Hoy, en el muro virtual de una persona a la cual no conozco pero que se encuentra entre mis contactos del Caralibro, leí esta sencilla y directa pregunta, que encabeza este texto, lanzada al aire de las redes sociales, y me hizo expresar la siguiente reflexión.
En esta pregunta es clave la comprensión del significado de la palabra “confianza”. La confianza es una palabra cuyo origen etimológico proviene de la fe, del hecho de creer algo o en alguien, sin pruebas basadas en hechos fe-hacientes, y sometido a la indeterminación inevitable de un futuro incierto.
Es habitual tener fe en las cuestiones trascendentes y trascendentales, y además en las personas próximas y conocidas cuya trayectoria vital conocemos a través de la inmediatez de la cercanía, y que nos permite valorar positiva o negativamente su valía. Por lo tanto, aplicar la palabra “confianza” a las personas desconocidas, lejanas y con las que no nos une ningún tipo de parentesco o vecindad es algo que únicamente una persona imprudente podría hacer.
En España, a ninguna de las personas de la mal llamada “clase política” (que no es tal, porque no intermedia frente al Estado junto a la sociedad civil, sino que es clase estatal, residente en el Estado y garante de su forma monárquica y anti-republicana) las eligen los gobernados, mucho menos las conocen por cercanía o proximidad y en la mayoría de los casos, desconocen por completo su valía y conducta moral, ya que no son convecinos.
La prudencia, virtud cardinal que debería de presidir la acción de cualquier ser humano, tendría que invitar no a la confianza en los desconocidos, sino a la cautela. Y la cautela se establece mediante la existencia de controles y garantías contractuales que nos permitan prevenirnos frente a la acción de personas desconocidas, en las cuales no podemos adivinar o intuir sus verdaderas intenciones.
Sin embargo, el régimen político de poder que existe en España, carece de todo tipo de garantías y cautelas frente a la acción de unos diputados desconocidos, no elegidos por los votantes, y cuya acción no puede ser sancionada o evitada debido a esa ausencia de control. Simplemente no se puede actuar adoptando cautelas frente a un poder que únicamente es consentido, pero en el que no se reconoce la autoridad moral causada por la convivencia cercana. Un poder únicamente consentido, como expresara con notable intuición García-Trevijano, pero que no es libremente elegido, no puede disponer de una autoridad moral natural reconocida por quienes han de obedecerlo.
Lo normal, por ser lo natural, debiera ser que los vecinos de una pequeña comunidad, de un distrito, apoderasen a personas cercanas que, incluso contando con esa confianza inmediata proporcionada por la cercanía, pudiesen revocar. Sin embargo eso, en este régimen de poder franquista, no es posible debido a que los votantes no apoderan a nadie, no realizan una elección de sus representantes vecinales para diputarlos, sino que delegan esa responsabilidad que debería de ser suya, en las manos de unos individuos que no eligen, y que se encuentran ya instalados en el poder del Estado. Y la diferencia entre la irresponsabilidad de quien delega y el que apodera a un representante es abismal, a pesar de que frecuentemente se obvie este aspecto, incluso entre los conocedores del Derecho, confundiendo así la representación política con un sentimiento propio del adolescente, que se identifica con otro para delegar en él lo que debería de ser de su incumbencia.
Así, se sustituye la fe y la creencia natural en la trascendencia, por la creencia en la política del Estado, que se convierte en una religión en donde el ser humano adora, no al hombre, sino a la idea del propio hombre. Los jefes de partidos, a través de sus funcionarios políticos (“los políticos” en la forma coloquial), convertidos en sacerdotes de la doctrina estatal, son quienes aplican sus designios sobre la sociedad civil para dictaminar lo que está bien o lo que está mal, regulando incluso la vida privada e íntima de las personas, a través de las leyes que hacen para someterlas y preservar su estatus privilegiado. Esto es la evidencia del totalitarismo del régimen: leyes que no provienen del interés y contacto vecinal, de la moral y de las necesidades cotidianas que regulan el civismo, que no se derivan de la confianza natural de la cercanía, sino únicamente del interés de una clase estatal, pagada por la monarquía y que no representa a nada o a nadie, para preservar su poder absoluto y omnímodo, la razón del Estado.
