Ante el espectáculo de Notre Dame en llamas, la burricie hegemónica concluye que Hitler bailaría hoy de alegría.
–El sueño de venganza del líder nazi hecho realidad. ¡Y en estos tiempos de resurgir de los fascismos!
Ésta debe de ser la nueva forma de plantear lo que Azaña (“Tengo de mi raza el ascetismo y del diablo la soberbia”) llamó la “cuestión religiosa”, resumida intelectualmente por él en un enunciado famoso, “Todos los conventos e iglesias no valen la vida de un republicano”, que es la idea que mueve ahora a los republicanos de callejón a embestir procesiones.
De aquel grande hombre refiere Alcalá-Zamora en su diario de presidente el día que dejaba de serlo:
–Azaña, grande en las pequeñeces de la soberbia, se preocupó y contrarió mucho hoy, día de tan diminutas preocupaciones, porque un recluta de la escolta, que no le conocía, permaneció en su lugar en posición de descanso, y no cuadrado, mientras él entraba para firmar.
¡Arderéis como en el 36!
Sólo en un mes, de mayo a junio, en lo que Hitler cavilaba el modo de pegar fuego a Notre Dame, ardieron totalmente en España 34 templos. Ya en marzo había anotado Alcalá-Zamora:
–A las doce menos veinte tuvo lugar el inconcebible diálogo telefónico con el titulado ministro de la Gobernación. Con su voz leve, en la que no se mostraba emoción y sí inconsecuencia, me dijo: “No sé si sabrá usted que continúa el deporte… Sí, el de los incendios. Y con el mismo estilo de costumbre: siempre manifestaciones pacifistas, de las que al final salen grupos que incendian o atropellan. Así llevamos varias semanas”.
El presidente se interesa por los lugares de los incendios, y el ministro le tranquiliza con que es un conventillo de la calle de Lope de Vega.
–¿Pero usted no sabe que allí es donde se conservan las cenizas de Cervantes, y si la fuerza pública tolera y presencia su profanación se deshonrará España ante todo el mundo culto?
Hoy, el “mundo culto” autóctono hubiera preferido, dice, ver arder la Almudena.
Teas
España no tiene constitución, y carece de democracia
En términos de Sancho Panza quien “pone la venda antes de curar una herida” tiene segura la infección. Esto lo manifiestan constantemente miembros del Gobierno de España en relación con la posible sentencia condenatoria que puede recaer sobre los separatistas que en estos momentos son juzgados por rebelión-sedición-desobediencia en el Tribunal Supremo. Hablan de indulto de la pena que puede imponerse en una sentencia que todavía no existe; incluso unos prometen que no indultarán y otros que sí indultarán.
El indulto es una de las manifestaciones demostrativas de que en España no existe separación efectiva de los poderes del Estado. El indulto de una pena impuesta en una sentencia forma parte de la ejecución o cumplimiento de esa sentencia, es más, afecta hasta tal punto a la ejecución de las sentencias que el indulto supone que el reo queda eximido de cumplir o seguir cumpliendo la pena sentenciada.
El cumplimiento o ejecución de las sentencias judiciales forma parte de la función jurisdiccional de los jueces. El artículo 117.3 de la llamada Constitución de 1978 declara expresamente que “El ejercicio de la potestad jurisdiccional en todo tipo de procesos, juzgando y haciendo ejecutar lo juzgado, corresponde exclusivamente a los Juzgados y Tribunales ……”. En el BOE sin embargo constantemente aparecen publicados indultos aprobados y concedidos por el Gobierno. La pregunta es obvia ¿Qué hace entonces el Gobierno indultando a los condenados? ¿Qué hace el Gobierno suplantando la función jurisdiccional de los jueces? ¿Qué hace el Gobierno dejando sin efecto, anulando desde un punto de vista práctico, lo acordado por los jueces en las sentencias? ¡Olé la separación de los poderes judicial y ejecutivo que tenemos en España!
