Conferencia sobre inmigración (Fotografía PP de Cataluña) La costumbre inmemorial de la hospitalidad fue una institución dominante en las comunidades tribales. El recibimiento amistoso de los extranjeros no obedecía a motivos altruistas sino a la intención de establecer un deber de reciprocidad, que empujaba a los más pobres e inseguros a ser más hospitalarios con los forasteros para solicitar su auxilio o protegerse de ellos en el futuro.   El novedoso concepto de "xenofobia" otorgaba a la incipiente ciudadanía de la "polis" griega y la "civitas" romana un sentimiento de superioridad sobre la población foránea que se alojaba en ellas. Cuando aparece el Estado, la hostilidad irracional contra el extranjero cumple la útil función social de conformar los sentimientos de identidad nacional. "Xenos" deja de significar huésped para nombrar al extranjero, que es segregado en guetos suburbanos. La fundación estatal de los Reyes Católicos estuvo jalonada por la expulsión de judíos y moriscos, y la consiguiente pureza autóctona. Los aragoneses y castellanos ya se podían sentir españoles. La creación de una unión supraestatal y de una ciudadanía europea nos induce mediante leyes de extranjería a extirpar la hospitalidad de nuestro territorio, incluso con quienes nos sentimos más próximos y que alojaron en sus patrias a multitudes de emigrantes y exiliados españoles.   La xenofobia no es utilizada por el Sr. Rajoy como recurso sentimental del Estado para combatir la disgregación nacional, sino para obtener fáciles réditos electorales. Aparte de este inteligente cálculo: "No pueden entrar todos. No cabemos.", dice que "Todos iguales en derechos y oportunidades y todos iguales en deberes y en obligaciones". Sin embargo, nos advierte sobre la pesadilla en la que se puede convertir la inmigración cuando invadan y colapsen los servicios públicos. Sin duda, lo más conveniente sería que nuestra tradicional generosidad con los forasteros o xenofilia, se limitara al fructífero turismo.   Si el jefe del PP quiere que "los derechos de los españoles no se vean perjudicados" tiene una óptima solución a su alcance: dimitir, tras proclamar la vulneración de los derechos políticos de los ciudadanos que la oligarquía de partidos lleva a cabo de la manera más desleal, porque España nunca se ha constituido en asilo de la libertad política.

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