No fue suficiente la política de torniquete aplicada a las sociedades europeas, al punto de asfixiarlas durante años y gangrenando derechos durante la declarada pandemia. Si la pandemia era superada, el vacío informativo podía llevar a los ciudadanos al cuestionamiento, así que el segundo acto de la plaga fue la guerra. La guerra de Ucrania.

Parece una fijación fetichista de los políticos europeos, que no pueden contener su pulsión a pesar de que la guerra no sólo haya tenido efectos devastadores a modo de víctimas militares y civiles de esa terrible contienda sin sentido aparente, sino que los europeos asistimos a la disolución de un país vecino, a un destrozo de la economía continental, y a la ruptura de relaciones con un país que provee de energía a Europa a cambio de manufacturas, divisas, productos agrícolas y demás, como es Rusia.

De la guerra queda la ruptura del cordón umbilical que nutría de energía a la «locomotora europea», con los gaseoductos reventados, sino que además la política «común» se encamina a la introducción de la agricultura ucraniana en el sistema, que ya depaupera a la mayoría de países.

Ya vimos cómo la guerra ucraniana en sus primeros momentos afectó de alguna forma a la agricultura española con una subida desorbitada en el precio de los productos nacionales, e incluso en la energía.

Pero esa subida fue un prólogo a lo que se avecinaba, el enésimo perjuicio al sector primario español. En los últimos meses, en diversos países europeos se han levantado los agricultores en contra de sus déspotas gobiernos y las medidas europeízantes.

Pues ahora es el turno del levantamiento español, cuando grupos heterogéneos del sector primario hacen un llamado a la manifestación, una tractorada.

El problema que observamos, a priori, en la convocatoria, es que parece ser otra manifestación más —«a la indignada»—, cuando escuchamos a los convocantes a la insubordinación «hasta que las cosas se arreglen», cual niño pequeño que se enfada con sus padres, para intentar hacerles cambiar de opinión con una rabieta, o también los hay que claman por más subvenciones y los parches de siempre, que no arreglan el problema de raíz.

Sin embargo, en esa masa heterogénea, observamos también que comienzan a medrar las ideas de la libertad política colectiva, en cierto sentido al menos, pidiendo la retirada de subvenciones a partidos políticos y sindicatos.

Pero la gente del sector primario debe entender que, mientras la manifestación sea en pro de intereses sectoriales, y no un cambio radical en la forma de Estado y de gobierno, no sólo no van a arreglar el problema de raíz, sino que no pueden esperar que los urbanitas se sumen a unas demandas segmentarias.

¿Cómo podemos garantizar que los políticos no tomen medidas arbitrarias en su beneficio? Ya hemos visto mil ejemplos, y en este caso se trata de la presión fiscal, de las imposiciones de la UE en política agraria y en pesca, de el problema de Ucrania, de las verdes medidas y demás…

Que designemos libremente la forma de Estado y de gobierno en un periodo de libertad constituyente y que se fragüen en esa Libertad las instituciones que defiendan esa libertad política: la representación política mediante diputados de distrito y la separación de poderes; un poder judicial independiente y que los sindicatos y partidos políticos no reciban ni un euro de las arcas públicas. Yo defiendo a la República Constitucional, como el sistema que verdaderamente preserve la libertad política de todos los españoles de forma indefinida.

No será la enésima romería de tractores la que fragüe el cambio a las reglas de la política democrática, sino manifestaciones dirigidas a la exigencia de aquella Libertad.

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