¡Bienvenidos a todos al Diario Español de la República Constitucional! Hoy damos inicio a una nueva andadura hacia la conquista de la libertad política colectiva, teniendo siempre presente de dónde venimos —de ahí que, en homenaje y recuerdo del diseño de los primeros ejemplares del diario, hayamos escogido el color azul de la cabecera— y cuál es la razón de ser de este nuestro diario.
El 13 de mayo de 2006 Antonio García-Trevijano puso en marcha su propio blog en internet, el germen de lo que unos meses después sería el Diario Español de la República Constitucional. Así, el 18 de noviembre 2007 García-Trevijano anunció en su blog la fundación del Diario Español de la República Constitucional, a finales del mismo mes se inició la edición provisional del diario, y a partir del 26 septiembre de 2008 se pasó progresivamente al dominio actual de internet: www.diariorc.com.
García-Trevijano fundó este diario, no con el objetivo de competir con los medios de información existentes, ni tampoco como un canal de divulgación de artículos de opinión, sino como un órgano de expresión de criterios razonados respecto a todo tipo de disciplinas, además de la política, a condición de que dichos criterios no atentaran contra los fundamentos de la República Constitucional defendidos por el MCRC. Ese mismo espíritu científico y riguroso es el que guía actualmente nuestro diario para todas sus publicaciones (artículos y programas de Radio Libertad Constituyente o de Libertad Constituyente TV). Igualmente, aquí se podrá encontrar el acceso directo al Archivo Antonio García-Trevijano y a los diversos medios del MCRC.
En definitiva, el Diario Español de la República Constitucional es el órgano de expresión del MCRC. Por dicha razón, es importante que tengáis en cuenta que, además de los artículos particulares redactados por los diferentes colaboradores, todos los contenidos escritos y audiovisuales elaborados por el MCRC se publicarán y se registrarán en este diario. Igualmente, aquí, precisamente en el «Archivo Antonio García-Trevijano», encontraréis los contenidos relativos a nuestro fundador. Este archivo, tan nuevo como necesario, iremos completándolo poco a poco.
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Queremos mostrar nuestro agradecimiento a todas las personas que, de una manera u otra, han contribuido con su colaboración a la puesta en marcha de este diario. Al mismo tiempo, os queremos animar a todos a que nos comuniquéis de qué manera os gustaría colaborar con nosotros (en el apartado de «Contacto» encontraréis las diferentes opciones de colaboración). Estaremos encantados de contar con vosotros.
El rey y jefe de Estado de la nación española Felipe VI.
¿Qué monarquía vas a salvar? Una monarquía sin honor no dura. La virtud se presume que es la fuerza republicana, el honor es la fuerza de la monarquía y tú has aceptado algo sin honor. Ni Franco tiene poder para designarte rey ni tú puedes aceptar una alteración del orden dinástico.
Muy señor mío:
Seguro que usted reconoce esas palabras que encabezan esta carta. Fueron firmadas por su abuelo, don Juan, a su padre, don Juan Carlos. En ese contexto, el hijo traicionaba a su padre. Y deshonraba a la institución que pretendía defender. Esas palabras fueron redactadas por un hombre referente del republicanismo español, don Antonio García-Trevijano Forte el cual, por encima de sus profundas convicciones republicanas, obró siempre con absoluta lealtad a su abuelo, pues por encima de monarquía o república, siempre le conmovió la lucha contra el franquismo para que en España hubiera libertad política.
La historia nos relata cómo el padre de usted impulsó, participó y fue copartícipe de unos hechos que devinieron en un régimen político, nacido tras el proceso conocido como Transición. Un régimen post-franquista que, sin duda alguna, a España le trajo libertades, pero no libertad política. Que consolidó en nuestra patria lo que se conoce como Estado de Partidos. Un Estado que se caracteriza, hablemos francamente, por la inexistencia de separación de poderes y por la falta de representación de los ciudadanos en el poder legislativo. Así lo han señalado personas tan poco radicales como don José Bono, expresidente del Congreso de los Diputados, entre otros cargos, y que usted bien conoce.
Me atrevo a escribirle esta carta porque, sin yo ser monárquico, no me gustaría que una república “adviniera” por el fracaso de una monarquía, como sucedió con la II República. Una III República así nacida volvería a estar condenada a la frustración. Ni tampoco quisiera que una institución tradicional en España siga siendo parte del problema fundamental que tiene hoy nuestro país, que no es otro que el régimen político sin democracia formal que padecemos. Un régimen en el que los partidos políticos y las oligarquías asimismo políticas, económicas y financieras, se han hecho las propietarias del mismo.
