La cena (ilustración: mundo-perverso) Promesas incumplidas "Estamos produciendo seres humanos enfermos para tener una economía sana”. En esta sentencia de Erich Fromm parece contraerse la historia en los últimos 30 años. La economía, aunque a muchos les parezca que es una ciencia abstracta operada con modelos predictivos matemáticos en los despachos y sin conexión alguna con las personas es, por el contrario, una actividad inmanente al ser humano, forma parte del repertorio de actividades culturales de los hombres. De hecho, la crisis económica, política y social a la que nos enfrentamos en estos momentos fue repercutida de una serie de abstractas y esotéricas prácticas que obraron los chacales de la banca de inversión, apoyados por la legislación desreguladora que consensuaban los gobiernos, de derechas y de izquierdas, a nivel mundial. La Gran Recesión actual es la consecuencia de los excesos y engaños crediticios que incentivaron los gobiernos y los monopolios financieros para crear riqueza, según argumentan los primeros, y para la obtención obsesiva de beneficios, ocultan los segundos. Desde la quiebra de Lheman Brothers muchas entidades financieras la han seguido y otras muchas tienen graves problemas de solvencia, pero para solucionar el problema los gobiernos occidentales pusieron en marcha una “operación rescate” de estas entidades, con dinero público. Estas operaciones de salvamento han sido denominadas con las siglas de los eufemismos más ingeniosos que jamás uno pueda escuchar, y todo ello por no tener el valor suficiente de llamar a los hechos por su nombre, nacionalización, como si este término encerrara en sí mismo un significado tabú y oneroso en esta época de liberalismo antisocial.   Las tribulaciones económicas acaecidas actuaron como un revulsivo iluminador en la mente de los líderes de las grandes potencias occidentales, prometiendo a los ciudadanos que se iniciarían una batería de reformas y sanciones. Reformas para regular un sistema hipertrofiado y sanciones para aquellos que siguieran con los abusos en la contabilidad, pero a fecha de hoy ni una sola de las buenas intenciones se ha materializado en buenas prácticas.   El colmo de la rapiña de los Estados es la actuación de los fuertes de la Unión Europea para con los miembros que han tenido que ser rescatados financieramente. Les han prestado el dinero pero a cambio les exigen la ejecución de profundas reformas y condiciones de pago inasumibles para sus economías maltrechas, con lo que a medio y largo plazo solo empeoran las perspectivas de crecimiento de estos países. El ejemplo actual lo tenemos en Grecia, que después de haber sido rescatado hace unos meses debido a esas inasumibles exigencias de pagar los intereses y a la vez reducir el déficit, advierte que se le deberá prestar más dinero si esas humillantes condiciones de pago no se flexibilizan lo suficiente. Por el otro lado, tenemos a la elite directiva de los grandes consorcios económicos, que siguen cobrando los estipendios multimillonarios mientras la mayoría de ciudadanos observa cómo se reduce su renta y se desmantela sigilosamente todo el entramado público-social que cubre las necesidades básicas de salud, educación, justicia, transporte, etc. Pero ante todo este saqueo, lo que sí está advirtiendo la ciudadanía es que aquella reflexión gatopardiana del príncipe Don Fabrizio de que “todo cambia para que todo siga igual”, es una muestra de nuestras fatuas ilusiones ante el devenir del mundo y las fuerzas que lo determinan. La dicotomía social latente que plantea esta circunstancia aberrante e injusta es: reformas progresivas como hasta ahora o revolución total.   En fin, vivimos en una economía de la infelicidad; en el momento en que el sistema productivo cubrió las necesidades básicas y los humanos descubrimos la riqueza material y depositamos en ella gran parte de nuestra aspiración a la felicidad, la humanidad se precipita día a día hacia un vacío existencial cada vez más intenso, ya sea por exceso o por defecto de los bienes materiales. La estructura económica neocapitalista y las reformas establecidas y que impondrán los gobiernos al dictado de los mercados, pueden ser competitivas y eficientes, pero dudo de que sean capaces de generar una economía conciliadora con la felicidad de los hombres y los principios éticos de la humanidad. La arrolladora realidad corrobora los temores y los peores augurios del filósofo inglés Thomas Hobbes de que en muchas ocasiones “el hombre es un lobo para el hombre” (homo homini lupus). Bastaría para evitarlo, un sistema de poder en el que los gobiernos pudieran ser elegidos, controlados y destituidos por la población que ahora solo puede votarlos a cambio de promesas.

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