Acto electoral de Rodríguez Zapatero en Langreo (foto: Partido Socialista)   Servicios y servidumbres   A pesar de la verborrea trans-factual de Zapatero acerca de la mejora del modelo productivo, y porque es un hecho indudable que España se convierte paulatinamente en un país de servicios vendido a la producción de los países europeos fuertes, conviene hacer algunas observaciones en torno al “servir”. Es curioso que este verbo haga referencia hoy a significados tan antagónicos y de connotaciones tan opuestas. Pues tanto hace referencia a lo servil (ser-vil) como a prestar un servicio, que es algo inherente y fundamental a la civilización.   Cabe especular que, hace no tanto tiempo, cuando el individualismo moderno no había emergido aún, “servir” aglutinaba ambas ideas. Dicho de otro modo, en la práctica social “servir” tendría tanto un componente servil como servicial. Pero andando el tiempo y debido a los diversos movimientos de emancipación de la era moderna, empezando por el protestantismo, ambos significados comienzan a bifurcarse. Es preciso notar que esta escisión progresiva no tiene sólo ventajas (todas las derivadas de conquistar libertades individuales), sino también algunos inconvenientes (todo lo que implica olvidarse de prestar un servicio).   La distinción entre ambos sentidos era, pues, históricamente necesaria. Ha creado cuatro posibilidades fundamentales: un pueblo (o una persona) puede ser (1) libre y servicial, (2) servil y servicial, (3) libre y no servicial, y (4) servil y no servicial. Evidentemente no existen tipos puros, que es un problema inherente a las taxonomías, pero en todo caso el marco aquí esbozado puede servirnos para diagnosticar diferentes coyunturas. Lo primero permanece un ideal (realista), encarnado –creo– en la República Constitucional (si cambiamos, por ejemplo, servicialidad por lealtad). Lo segundo podría ser característico de las sociedades jerárquicas pre-modernas. Lo tercero se correspondería con lo peor del capitalismo. Y lo último acaso con ciertas configuraciones sociales, basadas en algunas inquietantes observaciones, de la actualidad española.   En efecto, sin olvidar que las corrientes de la política económica española actual animan a servir a otros países europeos, obligándonos por otra parte a tener que comer de su mano, es preciso constatar hasta qué punto, en este dominio de la provisión de servicios, estamos a la altura de las circunstancias. Pues no sólo es bastante frecuente observar el tipo más común del servilismo (algo que en una sociedad de historial católico podría darse por hecho), sino una progresiva pérdida de la servicialidad. Se trata de una combinación letal, pues a la vez que dejamos que nos impongan, por ejemplo, los servicios que hemos de utilizar, la servicialidad que antes caminaba a su lado va desapareciendo. Lo peor del caso es que sin esa lealtad al conjunto o al bien común que le es propia, es imposible que nos desprendamos de las cadenas de la servidumbre pasiva para lograr la libertad.

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