Nuevamente el pueblo catalán ha votado. Y, el pueblo, dicen que es sabio. ¿Pero por qué, siendo tan sabio el pueblo, fue a votar para que todo siga más o menos igual?

Puede que, si el pueblo es sabio, también pueda ser sádico. Porque le agrada ver cómo el cainismo se apropia del discurso político de sus presuntos representantes. Disfruta viendo cómo se van a «matar» en el parlamento catalán los de Vox contra los de la CUP, por ejemplo; aunque en Navidad vayan a compartir mesa y mantel en la «cena de empresa».

También el pueblo puede ser cultureta. A lo mejor es que les gusta la comedia bufa. O el esperpento, aunque sea creación de un gallego. A falta de corridas de toros, buenas son las lidias políticas en el Parque de la Ciudadela.

Pero el pueblo también debe ser masoquista. Porque parece que le gusta ir perdiendo potencial económico, subvencionar a los partidos políticos cada campaña electoral y al mismo tiempo ver cómo se desangra su tejido productivo entre «procés» y «procés». Disfruta viendo cómo algunos quieren dejar de formar parte de la nación española, y de paso estremecerse de gozo ante el desprecio a Cataluña, vista como una parte del problema y a la que no se le aprecia como una parte de la solución. Les gusta sufrir el expolio económico de los Pujol o el mantenimiento de la embajada de Waterloo. En definitiva, les gusta sufrir. Todo sea por la causa, aunque la misma sea tan falsa como ignota.

Todo sigue, en el fondo, igual que hace dos meses. O hace tres años. El régimen puede aceptar que Vox, esa ultraderecha con manicura, haya superado a la «derechita cobarde» del PP y que Arrimadas esté haciendo honor a su apellido, aproximándose al acantilado del inexistente constitucionalismo (ya nadie se cree esa expresión) y que ahora los indepes, que en el fondo no se pueden ni ver, hagan piña común, con firmas manuscritas, contra el PSC, ganador de unas votaciones por la mínima por la gracia de Iván Redondo.

Hay una respuesta clara. El pueblo no es sabio ni inteligente, ni cultureta, sádico o masoquista. Está engañado y es engañado. Empero, desde que puede saber y no quiere ver que en España no hay representación de los ciudadanos en el troceado poder legislativo, sí es conformista, miedoso, timorato, pusilánime… Un pueblo que prefiere vivir en la mentira que enfrentarse a la verdad y salir a búsqueda de la libertad política colectiva, de la que tanto habló y enseñó don Antonio García-Trevijano. Y no sólo el pueblo catalán, sino el asturiano, el extremeño, el canario, el navarro y, en definitiva, todo el pueblo español, por el cual siento lástima por su autocomplacencia engañosa.

La única inteligencia que percibo ha sido la del 46% de abstención. De hecho, ha sido la opción mayoritaria del pueblo catalán. Habrá sido lo que resta de su otrora general seny. Por supuesto que el miedo al COVID-19 habrá hecho mella, pero ¿sólo por eso? ¿Y si la pandemia hubiera sido la excusa perfecta para no ir a votar, para ejercer eso que los repúblicos denominamos abstención activa? ¿Para qué molestarse en ir a depositar una falsaria papeleta en esa ceremonia de la confusión que son las votaciones? Más en la Cataluña del falso y agotador «procés» hacia la nada.

Por último, he de señalar que ningún medio de comunicación hará esta reflexión porque no interesa. En el fondo, todos viven de dicha ceremonia y de ella se alimentan. La perfecta simbiosis de dos parásitos de la libertad política colectiva: clase política y medios de comunicación. Y sí, aquí el parasitado pueblo esta vez es el catalán; los ciudadanos que pagan los impuestos; el pueblo que ve cómo se evaden a Andorra o a Waterloo un porcentaje nada desdeñable de los mismos… Y cuando menciono a Andorra no hago referencia a los youtubers, sino a los pujolers. No se les puede olvidar.

Salud y república constitucional desde Asturias.

2 Comentarios

  1. Unas elecciones en las que se rebase un porcentaje del 30% de Abstención, deberían anularse, y además, siendo para un Parelamento Autonómico, debería pasar el control al Estado.

  2. No, el pueblo no ha votado, si libertad política colectiva, lo único que el pueblo puede hacer es rebuznar y dar coces.

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