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Los ataques del 11 de septiembre fueron todo un shock. Lo mismo cabe decir de los atentados de Atocha en 2004. A fin de cuentas, se trataba de los primeros grandes ataques terroristas llevados a cabo por el yihadismo moderno en suelo occidental. De acuerdo con ello, nuestros políticos representaron dichos eventos mediante varias metáforas cognitivas referidas al terreno de la excepcionalidad, la locura y la irracionalidad. Pues bien, 15 años más tarde y a pesar de cientos de atentados y miles de muertos adicionales, pareciera que todavía estamos en estado de shock, o al menos eso se deduce de las declaraciones emitidas por la inmensa mayoría de nuestros representantes políticos. Basta considerar, sin ir más lejos, el modo en que Jeremy Corbyn ha descrito los recientes ataques de Londres (en términos de “shocking incidents”), o las no menos repetitivas declaraciones del alcalde de Manchester, Andy Burnham, según las cuales “resulta difícil de creer lo que ha ocurrido aquí en las últimas horas, así como describir con palabras el shock, enfado y dolor que sentimos hoy”.

En otras palabras, a pesar de la ingente y continua evidencia terrorista acumulada en los últimos años, los líderes occidentales continúan representando el yihadismo ocurrido en su patio trasero como algo excepcional, y no como la regla en la que se ha convertido ya de facto. Su incapacidad para reconocer lo que es ahora una realidad innegable, así como para reajustar su estrategia antiterrorista en consonancia con dicho diagnóstico, nos ha legado cantidad de hashtags bienpensantes, pero al mismo tiempo nos está costando cientos de vidas y millones de euros y libras en impuestos pagados por la ciudadanía.

Si Occidente quiere acabar con este baño de sangre, sus representantes políticos no pueden  simplemente hacerse eco de las preocupaciones y los miedos de sus ciudadanos. Además de hacerse cargo de su horror, necesitan mostrar de una vez liderazgo político, es decir, proponer medidas realistas y efectivas que contribuyan a proteger la vida de los ciudadanos. Si bien esto no es una misión fácil, tampoco hay nada heroico en ello: antes bien, va incluido en el sueldo, pues es simplemente su deber en cuanto líderes políticos. Por lo tanto, si no pueden cumplir estas legítimas expectativas por parte de la ciudadanía, lo mejor es que renuncien a su puesto lo antes posible y dejen paso a quienes sí puedan hacerlo. He aquí algunos de los pasos que deben ser tomados en la dirección correcta:

 

  1. Reconozcamos que estamos en guerra. Existen dos bandos: el liberalismo occidental y el yihadismo terrorista. Están en guerra porque ninguna de las partes tiene ya la opción de ir o no a la misma. Antes bien, lo ocurrido durante los últimos años evidencia que la victoria de cualquiera de estos bandos equivale a la derrota del otro (juego de suma cero). Podemos nombrarlo de diversas formas (<<Tercera Guerra Mundial>>, <<Guerra Antiterrorista>>, etc), pero no negar su existencia, pues ello no cambiaría el hecho fundamental de que estamos en guerra y, si queremos ganarla, necesitamos reconocer que la misma está teniendo ya lugar.

 

  1. Aprendamos de quienes ya han cumplido el punto (1) y, sobre la base de ello, han adoptado un modelo exitoso de defensa contra el terrorismo islamista: Israel. Este es, con el permiso de los EE.UU., el único ejemplo existente. Podemos extraer las siguientes lecciones del modo en que este país ha conseguido proteger a su ciudadanía frente al enemigo:

 

(i) El cambio no es negociable, solo la dirección en la que el mismo se lleva a cabo. Frente a lo que señalan habitualmente los mandatarios occidentales de turno cuando apuntan que “el terrorismo no va a cambiar nuestra forma de vida”, Israel nos enseña que definitivamente lo hará. En el plano de la sociedad civil deberemos sacrificar ciertas comodidades, lo que significa que la elaboración de perfiles (profiling) y los controles de seguridad deberán ser aplicados (desde el punto de vista político) y alentados (por parte de la sociedad) como un mal menor. Al fin y al cabo, no es casualidad que Israel sea excelente en los controles de seguridad aeroportuarios, así como en los propios de las grandes aglomeraciones. En lo que respecta a la política exterior, es posible que la descolonización de Oriente Próximo  signifique la pérdida, por parte de Occidente, de acceso a una gran fuente de recursos naturales que contribuyen a su vez al mantenimiento de la alta calidad de vida de la que gozan sus ciudadanos en la actualidad, pero resulta utópico pensar que uno puede continuar explotando dichas tierras sin generar represalias.

(ii) Efecto disuasorio. Las fuerzas israelíes saben que cuando se trata de antiterrorismo efectivo, las flores y las velas no acaban de funcionar. Apuntar a las residencias familiares de los terroristas, a pesar de no ser justo, ha demostrado ser una maniobra táctica mucho más efectiva.

(iii) Tolerancia cero con los ideólogos. No es necesario tener un doctorado en estudios gramscianos para darse cuenta de que perseguir y combatir a quienes reclutan, motivan e inspiran a los terroristas yihadistas es una parte esencial de cualquier estrategia antiterrorista útil.

(iv) Control de fronteras. Establecer una estricta regulación y vigilancia de los umbrales estatales no es una medida popular, pero a pesar de ello, es preferible adoptarla a pagar el precio de no hacerlo. Trump está en lo cierto cuando señala que “tenemos que dejar de ser políticamente correctos y ponernos manos a la obra en lo que se refiere a la seguridad de nuestro pueblo. Si no actuamos de manera inteligente, la situación solo irá a peor”

Adelante, procedan. Me sorprendería francamente que las medidas descritas no funcionasen. Y resulta que este sí sería un shock honesto.

 


 

Nota de Prensa: Este artículo expresa el análisis personal e interno del autor, que en todo caso puede ser compartido, o no, por el resto de repúblicos.

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