Otro ejemplo demostrativo de la inexistencia de separación de los poderes del Estado es la elección y designación del presidente del Gobierno por el Congreso de los Diputados ¡Olé también la separación entre los poderes ejecutivo y legislativo! La mera existencia de unos bancos de color azul reservados en el Congreso a los miembros del Gobierno, escenifica para quien quiera mirar y ver que en España no existe separación real y efectiva entre los poderes legislativo y ejecutivo.
La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente francesa el 26 de agosto de 1789, literalmente proclama en su artículo 16 que “Una sociedad en la que la garantía de los derechos no está asegurada, ni la separación de poderes determinada, no tiene Constitución”.
Pues que bien, ahora resulta que en España no tenemos Constitución porque no existe separación de los poderes del Estado; simplemente se llama separación de poderes a lo que no pasa de ser una mera distribución de funciones entre varios órganos o personas de un único poder. Un único poder una pluralidad de funciones ¿Qué es entonces la mal llamada Constitución de 1978? La respuesta es sencilla. Una Ley importante o fundamental como así se designa a normas similares en otras partes o en otras épocas; por ejemplo, en Alemania la Ley Fundamental de Bonn de 1949, o en España las ocho Leyes Fundamentales del Movimiento del régimen del que procede el que padecemos hoy en España.
Ahora resulta que en España no solo no hay representación política efectiva de los votantes, sino que tampoco tenemos Constitución. Los diputados y senadores en lugar de representar a los ciudadanos que los han votado, representan a los partidos políticos en cuyas listas electorales han sido incluidos por los mandamases de los propios partidos políticos ¡Olé la representación política a la española!
¿Pero qué farsa y tomadura de pelo es esto en lo que se participa votando y votando? Pero nada más. Es como los cien años de honradez pero ni uno más.
Como en el cuento de Christian Andersen “El traje nuevo del emperador”. A mirar pero no ver que este último desfila desnudo; a escenificar que existe separación de poderes y a comportarse “como si” esto fuera una democracia, o “como sí” mediante las votaciones se eligiera a alguien o se decidiera algo.
Sapere aude.
Notre Dame
Al desplomarse la Flecha de Notre Dame, pensamos en lo que Ratzinger, que viene de lamentar la imposibilidad posmoderna de incluir a Dios en una Constitución europea, dijo del fuego, al hilo de una frase apócrifa de Jesús transmitida por Orígenes: “Quien se acerca a mí, se acerca al fuego”.
–El cristianismo es grande porque el amor es grande. Quien se acerca a Él tiene que estar dispuesto a quemarse.
Destino inesperado, extraño y miserable el de sobrevivirle a Notre-Dame de París, llora el ciudadano Palette, que sitúa en la Flecha de Viollet-le-Duc el símbolo por excelencia de la continuidad nacional francesa y que no vivía tal sentimiento de dolor desde la visión de su madre muerta.
En Notre Dame, en la víspera de la Navidad de 1886, durante el “Magnificat”, fue la visión de Paul Claudel. Al poeta le fue regalada la fe ante una imagen de la Virgen y el Niño en una columna revisitada por los turistas de Notre Dame como a Dosyoyevski ante una puesta de sol de Lorraine en el museo de Dresde, cuya visión le hizo concebir la grandiosa misión de Rusia: salvar Europa de su decadencia.
–El francés no era más que francés, el alemán, alemán. Jamás el francés hizo tanto daño a Francia, ni el alemán a Alemania: sólo yo, en tanto que ruso, era en Europa el único europeo. No hablo de mí, hablo de todo el pensamiento ruso. Siglo a siglo, se ha creado entre nosotros un tipo superior de civilización desconocido: el sufrir por el mundo. Ése es el tipo ruso de la parte más cultivada del pueblo ruso, pero que contiene en sí mismo el porvenir de Rusia. Tal vez no seamos más de un millar de individuos.
En Notre Dame fueron los Te Deum de De Gaulle por la liberación de París, el 26 de agosto de 1944, y de Luis XVI, el 15 de julio de 1789, por la “inauguración” de la Revolución francesa con los horribles crímenes del día 14, consagración del mito de la Bastilla.
–Mientras ardía Notre Dame, el Madrid visitaba Butarque –recuerda Hughes.