Y ahora corran, corran todos a votar!
¿Por qué las personas confían tanto en los políticos?
El amateur
En países pobres, secos y sin sociedad civil, el saber establecido y oficialista, ha residido tradicionalmente en los cuerpos burocráticos incrustados en el Estado. Que se concedieron a sí mismos el monopolio del ser y del saber: ser los únicos que fijasen lo que debía saberse y por quién en cada disciplina. En el derecho también. Las cátedras y los altos cuerpos de funcionarios del Estado eran los únicos sacerdotes de una liturgia que sólo comprendían ellos. Su gran biblia, la Constitución, que constituyó la ficción de la que aún vivimos. Nadie podía osar atreverse a saber fuera de los ritos que ellos fijaban. Se erigieron en los guardianes del saber. Ellos importaban de las cátedras europeas, francesas y alemanas sobre todo, lo que debía saberse, cómo debía glosarse, cómo debía cooptarse y a quiénes debían repartirse los títulos de herederos: los llamados a ser los “nuevos perpetuos”. Generación cultural tras generación cultural. El círculo cerrado de la tecnoburocracia.
Un hombre del Renacimiento, tildado de amateur por los perpetuos, intruso para los establecidos, un corredor de fondo que no necesitaba mirar a los lados y que robaba tiempo a las noches de su vida para recorrer en soledad el camino de la sabiduría, leal cada segundo a su pasión por el conocimiento, desafió lo establecido. Ni siquiera necesitó dirigirles la palabra. Irrumpió en el templo de los mercaderes de saberes oficiales y denunció la superchería de la reforma, la mentira constitucional. Defendió la verdad que nace de los mejores hechos. Alguien de fuera, con una mirada etic, un espíritu culto y con la elegancia que transmite al propio espíritu el verdadero orgullo, supo entender y describir mejor que los insiders la realidad que tenían delante y eran incapaces de ver. Sin prejuicios ideológicos, aunando una inteligencia soberbia con una profunda pasión por el conocimiento verdadero, supo elegir desde muy joven las disciplinas del saber donde el espíritu humano es leal a lo mejor de sí mismo, donde residen la verdad y la libertad, sus compañeras de vida. Supo discernir para elegir lo mejor. Cualidad única de los verdaderos maestros de sabiduría. Su saber era más profundo y mejor fundamentado que cualquiera de los de la casta de tecnócratas profesionales. Cuando éstos llegaron a alguna cima del conocimiento, mi Maestro llevaba allí siglos conversando en diálogo permanente con los muertos de pensamiento viviente. Nadie en la cátedra española de los últimos 50 años ha podido seguirle si quiera la estela. Por eso lo odiaron y lo condenaron al ostracismo. Señal inequívoca del verdadero maestro. El que enseña a otros a pensar por sí mismos sin calcular el riesgo de ser libres. Justo lo contrario de lo que han hecho y siguen haciendo los perpetuos de las cátedras y cuerpos “funcionariales”: educar en el sosiego al esclavo moral para que no ose desafiar la ficción y salir de la cueva de Polifemo.
Buscar apasionadamente el saber de manera desinteresada, no como un profesional de lo que “hay que saber”, sino como un amateur, fue la enorme lección que Antonio García-Trevijano les dio a los oficialistas: un espíritu privado y procedente por formación del derecho privado fue el mejor publicista que ha tenido la historia del pensamiento político español.
Risillas
No se me trespinta la risilla de Marlaska en el Banco Azul (la famosa separación de poderes consiste aquí en que el ejecutivo tiene escaño azul, y el legislativo, rojo).
Marlaska es ministro de la porra del sanchipancismo, y a los narcisismos de la oposición pidiendo su cese respondía él como recomendaba Unamuno, “con la terrible risa de Cervantes”, reducida en el ministro a risilla tonta de quien, en lo peor del calor de julio, se ha metido al cinto un cocido de Malacatín y comienza a dar síntomas de arrepentimiento.
