Sabido es que el español trabajo y el francés travail derivan del latino tripalium, conocido instrumento de tortura. Esta cruda etimología, y peculiar vida de las palabras ilustra la concepción judeo-cristiana de la maldición genésica de la expulsión del paraíso. Ganar su pan con el sudor de la frente es una maldición y una tortura, sólo salvada posteriormente por la ética protestante del trabajo y la acumulación de riquezas como signo de gracia divina explicada por Max Weber.
De tal suerte, los primeros visitantes del Nuevo Mundo, que creían sinceramente que aquellas nuevas tierras estaban cercanas al Jardín del Edén, se admiraban en afirmar que esos terruños eran tan feraces que sus habitantes estaban eximidos del fastidio de trabajar. Así, esa imagen del paraíso de brazos caídos ha sobrevivido en el imaginario colectivo en la pedestre figura de las vacaciones anuales, y su indefinido anhelo.
En las antiguas sociedades estamentales el trabajo manual era considerado propio de las clases inferiores, y nobles y clero debían abstenerse de él como degradante. En la actualidad, puede verse ese desprecio al trabajo ajeno en otras realidades más difusas pero no menos injustas. El viejo señoritismo se ha visto extendido, por ejemplo, gracias a la ideología socialdemócrata de los derechos sin deberes, a la enseñanza. Puede encontrarse, pues, muchos alumnos y familias que desprecian y rechazan -con mayor o menor sutileza- la figura del profesor y lo que ésta pueda transmitirles; hecho particularmente grave dado que la supervivencia de una sociedad se basa en la transmisión a las nuevas generaciones del conocimiento y las tradiciones de aquélla. La administración político-educativa ha contribuido en gran medida a esto, relativizando esta transmisión y exponiendo al profesor como don Tancredo de las críticas al Estado confiscatorio en su incompetencia y pereza, para que éstas no suban hacia la clase política que realmente las merece.
La última manifestación de este desgraciado fenómeno es la corriente de opinión creada en torno a los deberes. Se rechazan éstos en nombre de la conciliación de la vida familiar. Se pasa por alto, empero, que muchos niños tienen llenas sus tardes de actividades extraescolares a las que les apuntan sus padres, y que éstos asumen en numerosos casos como un obligación más, en su debilidad moral, el hacer ellos las tareas de sus hijos, algo inaudito, por ejemplo, para mi generación.
Se trata, en fin, de un paso más en el rechazo social de la escuela, y en la exigencia suicida, de parte de una sociedad desnortada y sin valores, del aprobado sin esfuerzo alentado por la clase política partitocrática, cuyo ideal de ciudadano es el ignorante paniaguado y subvencionado.

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