La ronda de la noche (Rembrandt).

Es sorprendente y sencillamente incomprensible cómo los jóvenes, y los no tan jóvenes, en nuestras vidas particulares tendemos a buscar la libertad económica y/o familiar —ambas siempre parcialmente ligadas, evidentemente—, pero sólo algunos pocos –por el momento– entregamos gran parte de nuestro esfuerzo vital en la persecución de la libertad política.

Ciertamente, la libertad, en el plano subjetivo, forma parte de un sentimiento natural. El deseo de ser libres e independientes es algo que uno experimenta desde su más tierna infancia; es propio de un individuo sano psicológica y moralmente.  A pesar de ello, puedo llegar a entender el comportamiento de aquellos que desconociendo en qué consiste la libertad política colectiva, actúen contra natura. Sin embargo, no puedo llegar a entender a aquellos que incluso conociéndola, siguen optando por depender de otros para hacer las leyes que ineludiblemente regirán sus vidas y harán de su independencia una ilusión. En algunos casos es por oportunismo, en otros muchos –que es lo que más me enerva– por cobardía e inmadurez, pues prefieren no pensar y permanecer en una eterna genuflexión llena de distracciones; en el perpetuo carnaval de las apariencias que mantiene a la sociedad en una contradicción antinatural permanente.

Don Antonio García-Trevijano trata de arrojar algo de luz a este respecto cuando en el programa «Diálogos de Somosaguas» le preguntan acerca de la segunda naturaleza del pueblo español. En referencia a esto él expone que los genes valientes de la sociedad española fueron esquilmados durante la guerra civil, la cual estuvo llena de grandes gestas heroicas, tanto en un bando ideológico como en el otro. Siempre los más valientes suelen morir primero o terminan siendo expulsados, quedando así los más dóciles y maleables.

A veces me planteo si esto tendrá solución o no, si la sociedad española estará estocada de muerte. Pero, siempre llego a la misma conclusión: para aquellos que atendemos al impulso natural de ser libres es totalmente inútil formularnos dicha pregunta, pues plantearnos si es posible o no conquistar la libertad significaría cuestionar la posibilidad de ser libres y negar así la naturaleza misma. Nacimos para ser libres y, si no vivimos para ser libres, ¿qué sentido tiene el vivir?

El objetivo para nosotros es, por tanto, la conquista de la libertad política y no reparamos en si el camino es corto o largo, tortuoso o recto. Ello nos es indiferente, pues somos leales a nuestra propia naturaleza.

La libertad política colectiva ha de conquistarse por una mayoría civil consciente de que en España no hay democracia, de que las leyes que rigen nuestras vidas no nacen de los intereses de los ciudadanos, sino de una oligarquía estatal de jefes de partido y de una monarquía que sustenta el chiringuito político, siendo ésta parte beneficiaria, pero sin mancharse las manos; así funcionan los capos de la mafia. El cambio, insisto, debe ser promovido pacíficamente por la sociedad civil para liberarse definitivamente de la servidumbre; y eso es lo que haremos. A eso es a lo que le pondremos nuestro esfuerzo sin preocuparnos por el tiempo o las adversidades, puesto que no solo atendemos a nuestro corazón, sino que además somos conscientes de nuestra condición.

La libertad no es un logro individual, se trata de una conquista colectiva que asienta en sólidas bases la libertad individual. Por ello, no existirá la libertad política mientras no haya un sistema que permita a los ciudadanos elegir, controlar y deponer a sus gobernantes. Se trata de una conquista colectiva y os necesitamos españoles, os necesitamos a una mayoría de vosotros, no podemos actuar si cada uno no madura y se responsabiliza como individuo, este en cambio sí es un trabajo individual de reflexión y autoconocimiento; ese cambio individual ha de ser el primer paso para que podamos como nación coger las riendas de nuestro destino.

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