¿De qué se reía Marlaska? A su jefe, de quien depende su nuevo y grande estilo de vida, le estaban dando más que a una estera, y en su negociado, que es la policía, la canícula madrileña dejaba a esas horas el muerto “pedevesano” que quiso escapar al juez Pedraz, famoso por un auto sobre “humor negro”.
Al parecer, el muerto, que tenía terminantemente prohibido salir de España, iba a tomar tranquilamente un vuelo en Barajas, pero la policía americana, que es así, dio el queo y hubo de quedarse en tierra. ¡Otro marrón de Trump! Ese muerto estaba en lo de Morodo, uno de los dos leones del tiernismo (el otro era Bono), que tuvo su cuarto de hora de gloria cuando Suárez, amigo y vecino de bloque vecinal, lo elevó a Contacto con la Oposición Democrática, cosa que no sé si sale en las rosquillas chinas de la Prego, la tía Javiera de la Transición ¿A qué venía, pues, la risilla de Marlaska?
–No escucho ninguna risa entre los ricos que no sea forzada y nerviosa –anota Santayana, quien ve en ello la nata misma de la vida liberal.
Marlaska es “rico” (en el sentido en que Calvo es “bonita”), mas su risilla cuando lo reprueban en el Parlamento no es liberal. Tampoco es el lado juvenil inocente del arrepentimiento y la desilusión, como el propio Santayana llegó a entenderla en su vejez. Su risilla es… pánfila:
–Comúnmente llamamos Pánfilo un mozo de buen talle pero pasmado y que sabe poco –dice el Cobarruvias.
En esa risilla hay lo que la chusma supersticiosa llama maldad.
La prima
Una cosa es la falta de representación, que a la gente, por las colas de votar, le gusta, y otra, la mofa de la representación que propone Pablo Casado con una reforma electoral para establecer, no el sistema mayoritario y que los electores decidan, sino una prima de cincuenta diputados para el partido ganador. Esto, en pura democracia orgánica, se llama… ¡los 50 de Ayete!
En el antiguo Consejo Nacional del Movimiento, o Senado del franquismo, el general designaba cuarenta consejeros: acostumbraba hacerlo en los veraneos de San Sebastián, y se los conocía como “los 40 de Ayete”.
¿Por qué 50 y no 176 y nos dejamos de tonterías? Porque lo prohíbe la Constitución, y ésa debe de ser la única prohibición constitucional que los jefes, en aras de la estabilidad, aceptarían respetar. Los Caballeros de la Prima de Casado, Atlantes de la Estabilidad, se sentarían en lo alto, como se sientan en el monte sagrado de Bohemia los caballeros de barba y bastón de San Wenceslao, prestos a defender al pueblo cuando los necesita.
En América, cuando lo nuestro, Bolívar presumía de haber encontrado un cuarto poder, el “poder electoral”, superando así a los Estados Unidos, que sólo tenían los dos y medio de Hamilton (legislativo, ejecutivo y el “presque nulle” judicial). ¿La Prima de Casado? Aquí, en 1907, Maura, para combatir (?) el caciquismo, se sacó del bolsillo el voto obligatorio (¡un derecho político convertido en un deber cívico!) y la Prima del 29, artículo por el que eran electos, sin votación, los candidatos únicos.
–Mi Prima es la de Grecia –arguye Casado, con guiño de ojo que significa “la cuna de la democracia”.
La Grecia de Tsipras, claro, cuya Prima no viene de Pericles, sino del “mariconazo” (así lo llama Miguel Hernández) de Mussolini y su ley Acerbo, una triquiñuela fascista para asignar dos tercios de los escaños al partido con un cuarto de los votos. Renzi, otro guapo, lo rebautizó “Italicum” o Mayoría Reforzada, hizo plebiscito… y lo perdió. ¡En Italia!
I Encuentro de repúblicos
IMPORTANTE: os hacemos llegar la información sobre el encuentro. Estas iniciativas, constructivas y dirigidas a la Acción, en las que participan repúblicos realmente comprometidos con la Acción son las que construyen el MCRC.
