Jean-Paul Sartre (foto: jadc01) En el inicio de la legislatura se desencadenan rebeliones en los partidos. En el de la oposición: lucha cada vez más indisimulada por el control de la dirección y el poder que ello conlleva. En el partido del gobierno: lucha federalizante por el reparto de la financiación entre barones autonómicos.   La comunicación a la opinión pública de esta actividad pseudopolítica concita en las inteligencias políticas el aburrimiento angustioso de lo habitual : percepción de fragilidad o de equilibrio inestable, y miedo a un indefinido vacío de poder o al desorden que acarrearía la transformación del régimen político vigente.   Jean Paul Sartre esbozó – en vísperas de la Francia ocupada y entregada a los nazis- las líneas de una conciencia humana productora de irrealidad en la emoción, la imaginación y la percepción. La negatividad de la realidad presente constituye, entonces, la esencia de la imaginación y percepción humanas. Algo de ello ocurre en el español actual: imposibilidad de analizar, sin prejuicios cratológicos, su régimen político.   La lucha por el poder y el dinero en los partidos del Estado desvela que los partidos, no solamente están disgregados de la sociedad civil y enemistados con su democracia interna, sino que genéticamente constituidos por el estado franquista se mimetizan con el Estado neofranquista.   Los asuntos internos de los partidos (sus tribulaciones, peripecias, e intrigas) son asuntos de Estado, y sus razones para mantenerse en el poder o aspirar a él en el banquillo de la oposición, son razones de Estado que se justifican por sí mismas, sin necesidad de argumentarlas. En el Estado de partidos, y ésta es la diferencia específica con los demás tipos de Estado desde el fin de la segunda guerra mundial, los partidos son el Estado. Se dio un salto cuantitativo: del Estado de partido único al Estado de partidos muy parecidos.   E n España, con una larga tradición de sumisión oriental a la tiranía del poder político, las maneras y usos despóticos, y sus correspondientes aprobaciones populares, se reproducen extensa e intensamente a través de los partidos estatales.

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