Los dos pilares estatales del Régimen han comprendido la necesidad de reformar la Ley Electoral, pero no en sentido democrático (al respecto hay menos esperanzas que en la antesala del infierno), sino con el fin de impedir que se filtre cualquier candidatura afín al entorno etarra. De este modo, si los oligarcas deciden ilegalizar un partido que no sea más que el camuflaje de la extinta pero no enterrada Batasuna, los “electos” y cargos sospechosos dispondrán de quince días para condenar de forma “expresa e indubitada” la violencia generada por el nacionalismo vasco.   Pero este fetichismo supersticioso de la palabra, a cuya enunciación se le conceden propiedades taumatúrgicas, más allá de los negros pensamientos que oculte o disimule, no conjura por completo el peligro. Ha de recuperarse la fórmula ritual de juramento, formalmente constitutiva del compromiso, tal como sucedía en las antiguas civilizaciones. La acción de jurar se designaba con el nombre de ordalía (tragar azufre), o se refería al gesto solemne (tocar, tomar) o a ir al lugar de la ceremonia.   En el compromiso sacramental de los diputados “impuros” que acatan la Constitución, no ha de permitirse la reserva del imperativo legal –que no es una amenaza de muerte como la que hizo Manlius para obligar a jurar en los términos dictados (Tito Livio)-, sino que desempolvando la reliquia de la institución romana del juramento, aquéllos han de cumplir con el proceso ritual.   Se encaminarán a las Cortes (adigere ius iurandum est). Harán acto de presencia junto a los que deberán jurar lo mismo (idem iurandum est). Se levantarán ante un oficiante que les conminará a jurar (sacramento adigit). Y pronunciarán solemnemente la fórmula consagrada (iurar in verba magistri). El “ius iurandum” indica la naturaleza ritual del procedimiento y el carácter solemne de la enunciación.   Así, con este formulismo ritual estarán sacramentados frente al perjurio, y su fidelidad a las instituciones oligárquicas será absoluta, entrando en los Parlamentos como sacerdotes con los votos necesarios para invocar la soberanía popular y poder juramentarse con los demás servidores perpetuos de la grey votadora. Maldiciendo la violencia y bendiciendo la partidocracia: ése es el camino.

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