No entiendo la república como la negación a la monarquía, sino como una alternativa a ella que el pueblo español debe decidir libremente, no como sucedió con la Constitución de 1978 y que, al final, ha supuesto el descrédito de ambos términos. Porque la monarquía parlamentaria, encarnada en la figura de su padre, ha sido pilar fundamental de este régimen político que hace aguas por la corrupción (de hecho, nació corrupto) y porque la república ha sido, por desgracia, patrimonializada con total desprecio hacia la verdad por la izquierda española; son defensores de una II República que no era de todos, sino de “trabajadores de toda clase” —como decía el artículo primero de su Constitución—, y que acabó en el desastre de la guerra civil, hundida por los extremismos ideológicos de esos convulsos años 30 del siglo pasado.
En honor a lo que su abuelo y don Antonio García-Trevijano intentaron hacer y no lograron por las traiciones y las presiones, incluso familiares, hoy le escribo, pues considero que su persona y lo que ella encarna sólo tienen dos caminos: o continuar hundiendo a España en este régimen de Estado Partidos, o apostar por creer que estos 45 años desde la muerte de Francisco Franco pueden ser superados entre todos y lograr realmente en España una democracia formal. Pues no se crea usted, por mucho que le digan sus consejeros o asesores, los políticos o los medios de comunicación, que nuestro régimen es equiparable a las “democracias occidentales”, pues ni en occidente hay democracia en todos los países (ni mucho menos), ni nuestro sistema es comparable a todos ellos (véase Francia, por ejemplo, Gran Bretaña o los Estados Unidos).
De los doce puntos del Manifiesto constituyente que iba a firmar su abuelo y que fueron a posteriori la base del programa de la Junta Democrática de España, con mayor o menor fortuna se han cumplido diez. Pero los más importantes de todos no: el primero y el undécimo.
El primero[1] no se produjo porque el franquismo sin Franco continuó, en la figura de su padre, Juan Carlos I, como sucesor a título de rey y jefe de Estado, gracias a esa fórmula que reconocía toda la legitimidad del franquismo que decía: “De la ley a la ley”. Sin apertura de periodo de libertad constituyente alguno, por mucho que quieran engañarnos desde hace cuarenta años, diciendo que las elecciones de 1976 fueron a Cortes Constituyentes. Sabemos que eso es falso.
El decimoprimero[2] tampoco, pues va ligado al primero. Sin libertad constituyente no se pudo elegir la forma del Estado. ¿Monarquía o república? ¿Presidencialismo o parlamentarismo? ¿Sistema electoral proporcional o mayoritario? Nada de eso pudo ser elegido por los ciudadanos.
Hoy, nos encontramos con un país que está descompuesto en su estructura territorial, con unos nacionalismos que han demostrado su ya sabida deslealtad a la nación española, pero que siguen, verbigracia del sistema electoral, con un poder de chantaje inmoral.
Hoy, nos hallamos con una estructura política en la que no existe separación de poderes y en la que realmente las Cortes Generales no son más que una correa de transmisión del oportunismo partidista, pero no cámara de representación de los ciudadanos. Y el poder judicial está en manos de asociaciones de jueces y magistrados que son proyecciones de los partidos políticos en el sistema judicial.
Señor, de todas las corrupciones que asolan España, la moral es la más grave. Y la monarquía, lamento decirlo, no se ha quedado al margen; ni siquiera se puede dar por no enterada, pues ha participado (aparentemente de manera entusiasta), se ha presuntamente enriquecido y se ha beneficiado de las corrupciones moral, política, social y económica de todos estos años aciagos. Lamento decirlo, pues cuesta oír esas cosas cuando se refieren al padre de uno mismo; al jefe de una nación a la que, no me cabe la menor duda en su caso, ambos amamos. Quizás nadie de su entorno se haya atrevido decírselo con esa crudeza; yo, por lealtad a mi patria, a don Antonio y a la historia de España, de la que usted va a formar parte, me veo en la obligación de decírselo.
Don Antonio García-Trevijano creó el Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional (MCRC) que se fundamenta sobre 21 puntos que le señalo en un apéndice a esta carta. Sólo le pido que, como español, reflexione sobre ellos.
