A pesar del tiempo transcurrido todavía se sigue diciendo, en defensa de la Reforma de la Dictadura y nada menos que por un ex jefe de Gobierno (Calvo Sotelo), la falsedad de que la Ruptura democrática era una aventura sin nombre porque pretendía partir de cero. Sólo la mala fe o la frivolidad amparan la ignorancia que encierra tan grotesca afirmación, no ya respecto al fenómeno particular de la Junta Democrática, sino en general frente a los condicionamientos que la realidad social española imponía a la libertad de acción política en 1974.

Únicamente el PSOE pedía en aquellas fechas nacionalizaciones empresariales (banca, eléctricas) y depuraciones institucionales (ejército, policía) que requerían el triunfo previo de una revolución social. Ese partido ultrarrevolucionario no se integró precisamente en la Junta, tras el Congreso de Suresnes, porque a juicio de su nuevo Secretario General, según declaró a la prensa francesa al día siguiente de ser elegido, tal organismo era un proyecto burgués al servicio de la Monarquía borbónica y el PSOE era republicano y socialista. Si conquistar la libertad política, para construir la democracia formal, era un propósito burgués, la Junta Democrática era efectivamente burguesa. Ni un sólo párrafo de sus documentos fundacionales o de sus propuestas de acción se refiere a reformas de tipo social.

Por su propia finalidad, la Ruptura procurada por la Junta dejaba intacta la realidad de las estructuras sociales, para concentrar exclusivamente su acción en la apertura de un período de libertad constituyente de la estructura política. Ruptura de la legalidad de las instituciones del Estado franquista. Pero si partir de cero significaba no estar condicionado por el pasado, la Ruptura pretendía en efecto que la libertad de la democracia partiera de cero, no estando condicionada por el poder de las instituciones y los hombres de la dictadura. Se puede precisar esta cuestión, con términos de la fenomenología existencial, afirmando que lo «dado» era, para la Junta, la realidad sociológica española, y lo «puesto» o procurado por ella, la libertad política. Mientras que lo «dado» para la Reforma era la dictadura de un partido en el Estado, y lo «puesto» o procurado por ella, so pretexto de libertad, la instalación en él de varios. Dicho de otro modo, lo condicionado en la Ruptura era el poder político resultante en el Estado de una libertad incondicionada en la Sociedad. Mientras que lo condicionado en la Reforma era la libertad resultante en la Sociedad de un reparto del poder incondicionado en el Estado.

Esto no significa que la acción inspirada por la estrategia de la Ruptura democrática ignorase o despreciase la resistencia de la dictadura a ser sustituida por la democracia.

Los demócratas en la oposición éramos más conscientes que nadie de la gravedad de ese obstáculo. Pero, a diferencia de los liberales, nunca lo consideramos como algo «dado» con lo que había que transigir.

Para la oposición democrática sólo se trataba de lo «opuesto» que impedía instalarse en la realidad a lo «puesto» por la libertad, y que debíamos superar mediante la conquista ideológica de una clara hegemonía política y cultural en la sociedad civil. Para ese momento, la Junta había previsto y propuesto una negociación con los «poderes fácticos» del Régimen (Iglesia, Ejército, Banca) a fin de nominar al Ejecutivo provisional que abriese el período constituyente de la forma de Estado y de Gobierno. De tal modo, lo condicionado a esta negociación, posterior a la conquista de la hegemonía de la democracia en la opinión pública, ya no podría ser la libertad política, sino los aspectos formales del traspaso pacífico de poderes.

En fin, lo condicionado por la libertad, con la Ruptura, habría sido el poder estatal. Y lo condicionado por ese poder, con la Reforma, ha sido la libertad política.

*Publicado en el diario La Razón el jueves 5 de abril de 2001.

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