Es lo que queda de Europa.
Borrachos
Los “meñiques empalmados” del diario gubernamental creen que Vox es un partido antisistema: ignoran que el único enemigo del Estado de Partidos es la abstención (lo dice un abstencionario), y no hay otro partido que haga contra ella más que Vox.
Uno de esos “meñiques empalmados” que va de cosmopolita publica una teoría comparable a la de Ortega cuando situó el pecado original de la historia española en “la alcoholización romanística de los godos”, y con metáforas de Claudio Rodríguez llama borrachos a los votantes de Vox.
Si se necesitan cuatro gintonis para votar al partido de Ortega Lara, ¿cuántas botellas harán falta para votar al partido un día del Gal, y al otro, socio de Otegui?
Con su teoría alcohólica, el autor, que tiene un hermano que vendía tinto de verano en Rusia, nos viene a decir que incluso Cebrián, de tomarse en serio sus memorias, podría votar a Vox.
Cebrián se hizo “cosmopolita” leyendo a Stuart Mill (?), y “desde el primer día quise imprimir una impronta cosmopolita al periódico”. Eso explica sus “empatías” con los González, Tatcher, Cortázar o el general Santamaría.
–Fuera por el alcohol, que consumimos generosamente, o por lo explícito de la conversación… se inició entre nosotros la forja de una incipiente simpatía mutua que habría de intensificarse con los años –dice del general
De su cena en la “bodeguiya” con los González, Felipe y Carmen, para ventilar el referéndum de la Otan:
–Esa noche consumimos alcohol generosamente, de modo que la discusión acabó siendo tan viva como sincera.
De Tatcher, en una cenita privada con Boyer y Rato:
–Ella hizo gala de un considerable aguante a la hora de ingerir alcohol de calidad. Rogamos al camarero que dejara la botella sobre el mantel.
Y con Cortázar:
–Eres un grandísimo cronopio, le dije. Fue una noche larga, regada con alcohol. Inolvidable.
El cosmopolitismo (por lo que tiene de “signo de desideologización”) es el ismo de Fernández de la Mora, pero estos cosmopolitas no lo saben.
La asignatura
Rivera, el jefe del Centro, quiere imponer en la escuela la asignatura “Constitución Española”. ¿Para qué?
Para marcarse un Garci, la tecla del 77, aquella Santa Transición, con Girauta, el cunero toledano, cantando por Olga Guillot el “Luna de miel” de “Asignatura pendiente”, Jose y Elena, que es en lo que quedó la “Revolución pendiente” de Girón.
Rivera iba para José Antonio, o eso decían los linces de izquierdas, y se nos ha convertido en un Pepe Sacristán… feniano, es decir, partidario de la Formación del Espíritu Nacional, FEN (fenianos eran también los de una secta adversa a la dominación inglesa en Irlanda).
Conque una asignatura de Constitución Española, ¿eh?
En la escuela, la FEN nos la impartían siempre a primera hora de la tarde, y daba para siestas de las de fuente y canario. “Todos los pueblos que duermen siesta son prolíficos”, dice un aforismo del Séneca, y a la veleta de C’s le ha dado ahora por la familia numerosa.
Si Rivera, en vez de echar alfalfa socialdemócrata a los niños, buscara instruir en constitucionalismo, cosa que no se hace en ningún nivel educativo de España, impondría la lectura de “El Federalista”, que no sé si ya está traducido al español, y para nota, el “Discurso sobre la Constitución y el Gobierno de los Estados Unidos”, de Calhoun, que no está en español, pero sí en catalán, por su “relevancia particular para los debates sobre el federalismo y el pluralismo en el siglo veintiuno”, aclaran.
En la asignatura de Rivera no se ve sustancia jurídica, que a ver quién explica a un niño el contenido del 155 sin un máster previo en Emilio Betti, y tampoco literaria.
–Cela –cuenta un cronista de aquello– fue el encargado de pasar al castellano el idioma gitano o caló de la Constitución, pero se lo cargaron todo “más arriba”, en los estrados del consenso, y la purificación fue inútil.
