El siempre socorrido vademécum constitucional que es la obra de Carl Schmitt nos ofrece el modelo de referencia sobre el cual puede someterse a examen el grado de controles y contrapesos entre los distintos poderes del Estado en un régimen dado. De paso, conviene prevenirse contra una idea contradictoria de la democracia, que la reduce a la facultad de optar entre diferentes candidaturas propuestas por los partidos políticos, sin nada que aportar sobre un segundo capítulo todavía más importante, el de los mecanismos institucionales que evitan la concentración del poder en unas pocas manos. Carl Schmitt sostiene que la separación de poderes es una idea propia del liberalismo, no de la democracia, pues no concibe una democracia que contemple y supere al liberalismo político, sino una democracia que se contraponga a éste. Pero bien podría replicársele que si la etimología de “democracia” indica “gobierno del pueblo”, la concentración de poderes es lógicamente opuesta a tal concepto; esta incompatibilidad es solo soslayable mediante sofismas ad hoc.   No se trata de que la idea de democracia conduzca en si misma al principio de la separación de poderes; pero, inversamente, cabe decir con plena seguridad que allí donde el poder esté depositado en unas pocas manos, toda idea de “gobierno del pueblo” se convierte en una insultante propaganda. Y la historia moderna no ha conocido muchas maneras de someter al poder a algún tipo de control: la ley divina, que actuaba como muro de contención frente a las arbitrariedades de los monarcas, aunque a Carlos I solamente le sirvió para padecer un verdadero tormento en su conciencia ante las terribles noticias que Fray Bartolomé de las Casas le traía de unos sucesos de Indias que escapaban al control del soberano; la amenaza de una insurrección armada, explotada por la Revolución Francesa con su modelo de ciudadano-soldado que, como es notorio, producía pavor en ambientes conservadores y suscitó la incomprensión de una notable escuela de pensamiento anglosajón, y en particular de Edmund Burke, probablemente porque no podía sustraerse a la idea de que la paz solo podía existir si los súbditos entregaban sus armas al Leviatán, a cambio de la protección de este, como había aprendido de Hobbes; o bien el sistema de “checks and balances” teorizado por Bolingbroke y Locke y perfeccionado por Montesquieu en “El espíritu de las leyes”.   El primer mecanismo es propio del absolutismo monárquico; el segundo es propio de situaciones revolucionarias transitorias que, si no se reconducen en un breve período, rápidamente precipitan en una guerra civil; el tercer mecanismo es el único conocido en aquellas sociedades que aspiran a hacer compatible un sistema de libertades públicas y civiles con la libertad política de los ciudadanos para elevar y deponer gobiernos y elegir a sus representantes en la cámara legislativa.

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