Louis Armstrong (foto: samkilng)   Espontaneidad musical   Como derivación de las bandas de marchas militares y música fúnebre que improvisaban al volver del cementerio, podemos situar en la Nueva Orleans de finales del XIX el early jazz. De esta ciudad y durante los años veinte (the roaring twenties) muchos músicos negros empiezan a trasladarse a Chicago en busca de mejores condiciones laborales y de mayor difusión gracias a las primeras grabaciones.   Paul Whiteman popularizó el jazz entre los blancos que acudían a suntuosas fiestas con el sonido edulcorado de sus sweet bands, mientras en antros conocidos como speakeasy palpitaban estilos mucho más enérgicos (el swing o el be-bop). En el Cotton Club, propiedad de un gángster recién salido de la prisión de Sing Sing, coincidirían personalidades como George Gershwin, el autor de la deliciosa Rhapsody in Blue, y Stravinsky (a quien Adorno, identificando su obra con un solo período, el neoclásico, etiquetaba de reaccionario por hacer pastiches musicales, mientras elogiaba a Schonberg en nombre del progreso), para escuchar a Duke Ellington, que iniciaba una revolución.   Por su parte, Louis Armstrong había sentado las bases de todo el jazz posterior, con la importancia dada a los solos. También se atribuye a este impresionante artista la autoría del scat singing, caracterizado por la sustitución de la letra de un tema por una serie de onomatopeyas encadenadas sobre la marcha por los intérpretes: Bing Crosby difundió dicho estilo entre el público blanco. En el jazz, con respecto a otras músicas, predomina la improvisación. En este terreno, sobresalen las innovaciones de Charlie Parker, cuya velocidad y precisión son legendarias. Nadie como él saco tanto fruto del saxo alto.   Alex North, con su banda sonora para Un tranvía llamado Deseo de Elia Kazan, fue el primero en asignarle un papel fundamental al jazz en el desarrollo dramático de una película. La Liga para la Decencia Católica llegó a exigir que se cambiase la música en una escena por su atmósfera lasciva; en la España de esos años el objeto de las iras del nacionalcatolicismo era el baile, al que consideraban como una especie de frustración vertical de un deseo horizontal.   Sin embargo, fueron algunos directores europeos (Louis Malle, Roman Polanski) quienes, a finales de los 50 y comienzos de los 60, dieron plena libertad y estimularon la espontaneidad de músicos como Miles Davis (Ascensor para un cadalso) o Chico Hamilton (Repulsión).

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