El Estado moderno nace cuando la servidumbre voluntaria (Étienne de La Boétie) se convierte en contrato social de obligado cumplimiento. En la modernidad, el Estado garantiza una cuota de seguridad a cambio de libertad —se renuncia a la libertad para salir del estado de naturaleza y entrar en el estado de civilización—. En el Estado Leviatán de la conocida como «teoría contractual del Estado» (que justifica la sumisión a la autoridad y la renuncia de la libertad a cambio de que «los hombres no se maten entre ellos»), ya no existe el orden natural, lo que existe es pura organización artificial.

Pero, ¿cómo se justifica la obligación política de los gobernados (problema de Hobbes) en las siguientes generaciones si este contrato ficticio o pacto de sumisión al Estado es originario de una sola generación?, ¿acaso no tendría cada sucesiva generación el mismo derecho que la primera a aceptar o rechazar el contrato original? (Antonio García-Trevijano). Para comprender esto basta con recurrir a la teoría sociológica de la circulación de las elites de Pareto o a la teoría psicológica de la dominancia social, para descubrir que la relación de dominancia —presente en toda sociedad animal— se ha convertido en auténtica razón de Estado, y que en toda sociedad hay un grupo selecto de individuos que con particular audacia, inteligencia, oportunismo o energía se eleva por encima de la media, haciéndose con el artificial Estado e institucionalizando su superioridad sobre el hombre lobo del hombre (homo homini lupus), perpetuando y preservando las jerarquías sociales.

El Estado es artificial, un «Gran Artificio». Es un artefacto que no es orgánico ni tiene voluntad; una máquina al servicio del hombre, «un mal necesario» (Karl Popper) e inevitable. Su necesidad radica en que presta su personalidad jurídica a la nación para actuar frente a terceros (por ejemplo, en la geopolítica) o regula mediante el Derecho los conflictos de intereses entre particulares para que no impere «la ley del más fuerte». Escribió James Madison que «si los hombres fuesen ángeles, el gobierno no sería necesario». Por desgracia no somos ángeles, y las leyes tienen que proteger a la sociedad y mantener el orden social. Sin embargo, surge un grave problema cuando el Estado no tiene límites ni control y son los hombres del Estado los que controlan y no respetan a la sociedad. Monstesquieu afirmó que «todo hombre que tiene poder se inclina a abusar del mismo; él va hasta que encuentra límites. Para que no se pueda abusar del poder, hace falta que por la disposición de las cosas, el poder detenga al poder». Es por eso que debe haber un sistema de frenos y contrapesos equilibrado, de manera que la sociedad controle al Estado —y no al revés—, asegurando siempre la presencia de un contrapoder que vigile al otro poder.

En las últimas décadas, los modelos del Estado del bienestar se han convertido en sistemas de bienestar en el Estado. No es lo mismo Estado del bienestar que «estar bien en el Estado». El cientificismo y el academicismo nos sugieren cuestiones relativas a los problemas que pueden suponer, por ejemplo, el envejecimiento de la población debido a los avances tecnológicos y las mejoras en la calidad de vida, dando lugar a una pirámide de población invertida. Verdaderamente esto es un problema, pero también lo es el asfixiante peso que suponen el aparato burocrático de un Estado expansivo y el ingente despilfarro de recursos por parte de la clase política dirigente.

El Estado del bienestar se ha convertido en una suerte de ideología: el bienestarismo. Una construcción artificial que desvía todo centro social (religión, cultura, arte, economía, familia, ecologismo, sexualidad, etc.) al nuevo epicentro de la vida en sociedad: el Estado. Las desconcertantes admoniciones de Nietzsche («Dios ha muerto») están vigentes; la ausencia de Dios ha dado paso a la teología política rousseauniana, la cual ha ocupado el lugar de la religión. Bienvenidos a la nueva fe: el Estado como ente divino, la estadolatría.

1 COMENTARIO

  1. Excelente artículo que merece ser difundido en todas las facultades de Derecho y Filosofia. Ante tanta confusión mental de los ciudadanos se elevan escritos como el presente. Enhorabuena al autor.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí