En un mundo sin territorios inexplorados ni paraísos por descubrir, de cotidianidad letárgica y grisura laboral, de miedo a los compromisos nobles, y con la poderosa coerción que la familia ejerce sobre el ánimo aventurero, éste resurge durante esas horas en las que nos quedamos prendados de una pantalla de cine: donde saciamos la sed de horizontes y los héroes de ficción encarnan nuestro sentido de la épica; y el deseo no es incompatible con la realidad, aunque para muchos hombres, cuanto más fuerte sea aquél, más impracticable les resulte llevarlo a cabo, quizá porque la realización de sus sueños supondría la desaparición de éstos.   La fascinación que los misteriosos y recónditos parajes africanos y orientales ha ejercido sobre las mentes occidentales más inquietas, ha sido canalizada en el siglo XX por el cine de aventuras: Tarzán o la supremacía del hombre blanco, las hazañas bélicas del colonialismo (Beau Geste, Zulú, Gunga Din), el enfrentamiento victorioso con una Naturaleza indómita (La reina de África), una sensualidad arrebatadora (inaccesible en Europa) que da paso al sentimiento que rompe todos los vínculos sociales y desacredita los valores establecidos (El tigre de Esnapur y La tumba india): “rindámonos al amor, que todo lo vence”.   Taj Mahal (foto: Christopher Chan) Cuentan que los godos tenían la costumbre de resolver sus asuntos dos veces: una, borrachos, y otra, sobrios. Así, unían el atrevimiento y la prudencia en sus decisiones. Nadie como John Ford ha reflejado la intrépida ebriedad y la serena sensatez (La taberna del irlandés, El hombre tranquilo). John Huston, otro de los grandes realizadores de aventuras cinematográficas (El hombre que pudo reinar, Moby Dick, El tesoro de Sierra Madre) rodó Vidas rebeldes -o Misfits, que es el título original-, en la que los inadaptados Montgomery Clift y Clark Gable confiesan que no hay nada peor que tener que ganarse la vida con un empleo. Y es que, aparte del sentimiento de espanto que tenemos que vencer previamente para trabajar, los caminos por los que se consigue dinero, casi sin excepción, nos empequeñecen, o como también decía Thoureau, nada se opone tanto a la poesía –épica- como los negocios, ni siquiera el crimen.

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