas”, que diría Lina Morgan, dado que el chiringuito Nürnberger Gesetze del Género también es franquicia suya.
No es por el huevo (al colegio, como si le ponen “Rocinante”), es por el fuero: la memoria histórica (?). A Maeztu lo mataron simplemente porque escribía en ABC, cuyo director, Juan Ignacio Luca de Tena, lo reconoció como “el más intelectual de los intelectuales asesinados durante la revolución”.
–En memoria de mi padre fundé el “Premio Luca de Tena” para artículos anónimos, para diferenciarlo del “Cavia”. Y el jurado se lo otorgó a Maeztu, sin saber quién era el autor.
Maeztu es anarquista a los veinte años, y a los treinta, republicano y krausista: escribe en “España”, la revista de la izquierda, y en “El Sol”, donde, andando el tiempo, alterna con Ortega los editoriales laudatorios para la Dictadura de Primo, hasta ir a fundar “Acción Española”, intelectualmente antagónica de la Institución Libre de Enseñanza.
–Ser es defenderse.
Ortega (¡qué españolidad, lo suyo!) primero le dedica sus libros y luego retira las dedicatorias. Pemán lo ve viajar de Kant al espíritu y del espíritu a la fe: comulga con las manos en la espalda y recibe de pie la Forma, “anticipándose a la nueva liturgia post-conciliar”. Gecé lo llama “el mestizo vasco-inglés” (¡quince años en Londres!)
En agosto del 36, los milicianos llegan preguntando por “un párroco llamado Negrete”; Maeztu contesta altivamente y los bárbaros lo toman por un cura disfrazado; les muestra su carnet de diplomático, pero su nombre no les suena y se lo llevan. “Claridad”, el diario de Largo Caballero, informa de la detención de Maeztu como “perteneciente a una generación de escritores traidores”.
–Don Víctor, ¿cuándo nos asesinan a usted y a mí? –había dicho, en abril, Maeztu al encontrarse por la calle a Pradera.
Trevijano y las cuatro revoluciones
“Libertad Constituyente” es una obra recomendable para cualquier repúblico que se precie, ya que en ella se hallan expuestos el pensamiento político de Antonio García-Trevijano y los principios fundamentales del MCRC. Todo aquello por lo que se lucha, que explica la perversidad intrínseca del estado de partidos, lo que es preciso hacer para corregirlas y las razones para arrimar el hombro en favor del cambio constituyen tema de este breve libro que se lee en menos de un fin de semana. Después de pasar por sus páginas, la situación se vuelve mucho más clara en lo relativo a conceptos de base susceptibles de inspirar compromiso y acción: libertad colectiva, separación de poderes y, sobre todo, la disfuncionalidad inevitable de un sistema basado no en la representación directa por distritos, sino en el pergeño discrecional de listas electorales por oscuros funcionarios de partido que, en última instancia, son los auténticos depositarios del poder. Aconsejo a los más ambiciosos, sin embargo, a acercarse a otra obra principal del Maestro: “Teoría Pura de la República” (El Buey Mudo, Madrid 2010). Aunque más denso y de no demasiado fácil lectura, merece la pena por sus valiosas aportaciones a la historia del derecho político, que algún día serán reconocidas en los términos que merecen. Hoy ese reconocimiento resulta impensable, por razones que no hace falta explicar. En el río revuelto de los últimos años del Posfranquismo, la Transición a la Democracia y el Régimen Constitucional de 1978 hasta hoy, la intelectualidad subvencionada de la nación española interpreta la historia desde la perspectiva del pez que coletea estólidamente dentro del agua, creyendo que aquello es toda la realidad que hay, incapaz de darse cuenta de que se halla en un torrente labrado por fuerzas geológicas de las que nada sabe, y que por encima de la superficie del cauce se extiende un cosmos inabarcable lleno de ciudades, árboles, cordilleras y aviones.