El Código Civil de Napoleón dio para un Stendhal, pero la Constitución de Abril y Guerra apenas ha dado para Lindos y Grandes.
¿Sobrevivirá la monarquía borbónica hasta 2030?
Recientemente me ha dado por el periodismo de datos. En una de mis últimas investigaciones me planteé el objetivo de estudiar las duraciones en años de los diferentes regímenes políticos que se han sucedido en España desde el final del Antiguo Régimen –por poner una fecha: 1814, el año en que Fernando VII instaura su primer gobierno absolutista- hasta el momento actual, en el que un descendiente de aquel mismo rey intenta mantener el legado de sus borbónicos ancestros en un escenario de crisis económica y de prestigio del sistema de gobierno basado en la Constitución de 1978. Antes de continuar, algunas aclaraciones: lo que interesa no es una categorización conceptual impecable, sino obtener algo de información predictiva. Por ello, la noción de “régimen” que aquí se utiliza es bastante laxa. Más bien estamos hablando de intervalos históricos caracterizados por un estilo político de hacer las cosas, bien por la decisión consciente de establecer un nuevo régimen (como, por ejemplo, durante el trienio liberal de 1820-23), bien por fuerza de las circunstancias (como en el caso de la Regencia de María Cristina, que se dedicó principalmente a la gestión de una guerra civil). Desearíamos disponer de un gálibo lo suficientemente holgado para hacer pasar por debajo de él a Amadeo de Saboya, la Dictadura de Primo de Rivera, las dos Repúblicas y el Franquismo. Pido al lector versado en Historia de España que me disculpe por el reduccionismo matemático y me de su voto de confianza, a título provisional y solamente por razones de método.
Cuando tenemos una serie de datos numéricos –concretamente la duración en años de unos cuantos regímenes políticos cañís- lo primero que se hace es hallar algunos estadísticos fundamentales, para poder interpretarlos de manera mínimamente profesional: media aritmética, mediana (valor central de la serie), moda (valor más frecuente), varianza y desviación típica. Considerando los 12 regímenes sucesivos (primer absolutismo de Fernando VII, Trienio Liberal, segundo período absolutista de Fernando VII, Regencia de María Cristina, reinado de Isabel II, el fracasado experimento de Prim con Amadeo de Saboya, Primera República, Restauración, Dictadura de Primo, Segunda República, Franquismo y Régimen del 78), la información que se obtiene no es muy útil que digamos. Desde la desaparición de eso que llaman Ancien Régime, en España el promedio de duración de un régimen político es de 16,75 años, con una mediana de 2 años, moda de 2 y desviación típica igual 17,66 (¡más alta que la media!). En resumen, todo esto no es más que un engendro de números. No hay por dónde agarrarlo. Haríamos mejor en leer un par de libros de Miguel Artola o Raymond Carr y después montar una tertulia en Radio Libertad Constituyente. De este modo, al menos, nos enteraremos de que todos estos regímenes tuvieron algo en común: ser una casa de putas.
La cosa cambia cuando ponemos nuestra serie de datos en forma de tabla y le decimos a Excel que haga un histograma con las duraciones distribuidas, por ejemplo, en períodos de 10 años, y el número de regímenes políticos que corresponden a cada una de las categorías. El resultado es sorprendente. Ahí arriba pueden verlo: de 1814 al presente ha habido en España ocho regímenes políticos que duraron menos de un decenio, uno (el reinado de Isabel II) que duró 29 años y, a la derecha del gráfico, los tres grandes campeones de la modernidad: Restauración, dictadura franquista y Régimen del 78, con caducidades incluso superiores a la cuarentena. Si fuera una distribución normal, las barras más altas estarían en el centro del gráfico. En otras palabras, la mayor parte de los regímenes políticos tendrían duraciones entre los 10 y los 20 años. Posiblemente se trataría de felices repúblicas representativas, quizá de estilo italiano o francés, con encendidos debates parlamentarios y algún duelo de vez en cuando; y habría muy pocos períodos breves (de crisis o guerra civil) así como escasos o ningún período prolongado (de dictadura o gobierno de partidos). Lo que tenemos, por el contrario, es una división abrupta entre dos tipos de régimen con rasgos diferentes y duraciones temporales en los extremos.