Por último, como dice el encabezamiento de esta carta, trayendo a colación la frase de su abuelo, la monarquía tiene su base en el honor y la república en la virtud. Honor y virtud van de la mano, sobre todo si la unión se forja en la libertad política colectiva.
Quedo a su disposición para lo que estime oportuno, porque por encima de nosotros, de usted y de mí, está España, la nación a la que nos debemos y a la que servimos y que no se merece lo que padece. Y porque usted tiene la capacidad que ni el MCRC ni yo tenemos; pero nosotros tenemos la base y la lealtad para decirle la verdad. Nuestros principios son: Libertad, verdad y lealtad. Los tres me han inspirado esta misiva.
Sin otro particular, le saludo atentamente.
Fernando Andrés Villamil Chamarro, miembro del Movimiento de Ciudadanos Hacia la República Constitucional (MCRC) y leal español.
[1] La formación de un Gobierno provisional que sustituya al actual, para devolver al hombre y a la mujer españoles, mayores de dieciocho años, su plena ciudadanía mediante el reconocimiento legal de todas las libertades, derechos y deberes democráticos.
[2] La celebración de una consulta popular, entre los doce y los dieciocho meses —contados a desde el día de la restauración de las libertades democráticas—, con todas las garantías de libertad, igualdad de oportunidades e imparcialidad, para elegir la forma definitiva del Estado.
IDEARIO DEL MCRC
I. Porque los seres humanos no nacen iguales en capacidad física y mental, ni en condición social, la Sociedad y el Estado deben garantizar la igualdad de derechos y de oportunidades.
II. Porque existe un imperativo moral en todas las conciencias, es condenable el oportunismo personal, social y político.
III. Porque los individuos no pueden desarrollar sus vocaciones ni sus acciones fuera del contexto social, la lealtad es fundamento de todas las virtudes personales y sociales.
IV. Porque los españoles padecen temores derivados de su tradicional educación en el Estado autoritario, sólo la valentía personal puede crear la fortaleza de la sociedad civil frente al Estado.
V. Porque durante siglos se ha sacrificado y despreciado la inteligencia y el espíritu creador, apartándolos de los centros de enseñanza, del Estado y de los Partidos, esas facultades individuales han de organizarse para tener presencia activa en la sociedad civil.
VI. Porque la decencia constituye el decoro de la civilización, la sociedad civil debe civilizar a los Partidos y Sindicatos, sacándolos del Estado.
VII. Porque entre el Estado de Partidos y la sociedad civil no existe una sociedad política intermedia, la parte más civilizada de aquella debe orientar la formación de ésta, sin el concurso del Estado.
VIII. Porque la política afecta al universo de gobernados, si el lenguaje de políticos y medios comunicativos no es directo, correcto y expresivo del sentido común, disimula una falsedad o esconde un fraude.
IX. Porque no son legítimas las razones ocultas del poder político, siempre será ilegitima la razón de Estado.
X. Porque a la razón de gobierno sólo la legitima la libertad política de los que eligen el poder ejecutivo del Estado, son ilegítimos, aunque sean legales, todos los gobiernos que no son elegidos directamente por los gobernados y no pueden ser revocados por éstos.
XI. Porque la razón de la ley está en la prudencia de legisladores independientes, elegidos por los que han de obedecerlas, no son respetables, aunque se acaten, las leyes emanadas de Parlamentos dependientes del Gobierno.
XII. Porque la razón de la justicia legal está en el saber experto de una judicatura independiente del gobierno y del parlamento, no pueden ser justas ni dignas las resoluciones de una organización judicial dependiente de ambos poderes.
XIII. Porque la razón del elegido está en el mandato unipersonal, imperativo y revocable del elector, es fraudulento el sistema proporcional de listas, que sólo representa a los jefes de partido.
XIV. Porque los medios de comunicación forman la opinión pública, no puede ser imparcial ni veraz la información controlada por un oligopolio de poderes económicos.
XV. Porque la corrupción es inherente a la no separación de los poderes estatales, sólo la puede evitar, con su separación, el recelo y la desconfianza entre sus respectivas ambiciones.
XVI. Porque las Autonomías fomentan los nacionalismos discriminadores o independentistas, deben ser compensadas integrándolas en la forma presidencial de Gobierno.
XVII. Porque las Autonomías fomentan gastos públicos improductivos, sus competencias susceptibles de ser municipalizadas deben de ser transferidas a los Ayuntamientos.
