sentimentalEn un vídeo parodia de Youtube, una señora se mostraba desolada por ser considerada mujer, cuando en realidad no se sentía nada femenina. Su impostada indignación quizá no sorprendiera a muchos. Al fin y al cabo, según los expertos cuya opinión acapara los medios, el sexo es un designio de la naturaleza mientras que el género es un constructo social, es decir, una imposición de las personas.

Sin embargo, el supuesto problema de esta buena señora iba mucho más allá de la disonancia de género. Y es que la mujer afirmaba que su “identidad sexual era la de un helicóptero de combate”.

Evidentemente, era un absurdo. Y a buen seguro un sarcasmo, una estrambótica broma sobre los excesos de la identidad, en este caso sexual. Sea como fuere, anteponer el sentimiento a la realidad, es decir, lo que uno siente a lo que realmente, por descabellado que sea, ha terminado desbordando el entorno privado para convertirse en un problema institucional en las sociedades desarrolladas. De hecho, el sentimiento personal no es ya una cuestión particular, sino un problema que desborda el ámbito privado del individuo y se traslada a las leyes.

Esta dinámica sentimental, donde la identidad no se ajusta a lo que uno es sino a lo que siente, es precisamente en lo que se sustenta el nebuloso derecho a decidir. Una persona puede ser positivamente española, puesto que las leyes y la jurisdicción territorial así lo certifican, sin embargo, mediante el derecho a decidir, el sentimiento se impone no ya al ordenamiento legal sino, sobre todo, a la realidad. Ya no importa lo que seamos, sino lo que sentimos.

Esta democracia emocional, donde los hechos dejan de existir en favor de los sentimientos, es lo que ha permitido al secesionismo catalán incorporar a la causa no ya a muchos inmigrantes o hijos de inmigrantes procedentes de otras regiones de España, sino también a gran parte de la numerosa comunidad marroquí, hecho que hace tan sólo un par de décadas habría horrorizado a la burguesía catalana. En la actualidad, estos individuos se han convertido en parte de la masa crítica de la secesión. Lo que explica en buena medida por qué la burguesía nacionalista ha terminado por perder el control en beneficio de una izquierda que, ayuna de proletarios, se ha dedicado a pastorear a las minorías y también a crearlas.

En los años 80, el nacionalismo era marginal. Muchos catalanes votaban CiU no para promover la secesión, sino porque creían que estarían mejor representados en Madrid. Cierto es que existía el catalanismo, pero éste era más cultural que político… hasta que fue capturado por los padres de la patria catalana.

El nacionalismo se limitaba a esa burguesía estirada que miraba con desdén al forastero, y que, en el mejor de los casos, lo consideraba mano de obra necesaria, es decir, un mal inevitable. Actitud que era correspondida por los inmigrantes, que, claro está, recelosos no votaban CiU sino a otros partidos.

Pero, mediante la ingeniería social y la compra de voluntades, la situación fue cambiando, hasta que, de pronto, un andaluz empadronado en Granollers podía no sólo ser más nacionalista que Jordi Pujol, sino también más xenófobo, aunque tuviera que revolverse contra sus propios paisanos.

Ya no importaba el origen, la cultura, las costumbres o, incluso, desconocer el idioma catalán. Todo eso podía resolverse, especialmente el problema del idioma mediante la imposición lingüística. Bastaba sólo con el sentimiento para entrar a formar parte del mismo club que antaño te había despreciado. Pero, para certificar esta admisión, el sentimiento del converso tenía que ser también tan excluyente como el del más acérrimo nacionalista; es decir, debía renegar de la identidad española, haciendo mofa de ella. Así, el falso relato nacionalista, donde España era el mundo viejo y la emergente nación catalana un mundo nuevo, se fue propagando.

Sin embargo, como acertadamente explicaba Hannah Arendt, es parte de la propia condición humana que cada generación crezca en un mundo viejo, de modo que prepararla para un nuevo mundo sólo puede significar que se quiere quitar de las manos de los recién llegados su propia oportunidad ante lo nuevo. De hecho, el mundo en el que se introduce a los niños es un mundo viejo, es decir, preexistente, construido por los vivos y por los muertos. Y ante esto, los sentimientos resultan impotentes y la realidad se impone. El sueño se convierte en desencanto.

Por más que a los secesionistas les pese, España es la cruda y dura realidad, si se quiere llena de imperfecciones y carencias, pero realidad, al fin y al cabo, mientras que la Cataluña prometida es un despropósito, cuyo horizonte se sitúa por debajo del bono basura.

Lamentablemente, nada hay más tentador y a la vez peligroso que la promesa de la transformación sin esfuerzo. Creer que se puede triunfar simplemente deseándolo, cambiando a voluntad de identidad, es infantil. Sin embargo, convertir los panes en peces y el agua en vino con sólo desearlo, es parte de la liturgia de ese nacionalismo catalán entregado a la democracia sentimental y que denigra la identidad española.

Nada tiene que ver en todo este embrollo el derecho de autodeterminación, cuya acotación en la Carta de las Naciones Unidas resulta ya de por sí bastante farragosa, y que, al decir de la propia ONU no aplica en el caso de Cataluña. Mucho menos sentido tiene hacer malabarismo dialécticos para extrapolar el derecho de autodeterminación individual, propio del liberalismo, a un proceso que por fuerza es colectivo. Pero, cuidado, tampoco es solución el federalismo. En el caso catalán cohabitan dos impulsos inasequibles a la razón:  la voluntad secesionista y el sentimentalismo. Frente a ambos, la fuerza de la ley es la única alternativa. Eso o asumir que tarde o temprano se producirá la secesión y que, después, llegará la ruina y, de propina, el pancatalanismo liderado por una izquierda loca.

En realidad, el nacionalismo catalán se parece demasiado a la parodia de esa mujer cuya identidad sexual es la de un helicóptero de combate. Pero que resulte absurdo es lo de menos. El peligro está en esa dictadura del sentimiento que trasciende al ámbito individual y se convierte en la pesadilla de todos.

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