En tal aspecto se puede decir que, intrigando contra Antonio García-Trevijano, marginándole y frustrando todas sus empresa políticas mediante intrigas palaciegas, campañas de prensa, falsas acusaciones de sedición, implicación en procesos judiciales rocambolescos como el de Sogecable e incluso artículos de mal gusto publicados en medios digitales después de su muerte en febrero del año pasado, el Régimen del 78 le hizo un favor a Maverick. Hace falta ser un individualista radical, un Aussenseiter (como dicen los alemanes), para adquirir visión global de las cosas y apreciar perspectivas a largo plazo. Y de este modo nos remontamos a la Revolución Francesa, objeto de un amplio tratamiento en los primeros capítulos de “Teoría Pura de la República”. No por casualidad, puesto que de los aberrantes excesos de ese período y los mitos que se fabricaron con posterioridad a la toma de la Bastilla derivan, por tradición intelectual y escuela de aventureros políticos, gran parte de los planteamientos viciosos de esa estructura de poder a la que denominamos Estado de Partidos. Antes de seguir, conviene que se diga que el bulldozer de la partitocracia no solo ha terraplanado los antaño floridos campos del pensamiento político español. Desde hace más de dos siglos también hace estragos en casi todos los países del mundo.
Según García-Trevijano, durante la Era Moderna hubo cuatro grandes revoluciones: la británica de 1688, la estadounidense de 1776, la francesa en 1789 y la rusa de 1917. Las dos primeras fueron un éxito colosal, y dieron lugar a sistemas políticos y estructuras de gobierno que llevan siglos funcionando de manera estable y con plena capacidad para adaptarse a los cambios económicos y sociales de las últimas centurias. Las otras dos revoluciones, por el contrario, se saldaron con rotundos fracasos y desembocaron en pesadillas totalitarias que aun hoy día se ven replicadas en numerosos conatos de hacer que funcionen regímenes basados en utopías colectivistas. Mientras el parlamentarismo y la democracia de masas prosperaban en Inglaterra y Estados Unidos, el Viejo Mundo, primero, y después sus antiguas posesiones coloniales, se convirtieron en laboratorio de todo tipo de experimentos históricos abocados al fracaso: el Imperio Napoleónico, el Comunismo de Guerra de Lenin, los regímenes totalitarios de Stalin y Hitler, las cleptocracias africanas y árabes, el holocausto del Khmer Rojo en Camboya y las revoluciones bananeras de Cuba, Bolivia, Venezuela y otras naciones latinoamericanas.
Comprensiblemente mucho intelectual de izquierdas, tras haber invertido tanta ilusión y tiempo de vida en glorificar hitos que posteriormente se revelaron como un montón de basura, como la toma del poder por los Soviets o la Revolución Cubana, no se sentirá muy motivado para abordar el problema de por qué en unos casos todo sale bien y en los restantes todo es un desastre. Pero un maverick que vive al margen del sistema y no cobra ni un céntimo de él está en mejores condiciones para explicar el fenómeno. He aquí, en resumen y convenientemente vulgarizada, la opinión de Antonio García-Trevijano. Las dos revoluciones del mundo anglosajón triunfaron porque supieron definir con acierto los bienes jurídicos en juego: los derechos del individuo y relaciones con el poder. Tanto el levantamiento inglés de 1688 como la Declaración de Independencia de 1776 las hicieron paisanos corrientes como usted y como yo, con nombres, apellidos y una profesión de las llamadas liberales. Su conflicto era tan simple que se puede explicar incluso sin terminología jurídica de ningún tipo: unos reyes felones les querían cobrar impuestos sin explicarles para qué ni preguntarles su opinión al respecto. Y eso llevó a un alzamiento popular y la formación de un nuevo sistema de gobierno basado en los derechos del individuo.
La Revolución Francesa –y no digamos la soviética- fueron otra cosa. Aunque en el fondo se trataba del mismo problema, la identificación del protagonista principal varió, con resultados nefastos hasta el día de hoy. Quienes se levantaban no era el agricultor, ni el artesano, ni el médico de provincias, sino entes colectivos y difusos, inventados por los intelectuales de aquel tiempo, como la “Nación”, el pueblo, las clases obreras o vaya usted a saber. Y como estos personajes corales no tenían voz, hubo que ponérsela por mediación de líderes y camarillas que aprovecharon la ocasión para erigirse en sus representantes. Así es como nació el Estado de Partidos, replicado hasta hoy en innumerables variantes sobre este mismo tema de la representatividad usurpada y justificada por planteamientos ideológicos de los más variados pelajes, desde el comunismo primitivo de los sans-culottes hasta la teoría del Estado de Lenin, la socialdemocracia o el actual régimen español del 78, basado en una monarquía instituida por Franco (o restaurada por él, según prefieran algunos repúblicos mal avenidos con la semántica).