Estamos asignando las plazas por riguroso orden de inscripción, así que anímate, contacta con el grupo de tu zona para organizar el viaje y con nosotros para cualquier aclaración:
[email protected]
Nos vemos en el I Encuentro de repúblicos en Santo Domingo de la Calzada, en La Rioja, el 26,27 y 28 de julio.
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Circunstancias
Para el historiador Edgar Quinet, amigo de Tocqueville, sólo hay dos medios de hacer una revolución irrevocable: cambiar el orden moral, la religión, y el orden material, la propiedad.
– Las revoluciones que hacen las dos cosas sobreviven. La primera es más segura que la segunda. Las que no hacen ninguna, escriben sobre arena.
Y en ese juego, a ver qué sale, están los piruleros que hoy mandan en España. Todos los daños y perjuicios se justifican con la Teoría de las Circunstancias, rescatada por otro historiador, François Furet, para disculpar los crímenes, ¡el Terror!, de la Revolución. Como dicen ahora nuestros sociatas, los etarras mataron, pero no fueron ellos, fueron las circunstancias.
–Yo y mi circunstancia– resumió Stirner, santo patrono de los nietzscheanos, copiado (sin citar) por Ortega.
La mejor explicación de la circunstancia la dio el cabo de la guardia civil del pueblo de Camba cuando, jugando al tute con el cura y otros parroquianos, como saliera en la conversa la discusión sobre el puñal de Guzmán el Bueno, dijo: “¿Y qué iba a hacer, el hombre? A lo mejor no le dejaba otra salida el reglamento”.
Ante las Actas de la Eta y Zapatero, todos los jefes de la partidocracia se tapan en el burladero de la Teoría de las Circunstancias, o Razón de Estado, como llamaron los florentinos a la dominación de la Ley por el Dinero.
El genio de Stirner veía en el liberalismo la aplicación del buen sentido a las circunstancias. Los liberales serían apóstoles de la razón: no quieren oír hablar de la Inquisición, pero nadie debe rebelarse contra su “ley razonable”, so pena de estacazo. Y postuló que “lo que uno puede ser, lo es”, al margen de la circunstancia. Porque quien no es más que lo que hacen de él las circunstancias o la voluntad de un tercero, no tiene más que lo que ese tercero le concede.
Es el circunstancialismo de España, cuya única esperanza pasa por la UE de Juncker y frau Merkel… y sus circunstancias: la ciática, ay, y el tembleque.
Si Fernando VII hubiese usado democracia en lugar del paletó
La repetición constante de términos en una labor continuada de propaganda doctrinal, lleva a que sean irreflexivamente asumidos por las masas en su afán por verse, cada uno de los individuos que la componen, normalizados. Este hecho, ya conocido desde mucho tiempo atrás y en cuya práctica al parecer se especializó Goebbels, ministro de ilustración pública de Adolf Hitler, además de que permite inficionar a los gobernados para apaciguarlos mediante la inconsciencia de la realidad, lleva inevitablemente a una alienación patológica.
Si el absolutismo de Fernando VII hubiese caído en la cuenta de ello durante la etapa conocida cómo “década ominosa”, tal vez el monarca hubiese querido denominar “democracia” a su forma de gobierno y hoy, los españoles continuarían creyendo que disfrutábamos de la más larga democracia de la historia y que no ha cesado de mejorar desde entonces. Aún más, quizás podríamos considerar que fue iniciada con la travesía de Aníbal Barca, y que en un perenne progresar, no ha hecho más que aumentar desde aquél momento. Es por esto que tal vez Fernando VII debió haber usado la palabra “democracia” en lugar del paletó en su vestimenta, como rezaba en las canciones populares infantiles.
Pudiera parecer tal vez una exageración lo que explico, pero sin embargo, es la consecuencia coherente con la concepción ornamental que tiene la democracia, tal y como es entendido el término vulgarmente, y que sirve como broche de cierre del bienestar y el gozo perpetuo en la Tierra. Según la idea hegemónica, acorde con la política metafísica que impera, absolutamente todo el poder que se haya establecido y esparcido por el planeta, se rige mediante la democracia del paleto. Desde Corea del Norte a Turquía, desde Alemania a Rusia, de Chile hasta Ecuador o Venezuela, todo se concibe como democracia, variando en cada caso su grado. Tal es la enseñanza que han recibido los españoles desde su infancia para avasallarlos, haciéndoles agradecer, mediante votaciones, la bota del poder que los humilla y los oprime.
