Don Baltasar Garzón (Foto: jmlage) Hay iniciativas judiciales que, examinadas a la luz de las reacciones que provocan entre la clase política, se vuelven muy oportunas. La del juez Baltasar Garzón para la investigación de las desapariciones de los asesinados por la dictadura ha permitido al líder de la oposición protestar ante una posible reapertura de heridas que al parecer ya estaban cerradas, y, en justa correspondencia que redunda en un único y mismo error, el presidente del Gobierno ha venido a felicitarse por el cierre oficial de esas mismas heridas que, al parecer, se nos viene encima. Lo discutible no es aquí el derecho irrenunciable de las familias a dar a sus muertos la sepultura que el ritual prescribe. Lo monstruoso es la concepción por la cual unos y otros aceptan la enormidad de que el poder pueda arrogarse algo tan inadmisible como la facultad de abrir, cerrar o dar por cerradas heridas que sólo a las víctimas pertenecen: por muy buena voluntad que le pongamos, a los muertos no es posible devolverles la vida arrebatada. Un paso más y acabaremos irremisiblemente en una religiosa escenificación de “reconciliación nacional”, como si no hubiéramos tenido bastante con la propaganda atizada por la oposición antifranquista que enarboló esa misma bandera fraudulenta. La cobardía humana prefiere, con frecuencia, un arreglo fraudulento, aun a costa de asumir una ficción mentirosa, antes que la aceptación de lo imposible de toda reparación. Si existe alguna remota posibilidad de hacer "justicia" al sufrimiento, tal acto de justicia pasa, paradójicamente, por la constatación de su propia imposibilidad, por la reafirmación de lo irreparable, del sinsentido del sufrimiento ocasionado. La idea de "hacer justicia a las víctimas" no hace más que redoblar el agravio del que han sido objeto, al pretender reconducir el daño supremo, la muerte, al sistema de pagos y compensaciones que es la ficción sobre la cual se legitima la idea misma de Justicia, tanto da si terrena o divina: tal compensación es imposible, fingir lo contrario es una ofensa a aquellos cuyo sufrimiento ahora se quiere lavar. Nuestro laico gobierno no ha podido disimular el profundo cristianismo que anima el irresponsable optimismo del presidente.

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