La conclusión es que en la historia contemporánea de España parece haber dos grandes pautas políticas: una de regímenes “cortos” y otra de regímenes “largos”. En resumen, es como si en el ibérico motocarro tuviésemos un cambio con solo dos marchas: una corta, perrera y ruidosa para maniobras de arranque, marcha atrás y puertos de montaña; otra larga, sosegada y apta para conducir con borbónica indolencia por las interminables longanizas de la Tierra de Campos. Si obtenemos los mismos valores estadísticos que antes, esta vez referidos cada una de las dos categorías de períodos, dispondremos de una información más significativa: los regímenes “cortos” tuvieron una duración media de 6 años, con mediana de 4,5 y desviación típica de 2,8. Por su parte, los regímenes prolongados exhiben duraciones promedio de 39,75 años, mediana en 44,5 y desviación típica de 8,2.
La existencia de estas dos pautas históricas resulta fácil de explicar: cuando hay guerras, intrigas partidistas, crisis económica, cambio social, agitación nacionalista y otras incidencias por el estilo, no es de esperar que un sistema político se mantenga durante mucho tiempo. Ir en primera arrasa el cambio de marchas y los nervios del conductor. En situaciones de estabilidad, con un poder fuerte y amplios consensos de base (voluntarios o forzados), el tinglado resiste lo que le echen encima y puede durar décadas. Si quisieras, podrías ir en tu motocarro hasta Torremolinos y quedarte allí durante todo el verano. La dictadura de Franco, con su bonanza económica de los años 60 y sus telúricas resiliencias, constituye un ejemplo característico de conducción en marchas largas. Su duración se corresponde con bíblica y rotunda exactitud con el promedio calculado de 40 años para un régimen político buñueliano made in Spain, con improvisación y medios caseros, como la tortilla de patata.
Volviendo al presente, que es a lo que veníamos: el régimen del 78 acaba de estrenar el quinto decenio de su historia. Por consiguiente, se halla ligeramente por encima del promedio, pero no tan adelantado como su borbónico predecesor, la Restauración de 1874. Si creemos en la estadística, al final lo que se impone es un retorno a las medias. En consecuencia, el régimen de 1978 debería en crisis durante la década del 2020, para ser reemplazado por un nuevo período de inestabilidades, otro régimen de larga duración o lo que venga. Más cauta es la suposición de que el viaje aun puede durar. No solo queda mucho desierto por delante, sino que además, existe una tendencia al incremento en la duración de los regímenes políticos (claramente apreciable en el gráfico). En Alemania, también gobernada por un sistema de partidos, el régimen actual, la República de Bonn, fue fundado en 1949, y después de 70 años aun se mantiene en pie. ¿Quién dice que España no terminará acomodándose a la misma pauta que otras naciones europeas occidentales, donde la estabilidad institucional es el hecho dominante? La próxima década será decisiva, tanto para España como para Europa.
Al margen de esperanzas de vida, promedios y otros artefactos estadísticos hay algo en lo que estamos de acuerdo: la capacidad de la monarquía borbónica y su sistema de partidos basado en la constitución de 1978 para sobrevivir hasta el año 2030 y más allá, depende de la suerte con que el actual timonel del Bribón, Su Majestad el Rey Don Felipe VI de Borbón y Grecia, consiga capear las inclemencias de algo más que una mar picada frente a las costas de Mallorca: crisis económica y de deuda, erosión del bipartidismo y conflicto soberanista en Cataluña. Esto nos sitúa en una perspectiva sorprendentemente similar a la de hace un siglo, cuando los problemas de 1917 pusieron a la primera restauración monárquica en la senda de su crisis terminal. Antonio García-Trevijano, uno de los más talentosos juristas españoles de nuestro tiempo y único en diagnosticar con total acierto los vicios del sistema, pasó su vida predicando en el desierto, sin conseguir a cambio más que desprecios y difamaciones en medio de una indiferencia pública casi total. Los actuales escenarios de incertidumbre, con su carga de zozobra y de riesgos (que no podemos evitar) suponen una oportunidad para el movimiento de regeneración constitucional y republicana fundado por él. Una oportunidad que el MCRC debe aprovechar.