Esta es la causa de que aquellas dos grandes revoluciones de signo progresista y colectivista de 1789 y 1917, que aun se incluyen con hipócrita reverencia en los programas de Selectividad para las carreras de Humanidades, terminasen como el Rosario de la Aurora. También es la razón de que los pueblos anglosajones –Inglaterra, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda- hayan podido responder con eficacia a los desafíos de la historia, con todas las ventajas que proporciona el disponer de poderes independientes y una estabilidad institucional a prueba de bomba. No solo fueron vencedores incontestables de las dos guerras mundiales. Aun continúan en la vanguardia tecnológica (no olvidemos que Internet es un fenómeno estadounidense) y dominan el mundo actual gracias a su pujanza económica, su cultura de masas y su cine, su infame red Echelon, sus finanzas y sus alianzas militares. Por el contrario, algunas naciones industrializadas de Europa como Francia, Alemania o la misma Rusia, aunque de vez en cuando hacen una buena película, todavía andan ocupadas en labores de desescombro legadas por los conflictos bélicos del siglo XX y los pasivos tóxicos de sus propios sistemas políticos.
Clave constante en la persistencia de todos estos problemas, esta esclerosis y esta incapacidad estructural, que amenaza extenderse a las potencias emergentes del nuevo orden mundial multipolar, como China, la India o el Brasil, es el predominio del sistema de partidos. Y mucho peor, la existencia de grandes masas de analfabetos funcionales, surgidas de esa fábrica de parados y zombies políticamente correctos en que han terminado por convertirse las modernas instituciones universitarias, dispuestos a seguir dando vueltas a la noria para que las élites del Establishment tengan agua corriente en su piscina. Constituye un mérito considerable de Antonio García-Trevijano el haber arrojado luz sobre esta cuestión a través de sus últimos escritos.
El Federal
El Federal es Felipe González, ese hombre de “Estao”, que ha dicho:
–Sólo hay una salida seria, la federalización.
Como diría el calvo de “Pawn Stars”, ¿qué tenemos aquí? ¿Un Hamilton o un Proudhon? ¿Federalización es federación? ¿Federación o confederación? ¿Conoce nuestro hombre de “Estao” la diferencia? ¿Sería capaz de explicársela Muñoz Machado, el Pi de la Academia?
La “federalización” gonzalera es el pastelazo que el Estado de Partidos viene amasando desde el principio, y supone deshacer, al margen de la Nación (es decir, del hecho nacional español), toda la historia de España, que tiene siglos “pa’ asar una vaca”. Si a Fraga le cabía el “Estao” en la cabeza, a González le cabe el “Estao” en los bolsillos. Con su “federalización” (pacto de unión de estados separados es la síntesis federal), se trata de trocear y repartir, que en eso consiste el Consenso, donde González es un P… Amo: él concibió las Autonomías como agencias de colocación y nos impuso el Sistema Proporcional, ese arrecife que da vida (y subvención) a todos los separatismos.
Como con Rumasa, pero ahora con España.
Su lógica de Universidad Carlos III enseña que, si lo unido quiere irse, lo separado querrá venir. Y por lógico tienen a Peces Barba, que en estas disquisiciones tampoco fue un Caldwell Calhoun: presumía de leer a Maritain y democristianeaba con Ruiz Giménez (“Sor Citroen”, por su Dyan-6 amarillo), que deliraba con un Estado Federal (¡pacto de unión de estados separados!) y le seguían Gil Robles Jr. y demás cristianos.
La “federalización” es el negocio de unos tipos que González nos quiere hacer pasar por sencilla costumbre política, como el vizcaíno de aquella anécdota de Gecé que “con sus amigos y tal los domingos salían en lancha con unas nescachas politas de buen ver y tras comer y beber las tiraban al agua y cuando chapoteando querían salir, pues, ¡pues, pum, pum!, con remos en la cabeza. ¿Por qué? ¡Sencillas costumbres locales!”
Y de nescacha polita, España.
Rus in urbe
Más camareros y menos abogados, pedía Bannon el otro día. En Soria y en Cuenca (¡la “España vaciada”!) no tienen ni lo uno ni lo otro, y han ido a buscarlo todo no a Valladolid y a Toledo, que son sus capitales autonómicas, sino a Madrid, que desde que dejó de ser capital, o así lo anunció Tierno en la TV catalana, nadie, ni siquiera Aguinaga, su cronista decano, sabe ya qué es. ¿La “región metropolitana” de Leguina? ¿El “centro del Estado” de Gallardón?
