Juan Donoso Cortés.

La política actual, a la que podríamos definir sin rubor como la no-política, parece haber desbordado su ámbito natural para, mediante una falsa dialéctica, puramente cosmética, ofrecer al consumidor político del régimen partitocrático una imagen de novedad frente a lo antiguo, utilizando la vieja fórmula de hacer que todo cambie para que todo quede igual. Ese «cambio» anunciado, prometido y siempre  incumplido, que cada cuatro años colma las almas de sus fieles, enerva a los contrarios y genera frustración en ambos. Así, podemos contemplar el discurso inane de las proclamas y los eslóganes que el inagotable emisor repite. Proyecciones tendenciosas que, fomentando la fragmentación social y la amenaza territorial, pretenden poner en suerte a la sociedad civil para situarla en el camino de su aniquilación a manos del Estado.

Del principio que sitúa al hombre frente al Estado, a través de la representación política, se pasa a la penetración del Estado en la sociedad civil a través de los partidos políticos. Las viejas ideologías decimonónicas, trufadas de ideología social, son presentadas como señuelos, con el único objetivo de utilizarlas como meros instrumentos en la prosecución del poder, transformándolas en un magma sincrético e ininteligible, apto para el consumo masivo de la feligresía de cada facción.

Este desbordamiento del cauce natural de la política hacia objetivos que pertenecen a otras esferas es significativo, en tanto que nuevos términos salen a la luz para definirla. El término biopolítica fue desarrollado a principios de los años setenta por el filósofo francés Michel Foucault y viene a sugerir que el control de la sociedad por medio del mensaje ideológico ha de ser complementado con el control personal del individuo para modificar o influir en sus costumbres, usos y pensamientos.

Es también al principio de ésta década, cuando comienzan los experimentos sociales en Suecia, paraíso de la socialdemocracia. «No tiene ninguna importancia a quién votamos ni cuáles sean los resultados, ¿acaso no somos todos socialdemócratas?»1. El llamado «laboratorio sueco» ha conseguido generar, según algunos autores2, una sociedad dócil, introvertida, sometida, individualista y materialista, en la que parece haber resucitado el viejo Estado asistencial propio de las dictaduras y los regímenes totalitarios. Susan Sontag califica este fenómeno como de «anormal» tanto en la dependencia del ciudadano respecto del Estado como en las relaciones interpersonales.

Nada hay de nuevo en esas propuestas que, bajo el camuflaje retórico de la modernidad —realmente modernitarismo—, ocultan su verdadera fascinación por el Estado y su obsesión por la regulación, mediante una sobreproducción normativa capaz de abarcar todos los aspectos del ámbito privado y de la vida en común. La banalización de los conceptos y requisitos de la democracia formal —y su desconocimiento—; el envilecimiento del lenguaje; el borrado, reescritura o acomodo de la historia; o la ilusión de una transformación supuestamente democrática del sistema desde dentro, parecen ser métodos eficaces en el propósito de manipular, confundir, alienar y derrotar finalmente a la sociedad civil, que escasa resistencia puede ya ofrecer.

En el Estado de partidos se dan las condiciones idóneas para este bloqueo social. Teniendo en cuenta el artificial antagonismo de los «partidos en el Estado» y su particular juego de todos contra todos, el codiciado botín del poder hace nacer el consenso entre los opuestos que con avidez reclaman su parte, mientras esperan agazapados en sus escaños una nueva oportunidad para el pacto que los eleve a la cima del poder. El objetivo es viejo, muy viejo: la conquista del Estado, la conquista de ser un poder en el Estado y la conquista suprema: ser el poder del Estado.

Como herencia de los pensadores contrarrevolucionarios del XIX, el decisionismo que con tanta energía defendió Donoso Cortés (figura central del pensamiento reaccionario europeo) parece ser la nueva ideología rescatada del pasado. El ansia de la decisión final, la pasión de detentar el poder supremo del Estado, aparece ahora, en la feria de la partitocracia, con el vestido de la soberanía popular (burla suprema a una ciudadanía sin capacidad de actuación política), separando las funciones, pero arrogándose para sí todos los poderes. Ante esta deriva reaccionaria y de tendencia totalitaria es la república constitucional el único sistema político capaz de garantizar y mantener la igualdad de condiciones y la libertad política.


1 Blanco, J. M. (21 de marzo de 2018). Suecia: el monstruoso laboratorio de experimentos sociales. https://disidentia.com/suecia-monstruoso-laboratorio-experimentos-sociales/

2 Por ejemplo, Susan Sontag, Roland Huntford y Juan M. Blanco.

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