Benedicto
La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Entonces dijo Dios: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo. Luz que es la carta de Benedicto XVI sobre la Iglesia y los abusos sexuales.
–Tras la convulsión de la Guerra Mundial, en Alemania todavía teníamos expresamente en nuestra Constitución que estábamos bajo responsabilidad de Dios como un principio guía. Medio siglo después, ya no fue posible incluir la responsabilidad para con Dios como un principio guía en la Constitución europea.
Es como el triunfo de Jules Guesde, el tipo que hiciera renegar del marxismo a Marx (“lo cierto es que yo no soy marxista”), que una vez anunció que, así como el cristianismo había hecho de Dios un hombre, el socialismo haría del hombre un dios. ¡El diosillo socialdemócrata!
En “Los demonios” de Dostoyevski unos oficiales de infantería tomaban copas y hablaban de ateísmo. Para hacer la revolución en Rusia era menester empezar con el ateísmo.
–Un idiota de capitán que no había dicho pío se puso de pie y con voz ronca, como hablando consigo mismo, dijo: “Si resulta que no hay Dios, ¿qué clase de capitán soy yo entonces?”
Ratzinger recuerda el estallido mental del 68 y el colapso de la teología moral católica: se impuso, dice, “el fin justifica los medios”, y con ello, el relativismo, que nadie ha combatido con la brillantez intelectual del Papa emérito, que vindica la fe como camino y forma de vida.
–El martirio es la categoría básica de la existencia cristiana.
Desgrana “el proceso largamente preparado y en marcha para la disolución del concepto cristiano de moralidad”, marcado por la radicalidad sin precedentes de la década de 1960: en la sociedad occidental Dios está ausente de la esfera pública, y por esa razón es una sociedad en la que la medida de la humanidad se pierde cada vez más.
–Aprender a amar a Dios es, por lo tanto, el camino de la redención humana.
La luz de Dios no ha desaparecido.
Lo superior
Cuando despertó, el dinosaurio seguía estando en Cataluña.
El catalanismo no quiere ser independiente. El catalanismo quiere ser superior. ¿Qué significa “superior”? Según Santayana, “lo superior” es la consigna del esnob superior:
–El primero que la usó fue Satanás cuando declaró que no estaba satisfecho con ser nada que no fuera lo más alto.
Del esnobismo superior fue abogado Nietzsche, que en su corazón suspiraba por independencia, “aunque en sus arrogantes especulaciones hablaba de poder”.
La solución de superioridad catalana que ofrece el socialismo es la “federalización” de España, y que Cataluña se federe con Extremadura para limitar al Norte con Francia y al Oeste con Portugal.
Esto sería lo constitucionalista, al decir de Carreras, el experto constitucional de Ciudadanos, que en un artículo de fondo le ha birlado a Girón la idea de aquel ruidoso discurso en Valladolid: “La dialéctica del pueblo español –decía Girón– debe orquestarse en forma de ‘tres grandes tendencias’ que coincidan en lo sustantivo y discrepen en lo adjetivo. Una, mirando hacia adelante, y otra un poco más hacia atrás; la primera, más progresista y revolucionaria; la segunda, más conservadora y tradicional; y la tercera, más templada, menos radical, más en disposición de asumir la misión moderadora. Pero las tres igualmente leales al Estado, a la Constitución, al sistema político que las cobija”.
O sea, Psoe, Pp y C’s, según Carreras, para quien lo único sagrado de la Constitución’78 es… ¡su “precepto inicial”!, pasando por alto que Abril y Guerra dijeron “España se constituye en un Estado social y democrático de derecho” como Julie Andrews y Dick Van Dyke decían “Supercalifragilisticexpialidocius”, pues ningún Estado es individual, ni democrático (la democracia es forma de gobierno, no de Estado, salvo en la propaganda soviética), y “Rechtstaat” es un pleonasmo (salvo en un libro de humor de Elías Díaz).