–Una realidad artificial, condenada a la existencia por la negativa de las comunidades limítrofes a integrarla –sentenció editorialmente el periódico global.
Ahora que echan de menos la cháchara de camareros y abogados, esas comunidades se presentan en Madrid (“rus in urbe!”) a leer a la Autoridad (“¿A quién defiende la Autoridad?”, era el grito de Salva en el 7 de Las Ventas) un manifiesto de Agro Vidal, decano de los cronistas de la Reconquista, que es un pilla, pilla por Castilla con marsellesa de la Ronda de Boltaña: “¡Defiende cada escuela y cada hogar / Por cada aldea vamos a luchar!”.
Uno, que viene de la “España vaciada” de bolsillos, puede decir que la gente se va a la “urbe” porque en el “rus” no queda nada que pillar. Es el modelo que exportamos a América, donde el “rus” respondía a las necesidades del indiano de la “urbe”, contrariamente al modelo anglosajón, donde la “urbe” respondía a las necesidades del colono del “rus”, un “free farmer” cuyo sueño era salir con el arado en los billetes de dólar: “el pueblo escogido por Dios”, en opinión de Jefferson, cínico ilustrado.
Si la gente, en fin, huye del “rus” a la “urbe” no es por vacío esencial (“le manque d’être!”), sino porque no tiene con quién hablar, lo cual, siendo parecido, no es lo mismo por lo que la gente de la “urbe” no sale a cenar, que es por no tener de qué hablar, como explicaba Lopera, aquel personaje del Betis, a sus arrendatarios con restaurante, que se le quejaban de no llenar.
Son los enigmas del “Homo loquax”.
El Zancarrón
El sanchismo es un estado de ánimo, parodia del de aquel “Auto de las Cortes de Burgos, o triple llave al sepulcro del Cid o divino zancarrón”, obra de Azaña, sobre cuya tumba zapatea un Sánchez de España.
Ahora el divino zancarrón es el de Franco, con Sánchez, el ágrafo sin lecturas, fantaseándose Azaña, el escritor sin lectores (en el actual gobierno no hay ni uno), quien antes de conducirnos, flaneando, a la guerra civil acertó a satirizar la querencia española a la remoción de “zancarrones y calavernas”, dicho sea en el castellano de piedra de Bernal Díaz.
Recordemos (me los recuerda Alfredo Valenzuela) los célebres párrafos azañinos del 22, con motivo de la remoción de los huesos de Quintana: “No hay duda: desenterrar a los muertos es pasión nacional. ¿Qué incentivos secretos tienen para el español los horrores de ultratumba que no se satisface con ponderarlos a solas y ha de ir a escarbar en los cementerios a cada momento? ¿Vocación de sepultureros, realismo abyecto, necrofagia? De todo hay en esta manía.”
–Nadie está libre. Quien hasta ahora no se ha dejado desenterrar, como Cervantes, incurre en falta.
Del divino zancarrón de Cervantes quedaba en la calle de Huertas, colgado de un andamio, un cartón anunciador: “Arte único. Entren y vean. La tumba de Cervantes”. Eran los tiempos en que Villapalos, criado en la vega del Arroyo de Ripas, donde la necrópolis (entre Menasalbas y San Martín de Montalbán), excavaba el Madrid de Gallardón, que hacía de arzobispo de Trajanópolis, en busca del zancarrón de Velázquez, que no estaba.
–Tengo el tronco en Sevilla, / la diestra en Burgos, / la cabeza perdida, / y mis dos muslos, / deshechos en reliquias, / por esos mundos –pone Azaña a cantar a Fernando III en su animada fantasía, corolario de Martínez de la Rosa, o Rosita la Pastelera: “no hay una tierra en el mundo / sin una tumba española”.
El Villapalos de Sánchez sería Pérez de Armiñán.
–Yo ahí no me meto –dice Bergoglio, el Papa agnóstico.
