Nuestros gobernantes nos convocan, de vez en cuando, a lo que ellos dan en llamar «elecciones», un craso error de concepto, ya que no son elecciones, sino votaciones, pues no nos llaman a elegir sino a votar. No elegimos, simplemente depositamos una papeleta con nuestro voto en una urna.

¿Por qué no elegimos? Porque el sistema electoral actual de listas hace que el verdadero elector sea el presidente de cada partido en cuestión, que es el que determina quién va y quién no en cada lista electoral, por lo que los votantes nos limitamos a dar más o menos poder a cada presidente.

Esta situación provoca que todos y cada uno de los candidatos elegidos rindan pleitesía a su jefe y no tengan que rendir cuentas ante el votante que, en una democracia, debería de haber sido la persona que determinó su cargo y, por tanto, a quién debería de rendir cuentas.

No importa lo bien o lo mal que un cargo electo realice su función, siempre y cuando sea capaz de mantener el favor de sus jefes. Ello provoca que ejecute sus labores hacia arriba en lugar de hacia abajo, es decir, satisfaciendo las necesidades de quien le puso ahí, y que no fue el votante, sino el jefe de su partido.

A esta distopía electoral le podemos añadir el condimento que le faltaba con la forma de elegir el Parlamento, con listas de partidos en la división por provincias actual, provocando que el voto de un gobernado de una provincia tenga un valor diferente del voto de un gobernado de otra, por el mero hecho de estar empadronado en un lugar u otro.

Con una circunscripción única para elegir directamente al presidente se conseguiría dotar del mismo valor a cada voto, con lo que podríamos acercarnos a un sistema democrático, haciendo buena la máxima de «un ciudadano, un voto».

Si, además, suprimiéramos las listas, permitiendo que fueran los votantes los que eligieran a sus representantes de distrito, y que tuvieran la capacidad de exigir el cumplimiento de promesas y programas mediante la capacidad de deponerlos si incumpliesen, podríamos ampliar la máxima hacia un concepto mucho más amplio y, sobra decir, propio de una democracia, de «un ciudadano, un elector».

Sin embargo, aquellos que tienen la capacidad legal para realizar los cambios son los mismos que se benefician de la situación actual, por lo que no parece probable que vayan a estar dispuestos a realizar ese salto al vacío en favor de sus propios conciudadanos, y sí seguro que preferirán mantener el statu quo actual.

Ante ello somos nosotros, los ciudadanos, los futuros electores, los que tenemos que tomar cartas en el asunto, deslegitimando el sistema electoral actual —claramente fraudulento, desde un punto de vista de lo que es una democracia— obligando a nuestra clase política a apartarse para que podamos avanzar hacia un nuevo sistema.

Y para este fin la única forma que el actual Régimen nos permite es la abstención, pero no una abstención pasiva, sino proactiva. Una abstención cuyo objetivo sea deslegitimar la partidocracia actual y posibilitar un periodo de libertad constituyente que nos permita dotarnos de los elementos necesarios para disponer de una democracia.

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