¡Si hubiéramos sabido que lo superior era el partido único!
El guante
Frente al abuso de poder del Rey, los ingleses levantaron el Parlamento. Pero contra el abuso de poder del Parlamento, los americanos tuvieron que inventar un laberinto que llamaron “democracia representativa”, garantía de su libertad política (¡conquistada, no otorgada!) mediante reglas del juego… escritas, que eso es una Constitución política (las nuestras son todas ideológicas), dado lo mal que los ingleses se lo habían hecho pasar con su Constitución consuetudinaria. Las palabras vuelan, lo escrito queda.
–Los poderes legislativos son definidos y limitados, y para que esos límites no puedan confundirse u olvidarse, la Constitución es una Constitución escrita –dirá famosamente el grande juez Marshall (nada que ver con nuestros pequeños Marlascas).
Según John C. Calhoun, personaje sureño ahora traducido al catalán por arramblar con argumentos que echar a la causa “federalizante” (“la única cosa seria”, al decir de Isidoro González), para que una Constitución tenga éxito, ésta tiene que surgir del seno de una comunidad y adaptarse a la inteligencia y carácter del pueblo.
La Constitución del 78 que se apropia Ciudadanos (a este partido sólo le falta colgar en las tapas, como en las fincas de la vega del Tajuña, el cartel de “Vigilante gitano”, con la foto de Valls o Carreras) no surgió del seno de la comunidad, donde nadie la cumple, razón por la cual se adapta como un guante a la inteligencia y carácter del pueblo, que ya hizo del franquismo, en palabras de uno de los Maura, “una dictadura paliada por el incumplimiento”.
–La Constitución es como un fabuloso “guante Varadé”, antes de que se suicidara La Fornarina –escribió el Gallo de Arévalo, primero en ver que la Constitución establecía “comunidades autónomas” o “nacionalidades”, pero no permitía la federación con otras, para evitar el riesgo de que Galicia se federe con Andalucía, como aconteció en “La Hermana San Sulpicio”, cine del que salen Rivera (Florián Rey) y Casado (Luis Lucia).
Reconquistas
Escucho el ruido de campaña como el que oye llover, pero llama la atención la guerra civil en la derecha por… ¡la Reconquista!
–Vox ens roba! –diría Aznar, si volviera a hablar catalán en la intimidad.
Sánchez-Albornoz dedicó su elocuente vida a contestar las majaderías de Castro sobre la Reconquista. Eso, ahora, se despacha en un suelto de prensa, algo más ligero, desde luego, que el “Germanos contra bereberes” de Primo de Rivera escrito en la cárcel de agosto del 36, de cuya tesis, por cierto, se apropian, sin citar procedencia (al modo orteguiano), todos los europeístas de hojalata.
–Desde el punto de vista infantil, (la Reconquista) es el lento recobro de la tierra española por los españoles contra los moros que la habían invadido. Pero la cosa no fue así.
La cosa sería que toda España es ocupada en paz, y hacia Asturias se repliegan dignatarios y militares godos, invasores tres siglos antes. La Reconquista no es, pues, una empresa popular española contra una invasión extranjera, sino una pugna multisecular por el poder militar y político (religioso) entre una minoría semítica, los árabes, y una minoría aria, los godos. Una empresa europea, germánica. La unidad nacional de los Reyes Católicos es la católica, germánica, de la Reconquista, que justifica sus privilegios con un gran destino histórico: América y Contrarreforma. El catolicismo es la justificación del poder de España. Al perder la partida, la fuerza latente del pueblo berebere sometido inicia su desquite: burla, odio y afirmación de separación. En España hay dos pueblos. Con “pueblo”, a secas, se alude al sojuzgado, que detesta rencorosamente toda jerarquía.
–Acaso España se parta en pedazos, y deje de contar en Europa. Y entonces, los que por cultura y aún por sangre nos sentimos ligados al destino europeo, ¿podremos transmutar nuestro patriotismo de estirpe en un patriotismo telúrico, que ame a esta tierra por ser ella?
Y los aznarines gritando que les roban la Reconquista.











