No podrán acusarme de nepotismo literario, si utilizo una frase de Jean-Baptiste Poquelin para iniciar este texto. Les aseguro que, pese a llamarse Baptiste, el genial dramaturgo y yo nunca fuimos familiares. Aún así, corría el segundo tercio del S.XVII – me perdonarán que no recuerde la fecha exacta – cuando me comentó que, en general y más en cuanto a la escritura se refiere, podía cometer errores pero nunca generar sopores. De modo que decidí hacerle caso durante toda mi vida.   Hablar de las clases sociales, sus interrelaciones y su evolución, es tamaña empresa que necesitaría escribir un ensayo con la misma eslora que las Memorias de Casanova. Y al no ser el sexo, los corsés, los entuertos, los duelos, las fugas y la gastronomía, elementos de mi discurso, es muy probable que llegada esta línea optaran por salir por patas en cualquier dirección de la rosa de los vientos. No diré entonces “Seré breve”, porque eso siempre ha significado anuncio de espanto, y seré breve.   Lo que en el habla de la calle se denomina 'clase política' no tiene en principio la connotación de clase social. Es una manera de referirse a ellos, a los políticos, agrupándolos, no en función de criterios teóricos, filosóficos o económicos, sino más bien dejar las cosas en algo parecido a un “así es como son”. De ahí que la frase “todos son iguales” es muy usada a la hora de denigrar sus actuaciones o de tener que encajar decepciones casi siempre relacionadas con la supuesta imposibilidad de cambiar las cosas.   Simplifico mucho y no voy lejos. Con la llegada de la Revolución Industrial, Karl Marx se quitó de encima a los terratenientes de Adam Smith, se los adjudico al feudalismo que moría y la 'clase industrial' de Saint Simon, nacida de la producción a escala masiva, la dividió en dos: burguesía y proletariado. Propietarios de los medios de producción y depositarios de la mano de obra. La lucha continuada de estas dos clases sería el motor de la historia. El materialismo histórico. Lenin fue más allá para teorizar de esta forma: las clases sociales son grupos de hombres que se diferencian en función de:   a) Su lugar en el sistema de producción.   b) Relaciones con respecto a esos medios.   c) El papel que desempeñan en la organización social del trabajo.   d) La percepción de la riqueza producida   El desarrollo tecnológico, los avances políticos, la conquista de derechos, complicaron las cosas bastante y esa homogeneidad marxista fue evolucionando hacia una más compleja estratificación de las sociedades. De tal modo que comenzó a hablarse de clases altas y bajas, mientras surgía la clase media. Y ahora se habla de umbrales: así, hay quién es pobre, rico, está bajo el nivel de pobreza, es un magnate, sale en Forbes … y los países son ricos, pobres, muy pobres, en vías de desarrollo o en vías de extinción … en tanto a análisis elaborados con múltiples índices y variables, además de contar con datos sobre crecimiento económico, deuda, inversiones, renta per cápita, salario mínimo, PIB, índices bursátiles … En cualquier manual encontrarán todo muchísimo más documentado y relacionarán ese todo con la guerra fría, las guerras calientes, el fracaso del denominado socialismo real, la caída del Muro de Berlín, la socialdemocracia, el liberalismo, el neoliberalismo, la postmodernidad, etcétera.   Yo sí me voy a acercar a Max Weber, no para soltarles aquí 'La ética protestante y el espíritu del capitalismo', sino para citar una frase suya muy concreta: “Los partidos políticos pueden acceder al poder estatal y alterar con mandatos concretos las reglas abstractas de la sociedad, utilizando su influencia para obtener beneficios ideales o materiales para sus miembros, los cuales unifican en forma institucional intereses y estatus sociales comunes preexistentes al Estado o generados desde él”.   Para mí, Weber coloca sobre la mesa un problema que nosotros hemos 'resuelto' a lo grande con la partitocracia. Hemos logrado convertir a la clase política en una nueva clase social. Es decir, un amplísimo y autorregulado grupo de personas, siempre in crescendo, que han hecho de la política una profesión vitalicia y obtienen importantísimos beneficios moviéndose en una infernal endogamia impenetrable por el ciudadano, que ha sido despojado de la capacidad de acción. Al menos, desde el interior del régimen.   