Arenga hitleriana Resulta instructivo meditar sobre el sentido del ruido al que los niños son sometidos, más y más cada día y desde cada vez más temprano, en nuestra sociedad. Un ruido sordo y constante, por oposición al terrible estruendo del estallido de las bombas, que ha servido de muchas reflexiones, más bien ominosas, acerca del papel de la técnica.   Originalmente el ruido tuvo una función primordial en los movimientos de masas, cuya estimulación sólo podía lograrse mediante el mensaje único, incesantemente repetido. Y ya encaminados por esta vereda, al ritmo del discurso vacío e histérico de su líder envenenado, la necesidad de que sea cada vez más alto y fuerte se sigue por sí misma, del mismo modo que la dosis de una droga debe ser incrementada en cada inyección.   Hoy el ruido es perpetuo trasfondo, no ya sólo de los urbanitas acostumbrados al tráfico de automóviles propulsados por oro negro, sino en todas partes. Pues la televisión, como esas cámaras vigilantes de la pesadilla orwelliana, se asegura de (¡casi!) imposibilitar la emboscadura. Así se logra una desensibilización paulatina, no puntualmente notada, del umbral subjetivo de percepción del terror. Las películas “de acción”, las glosas del deporte, el ruido metal de la clase política que asoma durante los noticieros, la cháchara del hombre del tiempo, el bombardeo publicitario… todo forma parte de un método, cuya intencionalidad se cuestionará mientras no se recuerden los orígenes, para formar mentes de acuerdo con un patrón conformista ante lo terrorífico. Ya sea la violencia física, la barbarie moral, la negligencia en el análisis.   Ruido mental, pecado contra el Habla, que pasa desapercibido. Es la normalidad. El como si. Bienvenidos. Y mientras tanto los niños juegan pensando en su felicidad, pero bajo el telón de fondo de una crueldad tanto más insidiosa cuanto que sus instigadores no saben ya que la fomentan. Como en una película barata de mutantes y terrícolas, ya no se sabe quién es quién, y toda la acción se desarrolla en la línea de un héroe, un niño quizá, que percibe la irrealidad.   Niños que han explorado plantas, libros, insectos, mar, el silencio. Niños que preguntan y crean. Niños que vamos perdiendo. Niños de brillo, porque todavía no instigan.  

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