García-Trevijano en el Ateneo Jovellanos de Gijón.

La reconquista de la conciencia de España y la libertad en nuestra búsqueda

…la llibertá nun cabe
nin na llercia, nin nes murnies,
nin nos mesmos ataúdes [1] 

CANCIÓN: TIEMPU DE NOS. / LETRA: XUAN MARCOS.

Mientras esta misma semana aquellos que con dineros ajenos comercian con voluntades y cargos sufragados por la huérfana ciudadanía, y celebran de manera ostentosa el mito del golpe de Estado y la legitimación democrática de Juan Carlos I, corresponde a este Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional elevar la dignificación del término «conmemorar». Porque esta semana, sí, los miembros de esta digna asociación no celebramos la mentira fundacional de un mito, sino que conmemoramos el fallecimiento de la persona que más ha hecho en España por su libertad, por la lucha por la verdad y el compromiso de ciudadano hacia su patria. Así renovamos el compromiso de su lucha (por el virus que don Antonio nos inoculó): la búsqueda de la libertad.

Aunque don Antonio García-Trevijano tenía palabras de amor hacia todas las tierras de España, consideraba a Asturias como un núcleo fundamental de la nación española, hasta el punto de comenzar aquí, con sendas conferencias en Gijón y Oviedo, la «reconquista de la unidad de España», en el mes de marzo de 2016. Cuando ya contaba con la edad de 88 años, este torrente de libertad pronunció dos conferencias apoteósicas en dichas ciudades. Recuerdo su dificultad al caminar por las recientes cirugías que había tenido, pero era evidente que a ese hombre ni su cadera ni su dolor le impedirían ser el hombre más egoísta del mundo. La persona que quería que conquistáramos nuestra libertad con la única intención de poder llegar a ser él libre.

Nació español y como tal pensó y vivió. Sabía que su discurso de la libertad era rompedor para España y para Europa continental. No obstante, afirmaba que nosotros no éramos más tontos ni inferiores a los anglosajones y que, por ello, podíamos mejorar sus respectivos sistemas políticos para traer a España de una vez la única y verdadera democracia que así merece denominarse: la democracia formal.

De la mano de Natalia Muñoz, en Pamplona, conocí a don Antonio y empecé a leer sobre su pensamiento y aprender de sus artículos. Lo cierto es que nuestro maestro no me inoculó ningún virus por la libertad, sino más bien el antídoto contra la mentira, gracias al principio activo dela libertad de pensar para limpiar mi cerebro de ideologías, de la servidumbre voluntaria del Estado de partidos, de su «deber moral» de votar y del falso e irracional sentimiento de vivir en una democracia. Y empecé a oír hablar de Santayana, de Hamilton, de Robert Michels, de Tocqueville, de Gramsci… Un artículo de periódico de don Antonio valía por cien opiniones publicadas de actualidad política y una conferencia de él valía por un doctorado en Ciencias políticas. Y luego empezaron sus libros, difíciles de entender al principio, pero profundamente enriquecedores cuando te empapas de ello… Y empecé a interpretar los hechos no por lo que me decían los medios de comunicación o los políticos de una u otra cuerda, sino por lo que realmente son. Y entonces tuve que aceptar que España no era un país sociológicamente de izquierdas, sino profundamente conservador en lo político, atenazado por el miedo. Y que la II República no era democrática, etc. Pero estaba la esperanza del tercio laocrático, de la conquista de la hegemonía cultural, de la libertad política colectiva, la libertad constituyente… Y sobre todo ello, los valores de lealtad y verdad de los que siempre hablaba don Antonio.

Y conocí a la persona, no tanto como otros muchos que ahora leéis estas líneas (para vuestra fortuna), pero sí como para vislumbrar el fuerte carácter que hizo levantarse como un resorte del sillón en Zaragoza para decir que él no iba a cambiar absolutamente nada de lo previsto inicialmente, por mucho que estuviera Juan Carlos I en un salón contiguo al nuestro donde celebraríamos una cena-coloquio. Dignidad en estado puro.

Y le perdí el miedo a decir que era repúblico y no republicano, pero que algún día en España sí habrá una república constitucional. Y que la misma no será de izquierdas ni de derechas, sino para todos los españoles, pero (esta vez sí) la habremos conquistado entre todos y para todos, y nadie nos la habrá otorgado.

Tras los años centrado en la preparación para el futuro profesional, sin perder la referencia de don Antonio, pero con un sentimiento de aislamiento al estar nuevamente en Asturias, sin conocer base social de las ideas de don Antonio, surge en internet su primera página web. El antídoto se extendía y se hace más fuerte. Es la segunda dosis inoculada de libertad política. Y nace el Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional. Y con él se generalizan las conferencias por toda España. Pero de este movimiento ya sabéis todos lo mismo o más que yo —por lo que sobra extenderme—, aunque solo diré que el mismo lo conformamos entre todos cada día y es el que ha hecho trascender la obra de nuestro fundador más allá de nosotros mismos, mal que les pese a otros.

Por último, regreso al inicio para indicar que es la primera vez que en este diario se escriben unas letras en asturiano (un gran honor para mí, por cierto). ¿Por qué precisamente esa parte de estrofa de una canción? Pues porque con la sencillez de una de mis lenguas se proyecta claramente lo que era don Antonio y lo que perseguía. Sin miedo y sin melancolía, pues era un hombre de acción, inasequible al desaliento y porque no quería morirse («¡duraré hasta los 115 años!», decía) sin conquistar la libertad. Una libertad que, como dice la canción, no cabe en ningún ataúd, como tampoco la grandeza de este gran hombre.

Salud y república constitucional desde Asturias.


1.- la libertad no cabe / ni en el miedo, ni en las tristezas, / ni en los mismos ataúdes.

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