“Bajo el signo de la esvástica” de Manuel Chaves Nogales
La reedición de la obra periodística y literaria de Manuel Chaves Nogales (1897-1944) es uno de los hitos fundamentales de la cultura española de las últimas decadas, pues ha revelado al escritor sevillano como uno de los fundamentales del siglo XX. En este sentido la editorial Almuzara ha publicado en una edición muy cuidada un gran reportaje que realizara Chaves Nogales sobre la Alemania nazi al poco de la toma por el poder de Hitler en 1933 -ayudado por el sistema proporcional creado en la república de Weimar, y sus partidos estatales, germen del totalitarismo-, y que se publicó en una serie periódica en el diario Ahora bajo el título “Cómo se vive en los países de régimen fascista”.
Frente a la mediocridad cortoplacista de la prensa escrita actual en España, que se reviste a menudo de ínfulas literarias, sorprende el nervio literario y sintético del reportero sevillano, que analiza con aguda clarividencia la sociedad alemana del momento, mirando por encima de los acontecimientos y de la anécdota colorista, para ofrecer a sus lectores de antaño y hogaño una visión cabal y vívida de una nación que desea y prepara la guerra en forma de relato apasionante por más que metódico.
Ya cruzando la frontera franco-alemana, nos transmite Chaves la sensación de hallarse en otro mundo, en el que el guardia patrulla junto a un nazi, y los miembros de los círculos pequeñoburgueses de las ciudades son los que han encubrado a Hitler, una pequeña burguesía deseosa de revancha nacionalista, y que es -antes y ahora- el caldo de cultivo de los fascismos: “Si Adolfo Hitler está gobernando hoy en Alemania, es porque lleva doce años predicando la guerra […] Si los nazis se dedican hoy al deporte de cazar como a ratas a los judíos y los socialistas, es esencialmente porque los judíos y los socialistas son pacifistas. Esta palabra de “pacifista” es el mayor insulto que se puede dirigir en estos días a un ciudadano alemán” (p.26). Estos pequeñoburgueses desean batirse por el ideal de la Gran Alemania, cuya misión es la de salvar la raza aria, y la civilización occidental con una nación en armas; por ello, describe Chaves la militarización soterrada de la sociedad alemana, ya de por sí disciplinada, no sólo a través de las fuerzas paramilitares del Partido, sino a través de organizaciones como las de “los trabajadores voluntarios”, último refugio de miles de técnicos en paro en la Alemania de la Gran Depresión, que trabajan a cambio de un pequeño jornal y en campamentos que Chaves asimila a soldadas y a cuarteles. Afirma el periodista que el trabajador alemán se ha dejado ganar por lo que Hitler ha tomado prestado al socialismo, aun si dejar de ser aliado de la pequeña y gran burguesía, con la que practica un doble juego, al tiempo que corteja a la juventud en paro y rebelde, su principal recurso, y la mujer es mandada de nuevo al hogar.
Chaves dedica un capítulo a la “extirpación metódica” -término hitleriano- de los judíos, a los que se priva de medios de vida al tiempo que no se les deja salir del país, y hace el cronista una clarificadora comparación con los Reyes Católicos -aunque no deja frecuentemente de comparar la Alemania nazi con la España republicana-: “Vamos nada menos que a reivindicar a los Reyes Católicos […] si los Reyes Católicos en vez de católicos hubiesen sido arios, y en vez de la cruz hubiesen llevado en su pendón la svástica (sic), habrían encontrado un arbitrio menos heroico y más beneficioso que sólo su catolicidad les vedaba. No los habrían expulsado, no [a los judíos]. La expulsión ocasionaba un daño demasiado grave a la economía general del país. Hubiesen hecho algo más sencillo; no los hubiesen dejado vivir y no los hubiesen dejado marcharse. La barbarie medieval no permitió entonces el alumbramiento de esta fórmula genial del racismo, que estaba reservada a la mayor gloria del siglo XX” (p. 101). Chaves señala al pueblo alemán como al Gran Inquisidor del sadismo criminal de sus gobernantes, convertido en una masa llena de odio dispuesta a verdaderos crímenes. El libro se cierra con una entrevista de Chaves al doctor Goebbels, del que realiza un retrato implacable, y las crónicas de una conferencia ofrecida en Sevilla por Chaves sobre su reportaje, en la que se declaraba enemigo de las dictaduras roja, negra y parda “porque rebajan la dignidad del hombre”.
