Emil Cioran (1911-1995).

Decía Emil Cioran que «cuando el problema de la felicidad suplanta al del conocimiento, la filosofía abandona su dominio natural, para… ¡interesarse por el hombre!». También, y en referencia a Pablo de Tarso, afirmaba que «consiguió maltratar las conciencias para convertirlas en corazones».

En la monarquía de partidos bien podemos proclamarnos deudores de estas consideraciones para explicar sus indeseables efectos. La política es guerra incruenta, contraposición de intereses y continuo conflicto. Pero el consenso entre los partidos del Estado ha ocupado el lugar de la confrontación, destruyendo toda posibilidad de acción política al tiempo que progresivamente va engullendo a la nación, que, emasculada por el timo de la estampita de la papeleta electoral, acepta el engaño con resignada mansedumbre. Esta antipolítica ha dado a luz, mediante la superfetación de una falsa izquierda (ignorante y reaccionaria) y la de un nacionalismo paleto e igualmente reaccionario, a una nueva categoría social: los nefelibatas.

El nefelibata es bueno, orgulloso de su ignorancia y tendente al nihilismo. A pesar de declararse ateo, ha cambiado la fe en la idea de un dios romántico y la esperanza de trascendencia por la fe en una élite corrompida y ambiciosa, y la esperanza por la obediencia y la sumisión al Estado. Acostumbrado a sentir y no a pensar, repite con la convicción de un papagayo el mensaje que le llega desde el Estado, quien le habla del triunfo del hombre nuevo: él. No sabe, le aburre y tortura el conocimiento. Construye su propio presidio con los adobes caídos de una ideología imposible para un régimen sin libertad política en el que los soberanos a quienes sirve hace tiempo que la cambiaron por el lucro personal y el ansia de poder. Su analfabetismo político y su docilidad lo convierten en un auténtico creyente, un fundamentalista de la religión de Estado. Cree —porque lo siente— que la democracia es cualquier cosa que le digan sus nuevos dioses. Considera las regalías en forma de absurdos derechos otorgados, como «conquistas sociales», sin percatarse lo más mínimo de que estos «derechos» son las cuerdas que manejan al títere, a él. Su desconocimiento de la historia lo convierte en reaccionario pues proclama el absurdo de una España federal, sin tener las mínimas nociones de lo que fue la I República española, que no llegó a serlo porque ni siquiera llegó a redactarse una Constitución.

No existe hoy mayor enemigo de la libertad política y de la democracia que el nefelibata. Es incapaz siquiera de intuir que la democracia es desconfianza, control al Gobierno por parte de los ciudadanos y no al contrario; que la separación de los poderes del Estado es el fundamento de toda Constitución que por tal se tenga. Está inhabilitado para comprender el significado de la representación política porque también «siente» que su partido lo representa. Su conciencia y entendimiento se han convertido en corazón.

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