Crisis* económica. La burbuja financiera, como parte del mundo globalizado en que vivimos, también nos afectó, pero en nuestro caso con más virulencia. Desde ciertas instancias monetarias se venía advirtiendo de la creencia errónea de que los precios de los pisos y de otros activos subirían indefinidamente y que los ciclos económicos habían sido eliminados (Jean Claude Trichet), pero los particulares y las empresas siguieron gastando y acumulando deudas hasta quedar atrapados en grandísimo apalancamiento (% de activos financiados con recursos ajenos). La oferta de nuestro sistema productivo satisface fundamentalmente la demanda interna, dejando para la exportación la cuarta parte de lo producido. Destacan los sectores de la construcción, del automóvil y del turismo que en su conjunto representan más de un tercio de nuestro PIB. ¿Cuánto tiempo tardará el mercado en absorber los excedentes que no exportamos, como las viviendas construidas y compradas como inversión especulativa -y no vendidas- o las de segunda mano que están a la venta? ¿Cuánto tiempo tardará el sector automovilístico en vender los ingentes stocks que posee? ¿Qué harán las empresas turísticas con sus instalaciones dedicadas a satisfacer el ocio, de cuyos objetos se prescinde en épocas de crisis? En cuanto a la demanda, los consumidores privados y las empresas, ante este panorama de bache financiero, dedican sus recursos a eliminar las hipotecas y/o los prestamos que concertaron en épocas de ilusiones financieras a costa de restringir el consumo. Aun así seguimos importando bienes, servicios y capital para satisfacer un tercio de la demanda nacional. Una de las causas de la frecuente situación deficitaria de nuestra balanza de pagos. Curiosa paradoja nacional: producimos lo que no necesitamos (y además no podemos exportar) y a la vez necesitamos más de lo que producimos.   Crisis política. Si lo comentado hasta ahora es grave, lo es más la forma de tomar medidas anticrisis por parte del Gobierno nacional y la falta de representantes de la sociedad civil. Aquél no ha querido comprender, hasta ahora, la profundidad de la crisis ni el tiempo necesario para que las medidas den sus frutos, ni ha querido darse cuenta de su impotencia en muchos sectores y de la escasez de medios de que dispone. Debido a la brutal descentralización de las competencias, el Estado español se ha quedado sin aquéllas que mayor impacto económico tendrían en estos momentos. Sus depositarias, las Comunidades Autónomas dilapidan los recursos nacionales en una inmensa burocracia y en una vasta red de entes y empresas públicas cuya única función es mantener el clientelismo y se enfrentan a la crisis sin tener en cuenta a las demás. Ante esta situación de emergencia nacional, las diecisiete autoridades autonómicas y su apéndice, el Estado, tratan de poner parches financieros y fiscales de forma deslavazada. ¿Qué pensaría Robert Solow de este “desgobierno” cuando está advirtiendo de que ante una crisis global como ésta no sirven los estímulos fiscales nacionales sino los estímulos fiscales globales?

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