Foto de los denominados Pactos de la Moncloa.

Señala Dalmacio Negro en su libro Gobierno y Estado un momento significativo en la historia del desarrollo de la estatalidad, aquel en el que el «poder personal del Gobierno y el impersonal y artificial del Estado» se hallan equilibrados. Y que la frase «el Estado soy Yo», atribuida a Luis XIV, podría simbolizar ese equilibrio.

Esta expresión parece indicarnos que el Rey y sus ministros eran capaces de gobernar y de «hacer funcionar y dirigir la máquina estatal de acuerdo con los intereses dinásticos y, por implicación, nacionales». Al decaer la creencia en el derecho divino que sostenía a los reyes, el Estado se desvincula de los intereses dinásticos y del poder eclesiástico, rompiéndose así el binomio trono-altar propio del Antiguo Régimen.

Desde aquellos lejanos días, el Estado ha sufrido múltiples mutaciones. Pero ha sido el siglo XX el que nos ha dado la medida de lo que puede llegar a ser: el Estado Total de Benito Mussolini, el Estado nacional-socialista, el totalitarismo soviético y, en España, el Estado franquista.

En España no aprendimos estas lecciones ni calculamos sus terribles consecuencias, no supimos aprovechar la ocasión que nos brindaba la ruptura democrática, impulsada por D. Antonio García-Trevijano, con el Régimen a la muerte del dictador, e iniciar un período de libertad constituyente que nos hubiera permitido decidir libremente la forma de Estado y de Gobierno. Mediante pactos de traidores, el Estado franquista mutó en el actual Estado de partidos.

Ahora asistimos impávidos, aturdidos y desorientados al totalitarismo suave, casi invisible, de esta forma política que, con paso firme y «prietas las filas», se extiende y agranda sin conocer límites. Las emanaciones legislativas del gran Leviatán poco tienen que ver con la finalidad clásica de las leyes: la resolución de conflictos de intereses. Tienen el superior objetivo de legislar las conductas y los principios morales que le convienen.

La máquina estatal dicta sus normas, genera o importa del exterior lo que el profesor Dalmacio Negro define como ideologías modales. Asuntos tan trascendentes como el medio ambiente o la violencia contra las mujeres son convertidos sin ningún pudor en ideología. El mito del buen salvaje, tan propio de la Ilustración, ha devenido en el absurdo indigenismo. El correcto trato a los animales (los perros y gatos, por ley, han de tener sentimientos) o algo tan antiguo como la homosexualidad se han transformado también en materia ideológica. Un engañoso oropel que apela al sentimiento y no al pensamiento: el Estado impone el modo correcto de sentir y de pensar.

No se cuestiona lo que se han venido en llamar «transformaciones sociales». No se ha caído en la cuenta de que estas transformaciones no parten de la sociedad civil, sino del Estado, mostrándose como una eficaz herramienta para la absorción e integración de las masas.

Toda resistencia ha sido anulada. El Estado de partidos es la nueva Iglesia y su atolondrada feligresía celebra con entusiasmo la eucaristía con el voto, un voto inútil, ya que nada se elige. Tan sólo se refrenda un régimen fruto de la corrupción y la traición.

Antonio García-Trevijano expone en su obra Teoría pura de la república la necesaria separación entre nación y Estado. Una separación antagónica que equilibre y contenga el fabuloso poder de éste, contrarrestado por el poder de la nación. Sólo la conjugación de la república como forma política del Estado y la democracia como forma de gobierno puede garantizar el equilibrio. Esta es la verdadera separación de los poderes, la que consigue que sea la nación el sujeto político y no la exclusiva élite de los partidos, en pugna por el reparto del botín estatal.

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