George Herbert Mead Una idea repetida miles de veces tiende a consolidarse en el uso común incluso cuando es falsa. Se reproduce indefinidamente como un estribillo, sobre todo ante la confusión y la falta de ideas nuevas, creativas y efectivas. Pero la asunción generalizada de una idea, acaso condensada en un solo término, no garantiza su verdad. La verdad de una proposición sólo está garantizada (por el momento) al menos cuando (1) refleja una realidad empírica y objetiva; (2) no existen datos alternativos que la desmienten con claridad; y (3) la comunidad de sujetos implicados en el asunto participa en un proceso de diálogo que tiende al consenso.   El consenso entendido como forma de comunicación racional, basado en la crítica y la réplica, es, como demostró G. H. Mead, la esencia del lenguaje. Sin un acuerdo mutuo sobre el objeto no existiría una designación concreta para él. Pero éste, claro está, es muy distinto del famoso consenso de la clase política, sobre el cual, valga la redundancia, no hay consenso, y refleja tan sólo los intereses particulares de una clase que no se somete a las demandas más elementales de crítica y contra-crítica. Es por ello que los procesos de consenso social, que quieren llegar a acuerdos concretos sobre asuntos que emergen cada día, deben responder a la buena fe y a un principio de apertura. Pues sin éstas se desvinculan hacia la simple y pura manipulación. Los demás son así forzados a aceptar su “consenso”, y se ponen todos los medios a disposición para aplastar desviaciones y alternativas. Pero la disidencia es precisamente el motor de la verdad. Y cuando los procesos comunicativos se abren al consenso, las posibilidades de hallar mejores soluciones a problemas antes aparentemente insolubles se multiplican por mil.   En el dominio político del poder, pues, el consenso es una aberración. Pues indica que los poderosos, aquéllos con más voz, han acordado ya de antemano lo que puede y debe suceder. El debate está cerrado, y la política se reduce al vil reparto. Y, además, se apoderan del término que menos les cuadra, pretendiendo hacernos creer que sus pactos secretos son atribuibles al acuerdo de todos. Llamémoslo bien: sumisión voluntaria, que deja la crítica para “otros”.

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