Lo políticamente correcto es una subespecie (non aeternitatis) del paternalismo tradicional del poder político no democrático. Así, el antiguo paternalismo del autoritarismo franquista (v. g. “estudia”, “sé un hombre de provecho”, “sé frugal, ahorrador y madrugador”, “cumple con las fiestas de guardar”, “respeta a las personas mayores”, “ama a la patria”, “obedece a tus superiores”, etc.) se ha transformado en este régimen de partidos en lo políticamente correcto de carácter totalitario. Lo que en el paternalismo autoritario era un imperativo parenético, una exhortación para conseguir llegar a ser un poco feliz y solidario –de acuerdo a la mundivisión franquista y católica-, ahora es una obligación para no caer en el infierno de la marginación civil, como un secluido apestado. Lo que en el paternalismo franquista era una mezcla de amor, sentido común, experiencia, buena fe, conveniencia, miedo y sin duda un gran cinismo político, ahora lo políticamente correcto tiene la sistematicidad de una ley científica implacable, que te puede aplastar no por la “auctoritas” sino por la omnipotente demagogia.

Del mismo modo que el franquismo desarrollaba su paternalismo político en asignaturas-maría como la “Formación del Espíritu Nacional”, el actual totalitarismo dogmático de lo políticamente correcto impone su “Educación para la Ciudadanía”, posteriormente convertida por la LOMCE –cuyo borrador era muy bueno, pero que fue empeorada fatalmente con las enmiendas que el Gobierno aceptó– en temas transversales paladinamente consignados en la última Ley Orgánica de Educación. Es así que el harnaz de lo español es constitutivamente infantil. Cuando el Estado se ocupa de todo, hasta de lo que debe pensar el ciudadano sobre todo y del comportamiento que debe tener hasta en sus más domésticas prácticas, todo suele terminar en un desastre. Lo políticamente correcto asfixia las libertades civiles, la demagogia rampante –ahí está el monstruoso demagogismo pedagógico del sistema educativo, ordenación arquetípica de lo vulgar, que ha lanzado a millones de españoles a la incultura y la barbarie-, y sin oxígeno espiritual y cultura hace que la sociedad pierda todas sus potencialidades de desarrollo y crecimiento. Todo ser que se arrastra, por golpe se le gobierna, decía Heraclito.

La cultura es tan baja que uno escribe hace unos años en este mismo periódico digital varios artículos literarios sobre Ramiro Ledesma Ramos, en los que uno construye su infancia y adolescencia a través de la pura ficción, crea personajes que tienen la utilidad de explicar encuentros e ideas de Ramiro, y algún pretendidamente historiador lo plagia todo (hasta la redacción misma) y lo mete en su libro de “historia”, que presenta hoy en sociedad campanudamente. Lo malo no es el plagio –siendo en sí un robo que quizás me lleve a tomar alguna medida-, sino el nulo conocimiento histórico que se presupone para no distinguir la ficción de los hechos históricos probados y contrastados. Además este plagio no ha sido seguido de un asesinato, que es lo que exigía Valera a los ladrones de creaciones ajenas. La historia en nuestro tiempo se construye a través de artículos literarios de El Imparcial o del Diario del Movimiento Ciudadano para la República Constitucional, o me imagino que también de otros medios. Leer historia cansa, requiere hábito de trabajo, viajar para cotejar documentos, etc. Lo mejor es copiar lo que ya han escrito otros. Ese es el otro síntoma del presente; ser desaprensivos utilizando el trabajo y los conocimientos de otro. La conversión en bárbaros y brutos de una sociedad civilizada se ha repetido más veces. Para el desaprensivo basta con leer lo escrito en una hoja de perejil, y sobra.

También ha plagiado Inés Arrimadas un texto de William Shakespeare en su último gran discurso en las elecciones catalanas; se trata del discurso que Enrique V pronuncia un día antes de la Batalla de Agincourt, día de San Crispín, y apela al recuerdo futuro que de ese día de San Crispín tendrán todos los hombres honrados sobre su comportamiento en batalla tan decisiva. “Tomorrow is Saint Crispin. Then will he strip his sleeve and show his scars, and say, “these wounds I had on Crispins´s day. Old men forget; yet all shall be forgot, but he´ll remember, with advantages, what feats he did that day”. No sé si es más escandaloso que la candidata de Ciudadanos oculte a su audiencia de dónde coge el discurso, o que ella misma se considere el rey conquistador Enrique V. Arrimadas es un Enrique V bañado en crema hidratante, una Cleopatra de vanguardia. En el país de los ciegos…

O se ponen límites al intervencionismo moral-espiritual del Estado o muere lo poco que queda de sociedad civil. Lo políticamente correcto paraliza las defensas, es como el pez torpedo que lanza corrientes eléctricas. Imposibilita pensar, separar lo justo y lo injusto, y nos convierte en grey vanilocua. La propia derecha puede acabar no haciendo sino repetir o tolerar los tópicos banales de los pedagogos y los socialistas tan dañinos para la sociedad española. La demagogia social y el pedagogismo educativo han extirpado del sistema educativo todo aquello que entrañaba esfuerzo intelectual, como las lenguas clásicas, y nos abre a la alta cultura. La plebeyización total de España es uno de sus grandes logros. El pensamiento débil entraña también una moral débil, relativista, en la que prácticamente no importa a nadie nada el bien común, sino tan sólo la pitanza y la satisfacción de los instintos más básicos de cada uno. España está ebria, y basta recordar cómo la embriaguez busca la gracia en el perderse en la indefinición, vaguedad u olvido. Pero llega la Navidad y diríase que los comportamientos bárbaros menguan un poquillo, se refrenan algo, y hacemos el paripé durante unos pocos días de que los otros nos importan algo y hacemos el infinito esfuerzo de enviarles un WhatsApp elaborado por alguien. Pero pronto llegará la Nochevieja y la naturaleza creada por la demagogia volverá a reclamar sus derechos.

Mientras tanto, Feliz Navidad a todos los lectores en una España unida y llena de potentes ilusiones. El sol de España no saltará sobre sus medidas; y si no, las Erinias, guardianes de la justicia, lo descubrirán, y castigarán al sedicente.

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