Monumento a las víctimas del atentado del 11-M (foto: cuellar)   11-M: Mentiras y cobardías   Nadie en su sano juicio se puede creer que después de volar cuatro trenes no quedara material suficiente para realizar un análisis químico que desvelara el tipo de explosivo utilizado, yendo a buscar la prueba en una mochila de dudosa procedencia o en los escenarios de sucesos posteriores. La inmediata destrucción de los restos de los vagones (¡toneladas de chatarra!), o la ocultación del vídeo que revela la sorpresa de los peritos, entre muchas otras cosas, vienen a fundamentar la colosal sospecha. Además, los acontecimientos posteriores que se relacionaron con la masacre carecen de fundamento lógico. Por poner un claro ejemplo de ello, ¿en qué otro caso los terroristas islamistas han esperado a que se desalojara el edificio y la manzana adyacente antes de inmolarse?   No pretendo aquí promover un debate sobre aquellos atentados. Sencillamente, invito a fijarse en las explicaciones y las reacciones que todo este asunto del 11-M suscita, y que alcanzan la categoría de “públicas” con significativa difusión. El párrafo precedente es el punto de partida, con la leve referencia a algunos hechos y su coherencia racional, para hacer así notar algo palmario que debiera ser neutral: la reconstrucción de los atentados ofrecida en el juicio y asumida como oficial no encaja con ellos; y ello no se consigue porque la  ejecución  del  crimen  se  hubiera  cubierto con un velo impenetrable, sino porque la propia investigación policial y judicial es premeditadamente oscura e irregular. Esto es posible porque las instituciones de la Monarquía de partidos son incompatibles con la verdad, al estar diseñadas para amoldar ésta, aun a costa de la misma factualidad, según el planteamiento ideológico del partido estatal dominante, cosa que debe terminar asumiéndose por todos —incluida la oposición a la espera de su turno— como algo normal. Todo lo demás es el mero reflejo de ello. Y la cosa lleva así ya más de treinta años.   De esta forma, y en todo asunto, siempre se perfilan las dos facciones de un único bando. El mismo bando porque ambas coinciden en renunciar por principio a la verdad pública como valor absoluto. Es la fe lo que les separa. La fe en las distintas confesiones de la religión estatal de la confusión. Así, mientras unos mienten y retuercen los hechos del 11-M para dar soporte a los diseñadores de la versión gubernamental; los otros deben engañar y fabular sobre el orden institucional para poder hacerlo compatible con tan sórdida invención oficial sobre los atentados. Quid pro quo, la verdad del Régimen solo puede cimentarse sobre la continua mentira casuística, o la búsqueda de la verdad sobre algo concreto se usa como fundamento del engaño colectivo.

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