Es admirable la claridad, rotundidad y facilidad de síntesis expositiva del autor sevillano, y su riqueza léxica que hace resonar en la memoria términos como “fascistizante” o “instantaneística”.
La comida
El argentino Bergoglio ha hecho en la Plaza de San Pedro de Roma un rulo teológico propio del Quevedo de “con los doce cené: yo fui la cena”:
–La comida no es propiedad privada.
Lo dijo pensando, ay, en los niños hambrientos del Sudán del Sur, no en los pimpollos de las “tres comidas errejonas” al día en Venezuela, donde el madurismo, ese “revolucionismo” secular ya sólo sostenido políticamente por El Vaticano de Bergolio y la Unión Europea de frau Merkel, enseña que la Caída habría sido el establecimiento de la propiedad privada:
–Antes de existir esa institución “antinatural”, los hombres eran todos iguales y dichosos, y volverán a serlo automáticamente al quedar ella abolida.
Así, pues, el dinero público no es de nadie (Calvo de Cabra) y la comida no es propiedad privada (Bergoglio). En estos dos ucases se resumen los “Orígenes de la Familia, de la Propiedad Privada y del Estado” de Federico Engels, quien al final lo reduce todo a la dieta, como un Grande Covián rojo en palto levita.
–¿De dónde proviene que cuanto más delicados y sabrosos son los manjares, como gallinas y perdices, tanto más presto se hastía de ellos el estómago, y por el contrario, come el hombre carne de vaca todo el año sin darle molestia ninguna, y comiendo gallina tres o cuatro días seguidos, al quinto no las puede oler sin revolvérsele el estómago? –quiere saber, ya en pleno XVI, Juan de Dios Huarte en su “Examen de ingenios”.
Trotski, arrestado en Madrid por ladrón de caballos (“no he montado en mi vida a caballo, y creo que será el único caso en el mundo de que a un judío se le haya acusado de cuatrero”), anticipó en “Literatura y Revolución” el cielo en la tierra que sobrevendría a la abolición de la propiedad privada:
–El hombre será mucho más fuerte, mucho más perspicaz, mucho más fino. Su cuerpo será más armonioso, sus movimientos más rítmicos, su voz más musical. El promedio humano se elevará al nivel de Aristóteles, de Goethe, de Marx.
Y de Bergoglio, claro.
Gota de Leche
Periodismo y tauromaquia son dos artes ilustradas en franca decadencia que buscan en la política la Gota de Leche para el becario o novillero, y para los mayores, aquella Casa de María Inmaculada para pobres vergonzantes donde un día el Caballero Audaz almorzó con aristócratas, millonarios, artistas, cortesanas…
–Todas aquellas vidas que fueron doradas en el tiempo por el sol de la fortuna o de la fama…
No es lo de Luis Mazzantini, el rey del volapié, que entró rico a la política (concejal monárquico, diputado por Madrid, gobernador civil de Guadalajara) y salió pobre. Ahora la política se hace sobre “las piernas” y el Congreso se presenta para la gente del toro como un torbellino de misericordia: ahí está el socialista Ábalos, que es como El Potra de la situación, y que pronto podrá montar en los escaños la tertulia del Kutz (la de Cossío, inmortalizada por Cañabate) con Miguel Abellán, que viene con el PP, y Serafín Marín, que viene con Vox, el partido de Morante, con lo que, taurinamente, esa Cámara ofrece un espectáculo más atractivo que la feria de San Isidro del bombo y el platillo, con Roca Rey al Bombo y Julián López al Platillo.
–Pero ¿y Europa? ¿Qué va a decir Europa? –flanearán en sus moldes al baño maría los liberalios.
Europa es el IV Reich, totalitario y financiero, de frau Merkel, y toda la mitología aria es torera, como se hartó de recordar Gecé en las universidades de Alemania.
–El toro es el animal más ario que tuvieron los arios. Es la imagen misma de Zeus, de Júpiter, del raptor de Europa. Y el torero: el Heros que logra con su magia, su arte, vencer esa fuerza natural del dios.
Gecé fue un escritor que se sentía torero, al modo en que los periodistas de ahora se sienten escritores.
–La única diferencia entre el escritor y el torero es que un día éste puede retirarse del peligro y vivir ya sin público y sin toro. Pero el escritor no. Necesitamos hasta el final una idea que nos embista y alguien que nos contemple.