Que en lugar de haber democracia (que no hay) se diga “vivir en democracia”, demuestra la sustitución del estado de gracia divina por la intranscendencia de la metafísica política. Y como explicaba cuando iniciaba esta reflexión con una referencia al arte de Goebbels en la ilustración pública (la propaganda) esta metafísica política moderna conduce a que los españoles no es ya que ignoren la realidad política, es que ni siquiera saben cómo pensar en ella.
Así que ya lo saben: “canda Farnanda sáptama asaba damacrazaa…”.
Y ahora corran… corran todos a votar!
Maquiavelismos de Zarzuela
Ya ha pasado un año desde aquella celebérrima moción de censura que cambió la historia de España. En el balance de su año inaugural y tras su reciente consolidación merced a las Elecciones Generales del pasado 28 de abril, se puede decir que al país no le ha venido mal. A Pedro Sánchez, por supuesto, tampoco. Incluso el propio Mariano Rajoy ha sacado algún provecho, al dejar un cargo que en los últimos tiempos era ya más camino de cabras que versallesco jardín. Más adelante hablaremos del auténtico beneficiario de cuanto sucedió en el Congreso de los Diputados aquel 1 de junio de 2018. Entretanto, la crónica oficial de la moción de censura contra el gobierno de España presidido por Mariano Rajoy continúa leyéndose en clave de falacia narrativa benévola y hecha a medida de los propósitos didácticos del régimen del 78. Más o menos en la línea argumental de uno de esos documentales de La 2 sobre el franquismo o el vertido de plásticos en el océano. Poco antes se había pronunciado la sentencia del caso Gürtel. Una constelación de partidetes políticos, conscientes de lo insostenible de la situación, se sumó de inmediato a la propuesta de Pedro Sánchez. In extremis, el PNV también cerró filas, dando un vuelco inesperado a los acontecimientos. El resto es historia. Recientemente se ha conocido el papel jugado entre bastidores por otros protagonistas, no tan destacados, pero tampoco menos cruciales.
Fue, por ejemplo, la joven senadora Marta Pascal, entonces responsable de coordinación del PDeCAT, la que inclinó el fiel de la balanza hacia el sí, no solo convenciendo a los antiguos convergentes catalanes, sino también a los vascos del PNV, con los que, al margen de otros intereses más complejos, siempre ha existido una relación institucional. Esto resultó definitivo porque, efectivamente, el cambio de gobierno en España no tuvo que ver con el culebrón mediático sobre las corruptelas del Partido Popular, sino con la catalanada irredenta y pueblerina del 1-O, teledirigida desde Waterloo, que a día de hoy, y pese a la ausencia de perspectivas de éxito, sigue erre que erre en su intento de escorar la nave del Estado. En otras palabras, de lo que se trataba, y sigue tratándose, es de joder por joder. Carles Puigdemont deseaba que Rajoy continuara en el cargo, porque un estado de crispación era lo que le convenía para sus fines. Sin embargo, muchos políticos del nacionalismo catalán preferían volver a la normalidad, porque pese a su fe independentista, añoran las ventajas y la comodidad del autogobierno, y además ya estaba bien de tanta bobada antisistema. Por lo tanto, se necesitaba un golpe de timón para corregir el rumbo. Por haber fraguado las complicidades de fondo que hicieron posible la moción de censura, Marta Pascal sería destituida de su cargo como Coordinadora del PDeCAT. Pero el objetivo se logró: ahora, gracias a la presencia de Pedro Sánchez en el gobierno de España, existen condiciones efectivas para solucionar el desaguisado catalán, evitando así un colapso del régimen tan fatídico y estrepitoso como el que tuvo lugar hace un siglo a raíz de la triple crisis de 1917.
