Conviene, llegados a este punto, delimitar el concepto de libertad. El único terreno en que la libertad puede mostrarse y ser demostrada su existencia ante otros seres humanos es el terreno público de la Comunidad en que esa libertad puede habitar. Por muy gratificante que sea (y ciertamente lo es), la libertad de la persona aislada, desde el punto de vista filosófico y político, es tan estéril como indemostrable e irrelevante para aquella Comunidad personal y, en consecuencia, para la propia persona. Esa libertad individual es una libertad privada que cae en el círculo material del hacer y del poder (del poder hacer, del estar haciendo), mientras que la libertad política personal es colectiva y pertenece a la esfera moral del ser y del querer (del querer ser, del estar siendo). Del mismo modo que el seno materno es el hogar primordial de la nueva persona concebida hasta su natividad, la Comunidad humana libre es el hogar sustancial donde la persona nacida puede mostrar su única personalidad esencial. El vientre materno es el privado balneario donde el nuevo ser que se está haciendo, en soledad y sin acción, es actor de una obra ya escrita en su anterior generación. La Comunidad libre es el público muestrario donde la persona (que está siendo), en compañía y con su acción, ya no es actor paciente que representa, sino autor agente que se presenta. Presenta a los demás su propia partitura: su autós, su ser mismo, de modo que lo escondido pasa a ser conocido. En libertad, la persona se determina a ser ella misma, pero no por la vía imposible de la autodeterminación, sino por el camino accesible de la heterodeterminación (yo me determino si, y sólo si, tú determinas mi distinción) ¿Quién es ese YO y quién ese TÚ? Sólo ellos, entre ellos, lo pueden saber. Y, sabiéndolo, pueden seguir siéndolo.

En ese mundo interpersonal, la libertad ha de entenderse como la plena posibilidad de que cada persona, a su voluntad, intervenga en asuntos comunes. Es decir, una Comunidad personal (política) vive en libertad si cada miembro, por sí mismo, cuenta con la posibilidad de aparecer y actuar, en condiciones de igualdad por todos reconocida, en asuntos que conciernen a la vida de la Comunidad de sus semejantes. La capacidad de actuar se actualiza mediante la acción y el discurso públicos. La acción debe ser certera y evidente, la palabra debe ser sincera y elocuente. En libertad, ambos son actos políticos asociados y consecuentes: la palabra explica la acción y la acción aplica la palabra; ambas se implican mutuamente.

Lo propio de la libertad, su razón de ser y su impulso, es el amor a la verdad, el amor a querer ser la persona que en verdad se es (o, mejor, se está siendo). A diferencia del poder, la libertad no tiende a fabricar verdades artificiales, sino que permite confirmar verdades personales; no oprime personalidades, sino que las imprime y publica, las personaliza; y, así, las realiza. La ocultación, la mentira, la doblez, la imposición y el fingimiento imposibilitan la libertad porque son instrumentos de quien quiere poder hacer del ser propio lo que no es y, del ajeno, lo que ni es ni quiere ser. La soberbia es el narcótico del esquizoide no-ser, la soberanía, el estupefaciente del paranoide no-poder.

Si con el nacimiento se reproduce y enriquece la especie mediante la exclusiva singularidad de un nuevo individuo, con la libertad renace la persona y se enriquece ella misma, con provecho para la especie: quid pro quo. En la acción la persona encuentra la posibilidad de reproducir en el mundo la exclusiva novedad de su propio nacimiento; por pequeño que sea, su acción será todo un nuevo acontecimiento para aquel mundo. La aparición pública es el parto que acaba con el embarazoso aislamiento del yo, cuya presión se dispersa como expresión. La acción personal, una novedad absoluta, es un renacimiento, el inicio de una milagrosa innovación puesta en circulación. El discurso es el frontispicio que anuncia la personal distinción. La asimetría madre-hijo en la natividad se hace simétrica en la libertad, donde la persona es madre e hija de sus acciones; abuela y nieta de sus dicciones.

Y es, justamente, al ser distinguida por los demás, cuando la persona ecuánime y consciente reconoce que, sin ellos, no puede seguir siendo y, si inocentemente se ama, conscientemente los amará. Y a esos veraces testigos los llamará amigos. Y reconoce también que, en el jardín de las peculiaridades, se enaltece lo peculiar, se humillan las vanidades y se enajenan las potestades, ahogadas en la plural Comunidad donde todos son singulares; la herencia de la libertad es la coherencia entre dispares. Y también reconoce, con desesperada sinceridad, que en ese jardín de sentido común sólo puede prender lo que por todos se pueda comprender. Pero no desespera, porque ve que cada acción, en medio de lo común, se torna comunicación y prevé que todas las acciones de todos sus autores traerán comunión, cuando lo cierto se haga concierto y la certeza, concertación. Aquella persona sabe que la libertad, para ser de cada uno, necesita ser de todos; por eso da refugio a sus fugitivos y aposento a sus hijos pródigos; la libertad lleva en sus genes la generosa liberalidad.

En cuanto al escurridizo tiempo, la ingrávida libertad resta gravedad al pasado vociferante y al silente futuro amenazante, esos dos extemporáneos entrometidos, porque el pasado se comprometió con este presente y este presente prometido, agradecido y coherente, se compromete con un futuro prometedor. La libertad, «adversus» del poder, no crea ni conjura el futuro ni quiere traerlo al presente, pero sí lo compromete y prefigura, porque lo procrea; por eso no lo teme y sabe que el porvenir será bienvenido y enriquecedor, porque esclarecerá sorpresas que no fueron previstas por las promesas y será acicate y aviso para nuevos compromisos que, como las amistades, reduzcan inseguridades. Las previsoras promesas que la voluntad aplica en el reino interpersonal equivalen a las protoverdades que la ciencia explica del reino natural; ambas son falibles para abrir paso a la evolución auto-organizativa, pero, mientras unas anuncian reiterativas e involuntarias armonías materiales, aquéllas anticipan nuevas y milagrosas sinfonías de voluntades personales.

No es decente dejar de reconocer en el autós de Hannah Arendt el origen de ciertos conceptos precedentes. Estos cruciales mensajes escribió Arendt en el ensayo ¿Qué es libertad?, integrado en el libro “Entre el pasado y el futuro”, publicado por primera vez en 1.954:

“Todavía hoy, lo sepamos o no, el problema de la política y el hecho de que el hombre sea un ser dotado de la posibilidad de actuar tiene que estar vívido sin cesar en nuestra mente cuando hablamos del problema de la libertad, porque la acción y la política, entre todas las capacidades y posibilidades de la vida humana, son las únicas cosas en las que no podemos siquiera pensar sin asumir al menos que la libertad existe, y apenas si podemos abordar un solo tema político sin tratar, implícita o explícitamente, el problema de la libertad del hombre. […] Sin ella, la vida política como tal no tendría sentido. La raison d’être de la política es la libertad y el campo en que se aplica es la acción. […] Los hombres son libres (es decir, algo más que meros poseedores del don de la libertad), mientras actúan, ni antes ni después, porque ser libre y actuar es la misma cosa”.

“El valor libera a los seres humanos de su preocupación por la vida y la reemplaza por la de la libertad del mundo. El valor es indispensable porque en política lo que se juega no es la vida, sino el mundo”.Y ese mundo son todas las vidas, añado yo.

La vida humana, sin libertad y sin todas sus implicaciones, se reduce a supervivencia y extraviadas ambiciones. La responsable libertad es la atrevida madre de la humana vida; también es comadre de su paz. Y, quien busque al padre de su valor, lo encontrará en el desbordamiento del amor, en su desmadre.

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