XVIII. Porque la Monarquía de Partidos carece de autoridad para garantizar la unidad de la conciencia española, y ha sido foco de golpes de Estado y corrupciones, debe ser sustituida por una República Constitucional, que separe los poderes del Estado, represente a la sociedad civil y asiente el natural patriotismo en la forma presidencial de Gobierno.
XIX. Porque la única razón de la obediencia política reside en el libre consentimiento de los gobernados, éstos conservan su derecho a la desobediencia civil y resistencia pasiva, sin acudir a la violencia, frente a todo gobierno que abuse del poder o se corrompa.
XX. Porque el pasado no puede ser revivido, sin imponerlo la fuerza del Estado, no es posible la restauración pacífica de la II República, cuya forma de gobierno parlamentario tampoco era democrática.
XXI. Porque el sistema de poder de las naciones europeas, ideado para la guerra fría, no es democrático, los españoles están obligados a innovar su cultura política para llegar a la democracia como regla formal del juego político.
Por lealtad a la sociedad civil, los Partidos Políticos, Sindicatos y Organizaciones No Gubernamentales no pueden ser financiados por el Estado; y por lealtad a la conciencia personal de los integrantes de este Movimiento de Ciudadanos, el MCRC no se transformará en partido político, y se disolverá tan pronto como su acción se agote con el referéndum que ratifique la Constitución democrática de la III República Española.
Sénac De Meilhan y Antoine Barnave. Extracto adaptado tomado del estudio preliminar de Dª. María Luisa Sánchez Mejía.
Son dos interpretaciones de la Revolución francesa que representan en cierto modo dos actitudes ante los sucesos revolucionarios. “Des Principes et des causes de la Révolution en France”, de Gabriel Sénac de Meilhan, publicada en 1790, es más un análisis de la caída del Antiguo Régimen que una reflexión global sobre el conjunto del proceso revolucionario. La obra de Antoine Barnave, “De la Révolution et de la Constitution”, escrita en 1793, pertenece en cambio a esa nueva tendencia que, tras haber visto y sufrido las consecuencias del régimen jacobino, se distancia de los antecedentes inmediatos y se abre en una perspectiva más amplia, que anuncia ya la lectura que hará de la Revolución el siglo XIX.
Sénac dirige su mirada al interior del sistema nobiliario que ve desaparecer ante el impulso del movimiento revolucionario. No hay que buscar motivaciones exteriores para dar cuenta de la Revolución. Ni el ascenso del Tercer Estado, ni la difusión de las luces, ni los ideales democráticos o republicanos defendidos por los filósofos más radicales han socavado los cimientos del Antiguo Régimen hasta el punto de propiciar su caída. No ha sido el avance de sus adversarios lo que ha hecho caer a la monarquía de su pedestal sagrado, sino la debilidad y los errores cometidos por sus defensores y sus beneficiarios. La lenta destrucción del principio que, según Montesquieu, debe alentar la forma monárquica, el honor, ha hecho perecer el sistema en todo su conjunto. Esta destrucción del principio monárquico tiene, en el análisis de Sénac, dos causas convergentes: el mal gobierno y la relajación de las formalidades sociales.
Sénac no discute la necesidad de una mayor libertad e igualdad en las relaciones sociales. Comprende incluso que los vientos soplaban en esa dirección y, descendiente de una esforzada familia burguesa, no se alinea ciegamente con los viejos valores. Se limita a constatar que la pérdida de esos valores entrañaba la destrucción de un tipo de sociedad y que los nobles no supieron ver que actuaban en contra de sus propios intereses. No fue el irresistible ascenso de la burguesía lo que destruyó el principio monárquico, sino el error de una aristocracia que centró su ambición de gloria no en el servicio al rey, sino en las reformas políticas, con las que creía que iba a aumentar su poder. “Esos aristócratas son los verdaderos autores de la Revolución; inflamaron los ánimos en la capital y en las provincias con su ejemplo y sus discursos, y no pudieron luego detener o moderar el impulso que ellos mismos habían estimulado”, expresa.