Porque, si hay algo que está del todo claro es que, en la política, los que causan los problemas no son los más indicados para resolverlos. De lo que pasa en Cataluña, y por parte de Madrid, tuvieron la culpa Mariano Rajoy y su lugarteniente Soraya Sáenz de Santamaría, por su incompetencia, soberbia, talante despótico y falta de escrúpulos al forzar la legalidad hasta los límites de lo intolerable, con aquellos comandos de soplones pagados con el fondo de reptiles, la aplicación arbitraria y precipitada del artículo 155, la instrumentalización permanente de la justicia al servicio de intereses políticos y otras cacicadas por el estilo. En favor de Rajoy y Soraya se puede decir que tenían demasiados frentes abiertos, con la crisis económica y las complejas negociaciones con Bruselas para evitar el rescate de España. Pero al haber dejado que la situación en Cataluña se pudriese, sin una eficaz respuesta negociadora y legal del Estado, pusieron en peligro al Régimen del 78, y con ello la continuidad en el poder de los principales círculos que lo sostienen: la Corona, los magnates del Ibex 35 y la castorra de aparatchiks encargados de confeccionar las listas electorales de los partidos políticos. Los riesgos inútiles que se corrían justificaban sobradamente un relevo en la presidencia del Gobierno.
Antes hablamos del principal beneficiario de la moción de censura de hace un año, que no es otro que Su Majestad el rey don Felipe. Ya sea porque realmente tirase de los hilos –de ese modo taimadamente renacentista que solo dominan los profesionales formados en una alta escuela de hipocresía política- o porque tuviese una potra fantástica, lo cierto es que todo lo sucedido en España durante los últimos meses le favorece más que a ningún otro, incluyendo al propio Pedro Sánchez. En primer lugar, aunque el problema catalán no está, ni mucho menos, resuelto, existen posibilidades para reconducirlo de forma poco traumática y compatible con la asignación de energías y recursos para cometidos más urgentes, como la reforma territorial, la situación demográfica y migratoria y una crisis económica que no cesa. De lo que se trata no es de mostrar quién es el más pelotudo, sino de manejar España con finalidades prácticas. En el futuro, Pedro Sánchez y, en su momento, puede que también Albert Rivera, únicas figuras de nuestro espectro político que se encuentran en condiciones de asumir algo parecido a un papel de liderazgo, intentarán conseguir que los catalanes vuelvan al buen camino mediante la estrategia clásica del palo y la zanahoria: a base de amenazas, pactos, pequeñas coacciones, cambalaches y marrullerías de todo tipo. Lo que el régimen del 78 necesita no es un Cid Campeador para pelear contra hordas incontroladas de tractoristas, sino ingenieros que resuelvan problemas de fatiga estructural y corrosión.
A finales de mayo y comienzos de junio de 2018, toda España presenció el desenlace de aquella moción de censura con una perplejidad que los medios al servicio del poder se encargarían de difuminar mediante la falacia narrativa y la típica monserguilla moralista basada en la condena de la corrupción. Pero el asombro existió, lo mismo que aquella otra mañana en la que los medios anunciaron, contra todo pronóstico, la victoria electoral de Donald Trump en las Presidenciales de 2016. Asímismo, resultaron sorprendentes la lisura y el sosiego con la que transcurrieron los hechos. En aquellos días la calma era total. Tratándose de un cambio político de semejante envergadura, los mercados financieros permanecieron impasibles. La prima de riesgo ni pestañeó, y la bolsa continuó al alza. ¿Seguirán los cronistas del régimen del 78 tratando de convencer a la posteridad de que aquello fue un momento estelar en la historia del parlamentarismo español, y no algo perfectamente coordinado desde las cocinas donde se hornean las hojas de ruta del sistema? Dentro de algunos años tal vez podamos preguntárselo a un testigo de excepción: el mismo Mariano Rajoy. Cuando en el transcurso de unas negociaciones en las que se decide la continuidad de algo tan importante como su propio gobierno, él decide refugiarse en la cafetería de la esquina, ¿lo estaba haciendo por un exceso de confianza? ¿Porque sufre trastorno bipolar? ¿O porque ya sabía que su abandono del poder estaba organizado de antemano al mejor estilo de otros tiempos, desde Zarzuela, los consejos de administración de las grandes empresas y las covachas del Estado de Partidos encargadas de confeccionar listas?