La legitimidad es en España lo mismo que la dimisión. Ni están ni se las espera. De tal modo que ya deberíamos considerar analfabeto funcional a quién no sepa que el sistema oligárquico que 'disfrutamos' no es más que el resultado de un consenso canallesco para lograr que la pretendida democracia mantuviera un cordón umbilical que prolongara de facto la dictadura (ausencia de libertad política) a cambio de la concesión de libertades cívicas, pero con una buena y terrorífica capa de maquillaje: una Constitución (1978) que no es la Constitución de los españoles por la obvia razón de que no la hicimos sino que fue construida por seis o siete padres, algunos de ellos en plena vivencia de nostalgias franquistas, y un consenso de partidos que se arroga el poder del Estado, se reparte el festín, establece el sistema proporcional de listas y frustra absolutamente la división de poderes. Para más inri, en una desquiciada merienda de chocolate con churros, estructuran – por decir algo – el Estado en Autonomías y siembran para siempre la semilla del despilfarro y la corrupción. Que vemos cada día y que nos retrata ante el mundo. En cuanto a la Monarquía, la traición perpetrada por Juan Carlos I a su padre, D. Juan de Borbón, al jurar ante el Caudillo fascista Francisco Franco Bahamonde “los principios que inspiran al Movimiento Nacional” y volver a jurar lo mismo cuando fue proclamado Rey por la dictadura, esa falta de honor ha traído los lodos en que ahora navega la Casa Real. El declinar del Rey es evidente y la auténtica falta de talla del supuesto heredero más que evidente, por lo que no es descabellado pensar que muy pronto encuentren su Bruto en la partitocracia que han respaldado y de la que se han beneficiado, mientras los españoles 'escalaban' puestos hacía abajo. Hacia la pobreza. Económica, política y cultural.   Me repugnan los eufemismos porque son cobardías y manipulaciones. También las palabras que giran sobre sí mismas sin llegar a expresar nada. De modo que, dénme licencia para el lenguaje llano, puro y duro: los españoles hemos permitido que unos pocos 'capos de partido' hayan creado una nueva clase social de 'alto standing' que vive del dinero público como si fuera maná que cae del cielo los lunes, miércoles y viernes. Las características de ésta nueva clase social, aparte de su absoluta falta de moral, son de tal patetismo que representan un verdadero insulto a los ciudadanos, por un lado, y destapan una bestial paradoja que ninguna inteligencia puede comprender. En su libro Teoría Pura de la República, D. Antonio García Trevijano, la pone así sobre el papel: “No es probable que las sociedades de consumo y espectáculo, al ver reprimidas sus necesidades vitales, reaccionen con sentido común y con instinto político de salvación, reivindicando la sustitución de las partidocracias, que las llevan a la bancarrota estatal y a la miseria social, por la democracia política. Creen que el régimen oligárquico de corrupción y despilfarro del gasto público es la democracia política”. Y no se equivoca en ninguna apreciación el genial pensador republicano: acabamos de asistir en la recientes Elecciones Autonómicas a una ceremonia desquiciada: los españoles han apoyado con fuertes mayorías a listas integradas por políticos conocidos e imputados por los más viles actos que se pueden cometer en la acción pública.   Si el discurso de la pasada Navidad de Juan Carlos I, con España ya sumida en la crisis y los españoles en la pobreza y el paro, fue de una altura tan ínfima que llegó a considerar como el gran logro nacional haber ganado el Mundial de Fútbol -un nuevo insulto a la inteligencia y una falta de respeto al pueblo- la admisión por parte de los ciudadanos de la clase social a la que me refiero, la clase social hipertrofiada que ha formado la clase política, es rizar el rizo de la idiotez. Así funciona esa clase:   Dictan a quienes hay que elegir.   Una vez elegidos no pueden ser revocados.   Fijan sus propios sueldos y se niegan a la reducción de gastos suntuarios.   Se precipitan en brazos de la corrupción, como no podía ser de otra manera.   Blindan su futuro, mientras el futuro de los demás españoles se esfuma.   Volvamos a Marx para darle la gran alegría de su vida: los españoles somos empresarios que contratamos a los políticos. Los obreros se ponen el sueldo y lo aprueban entre ellos. Finalmente – ahí están las estadísticas sobre la actividad de sus señorías en el Congreso – sin dar golpe, nos roban. Más claro: pagamos para que nos desplumen. No sé cómo definir este hito neoliberal, pero sí sé que sólo se despluma a las gallinas.

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