Dos soldados durante la guerra de Irak.

Desde que Hesíodo usó el nombre mitológico de Europa (siglo VII a. C.) para designar la parte continental de Grecia, entre el Helesponto y el Mar Egeo, hasta el final de la Primera Guerra Mundial, llamada europea, la palabra Europa sólo expresaba una entidad geográfica de límites imprecisos por Oriente. Desde la incorporación de los continentes africano y americano al mundo conocido, se comenzó a llamar europeos a los habitantes de lo que Paul Valery calificó de apéndice o cabo de Asia. La península delimitada por el Mediterráneo y el Atlántico, al oeste de los Urales y al norte del Cáucaso.

Pese al mito europeo creado por el anacronismo de los historiadores y las visiones iluminadas de los filósofos de la historia, ni Alejandro el Grande, ni Julio César, ni Carlomagno, ni los cruzados, ni Carlos V, ni la Revolución Francesa, ni Napoleón, ni el zar Alejandro I y su Santa Alianza tuvieron conciencia de estar protagonizando una empresa europea. La idea de Europa, como hogar de la cristiandad, se arruinó en Arcona cuando los príncipes no acudieron al llamamiento de Pío II a una acción bélica contra los turcos en 1464: «Ahora, es en Europa misma, es decir, en nuestra patria, en nuestra propia casa, en nuestra sede, donde somos atacados y matados».

Entre este fracaso y los del conde Coudenhove-Kalergi (Paneuropa, 1924) y el Memorándum de federación europea bajo la Sociedad de Naciones (1930), la unidad política de Europa quedó disuelta en la del pacifismo universal de los filósofos y aventada en las eras trilladas por los románticos nacionalismos del XIX, hasta que la catástrofe de la última guerra mundial hizo patente la necesidad de reconstruir el humanismo y la capacidad industrial en las naciones vencidas, mediante pautas progresivas de una unión económica y monetaria que hicieran irreversible el proceso de su unidad estatal. Pero el triunfo de una parte de Europa en su unión mercantil y financiera se ha hecho compatible con el fracaso de su unidad, como entidad política independiente de EE UU.

Si no hay unidad de criterio europeo, ¿desde qué punto de vista y escala de valores debe juzgarse a los dos jefes de gobierno que apoyaron a EE UU en la invasión de Iraq, contra la opinión de la mayoría de sus gobernados y de sus colegas en la UE? ¿Era políticamente correcto que apoyaran la guerra si así favorecían los intereses y la posición ante el mundo de sus respectivas naciones? ¿Ignoraban que esas ventajas sólo las obtendrían a costa de vidas inocentes en Iraq, de perjuicios económicos a Estados asociados y del porvenir político unitario de la UE?

Los egoísmos nacionales de Gran Bretaña y España han sido fomentados por EEUU, contra el espíritu europeo de Francia y Alemania, para destruir las esperanzas de la humanidad en que la UE llegue a ser una potencia capaz de frenar las pasiones estadounidenses de venganza y dominación del mundo por la fuerza. La traición de Blair y Aznar al Tratado de la Unión ha provocado la trascendental decisión de cuatro de sus miembros de dotarla cuanto antes de una mínima capacidad de acción militar. Toda Europa debe apoyar esta iniciativa. Incluso los ciudadanos británicos y españoles.

«Si supiese que algo me sería útil y perjudicial a mi familia, lo rechazaría de mi espíritu. Si supiese que algo útil a mi familia no lo sería a mi patria, intentaría olvidarlo. Si supiese algo útil a mi patria que fuera perjudicial a Europa y al género humano, lo vería como un crimen». Esta reflexión moral de Montesquieu, que hago mía, está tomada de Francisco de Vitoria: «Si una guerra es útil a un Estado en detrimento del mundo, por eso mismo es injusta. Si España emprende una guerra contra Francia por motivos justos, que además de ser útil al reino de España comporte un perjuicio más grande a la Cristiandad (si a su socaire los turcos ocupan, por ejemplo, provincias cristianas), entonces habrá que abstenerse de tal guerra».

*Publicado en el diario La Razón el lunes 26 de mayo de 2003.

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