La moción de censura de Pedro Sánchez ha traído consigo un cambio generacional que, desde las instituciones políticas españolas, intenta dar la réplica al protagonizado por el rey Felipe VI con su ascenso a la jefatura del Estado. No tenemos más que comparar a los pilotos actuales (Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y Pablo Casado) con las estantiguas que hace tan solo un par de años llevaban los controles (rajoyes, sorayas, montoros, barones socialistas, etcétera). La política ha rejuvenecido en bloque. Se ha vuelto más polar, apasionada y fashion. Todos estos analfabetos funcionales que acaparan las tribunas de oradores podrán caernos bien, o no tanto. Allá cada uno con sus gustos y su versión del catecismo del 78. Pero salta a la vista que el cambio es significativo y continuará manifestándose en todas las esferas de la vida pública española durante los próximos años.
Finalmente, con esa moción de censura, el rey Felipe consiguió un beneficio adicional. Como se sabe, Mariano Rajoy y su intrigante delfina Soraya habían sido los principales artífices de la sucesión en el trono en 2014. Aquello no fue nada fácil, teniendo en cuenta la mala imagen de la Casa Real por culpa de los chanchullos del anterior titular de la Corona. Pero al final todo salió bien. Y habiéndose librado de quienes le ayudaron a apoltronarse en el poder para las próximas décadas, Felipe VI ya no le debe nada a nadie y tiene las manos libres para gestionar la jefatura del Estado como mejor le cuadre.
¡El turnismo!
Begoña Villacís (“la jurista”, como la llama Carmena) está convencida de que la alcaldía de Madrid es el pan bajo el brazo que le ha traído su niña, y el partido Ciudadanos, más estatal que la Falange, inventa el Mediterráneo liberal del turnismo para satisfacerle el antojo.
–Soy más de Hillary, pero me gusta mucho la historia de Obama, que es impresionante, porque su padre le abandonó de niño y se lo tuvo que currar –dijo Villacís un día delante de unos huevos rotos en Lucio.
–Claro, con una abuela vicepresidenta del Banco de Hawai… –le contestó Emilia Landaluce.
–Eso no lo había leído.
¿Qué ha leído Villacís?
Los ideólogos de Ciudadanos (todo ideólogo está movido por la pasión de mandar) proponen dos años de Almeida y otros dos de Villacís (con Girauta y Villegas de maceros), truco inventado por Cánovas y explicado por Alfonso XII en la agonía que resume Sánchez-Albornoz:
–Cristinita, no llores, todo puede arreglarse en bien de España. Guarda el c…, y de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas.
Lo que Ortega llamaba “la vieja política” (los partidos turnantes, “los del vaso y el grifo”, en imagen de Maura) es para Gutiérrez (¡y yo qué sé quién es Gutiérrez!) “la democracia liberal”, o sea, el franquismo trap o trap-franquismo de Ciudadanos (después de todo, el trap es una regresión del rap), eso que definió el discípulo guasón de Ortega, Marías, al decir que “no hubo en 1976 ni reforma ni ruptura, hubo algo nuevo, inesperado, imprevisible, de tal originalidad que de momento no encuentro ningún ejemplo análogo”. Insuperable.
–Bienvenido amor, a mi contradicción / A mi contradicción uuuh / A mi contradicción… –suena el himno centrista de Malú.
Pero ¿y la gafancia del turnismo? Con el de Cánovas y Sagasta acabó Angiolillo. Con el de Maura y Canalejas acabó (sin haberse estrenado) Pardiñas. Con el de Joselito y Belmonteacabó “Bailaor”. Y con el de Almeida y Villacís puede acabar… Carmena.