En realidad, para Sénac todo muestra la decadencia de un orden social que se acerca inexorablemente al final de un ciclo histórico. ¿Qué va a traer la Revolución? Ya no es posible regresar a la austeridad de las repúblicas de la antigüedad clásica, y la forma republicana es inaplicable en un gran Estado como es Francia, afirma Sénac, siempre fiel a las ideas ilustradas. La desigualdad de riquezas creará una nueva aristocracia, pero desprovista de sentido del honor y sin los valores religiosos y patrióticos que sostuvieron a la vieja nobleza, “¿qué quedará para gobernar a los hombres?: el dinero y la coacción”.
Si Sénac es un hombre del Antiguo Régimen, Antoine Barnave representa la convicción reformadora que anima el estallido de la Revolución. Su vida política es muy breve, apenas cinco años de actividad, en los que alcanza una gloria efímera que acaba conduciéndole a la guillotina. Pero sus opciones políticas, sus proyectos y sus discursos, situados en el apasionante escenario del primer impulso revolucionario, encierran ya un esbozo claro y decidido de las ideas liberales que va a desarrollar el siglo XIX.
Barnave divide la Historia en tres grandes períodos de acuerdo con el tipo de propiedad imperante en cada uno de ellos, si bien cada etapa puede subdividirse a su vez en distintas fases y su organización política depender de factores particulares que dotan de cierta flexibilidad al modelo interpretativo que propone. El primer período corresponde a lo que podríamos denominar sociedades primitivas, que abarca desde el nomadismo de los pueblos dedicados a la caza hasta el inicio de los cultivos agrícolas. Mientras no existe propiedad ni asentamientos fijos, se puede decir, en opinión de Barnave, que el hombre vive en democracia, no teniendo esta palabra otro significado que el de la independencia e igualdad naturales. La necesidad de un jefe en los combates y el respeto otorgado a los más instruidos originan las primeras monarquías y la preponderancia de los ancianos, augures o sacerdotes. Con el pastoreo entra en escena la propiedad privada, que no alcanza toda su importancia hasta que no se divide la tierra para dedicarla a la agricultura. Surge entonces la desigualdad entre pobres y ricos, y la necesidad de defender la propiedad obliga a estos últimos a la creación de instituciones políticas y de una fuerza militar.
Conforme avanza el desarrollo agrícola, crece también el poder de los propietarios de tierras, y la monarquía primitiva va dejando paso a las repúblicas aristocráticas, como sucede en Grecia y en Roma, mientras que en las ciudades donde prima el comercio sobre la agricultura se organizan democracias, tal como sucede en Atenas o en Cartago. No obstante, condicionamientos geográficos, demográficos o inclinaciones propias del carácter de un pueblo determinado pueden permitir la supervivencia de las monarquías o implantar un gobierno despótico, como en el caso de los pueblos asiáticos.
En la Europa que Barnave llama moderna, es decir, la que surge tras la destrucción del mundo antiguo y en la que él quiere centrar su análisis, este segundo período de la Historia está caracterizado por el predominio de la aristocracia bajo la forma del régimen feudal: “Durante la época de mayor vigor del régimen feudal no hubo más propiedad que la de la tierra; la aristocracia caballeresca y sacerdotal lo dominó todo, el pueblo quedó sometido a la esclavitud y los monarcas no conservaron ningún poder”. El lento desarrollo de las ciudades, basado en los “progresos de la industria” y la aparición de una “propiedad mobiliaria” independiente de la tierra, consigue finalmente debilitar tanto a la nobleza civil como al poder temporal de la Iglesia, acabando así con el gobierno aristocrático y dando paso a un tercer período histórico: el de las grandes monarquías.
El gobierno monárquico moderno nace, pues, en el análisis de Barnave, aliado a un cierto grado de democracia. Los nobles son el enemigo común del monarca y del pueblo. Cuando este último es lo suficientemente fuerte como para prescindir de un rey, puede organizarse en repúblicas, como en los Países Bajos. Pero cuando le resulta difícil reducir a la aristocracia, necesita la protección del rey contra los nobles. La monarquía puede recaudar impuestos, financiar la gran maquinaria de un Estado centralizado y, lo que es más importante, crear un ejército permanente al servicio de los intereses generales de ese mismo Estado. Por eso dice Barnave que “la base de la monarquía (es) la fuerza pública”.
Ahora bien, el aumento de esa propiedad distinta de la propiedad de la tierra, el incremento del comercio, el avance de la industria, conceden cada vez más peso al elemento democrático asociado al poder del rey, y la monarquía absoluta debe transformarse en una monarquía limitada, en una monarquía constitucional. Ese es el origen y el significado de la Revolución francesa, que no ha sido más que la “explosión” derivada del crecimiento de la industria y de las nuevas formas de propiedad.
