La sociología política que estaba al servicio de la propaganda del Imperio estadounidense ideó una depurada coartada intelectual para almohadillar la mala conciencia del poderoso ante los padecimientos sin cuento de los más débiles, sometidos al vasallaje de la Guerra Fría: solo podrían degustar el postre de la democracia los que estuviesen bien  desarrollados; y dado que el atraso educativo, industrial y de servicios básicos del tercer mundo es de varios siglos con respecto al primero, cuán razonable remitir ad calendas graecas la consecuencia democrática del desarrollo social y económico de ese mundo horriblemente empobrecido. ¡Qué espeluznante cinismo!   Sede de la ONU (foto: zugaldia) Mientras las naciones ricas y poderosas no dispongan y apliquen un tratamiento de choque para insuflar vida económica propia a las zonas más deprimidas del planeta, éstas seguirán cociéndose en su depauperación y recociéndose en su barbarie dictatorial.   En lugar de exigirles la implantación de procedimientos democráticos como condición política de la ayuda material, tecnológica y humana, para que alcancen una posición decorosa, la acción/omisión de Occidente sobre el mundo postcolonial presenta caracteres inicuos: sostenimientos de tiranos, como intermediarios idóneos en la adquisición de materias primas o petróleo; venta de armas  en cantidades industriales a los perros de las guerras recurrentes y compra a precios irrisorios, de mercancía humana para la prostitución (fuente primordial de ingresos de algunos países); aprovechamiento de la fuerza de trabajo, rayana en la esclavitud, que les brinda un mundo mendicante, y que encima sirve como elemento de presión contra los estados industrializados para que acometan reformas regresivas de las legislaciones laborales “excesivamente rígidas”; movimientos libérrimos de capitales transnacionales, especialmente dañinos con las monedas débiles.   Cae en el idealismo intelectual o el ilusionismo el que se refiere a un Derecho internacional civilizado, que sea efectivo, sin contar con instituciones democráticas que lo produzcan y apliquen: hoy por hoy, una utopía. La garantía institucional  del control de los actos políticos internos, es lo que, estando a nuestro alcance, no hemos logrado todavía.

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