Antonio García-Trevijano Forte.

¿Realmente fue Antonio García-Trevijano un fundamentalista democrático, tal como le consideró el filósofo Gustavo Bueno en su libro El fundamentalismo democrático: la democracia española a examen?

Veamos lo que establece el Diccionario filosófico del Materialismo Filosófico respecto al fundamentalismo democrático: «desde el punto de vista fundamentalista, la democracia es considerada hoy día como la forma más perfecta de gobierno, aquella que habría alcanzado la humanidad como una suerte de “destino manifiesto” en su camino al “Fin de la Historia”»1.

Sin embargo, García-Trevijano nunca consideró que la democracia representativa fuera una suerte de «destino manifiesto» o «Fin de la Historia». Sabía que la realidad política y social era, irremediablemente —con o sin democracia—, compleja, moldeada por individuos y grupos que muchas veces luchaban con intereses contrapuestos y objetivos antagónicos, lo que convertía en una mera quimera cualquier intento para alcanzar una idílica armonía social. Asimismo, era perfectamente consciente de que los individuos no eran seres angélicos y que precisamente por eso se hacía necesario constituir un sistema político basado en la desconfianza mutua. Un sistema que no pretendería traer el paraíso a la Tierra ni tampoco garantizaría la paz perpetua, sino que procuraría permitir a los gobernados el ejercicio de la lucha por el derecho en igualdad de oportunidades y garantías.

La propuesta elaborada y defendida por García-Trevijano tenía —y sigue teniendo— por objeto, sencillamente, el control del poder por parte de los gobernados (lo cual no ha de confundirse con la felizmente cacareada «soberanía popular»), estableciendo para ello unos mecanismos institucionales que el actual régimen de 1978 no dispone. Por ello, su contribución más sustancial reside, empleando la terminología de Gustavo Bueno, en el aspecto técnico o tecnológico2 del sistema que denomina democracia representativa. No olvidemos que Bueno en 1994, cuando el periodista del diario La Nueva España Javier Neira le preguntó sobre el libro de Antonio García-Trevijano Del hecho nacional a la conciencia de España. O el discurso de la república, consideró «interesante y lógica su crítica a la partitocracia y su propuesta de un régimen presidencialista como en los EEUU»3.

No hay que perder de vista tampoco que el pensador granadino más que un pensador fue ante todo un hombre de acción. Su pensamiento no puede entenderse sin conocer su propia acción política, sobre la cual se apoya. Él fue testigo de los acontecimientos políticos que precedieron a la instauración del régimen actual y desde entonces vino señalando los defectos inherentes al mismo. ¿Por qué debería haber aceptado unas reglas de juego con las cuales no estaba de acuerdo ni en su origen ni en su propio contenido? ¿Acaso la eutaxia —en sentido político— de un régimen supone que este opera de tal manera que lo hace inmejorable? Lógicamente no.

Es importante tener en cuenta que el término «eutaxia»4 fue utilizado por Gustavo Bueno, como así lo recoge el Diccionario filosófico, de la siguiente manera:

“Eutaxia” ha de ser entendida aquí en su contexto formalmente político, y no en un contexto ético, moral o religioso (“buen orden” como orden social, santo, justo, etc., según los criterios). “Buen orden” dice en el contexto político, sobre todo, buen ordenamiento, en donde “bueno” significa capaz (en potencia o virtud) para mantenerse en el curso del tiempo. En este sentido, la eutaxia encuentra su mejor medida, si se trata como magnitud, en la duración. Cabe pensar en un sistema político dotado de un alto grado de eutaxia pero fundamentalmente injusto desde el punto de vista moral, si es que los súbditos se han identificado con el régimen, porque se les ha administrado algún “opio del pueblo” o por otros motivos.

Es decir, si bien para Gustavo Bueno todo sistema o régimen político pretende que impere la eutaxia, y dado que esta ha de ser entendida exclusivamente como «buen orden» político —cuyo mejor reflejo es su propia duración—, no por ello dicha eutaxia implica que un régimen o sistema sea adecuado para la defensa de los derechos de los gobernados.

Por todo lo anterior, resulta evidente que Antonio García-Trevijano no debe ser considerado un fundamentalista democrático. Fue un hombre que quiso corregir y mejorar el sistema político norteamericano, adecuándolo a las particularidades de la nación española. No fue un idealista ni ideólogo, sino un señor con los pies clavados en la tierra y, a pesar de todo, la cabeza llena de ideales.


1.- http://www.filosofia.org/mon/democra.htm

2.- https://www.youtube.com/watch?v=AeCtUltod8E

3.- http://www.fgbueno.es/hem/1994s28.htm

4.- http://www.filosofia.org/filomat/df563.htm

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