Cada una de estas formas de gobierno -aristocracia, monarquía y democracia- que, al igual que en Montesquieu, sirven para definir y caracterizar los tipos de sociedades a lo largo de la Historia, dependen fundamentalmente de la clase y estructura de la propiedad, pero también de otros factores internos como son la demografía, las costumbres y el nivel de ilustración de cada pueblo. “Desde un determinado punto de vista -dice Barnave-, se pueden considerar estas cosas (…) como los elementos y la sustancia que forman el cuerpo social, y ver en las leyes y el Gobierno el tejido que las contiene y envuelve. En cualquier situación es necesario que una y otra parte estén proporcionadas en fuerza y extensión; si el tejido se dilata a medida que la sustancia aumenta de volumen, los progresos del cuerpo social podrán efectuarse sin conmoción violenta; pero si en lugar de una fuerza elástica opone una quebradiza rigidez, llegará un momento en que cesará toda proporción y en el que será preciso, o que el humor se consuma, o que rompa su envoltura y se desborde”.
Tal es su visión de la Historia como un proceso en el que la vida social se hace más compleja y la vida económica más diversificada.
Hoy, en el octavo capítulo de «La cátedra de Dalmacio», presentado y conducido por Enrique Baeza, Dalmacio Negro Pavón (catedrático de Ciencias Políticas y autor de numerosos artículos y libros) nos continuará hablando de las bioideologías, entendiéndolas como derivaciones del nazismo.
Pedro Manuel González, autor del libro «La Justicia en el Estado de Partidos», nos explica, en el capítulo nº 31 de «La lucha por el Derecho», por qué el sistema político norteamericano es una democracia y lo que existe en España no lo es.
El 15 de noviembre de 2020 volverá el Diario Español de la República Constitucional, el órgano de expresión del Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional (MCRC).
Hoy, en el séptimo capítulo de «La cátedra de Dalmacio», presentado y conducido por Enrique Baeza, Dalmacio Negro Pavón (catedrático de Ciencias Políticas y autor de numerosos artículos y libros) nos hablará de la biopolítica, exponiendo su desarrollo histórico y empleando para ello conceptos como el biologicismo, el cientificismo y la bioideología.
Pedro Manuel González, autor del libro «La Justicia en el Estado de Partidos», nos explica, en el capítulo nº 30 de «La lucha por el Derecho», por qué es inútil reformar la actual organización institucional de la Justicia para hacerla independiente. Para ello lo único que cabe es la ruptura.
Hoy, en Libertad Constituyente TV, publicamos el quinto capítulo del programa “Coloquio y análisis político” con el objetivo de explicar la razón de ser y el funcionamiento de la Asamblea Nacional de una república constitucional.
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MOVIMIENTO DE CIUDADANOS HACIA LA REPÚBLICA CONSTITUCIONAL (MCRC)
Calle Alondra 1, Prado de Somosaguas, 28223, Pozuelo de Alarcón, Madrid. NIF: G-86279259
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- Atender las solicitudes para el ejercicio de tus derechos.
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- Para determinados tratamientos, nos has dado tu consentimiento expreso (ej participación en una acción; boletín…).
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Cesión de datos a terceros
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- En ningún caso se cederán tus datos a personas ajenas a la actividad del MCRC (ya sean asociados o ajenos a la asociación) y los servicios que nos has sido solicitado.
- Cedemos tus datos a determinadas autoridades en cumplimiento de obligaciones legales (ej. Administraciones Públicas).
Plazos de conservación
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Derechos del interesado
Podrás solicitarnos el ejercicio de tus derechos por correo electrónico: [email protected], o por escrito a nuestro domicilio social en Calle Alondra 1, Prado de Somosaguas, 28223, Pozuelo de Alarcón, Madrid.
Puedes pedirnos el derecho a acceder a tus datos, a solicitar su rectificación o supresión, a limitar el tratamiento de tus datos, o a oponerte a determinados tratamientos, a retirar el consentimiento que nos hubieras prestado, a la portabilidad de tus datos o a no ser objeto de una decisión basada únicamente en el tratamiento automatizado.
Si no estás de acuerdo con el tratamiento que realizamos de tus datos, puedes presentar una reclamación ante la Agencia Española de Protección de Datos: www.aepd.es.
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