Rueda de presos, Van Gogh Sinceridad Sin contradecirse en lo más íntimo de su ser, los genios artísticos no pueden subordinar la razón del arte a la felicidad en su existencia social. La inspiración anida en brumas de tristeza y brota de la melancolía. Los grandes artistas crean mundos imaginarios donde reponerse del continuo malestar que les causa el drama de querer vivir sin contradicciones personales entre las angustias y desdichas de la realidad social. En la sinceridad de la obra artística, condición esencial de la autenticidad de la ficción que representa, reside la paradoja de que la mentira fundamente la verdad de lo expresado. La sinceridad del arte, ajena a la honestidad personal del artista, está en la expresión de alguna parcela de verdad que el artista haya cazado como intuición de lo verdadero. A diferencia del carácter categórico de la sinceridad moral, la artística es siempre relativa. Depende del grado de profundidad de la inteligencia que la vislumbró en un instante fugitivo y la cautivó para la eternidad. Sin embargo, entre la sinceridad moral y la artística no hay una diferencia tan neta como la existente entre lo absoluto y lo relativo. Una y otra son algo más serio y reflexivo que la simple espontaneidad que descarta el disimulo. Algunos filósofos han definido la sinceridad ética por su parentesco con la artística. Alain llegó a decir de la sinceridad que o bien es "estudiada", o no es nada. Pero la sinceridad personal, para no ser socialmente desastrosa, ha de basarse en la prudencia, mientras que la veracidad del arte no se relaciona con la virtud moral, sino con las virtualidades de un tipo de pensamiento intuitivo capaz de expresar las verdades que la naturaleza y el mundo social ocultan. Por principio, el arte creador debe ser maravillosamente indiscreto. Y, en tanto que ficción fabulosa, ha de mentir para no disimular la verdad descubierta. La veracidad artística, cara visible de la originalidad, está más cerca de la certeza científica que de la seguridad ética. Pero es frecuente que una concepción original fracase en el proceso de creación de belleza por un defecto de expresión. La sinceridad consecuente a la originalidad traza el arco iris de la razón estética que enlaza la natural inteligencia del mundo con la belleza moral de la verdad.

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