Colonato y colonialismo
Si existiese un mínimo de rigor intelectual y de conocimiento de la historia, se podría entender sin dificultad que la aplicación de conceptos modernos, que responden a un contexto temporal distinto, son inaplicables a los paradigmas anteriores. Por eso, utilizar palabras espirituales como el verbo “colonizar”, que convierten en metafísica a lo sustantivo del colono, y pretender aplicarlas al pasado medieval, resulta absurdo y motiva la confusión. El fenómeno colonial, que se produce especialmente en el XIX, y que es una de las principales causas de la ONU, es completamente distinto en todos sus aspectos a lo que aquí estábamos tratando y que se refiere a lo que fueron los condados catalanes y la Marca Hispánica.
En España jamás ha habido una “colonización” ni se puede aplicar ese término. Por ese mismo motivo de la pertinencia temporal y de la realidad material, tampoco se puede aplicar el término “Estado” en el estudio de los siglos X o XII de cualquier lugar de Europa. Más aún, es de difícil aplicación en lugares cuyas lenguas no distinguen entre los verbos “ser” y “estar”, necesarios para comprender el artificio del Estado. “Colonizar” se entiende precisamente a partir del imperio español y nuestra propia historia, y no al contrario. Las tierras y personas que formaron los pueblos del medievo en Hispania, no fueron jamás “colonizadas” porque eso sería un anacoluto, algo que es intelectualmente incomprensible por ser una ucronía.
En la baja Edad Media o en la etapa pre-medieval, durante la transición desde la época romana a las normas propias del medievo, que ligan a siervos y señores, cabe hablar del colonato, una situación intermedia con la esclavitud anterior, pero que desde luego nada tiene que ver con lo que muchos siglos después se ha dado en llamar “colonización” o la espiritualidad del colonialismo. Es imposible explicar la realidad histórica y observar los hechos acontecidos, pretendiendo utilizar conceptos posteriores y que a lo único que conducen es al juicio moral subjetivo del presente con la pretensión de aplicarlo al pasado donde se encuentra desubicado. Y lo que está desubicado, es específicamente lo utópico, lo propio de las ensoñaciones metafísicas que hoy dominan el pensamiento político.
Lo que sí queda de aquello, que fue la forma de comunismo quizás más perfecta jamás alcanzada (al desaparecer casi el comercio y la propiedad, y no haber Estado), es la pretensión actual de que los territorios tengan derechos, lo cual remite a ese concepto medieval de la terratenencia y la titularidad de unas tierras con sus vasallos y bestias.
Además de esta confusión terminológica, que mueve a la gran mayoría de historiadores contemporáneos a constantes errores por su desconocimiento de la materia política, jurídica y lingüística, existe la propia del consenso político hegemónico en España a partir del 78 y que prohíbe e impide literalmente el pensamiento normal en los seres humanos. Donde existe consenso político de una oligarquía, como nos descubrió el revolucionario Antonio García-Trevijano, es consecuente la supresión del pensamiento natural, es decir, libre.
Esto no sucede con el consenso social, que siendo natural y no impuesto de forma coactiva, es algo deseable y causa motora de la civilización.
Mientras que el consenso político conduce a la barbarie y el embrutecimiento social, el consenso social produce una elevación de todo lo moral. Por eso en España actualmente, donde impera el consenso político para destruir el social, tenemos las peores Universidades del mundo, y el paupérrimo nivel académico debería de provocar el abandono en masa de todos los estudiantes, si es que esperan recuperar la decencia intelectual que sus profesores les impiden.
Lo mejor para no saber nada, ser un bárbaro y vivir confundido en esta época de culos y témporas ciceronianas, es acudir a las universidades españolas. Ahí, como en el Congreso de sus diputados, es donde están todos los restos franquistas degenerados de la debacle provocada por el nefasto régimen político del 78.
Del “quod natura non dat, Salmantica non praestat” hemos llegado a “lo que no es natural, el Estado lo fabrica” (para robar y engañar). Así se autoriza y prestigia al idiota y a su idiotez, para que pueda servir bien como vasallo al Estado de partidos. En el actual colonato, se usufructúa la insensatez.
Si la excelencia que producen las facultades universitarias españolas son Pedro Sánchez, Iglesias, Abascal, Casado o Rivera, eso justifica plenamente mi autodidactía.
Y ahora corran… corran todos a votar!











