El marqués de La Fayette.

La diplomacia disimula el grave deterioro de las relaciones de EE UU con Francia. Pero la realidad es indisimulable. Por diferir de su estrategia para eliminar a Sadam, el imperialismo de Bush trata a Francia con el insolente desprecio que la ambición atlántica de Napoleón manifestó hacia EEUU. Además de faltar a la verdad y desconsiderar al jefe del Estado galo, la Administración Bush ha atentado contra uno de los sentimientos más fuertes que la historia fraguó en el pueblo francés: su admiración, simpatía, gratitud y amistad, casi amor platónico, al pueblo norteamericano.

Este sentimiento comenzó en el momento mismo de la guerra de Independencia de las colonias americanas contra el Imperio Británico. Lo simbolizó el general La Fayette. En la posterior Revolución francesa, un grupo de la Asamblea Constituyente propuso copiar el modelo americano. La admiración se extendió a todas las clases sociales en noviembre de 1917, con la llegada de dos millones de soldados americanos para doblegar el imperialismo alemán en la guerra europea. La simpatía popular cristalizó en junio de 1944, con el desembarco en Normandía. Es tan profunda que no la alteran las emociones nacidas de divergencias políticas. Si la segunda patria de todo ciudadano de la libertad era Francia, la del francés es EE UU.

La campaña de falsedades de la Administración Bush ha repercutido de modo considerable en el consumo de productos franceses, en los viajes de turistas norteamericanos a Francia y en la contratación de sus empresas en los mercados dominados por EEUU. Me he preguntado por qué la respuesta del Gobierno francés ha sido tan débil como incoherente. En lugar de combatir las mentiras con la desnuda verdad de los hechos, que son de orden moral, ha preferido la propaganda de los atractivos materiales de Francia. Pese a la simpatía del público americano por el actor Woody Allen, no me parece digno ni eficaz que Francia acuda a su imagen para pregonar los tópicos de amor y arte en París, a fin de paliar los daños.

Si el agradecimiento a la emocionante generosidad que salvó de la muerte o la esclavitud en el pasado llega al extremo de anteponerse a las pasiones de verdad y justicia, que son compatibles con la generosidad del perdón a futuras acciones dañinas del salvador, entonces tal gratitud, al suprimir la libertad de pensamiento y la justa ponderación del mal sufrido, conduce a la docilidad de la servidumbre doméstica. La moderación de la reacción francesa ante los desmanes de Bush indica que Francia no tiene que perdonarlos porque la incondicionalidad de su gratitud los tolera.

Un español puede ver mejor que un francés, y que cualquier otro pueblo de Europa occidental, la índole intolerable de la humillación de Francia en la crisis de Iraq. Fuimos los primeros europeos a quien EEUU hizo la guerra (1898) y los únicos, a este lado del Atlántico, en sufrir la experiencia de una dictadura que se prolongó en virtud del apoyo de sus gobiernos. La privación de una fase de libertad constituyente después de Franco también la debemos, en gran parte, a la intromisión de Kissinger en nuestros asuntos internos. No tenemos motivo de gratitud, y sí de antipatía, al imperialismo norteamericano. Lo que no impide admirar al pueblo que inventó la democracia representativa y la gestión moderna de la sociedad industrial.

Wilson declaró la guerra a Alemania porque consideró terrorismo de Estado el hundimiento del «Lusitania» por un submarino, y «porque el derecho es más precioso que la paz». El desfile de las tropas americanas en París produjo la mayor emoción de gratitud que ha conocido Francia. Superior incluso a la de su liberación en la siguiente guerra mundial. Jean Albert-Sorel lo dijo en 1958: «EE UU y Francia vivieron entonces horas de grandeza cuyo recuerdo no debe borrarse a ningún lado del Atlántico, sea cual sea la circunstancia en que se encuentren los dos pueblos».

*Publicado en el diario La Razón el jueves 7 de agosto de 2003.

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